miércoles, marzo 30, 2005

Ella

I

La idea era tocarla sin que se despertara. La idea era tratar de excitarme sin que nadie se diera cuenta. Comenzaba con mi mano debajo de las sábanas apenas rozando sus muslos. Continuaba con la yema de mis dedos recorriendo los vellos de sus brazos, sus manos, sus dedos. Según lo que tocara iba guiando mi tacto hacia lo demás. Sólo en dos ocasiones se movió y salí rápido de ahí para observar si despertaba del todo. Nunca despertó para sorprenderme, pero después de un tiempo intuía que le gustaba, que se hacía la dormida y que incluso se acomodaba para poder sentir mejor todo.

A los pocos meses no debía disimular nada. Cuando veía apagadas las luces del pasillo, entraba a su cama y acomodaba mi cuerpo junto al suyo. Cuando sentía que la calidez de su piel envolvía silenciosamente todo, ya no era necesario tocarla. Sólo era feliz estando a su lado, mirando el techo oscuro e imaginándome todo lo que haría después.


II

Fue un solo golpe por la espalda y ya estaba tirada en el piso incapaz de levantarse. Cuando vendaba sus ojos, vi que su rostro sudoroso palidecía. Los forcejeos dejaron marcas rojas en sus brazos y su respiración se fue calmando mientras la llevaba al galpón. Después de media hora, ya estaba con su piel toda amoratada y sangre seca debajo de la nariz por el golpe en el suelo.

Deseaba hacer algo drástico. Tomé una tenaza, agarré su mano derecha y apreté fuerte hasta que la sangre saltó y su dedo meñique desapareció. Fue una sensación agradable después de todo. Ver el sufrimiento. Tener el control y decidir sobre la vida de otro porque sí.

Lo metí en una caja pequeña con papel de diario alrededor. Saqué un trapo y lo amarré fuertemente a su mano mientras la sangre no dejaba de salir a borbotones. No sentí miedo en ningún segundo por lo que podría pasarle si la hemorragia no se detenía o si caía inconsciente hasta no despertar jamás. Había entrado en un túnel fascinante y sólo debía esperar lo que pasara.

Mientras mis pasos doblaban en una esquina, un golpe frío y seco cayó sobre mi espalda y la calle se dio vuelta en un segundo. Con la cara en el suelo, vi cómo el uniforme verde se erguía a un centímetro de mi nariz. De repente, un calor sofocante me recorría entero y me aprisionaba al cemento con fuerza.

Sentado en el auto y con las manos esposadas, observé mis jeans gastados y los imaginé sobre su cama rozando su cuerpo alguna tarde tranquila de calor mientras los autos pasan abajo y la escena cambia de planos a través de una cámara que se aleja poco a poco hasta desaparecer.

domingo, marzo 27, 2005

Cortometraje (parte final)

Ha pasado una hora, él baja ahora con una polera roja con letras en la espalda y sale a la calle. Al fin se detiene frente a una casa, toca el timbre y espera. La mujer de la sonrisa cínica sale y lo mira asustada. Él le dice algo, ella comienza a gritar, él la toma de los brazos y la empuja hacia atrás. Entra a la casa, le muestra unas fotos que saca del bolsillo y se las tira encima. Ella comienza a llorar y se tapa la cara con las manos. Él se arrodilla a su lado y la abraza. Ella saca sus manos del rostro y también lo abraza. Suena el teléfono y él se pone de pie asustado. Camina hasta la puerta, guarda las fotos en el bolsillo del pantalón, sale hasta la calle y comienza a correr. Ella sale detrás pero no lo alcanza. Un hombre baja de un auto en la calle, le dispara en el pecho, se sube nuevamente y se aleja. Ella llega exhausta frente al cuerpo herido y se resigna.

La mujer gorda está preparando la cena y suena el teléfono. Sólo una voz diciéndole que ya está muerto. Ella no contesta, cuelga el teléfono, se sienta frente a la mesa, mira las flores en el centro y comienza a sonreír. Tocan a la puerta y se levanta a abrir. Es un hombre de unos treinta años vestido informalmente y con una maleta en sus manos. Suben por la escalera hasta la segunda habitación, arrancan el póster de la pared y comienzan a acomodar la ropa de la maleta en los cajones. Queda solo en la habitación, va hacia la ventana y enciende un cigarrillo. La mujer gorda pone el mantel sobre la mesa, el viejo aparece por la puerta con un contrato bajo el brazo. Seis meses le doy, dice. Dejémoslo al menos un año, suplica ella, se parece a alguien.

