El invento (primera parte)
Fueron cinco golpes; los contamos cada uno desde nuestras piezas. Primero contra la cara, cerca del ojo, el otro en plena oreja, el tercero en el otro lado del rostro, el cuarto en el abdomen cuando ya estaba en el suelo, el quinto concentrado en la punta de su zapato directo a la espalda de ella. No intentamos ni siquiera salir de donde estábamos; de alguna forma pensábamos que ella se lo merecía. La maldad era hereditaria, por lo tanto, parte de los genes debían pertenecerle a ambos.
Estuvo un par de días en cama. Le llevábamos algo de comida y la ayudábamos en el baño. Apenas se podía su cuerpo. Nadie comprobó si existían fracturas o lesiones más graves; creo que ni a ella misma le interesaba. Sólo deseaba salir pronto de ahí y seguir como si nada hubiera pasado.
Con mi hermano conversamos por horas esa semana. Lo que resultó fue un plan para desacreditar a nuestro padre sobre quienes más añoraba crear una buena impresión: nosotros mismos. Decidimos hacerle caso de forma patética frente a lo que él nos decía o nos ordenaba. Le preparábamos la comida, le lustrábamos sus zapatos, le hacíamos el nudo perfecto de la corbata, le temperábamos el agua de la ducha en la mañana, limitábamos nuestra comida para que le quedara más a él, lo recibíamos casi con vítores cuando llegaba del trabajo, le hacíamos preguntas para hacerlo sentir importante, nos hacíamos los idiotas para que nos enseñara matemáticas y le decíamos a cada instante que si separaba de nuestra madre, indiscutiblemente nos quedaríamos con él.





