lunes, abril 09, 2012

Lullaby y su escape


Si en el intento de escapar, no existiera la posibilidad de borrarse del mapa por un tiempo, no valdría la pena el escape. Tampoco importaría no llamar más, no hablar más, dar vuelta la página con todos los personajes de tu vida peleándose dentro. Por eso Lullaby escapa y desaparece y no le importa nada ni nadie. Al menos, ella dice eso.

En pleno centro de Santiago, justo a la hora en que todos trabajan y sólo estudiantes perdidos de descerebran a propósito más de lo que están, Lullaby pasea después de un largo periodo de no hacerlo. Parece que fuera más tiempo el que pasó, y que esa línea de tiempo estuviera atrapada en segundos estirados. Una imagen estática mientras todos se mueven rápido a algo. Lullaby nunca tiene ese algo para ir.

Así que improvisa y se mete a un cine. Hace tiempo que no tiene idea de películas buenas. Las últimas las vio en internet post renuncia de su último trabajo. Y no vio diez. Vio cien en esos meses. Después se aburrió. La pantalla anuncia títulos que no la convencen hasta que llega uno que conoce. Falta una hora para que empiece, así que vuelve a la calle y se pierde en locales chinos sólo para comprobar la cantidad de cosas baratas que venden. Todas inservibles, pero baratas. No compra nada, sólo recorre, toca cosas y piensa en que alguna vez debiera comprar cosas para la cocina cuando se decida a cocinar.

Cuando los minutos pasan lento en una hora, va a las zapaterías a probarse zapatos y sacar de quicio a los vendedores. Le encanta hacer eso. Pide cuatro pares. Camina con ellos frente al espejo y le dice al vendedor que volverá por todos ellos. Nunca vuelve. Lullaby mantiene los mismos dos pares de botines desde hace años. Jamás compraría un zapato a la moda. Menos un par.

Se fuma dos cigarros al lado de un árbol cerca del cine y entra al fin. El protagonista es igual a alguien que conoció. Igual, igual. Pero éste es argentino y tiene los ojos claros. Qué bien hacen los diálogos los argentinos. Qué malos son los diálogos acá. Lullaby está sentada sin nadie al lado. Lo consiguió después de cambiarse tres veces de lugar. No está comiendo ni sorbiendo nada. Ver películas no da hambre. Cada vez adora más esa oscuridad y ese paréntesis en el tiempo. De pronto, recuerda por qué le gusta ir al cine sola y escapar, aunque la miren raro. Después de todo, siempre la miran raro.

domingo, febrero 19, 2012

Chasing Lullaby


Lullaby a veces presentía que tras sus pasos siempre estaban otros. También presentía que alguien imaginario investigaba sus rincones, la espiaba detrás de cualquier parte y detallaba cada minúscula pieza de su vida para armar un personaje que seguir, que querer. Lullaby presentía, o más bien quería creer que era así.

¿Qué pasaría si en realidad alguien estuviera observándonos detrás de un poste o de una pared sin jamás verle la cara, sin nunca adivinar su propia voz, cómo se viste o cómo enlaza las palabras para armarse? Sería vivir como una segunda vida, un personaje dentro de una historia que es propia, pero no lo es a la vez. Raro.

Lullaby se pone unos pantalones negros ajustados. Sin vestidos cortos esta vez. Cruza sus piernas casi enredándolas para decidir dónde ir. Es fácil si se piensa. Sólo hay que desdoblarse en uno y en un paralelo igual a uno. Tampoco hay que tomarse muy en serio para que eso resulte. Sólo descruzar rápidamente las piernas, pararse casi de un salto, mirarse por última vez al espejo, tomar las llaves, algo para gastar, abrir la puerta y cerrarla de golpe después sólo por gusto.

Después vendrían los pasos rápidos y la locura de imaginarse que alguien la ve caminar rápido y casi corriendo hasta ser tragada por el túnel del metro y hasta perderse en un mar de gente dentro de un vagón sin ninguna combinación posible; sólo en línea recta. Entonces Lullaby miraría de reojo a quien está a su lado, se daría vuelta para ver quién está detrás, y estiraría su pequeño cuerpo para ver quién está al otro lado con cara de querer toparse con ella en cualquier minuto mientras el movimiento del tren se detiene, sus piernas terminan de subir escaleras y un sutil reflejo la hace sólo parar y esperar.