El nuevo hombre baja por la escalera, viste unos jeans negros y lleva un cigarrillo en la boca; camina por el corredor y se sienta frente a la mesa. La cámara se aleja por el corredor hasta la puerta de entrada, sale de la casa, la puerta se cierra, retrocede por el jardín, el perro se revuelca sobre la tierra, la casa se aleja, la calle también, la pantalla se va a negro. Los créditos aparecen y la luz al fin se enciende en la sala.

Cortometraje (segunda parte)

Pasa un rato, la radio toca una canción en español y el viejo sale de la cocina con el diario bajo el brazo. La mujer gorda cierra el frasco de mermelada, sacude las migas del mantel y comienza a lavar las tazas. Él se queda sentado con la espalda apoyada rígidamente sobre el respaldo, dice algo, se levanta, sale de la cocina y de la casa. Camina por la calle hacia un kiosco para comprar más cigarrillos. Enciende uno ahí mismo y sigue caminando derecho.
Está esperando la luz roja, se rasca la cabeza y ella aparece. No quiere saludarla pero ya lo vio. Ella se acerca con una sonrisa cínica, los pasos lentos y seguros, los brazos cruzados y se detiene. Dice algo y él le contesta. Ella se ríe grotescamente y él atraviesa la calle rápido hasta perderse.

La mujer gorda está preparando el almuerzo, el viejo viendo televisión sentado en un sillón antiguo y golpean a la puerta. Es un hombre de unos cuarenta años vestido con traje y corbata a rayas, y con una Biblia en la mano. Dice algo de Dios que no puede terminar porque el viejo le cierra la puerta en la cara y dice algo de los trabajos de verdad. Se sienta nuevamente, la mujer le pregunta, él no contesta y desde la radio en la cocina se escucha una canción en italiano. Él protagonista llega apurado, sube la escalera, entra a su habitación y se cambia de polera. Se tira en la cama y se mira las manos con restos de sangre seca. La mujer lo llama para almorzar y él no contesta. Entra al baño, deja correr el agua del lavamanos y se mira al espejo. Abre el botiquín que está detrás y saca una botella de alcohol. La mujer gorda está del otro lado de la puerta diciéndole algo. Él contesta de malas ganas y comienza a llorar silenciosamente. La mujer baja enojada las escaleras hablando sola. El viejo pregunta por el almuerzo y se dirige con pasos lentos por el corredor hasta la cocina.

Cortometraje (primera parte)

La escena es así: un hombre jubilado regando el jardín mientras su perro negro se revuelca en un pedazo de tierra junto a la reja. La puerta de la casa entreabierta deja ver un corredor y una señora gorda al fondo preparando el desayuno. El diario está sobre la mesa de la cocina al lado de un plato con frutas y un florero. La tetera aún no hierve y unas manos sin anillos luchan por abrir el frasco de mermelada. Por el mismo corredor hacia atrás, una escalera frente a la puerta de entrada; un descanso una habitación cerrada, algo de pared, una habitación abierta, una cama desordenada y un hombre parado frente a la ventana fumando el primer cigarrillo del día.

La cama es de una plaza y, por el póster en la pared, el protagonista debe estar cerca de los treinta años. Está completamente desnudo y su abdomen sobresale en forma grosera. Por cómo enfoca con los ojos hacia fuera de la ventana, debe sufrir de la vista. Hay unos jeans negros sobre una silla y unas zapatillas gastadas en el piso. Mientras las cenizas caen sobre el escritorio de madera, unas lágrimas caen por sus mejillas. Saca el segundo cigarrillo del día y la señora gorda lo llama para desayunar.

Ahora viste una polera verde claro con letras blancas en el pecho y su reloj negro como el pelo y las zapatillas. Bebe café sin azúcar de una taza, echa mermelada en su boca con el cuchillo y juega con las migas de pan sobre el mantel. Hay preguntas de ella y del viejo. No hay respuestas de nadie. Es domingo, suenan las noticias en la radio y no tiene idea que es su último día de vida.

