Ella
La idea era tocarla sin que se despertara. La idea era tratar de excitarme sin que nadie se diera cuenta. Comenzaba con mi mano debajo de las sábanas apenas rozando sus muslos. Continuaba con la yema de mis dedos recorriendo los vellos de sus brazos, sus manos, sus dedos. Según lo que tocara iba guiando mi tacto hacia lo demás. Sólo en dos ocasiones se movió y salí rápido de ahí para observar si despertaba del todo. Nunca despertó para sorprenderme, pero después de un tiempo intuía que le gustaba, que se hacía la dormida y que incluso se acomodaba para poder sentir mejor todo.
A los pocos meses no debía disimular nada. Cuando veía apagadas las luces del pasillo, entraba a su cama y acomodaba mi cuerpo junto al suyo. Cuando sentía que la calidez de su piel envolvía silenciosamente todo, ya no era necesario tocarla. Sólo era feliz estando a su lado, mirando el techo oscuro e imaginándome todo lo que haría después.
II
Fue un solo golpe por la espalda y ya estaba tirada en el piso incapaz de levantarse. Cuando vendaba sus ojos, vi que su rostro sudoroso palidecía. Los forcejeos dejaron marcas rojas en sus brazos y su respiración se fue calmando mientras la llevaba al galpón. Después de media hora, ya estaba con su piel toda amoratada y sangre seca debajo de la nariz por el golpe en el suelo.
Deseaba hacer algo drástico. Tomé una tenaza, agarré su mano derecha y apreté fuerte hasta que la sangre saltó y su dedo meñique desapareció. Fue una sensación agradable después de todo. Ver el sufrimiento. Tener el control y decidir sobre la vida de otro porque sí.
Lo metí en una caja pequeña con papel de diario alrededor. Saqué un trapo y lo amarré fuertemente a su mano mientras la sangre no dejaba de salir a borbotones. No sentí miedo en ningún segundo por lo que podría pasarle si la hemorragia no se detenía o si caía inconsciente hasta no despertar jamás. Había entrado en un túnel fascinante y sólo debía esperar lo que pasara.
Mientras mis pasos doblaban en una esquina, un golpe frío y seco cayó sobre mi espalda y la calle se dio vuelta en un segundo. Con la cara en el suelo, vi cómo el uniforme verde se erguía a un centímetro de mi nariz. De repente, un calor sofocante me recorría entero y me aprisionaba al cemento con fuerza.
Sentado en el auto y con las manos esposadas, observé mis jeans gastados y los imaginé sobre su cama rozando su cuerpo alguna tarde tranquila de calor mientras los autos pasan abajo y la escena cambia de planos a través de una cámara que se aleja poco a poco hasta desaparecer.