El juego entretiene, pero hay que tomarle el gusto. Otras veces aburre hasta que da asco. El asunto está en que la imaginación de uno coincida con la realidad. Entonces el paralelo de Lullaby se convierte en tan personaje como se quiera. Pero nunca hay que mirarla de frente. Lullaby odia que la miren sin nada entremedio. Eso es muy simple, muy fácil, muy común. Lullaby ama que la confundan y la den vuelta. De ese modo, se hace todo más imprevisto, escrito sobre la marcha y poco evidente: como deben ser muchas cosas en realidad.

lunes, enero 23, 2012

Lullaby y sus malas costumbres del pasado


Hace años, Lullaby acostumbraba sacar un puñado de cereales de chocolate con la mano, desplomarse en su cama y lentamente comérselos de a uno. También acostumbraba caminar hacia el balcón, fumarse un cigarrillo tras otro hasta completar cinco y lanzar las cenizas a las cabezas de todos los que pasaban en la calle. Ducharse maratónicamente en menos de tres minutos. Escribir todos los garabatos posibles en el espejo empañado. Pasearse desnuda largos minutos mientras sus ojos se deshinchaban, y maldecir que otro día empezaba casi igual que el anterior.

Nunca le fue fácil poner el volumen a tope cuando escuchaba música, pero eso nunca le importó. Las quejas de los vecinos se difuminaban apenas Lullaby los amenazaba con hacerles la vida imposible de la forma más extraña que podían imaginarse. Lo cierto es que Lullaby nunca les hizo nada, pero sí que les dio miedo. Una chica que no habla, mira fijamente a la gente y da portazos siempre asusta. Es casi como una regla de tres.

Podrían pasar cinco horas y no sentir ningún rasgo de hambre en su estómago. Nunca cocinó en su pequeño departamento. Nunca aprendió a cocinar tampoco. Nunca intentó comprarse una olla o un sartén. Nunca le importó cambiar tabaco por comida ni morir en el futuro con los pulmones negros. Nunca compró fideos, papas o arroz en el supermercado. No hacía falta. En el café donde trabajaba estaba todo lo que necesitaba para no desmayarse en el día e ir parar a algún hospital. Para qué gastar de más, entonces. Había que ser práctica.

Pero resulta que, ahora, a Lullaby le hacen mal los cereales de chocolate. Ahora le hace mal todo lo que contenga leche química, real o microscópica. Ahora le hace mal el café y no comer por cinco horas seguidas. También le hacen mal los cigarrillos, pero los sigue soportando. El sexo no le hace mal pero está en pausa. Las perversiones tampoco pero siguen stand by. Los deliberados portazos siguen estando tan vivos como antes. La mirada fija, lo mismo. No hablar mucho, también. Pasearse desnuda, claro. Escuchar música fuerte, sin dudas. Maldecir, obvio. Dar miedo, siempre (¿alguien lo dudaría?).

miércoles, enero 18, 2012

Probabilidades de sexo


La escena es así: habrá un largo pasillo antes de la habitación que cruzaremos lentamente. Apenas la puerta se cierre detrás, apagaré la luz y fijaré totalmente mi cuerpo al tuyo a riesgo de correr, a riesgo de apresurarnos. Habrá movimientos de cabeza y mandíbulas abiertas a tope. Ruidos imperceptibles a ratos y con ciertos sonidos después. El tiempo no lo sé, el necesario, el que queramos. Esto no es un estudio.

Tus manos recorrerán mi espalda barriéndola, dejando marcas, midiendo mis costillas, apretando la cintura, hundiendo las caderas y sosteniendo mi trasero. Tendré mis manos en tus lóbulos. Tendré mis manos en tu pelo. Tendré mis manos a tres centímetros de tu nuca. Pero no habrá un orden vertical que me condicione a ir por partes. Puedo seguir a tus hombros como jugar con mis piernas en el borde de las tuyas. Puedo dejar una entre tus muslos o levantarla ligeramente y rozarlas por fuera.