martes, marzo 22, 2005

Anteojos de Elvis Costello

¿Qué le pasa a los habitantes del mundillo televisivo que de la noche a la mañana se quedaron ciegos? ¿Qué sucede con los anteojos de marcos negros y gruesos y estilo seudo intelectual? ¿En qué estaba pensando Consuelo Saavedra hace unos tres años cuando conducía Medianoche y de un día para otro salió con unos anteojos tipo Elvis Costello? ¿Qué le pasó después a Comparini en Plaza Italia versión cable al aparecer con ese tipo de artefacto taquillero sobre los ojos? ¿Qué piensan todos esos actores de teleseries y de "teatro" que van por la calle con ese tipo de anteojos creyéndose cool, si cuando los vemos en la tele y en "teatro" lo más bien que pueden actuar sin tropezarse con el decorado y sus colegas de reparto?. Y por último, ¿qué comió esa periodista que conduce Sábados de Reportajes en Canal 13 que de repente su oftalmólogo le recetó unos anteojos que dicen “mírenme, soy inteligente”

Apuesto a que si se sacan esos anteojos seudo intelectuales, su cara empastada en maquillaje televisivo dará de lleno en el suelo después de tropezarse con el cable de una cámara, no podrán diferenciar entre la serie Mad About You y la pésima adaptación de TVN Loco por ti, y confundirán alegremente el pisco de 35º con un vaso de agua mineral sin gas. Es posible, incluso, que no tengan la puta idea dónde están las cámaras del set ni qué mierda dicen las tarjetas que están leyendo. Apuesto que si se sacan esos anteojos, existe la posibilidad que no vean más la luz del sol sobre sus cabezas, sobre todo si pudieron vivir más de veinte años de su vida sin usarlos ... ¿Extraño no?

sábado, marzo 19, 2005

Pintura de guerra

Odio, sí, odio en su aspecto más animal es lo que siento al ver mujeres con carteras diminutas caminando por la calle. ¿Qué llevan ahí? ¿Las llaves, un par de toallas higiénicas, un lápiz, el celular? Si todo eso cupiera ahí, las aplaudo, pero juro con sangre que apenas el celular cabe apretado en esas minucias imitación cuero. Aunque lo peor no es eso, sino el neceser de género acolchado colgado de una mano. Neceser que pesa un par de kilos y que lleva hasta cera para depilarse. Ese es el ejemplo más patente de lo idiota de ser mujer. Sé que hay cosas buenas como ser madre, el sexto sentido y la ausencia de ronquidos, pero todo eso cae al suelo al sólo ver sobre faldas en la hora de almuerzo ese seudo bolso de viaje lleno de idioteces. ¿Qué tanto se maquillan o se corrigen el maquillaje en el día? ¿Polvos, brillo labial, un papel absorbente loco por ahí? La verdad es que no se necesita encremar crónicamente la cara, pavimentar por décima vez las pestañas con rimel o tratar que alguna brocha con rubor provoque que el hueso de las mejillas se esconda.

¿Y se han fijado en las que se maquillan en el metro o en la micro? Quedan peor que antes. Nadie puede tratar de ocultar ojeras ni párpados hinchados por kilos de sombra o polvos llenando la cara. Ni hablar de los delineadores azules o verdes para destacar “ojos café” y “ojos negros”... aunque informo que de cualquier manera son de mal gusto.

Las bocas son otro punto de conflicto en mi vida. Si no es bonita la boca, ¿para qué destacarla hasta con delineador los bordes? Si los dientes no están medianamente alineados o dentro de las gamas del color blanco, ¿para qué dejarlos a la vista desde una cuadra de distancia? Y señoras por favor... ¡los brillos labiales son para gente joven!

Entonces, fuera el descomunal neceser acolchado en colores pastel, los brillos para mujeres adultas, los delineadores que no sean del mismo color de los ojos reales, y fuera esas carteras diminutas que emulan una billetera al hombro pero con tarjetas de multitienda, boletos de metro, monedas sueltas y calendarios de tres años anteriores con poemas insípidos y parejas retozando enamoradas en la playa.

Y si el maquillaje fuera de pintura de guerra como los sociólogos dicen... ¿de qué guerra estamos hablando exactamente?

martes, marzo 15, 2005

Radiografía

Toda la vida deseé ser más inteligente de lo que era. Todos siempre me lo decían, pero no era suficiente. Siempre fingí dibujar mejor, pintar mejor, tener las mejores opiniones, las mejores pruebas y las mejores notas. Por eso escribía las fórmulas de matemáticas en la mesa con lápiz mina, le pedía a mi hermano que me hiciera los trabajos de artes plásticas y mi madre los de técnico manual. Por eso faltaba a las pruebas para tener más tiempo de estudiar y sacarme la mejor nota. Memorizaba la dinámica de los ejercicios de química y me trataba de eximir lo más posible de educación física. Por eso no soplaba a nadie nada.

