Primero nos reíamos sentados, apretando las piernas y tapándonos la boca para que nadie escuchara. Después fumábamos a escondidas y ensayábamos besos con lengua. Más tarde fue copiar la firma de nuestro padre y seguirlo los sábados cuando salía de la casa y se perdía. Lo último fue su muerte; más bien cómo y por qué se terminó muriendo.
Fueron cinco golpes; los contamos cada uno desde nuestras piezas. Primero contra la cara, cerca del ojo, el otro en plena oreja, el tercero en el otro lado del rostro, el cuarto en el abdomen cuando ya estaba en el suelo, el quinto concentrado en la punta de su zapato directo a la espalda de ella. No intentamos ni siquiera salir de donde estábamos; de alguna forma pensábamos que ella se lo merecía. La maldad era hereditaria, por lo tanto, parte de los genes debían pertenecerle a ambos.
Estuvo un par de días en cama. Le llevábamos algo de comida y la ayudábamos en el baño. Apenas se podía su cuerpo. Nadie comprobó si existían fracturas o lesiones más graves; creo que ni a ella misma le interesaba. Sólo deseaba salir pronto de ahí y seguir como si nada hubiera pasado.
Con mi hermano conversamos por horas esa semana. Lo que resultó fue un plan para desacreditar a nuestro padre sobre quienes más añoraba crear una buena impresión: nosotros mismos. Decidimos hacerle caso de forma patética frente a lo que él nos decía o nos ordenaba. Le preparábamos la comida, le lustrábamos sus zapatos, le hacíamos el nudo perfecto de la corbata, le temperábamos el agua de la ducha en la mañana, limitábamos nuestra comida para que le quedara más a él, lo recibíamos casi con vítores cuando llegaba del trabajo, le hacíamos preguntas para hacerlo sentir importante, nos hacíamos los idiotas para que nos enseñara matemáticas y le decíamos a cada instante que si separaba de nuestra madre, indiscutiblemente nos quedaríamos con él.
"A veces Lullaby tenía ganas de gritar para que la vida brotara en ese cuarto, donde todo parecía más muerto que vivo. O quizás todo lo contrario. A veces detrás de un personaje, estaba siempre su autora y su historia"
sábado, abril 30, 2005
lunes, abril 25, 2005
Una mujer sola en Praga (final)
Aún no me repongo del día de ayer, ni menos del fajo de papeles que recibí por correo. Todavía no me repongo de la obligación de recordarlo otra vez cuando ya lo creía haber olvidado. Aún peor comprobar que se trataba de un manuscrito sobre mí y que un día después me encontraría en la habitación de un hombre que se parece extrañamente a él. Finalmente mi esposo había terminado la novela que nunca pudo escribir mientras estuvimos juntos. Porque lo desconcentraba, me decía. Porque necesitaba tomar distancia, repetía. Aunque jamás pensé que ésa sería la razón para que abandonara todo y no volviera a querer saber de nada más.
Lo supe leyendo la dedicatoria y una carta breve diciendo que todo seguía igual, que no volvería y que no intentara averiguar dónde se encontraba después de tanto tiempo. Obviamente no contaba nada de su vida actual y por qué me mandaba el manuscrito ¿Acaso sólo debía leerlo? ¿Y después qué? ¿Guardarlo? ¿Destruirlo? ¿Intentar regresárselo para que lo publique? Nada, ni una sola pista.
Quizás por eso ayer lunes tenía que ser un día lluvioso y yo salir caminando apenas leyera compulsivamente su contenido. Quizás por eso debía caminar algo desorientada con el fajo de papeles bajo el brazo dispuesta a arrojarlos lo más lejos posible. Quizás por eso no pude notar una grieta en el cemento que me hizo caer inconsciente y olvidarme de todo. Quizás por eso debía despertar en una habitación desconocida, no ver por ningún lado el fajo de papeles y darme cuenta que era lo mejor que podría haber pasado desde que él se fue. Quizás por eso el hombre que se parece extrañamente a él, extrañamente ya no se parece.
Lo supe leyendo la dedicatoria y una carta breve diciendo que todo seguía igual, que no volvería y que no intentara averiguar dónde se encontraba después de tanto tiempo. Obviamente no contaba nada de su vida actual y por qué me mandaba el manuscrito ¿Acaso sólo debía leerlo? ¿Y después qué? ¿Guardarlo? ¿Destruirlo? ¿Intentar regresárselo para que lo publique? Nada, ni una sola pista.
Quizás por eso ayer lunes tenía que ser un día lluvioso y yo salir caminando apenas leyera compulsivamente su contenido. Quizás por eso debía caminar algo desorientada con el fajo de papeles bajo el brazo dispuesta a arrojarlos lo más lejos posible. Quizás por eso no pude notar una grieta en el cemento que me hizo caer inconsciente y olvidarme de todo. Quizás por eso debía despertar en una habitación desconocida, no ver por ningún lado el fajo de papeles y darme cuenta que era lo mejor que podría haber pasado desde que él se fue. Quizás por eso el hombre que se parece extrañamente a él, extrañamente ya no se parece.
domingo, abril 24, 2005
Una mujer sola en Praga (primera parte)
No puedo contar con exactitud cómo empezó todo; lo único que sé es que no importaba mucho cómo concluyera. Sacó las corbatas, las chaquetas y dejó los zapatos con cordones; prefirió irse con los que llevaba puestos y echar a una bolsa su escasa ropa interior. Terminó rápido y sin decir ni una palabra salió por la puerta y no volvió más. Hace ocho años de eso.