Me levantarás. Treinta segundos, un minuto, lo que puedas soportar antes de girar un poco y dejarme contra la pared. A ras de suelo otra vez, mis uñas separarán las hebras de tu camisa o los hilos de tu suéter, tocando tus piernas o tus pantalones más bien. Me llevarás suavemente hasta el borde, desordenarás mi pelo más aún, tomarás mi cara, mojarás mis mejillas y sacarás mi ropa. Algunas prendas de mi ropa.

Jugaremos en un principio a adivinar. No dejarás que ni una gota de aire pase por el centro. Tu suéter no estará. Tu camisa tampoco. Tus dedos en la pretina de mi pantalón a punto de bajar el cierre. Yo en el tuyo haciendo lo mismo. Podría pensar en hacer algo con mis manos. Podría susurrarte al oído que hagas algo con las tuyas.

O podría decirte que es mejor que me vuelva a vestir y que me vaya, que no me conoces en realidad y que no soy quien tú crees. Podría obligarte a que me saques de este personaje que no me queda, que no alborotes más mi pelo, que no me mires fijo y que no me vistas más de negro.

O podría seguir fingiendo... esta noche o ninguna más.

Lullaby y su postulado social


Cuando alguien se para al lado de Lullaby, sólo recibe de ella una mirada de desconfianza, misterio encubierto, erótico desprecio, deliberada invasión de espacio y miedo incontrolable a abrir su boca y soltar alguna palabra simpática que desarme su impenetrable soledad.

Lo cierto es que no hay amigos cerca de ella. Quizás un par que se convierte en amantes de noche para convertirse después en amigos otra vez. Y amigos-amigos tampoco son si se llama a eso tener a alguien con quien conversar minutos acerca de nada o sólo mirar a las personas en la calle mientras les inventan vidas oscuras, tránsfugas, de traficantes, de putas caras, de putas baratas, de drogos, actrices en decadencia, administrativos suicidas o señoras obsesionadas con el sexo.

Hay algo de morbo en inventar vidas paralelas. Para los demás y para ella misma. Por eso las inventa. Concentrarse en la propia, la hace correr en su cabeza hasta un terreno baldío, tirarse de espalda y no moverse más. Paralizarse. Y Lullaby no puede darse ese lujo. Ya no.

Cruza y descruza sus piernas mientras su trasero apoya el borde de su cama. Mira su cuerpo pequeño en un espejo justo frente a ella. Prioriza sus necesidades o analiza sus prioridades. Las conclusiones llegan dispersas como si lloviera de costado en un piso irregular. Lullaby tiene un paraguas blanco de rayas rojas. Además tiene una bufanda también a rayas que nunca se sacará. También tiene un sombrero increíble de color gris. Ya está cubierta, así que no importa.

Cuando alguien se para al lado de Lullaby, ella querría contarle de su mundo y decirle que su nombre no es realmente ese, pero que lo adoptó hace mil años y que no acepta llamarse de otro modo. Hablarle que viene de una canción de The Cure. Explicarle que se viste de negro, pero no es tan oscura. Confesarle que le gustaría escribir de ciertas cosas, pero nunca ha escrito nada a excepción de una versión lúdica de “Papelucho y mi hermano hippie”. Decirle finalmente que está sola, pero no tanto como para pedir desesperadamente una compañía ni acostarse con él una noche aunque el sexo fuese increíble. Es así y ya está.

Y claro, arrojarle en la cara que en su historia no hay mujeres. No las soporta. Ni como amigas ni como nada. Ya no hay vuelta que darle al asunto.

jueves, enero 12, 2012

Lullaby, su clóset y sus cosas


Lullaby tiene siete colaless de color blanco, cinco calzones de niñita y tres pantaletas de encaje de color negro. Casi siempre usa los primeros. Casi nunca las últimas. Nunca usa sostén. Ni en invierno ni en verano. A veces usa la parte de arriba de un bikini. Qué hablar de estos modelos con relleno. Lullaby los necesita, pero ni por apuesta los usaría.

Tres faldas iguales negras talla 14. Cuatro vestidos de verano que no son vestidos en realidad, sino que ella los usa así. Tres vestidos que sí lo son. Calzas millones. Negras, moradas, con figuras raras, sin figuras, nada con flores. Un par de jeans que siempre le quedan grandes. Un par de pantalones de tela para vestirse de señorita. Cuatro blusas negras para insistir en lo anterior. Dos chaquetas arregladas para que se vean algo entalladas. Diez beatles negros para no pensar mucho en invierno. Un abrigo negro genial que a veces se llena de pelusas. Una chaqueta de cuero negra comprada a los chinos y de niño.