Y resulta que, ahora, nadie puede sacarme el color negro de la ropa, el pelo suelto y desordenado, los ojos más oscuros de lo normal, las manos en los bolsillos y las eternas ganas de un tatuaje de araña en el antebrazo. Nunca llevo los labios pintados o las mejillas con color. Soy capaz de estar más de lo normal sin pestañear y mi pupila se ve siempre grande aunque esté lleno de luz alrededor. Prefiero los lápices de pasta negra y los cuadernos sin espiral que no molesten al escribir. Tengo una fijación obsesiva por los teléfonos negros con disco, los anillos en el dedo índice de la mano derecha, los sostenes negros sin encaje que se abrochan por delante, las uñas cortas, caminar más de la cuenta, el café con leche, el hilo dental, más discos que libros, los botones de rosa color crema, los gatos, la ausencia de reloj, los pañuelos mentolados, el arroz con leche, las fotos en blanco y negro, las ampolletas de cuarenta watts y los diuréticos.

domingo, marzo 13, 2005

Bicicleta con canasto

Santiago ofrece micros, taxis, autos, camionetas y motos. Santiago a veces ofrece gente en bicicleta los fines de semana. Hasta ahí todo eso es normal, lógico, aceptable. Pero lo que escapa a toda sensatez vial es esa moda de transformar Santiago en alguna ciudad de Europa. Lo que se planta ridículo y definitivamente para la risa son esas estúpidas bicicletas con canasto y las estúpidas mujeres con falditas, chasquilla recta y pinches de colores que las montan.
Sí, las odio, pero sólo por la actitud y el tipo de bicicletas. A lo mejor son tipas interesantes y con cerebro, tengan un MBA, un regio loft en Brasil, intenten mantener una vida sana, detesten los autos como yo, adoren las series del cable y aborrezcan las pobres imitaciones de la TV chilena, pero con ese tipo de vehículo sólo dejan un rastro de patetismo sobre el asfalto.

Punto uno. Sudamérica no es Europa. Chile no es Francia y Santiago definitivamente no es París. Punto dos: La bicicleta es sólo para endurecer las piernas subiendo un cerro o bajándolo. Punto tres: Las faldas ni las sandalias son aptas para andar en ellas. Punto cuatro: las bicicletas con canasto no pegan ni juntan para nuestro reducto de micros amarillas, chocolitos, piña doble, chirimoya alegre en las esquinas, bares seudo artistas, museos seudo interesantes, cafés seudo parisinos, moda seudo urbana y disquerías seudo alternativas con discos de vinilo en las vitrinas.

A lo mejor se creen Amèlie (aunque no andaba en bibicleta, pero estuvo a punto). Seguramente se levantan en la mañana deseando comprar frutas de a una, meter la mano dentro de un saco de semillas, vestirse como abuelita con chasquilla, tirar piedras en el Mapocho, grabar videos y dejarlos bajo el tapete de la puerta del vecino, enamorarse de un inadaptado como ella que roba fotos de la basura, quieren que todos los que la rodean sean felices, cocinar tortas de durazno mientras sueñan despiertas, dormir abrazadas a un enano de yeso y hacer el soberano ridículo tratando de encontrar al amor. Se tiñen el pelo negro, usan zapatos de niñita, calcetas de colegio, faldas hasta la rodilla, anteojos con marco oscuro, aros de colores, collares de pelotas, camisetas apretadas de algodón, piercing en la lengua o en la ceja y un tatuaje japonés en el tobillo.

O quizás se imaginan en un video con música de acordeón de fondo, con una boina en la cabeza, un abrigo rojo apretado en invierno, una mochila en el canasto con una bagget asomándose rumbo a su departamento de un ambiente sin muebles, con cojines en el suelo, una cortina de cuentas en la cocina y un gato con nombre de persona esperándola al lado del plato de leche vacío.

Y mientras pasa todo esto, las puteadas desde los autos, desde las micros amarillas, y de los vendedores de chocolitos, piña doble y chirimoya alegre se escuchan claras e hirientes porque las estúpidas bicicletas con canasto y las estúpidas que las montan ni siquiera saber andar en ellas por las calles y se cagan se susto cuando un frenazo o una bocina las despierta de su sueño aletargado de creerse unas francesitas sacadas de una película artística filmada en París.

jueves, marzo 10, 2005

Perros malditos

Perros malditos capaces de voltearme entera y seguirme atrapando sin desfallecer. Humor negro, sopas en sobre, tarros de café descafeinado y todos las variedades de té existentes. Coincidir a ojos cerrados en libros, pero ser tan opuestos en series del cable; criticar todo y a todos y siempre llegar a una misma patética conclusión. Su pericia en la cocina, su modo particular de hacer y decir todo, y su rapidez en notar cuándo desaparecer un rato y dejarme sola.

Me molesta estar en algo por sólo ponerle un nombre, porque tenga una foto mía en su velador o me haya dedicado una canción de The Cure. Odio llamarlo por teléfono cuando no hay nada realmente qué decir, o ponerme nerviosa cuando lo visito. Odio todo lo que no parezca lo más normal posible y que se traduzca en presión. Presión por ser la pareja perfecta, la luz de sus ojos, su musa o algo parecido. Prefiero la tarea más liviana. Prefiero ser su amiga antes que nada, pero no más que nada en el mundo.

Perros malditos con clase, con historias y formas enredadas de contarlas. Que por nada del mundo escriban poemas. Capaces de levantar el teléfono escuchar una idea y llevarla a cabo sin pensarlo mucho. Que no tengan miedo a casi nada, ni siquiera a las consecuencias. Que sonrían mucho, que se muevan rápido, que me sorprendan. Que les haya gustado Fantasmas de la trilogía de NY y que me quieran.

¿Conoces alguno?...

miércoles, marzo 09, 2005

Nunca

Nunca te rías con la primera escena idiota que viste en una película ni repitas todos los clichés de las series del cable. Nunca digas que te fascina el cine si no sabes quien es Charlie Kaufman, ni que entiendes de música si nunca has escuchado nombres como Wilco, Belle & Sebastian, Carla Bruni o Serge Gainsbourg. Nunca mezcles proteínas con carbohidratos para quejarte después que subes de peso sin saber por qué. Nunca intentes hacer limonada con el jugo de limón concentrado. Nunca te hagas adicto a los realitys ni los comentes cada vez que te encuentres con alguien. Nunca te pongas un vestido de flores con sandalias blancas y aún así te consideres original. Nunca veas el Festival de Viña en la tele, ni menos los programas en torno a él. Nunca te compres un notebook, escribas columnas de sexo y te creas la Carrie Bradshaw chilena. Nunca fumes cigarrillos sin filtro hechos en Cuba para simular una personalidad más fuerte de la que tienes. Nunca uses colaless si no tienes el físico adecuado para modelarlo. Nunca confieses que viste Felicity y te gustó. Nunca te saques una foto ni tengas una cita a las ocho de la mañana. Y nunca se te ocurra llamar insistentemente a alguien sin saber si posee o no identificador de llamadas.

Nunca simules en tu pieza ser PJ. Harvey mientras uno de sus discos te revienta los oídos, es imposible que logres su peso. Nunca sigas adelante con alguien si los estímulos ya no existen. Nunca uses un pantalón blanco ni te tiñas el pelo color caoba. Nunca mires extraño a alguien sólo porque en pleno enero decide andar con botas. Nunca digas que respetas a los gays sólo por quedar bien. Nunca hagas una tesis de grado que no te llene ni te provoque. Nunca encuentres atractiva a mujeres como Julia Roberts, Nicole Kidman, Renne Zellweger, Charlize Theron, Yamna Lobos o Maura Rivera. Nunca te dejes seducir por lo que un hombre dice. Jamás te dejes embrujar por lo que una mujer muestra. Nunca tengas una agenda con sólo papeles sueltos adentro. Nunca menciones a nadie los nombres de tus mascotas o describas sus gracias. Nunca digas que la teleserie Fuera de Control es un buen remake de Los Títeres. Y nunca te metas a un taller literario que no filtre a sus participantes y creas que ahí vas a aprender algo.

Por último, nunca reveles a nadie quién realmente eres, eso se terminará sabiendo solo...

domingo, marzo 06, 2005

Muñecas (versión larga)

Mi única relación sana con seres de vestido y pelo largo, ha sido única y exclusivamente con las muñecas... ¡¡y eso que las odiaba!! Podría decirse que este trauma viene desde que tengo conciencia; desde que vi las tacitas, los ula-ula, los pinches y las Barbie como objeto máximo entre mis pares; apenas evidencié la demora de apenas un par de segundos en el baño del colegio para hacer pichí; sólo al presenciar los juegos al elástico suicida amarrado entre dos troncos, y el patetismo estúpido plagado de laca en la adolescencia.