Lullaby guarda veinte pares de calcetines con una pequeña calavera en el tobillo. No los eligió por la calavera. Estaban en oferta y se los llevó todos. Medias de colegio pero no azules ni blancas. Tres pañuelos grandes y hippies que siempre le parecen muy hippies para usarlos. Un pañuelo hindú que usa un rato y se lo saca. Una bufanda de lana y rayada que usará cada día de frío de este invierno. Camisetas miles. Lullaby sufre de frío crónico. Sombreros y gorros, tiene tres. Son geniales y no los prestaría por nada del mundo.

Tiene tres pares de botines. Dos negros y un par gris. Los usa en invierno y en verano. Chalitas o sandalias, jamás. No hay zapatos con tacos. Alguna vez los usó en un trabajo que tuvo, pero parecía disfrazada. Claro que se veía genial, pero caminar como pisando huevos nunca fue muy glamoroso. Zapatillas, menos. Con tres inscripciones en tres gimnasios, bastó para no usarlas más. Ropa deportiva, algunas, pero guardadas en lo más alto de su clóset.

En maquillaje, dos labiales rojos. Uno de marca y uno comprado en la calle. Un perfume genial de nombre Duende. Un lápiz negro para los ojos que le dura eternamente. Una máscara de pestañas que le dura lo mismo. Se maquilla poco, pero nunca anda tan de punkie por la vida.

Tiene tres gatas propias y una adoptada que aparece en el techo. Todas comen más que ella y son geniales. Una colcha morada atrapa su cama de niña. Sábanas celestes y blancas. Muchos vasos siempre adornan su habitación. Con restos de hielo, restos de jugo y restos de café mezclado con hielo. Una botella de agua casi congelada en el refrigerador y más de diez helados de agua hechos casi piedra. Un cartón de cigarros en el velador y un cenicero con un fondo siempre gris oscuro que casi nunca se digna en lavar.

jueves, enero 05, 2012

Carolina Moro sin Lullaby


Hubo un tiempo en que me gustaban los sombreros, pero nunca usé uno. Creía que al pasar frente a cualquier vidrio con reflejo, lo que vería de mí me parecería ridículo. No siempre me vestí de negro; incluso había los colores más inusitados en ciertas prendas que nunca me atreveré a contar. Supongo que el color que usas puede ser una extensión de tus rasgos. Supongo que tu forma de ser puede una extensión de tu conciencia. Pero no.

Ya ves. No me falta ni un solo pedazo. Soy importante para quien soy importante y con eso basta. Puedo darme el gusto que quiera (a veces). Puedos pasear sin un perro o sentarme sin fumar. Puedo mirar por tu ventana como una llovizna inexistente lo va mojando todo o el sol te quema la cara hasta dejarla inservible. Y quedarme ahí. Y pensar ahí. Pero nunca está todo; nunca puede estar todo.

Hubo un tiempo en que tenía el pelo largo y desordenado, me vestía de negro, usaba ropa extraña, miraba fijo, tenía más de tres gatos con nombres ridículos, caminaba por una calle que conocía muy bien, me detenía hasta un café y creía ver a alguien que quería ver. Y entraba y me sentaba y todo parecía comenzar.

Hubo un tiempo en que hubo descoordinación en el mundo, y entonces fue muy difícil poder encontrarse con la gente que uno querría encontrarse. Pero hubo un tiempo también en que las vidas eran más que una, y se podía vivir lo que no viviste en la anterior y tomar un café con quien querías pero no podías, y armarte una vida en blanco y negro como una fotografía facturada en tu imaginación.

Hubo un tiempo en que escribía sobre lo que me escribían, o sólo observaba cuando no me escribían. Incluso a veces ni yo misma escribía. Incluso a veces eso que no escribía era lo que finalmente quería escribir. Hubo un tiempo en que me gustaba jugar con las palabras y repetirlas como ahora. Incluso imaginar que ese tiempo pasado sigue hasta ahora mismo. Ya ves. Me encanta jugar mientras sé que sigo en este lado y en el otro, mientras se apague la luz o continúe malditamente encendida.