Recuerdo que el único contacto físico con mis muñecas, fue el mechoneo. Les ponía nombres, pero por sólo por asunto de comodidad y así no tener que describir su vestido y el color de su pelo para identificarlas. Tenía tres: Claudia, Macarena y Karina. La que quedó en peores condiciones fue Macarena: apenas con cuatro pelos unidos en una trenza escuálida, un vestido inmundo, sin calzones y un solo zapato. Algo de cariño había, no lo niego, pero que disminuyó al dejarla dentro de una caja de cartón junto con otros cachureos, y definitivamente desapareció cuando vi salir disparada una araña de rincón entre sus piernas al abrir la caja cinco años después. Mis muñecas también tenían un libro de clases. Yo era la profesora y las sentaba en la cama justo frente al clóset que me servía de pizarrón. Estaba la matea, la porra y la imbécil. No había mayor misterio; siempre Claudia, la más parecida físicamente a mí, era la que se sacaba el primer puesto a fin de año; la colorina era la porra, y la rubia Karina la imbécil. Mis gritos y retos se escuchaban hasta la calle; los pelos quedaban repartidos macabramente en el suelo y la puerta del clóset desechable después de la tiza.

Quizás mi odio a las muñecas también viene de la disparidad; de que a mi hermano le regalaban enciclopedias, rompecabezas con paisajes europeos, lápices grabados con su nombre y relojes. Sé que yo no era tonta, pero parece que en esa época todos lo creían. Con cueva tenía un diccionario con mi nombre en la tapa; con el doble de cueva me dejaban consultar la enciclopedia; y con el triple de cueva me dejaban los recortes a color de los Icarito. También ayudaba que mi hermano dibujaba bien, era casi mudo, tenía la cara más bonita que yo y era el primogénito.

Afortunadamente, el periodo Barbie ni siquiera formó parte de mi existencia. Ni por plata o por no merecerlas... fue pura y absoluta ideología. Ideología contraria a pertenecer algún día al gremio de las rubias teñidas, los pololos con músculos y las piernas de dos metros. Ideología que iría más por la ropa negra, los ojos pintados oscuros, amigos hombres con poleras negras, guata cervecera, lentes a lo Elvis Costello y audífonos de marciano pegados a sus orejas. Ideología que ahora se enmarca en la lucha cuerpo a cuerpo contra las muñecas de carne y hueso con pantalones a la cadera, pelos despuntados con reflejos dorados, desayunos de pan integral con leche descremada, y ropa color pastel cubriendo su existencia de piernas cruzadas sin celulitis.

Creo que resulta bastante obvio decir que a estas alturas de mi vida y tras años de analizarlas y excluirlas de mis círculos afectivos, prefiero las muñecas sin pelo, con el vestido sucio y veinte arañas de rincón saliendo disparadas entre sus piernas, que un pelo color miel, la tez bonita, el cuerpo de solarium tonificado, los desayunos con pan integral, la ropa de temporada, botellones de agua mineral lubricando su garganta, celulares con sonidos ridículos en sus diminutas carteras, brillo labial en sus bocas, articulaciones elásticas gracias al yoga, y Alberto Plaza, Alex Ubago, Juanes, Miguel Bosé, Luis Miguel, Obie Bermúdez, Mario Guerrero y Leandro Martínez entre sus discos preferidos.

¿Y si las arañas de rincón salieran disparadas y caminaran en línea recta hasta las muñecas de carne y hueso?... yo al menos no les avisaría.... y tú?

viernes, marzo 04, 2005

Mi amiga Maca (versión larga)

Es cierto, aunque no lo crean nunca he tenido amigas que se llamen Maca, Cata o Jose. Aunque tampoco amigas que se llamen de otro modo. Simplemente no confío en una mujer para siquiera acercarse. Para eso están los hombres; por último siempre queda la esperanza de besos furtivos en algún rincón oscuro, coqueterías subliminales y un cuerpo grande para abrazar en momentos tristes.

Aunque sí, pese a no confiar por asunto de piel, y pese a confesar que mi distancia se sustenta en la autodefensa, confieso que algún día sueño tener una amiga Maca de absoluta exclusividad. Una amiga Maca para que vayamos a comprar ropa, hablemos de hombres peludos y nos tomemos un jugo de frutas mientras nuestra cajetilla de cigarros se vacía cada vez más rápido y nuestras cejas se fruncen al lanzar ordenadamente el humo hacia un lado. O una amiga Maca para ir a bailar, intercambiarse ropa, teñirse el pelo o tener la misma agenda con secretillos guardados. O quizás una Maca para ir a un bar y hacerse las interesantes mientras nos creemos Carrie y Samantha de Sex and the City con menos presupuesto, o mejor Consuelo Aldunate en el Zanzíbar mientras se tropieza otra vez, hace el ridículo o algo que la muestre en el fondo adorable, cute o loser con style ante la interesante y sesuda conquista de turno. O un paseo a la playa con la Maca en su auto de dos puertas, mientras cantamos hasta desgarrar las gargantas una canción en español de alguien salido de un concurso de talentos en la tele. O para que vayamos al gimnasio e endurecer el trasero, sacar mini músculos y pagar un masaje reductor con aceites de almendra mientras nuestra imaginación vaga por una escena erótica salida de alguna comedia romántica con Julia Roberts de protagonista.

También confieso que mi amiga Maca sería pieza principal de mis historias y mis columnas. La citaría en cada comienzo con algo así como: “...estábamos bailando enloquecidas con una botella de agua en la mano y la Maca me dijo que fuera no más, que me acercara...” o “la Maca lo hizo de nuevo aunque juró de guata ni siquiera intentarlo...” o “entonces la Maca me escuchó de lejos y se acercó enfurecida a mí y a Nico”... Algo así.

De hecho ahora y reflexionando al mismo tiempo que escribo esto, me niego rotundamente a tener una amiga que se llame Carolina, Alejandra, Mónica, Ximena, Paula, Marcela o Claudia. Maca es inamovible; algo así como un personaje que la amiga de turno tiene que interpretar...: “Bien, tú de ahora en adelante vas a ser mi amiga Maca, no me importa tu nombre verdadero, sólo que interpretes a la perfección el rol de mi amiga Maca. ¿Quieres? ¿Te gusta? ¿Cuánto lo quieres? ¿Cuánto te gusta?... ¿Mucho?... Bien... ahora muérete”.

Entonces mi amiga Maca murió...

jueves, marzo 03, 2005

Obsesiones de cabra chica

Una vez me dio por obsesionarme con que tenía papada y debía conservar casi nuevos los zapatos de colegio que me compraron en marzo. Entonces salía de mi casa con los pies casi tiesos y una mano bajo la pera como afirmándome la piel que caía. Creo que me veía algo ridícula después de todo, especialmente cuando la gente en la calle me comenzaba a mirar más de la cuenta.

Cuando chica estaba absolutamente segura que mi edad del pavo era eterna, que no poseía ningún atractivo físico, que la palidez de mi piel rozaba lo enfermo y que mis muñecas chasconas eran mis peores enemigas. También que mi hermano era el hijo preferido y que la cero demostración de cariño de mis padres era ya algo patológico. Estaba convencida que Ultraman era lo máximo, que Verónica del grupo Mazapán era la más bonita del grupo, y que Papelucho en la Clínica era el mejor de la serie. Confiaba ciegamente en que lograría crecer más de un metro sesenta y que el día que tuviera que usar calcetas blancas con el uniforme, me saldría definitivamente del colegio.

martes, marzo 01, 2005

Candy de carne y hueso

Juré jamás acordarme de Paula Riveros Ahumada, pero aquí estoy. Era la niñita carita de muñeca de toda la vida y para todo el mundo. Tenía el pelo largo y rubio, los ojos verdes grandes y dotes de líder. Era la que me superaba todos los años y se sacaba los primeros puestos a fin de año. También todos los años la profesora la elegía para bailar cosas folclóricas en septiembre y el día de la madre. Su mamá también era bonita, se veía más joven que las demás y se sentaba con la mía en las reuniones de curso. Siempre era por dos décimas que me ganaba y a todos les caía bien. La seguían como zombies en el recreo, las profesoras eternamente la mandaban a buscar el libro de clases a Inspectoría, le pedían los cuadernos para otro curso y la ponían de ejemplo ante todo. Nunca fuimos amigas o algo parecido. No podría haberlo soportado.