Es lunes del mes de julio, llueve, visto un abrigo gris y llevo un fajo de papeles bajo el brazo que pesa dos kilos. Mi espalda encorvada les impide mojarse por un buen rato, pero al llegar a la esquina de una calle curva, muy cerca del parque, mi cuerpo se abalanza trágicamente sobre el cemento y los papeles quedan tirados por todas partes. Es de noche y quedo inconsciente.
Sin saber a ciencia cierta si estoy en mi habitación o en la cama de algún hospital, titubeo con la mirada alrededor y sólo basta un enfoque certero para comprobar que no reconozco muebles, cortinas ni al hombre que ahora se acerca con una bandeja en las manos y la frase ‘al fin despertaste’ saliendo cálida de su boca. No es muy alto ni muy apuesto, pero se parece extrañamente a mi esposo. Claro que mi esposo se fue hace ocho años, jamás tendría un dormitorio así, toda esta colección de libros cerca de la ventana ni menos una cama con sábanas rojas. Pero insisto, el hombre se parece extrañamente a él.
Ahora debe tener cuarenta y tres; quince más que yo y cuatro los que pasamos juntos. Nadie creyó que nos casaríamos, pero lo hicimos y no nos fue tan mal después de todo; claro que sólo los primeros años. ¿Cuatro? Sí, sólo cuatro años duró todo. Aunque si se cuenta desde el día en que nos conocimos hasta que se fue, contaríamos seis. ¿Aún hará el amor como un animal, aún besará hasta comer entera la boca, aún sus manos se moverán perfectas mientras tocan? ¿Y cuántas mujeres habrán sido? No lo sé, pero insisto, el hombre se parece extrañamente a él.
Apenas he tocado lo de la bandeja y apenas le he preguntado al hombre qué día es hoy. Nada de dónde estoy, cómo llegué aquí, quién es él o decirle quién soy yo. Estoy sola en esta habitación, las sábanas rojas son en extremo suaves, la luz que entra por la ventana señala el mediodía en un reloj, el día es martes y la ciudad a orillas del río Moldava, Praga.
Es lunes del mes de julio, llueve, visto un abrigo gris y llevo un fajo de papeles bajo el brazo que pesa dos kilos. Mi espalda encorvada les impide mojarse por un buen rato, pero al llegar a la esquina de una calle curva, muy cerca del parque, mi cuerpo se abalanza trágicamente sobre el cemento y los papeles quedan tirados por todas partes. Es de noche y quedo inconsciente.
Sin saber a ciencia cierta si estoy en mi habitación o en la cama de algún hospital, titubeo con la mirada alrededor y sólo basta un enfoque certero para comprobar que no reconozco muebles, cortinas ni al hombre que ahora se acerca con una bandeja en las manos y la frase ‘al fin despertaste’ saliendo cálida de su boca. No es muy alto ni muy apuesto, pero se parece extrañamente a mi esposo. Claro que mi esposo se fue hace ocho años, jamás tendría un dormitorio así, toda esta colección de libros cerca de la ventana ni menos una cama con sábanas rojas. Pero insisto, el hombre se parece extrañamente a él.
Ahora debe tener cuarenta y tres; quince más que yo y cuatro los que pasamos juntos. Nadie creyó que nos casaríamos, pero lo hicimos y no nos fue tan mal después de todo; claro que sólo los primeros años. ¿Cuatro? Sí, sólo cuatro años duró todo. Aunque si se cuenta desde el día en que nos conocimos hasta que se fue, contaríamos seis. ¿Aún hará el amor como un animal, aún besará hasta comer entera la boca, aún sus manos se moverán perfectas mientras tocan? ¿Y cuántas mujeres habrán sido? No lo sé, pero insisto, el hombre se parece extrañamente a él.
Apenas he tocado lo de la bandeja y apenas le he preguntado al hombre qué día es hoy. Nada de dónde estoy, cómo llegué aquí, quién es él o decirle quién soy yo. Estoy sola en esta habitación, las sábanas rojas son en extremo suaves, la luz que entra por la ventana señala el mediodía en un reloj, el día es martes y la ciudad a orillas del río Moldava, Praga.
viernes, abril 15, 2005
El escritor (final)
Cinco minutos para la medianoche, y estamos así desde las nueve. Él no se ha sentado desde que salí del baño, me acerqué y obligué salir a todos. Está nervioso pero trata de aparentar lo contrario y tomar un control que nunca antes había visto. El cuerpo rígido, los labios apretados, las manos en los bolsillos y una frialdad que asusta. Saco el décimo cigarrillo, me siento y él hace lo mismo al fin.
Le cuento todo nuevamente, pero invierto el relato; intento mostrar los hechos antes que los motivos, aunque no sé si obtendré los mismos resultados. Se queda en silencio, embobado por el humo de su cuarto cigarrillo consumiéndose entre sus dedos, y yo continúo. Se rasca la cabeza y con sus ojos me exige que no me detenga, que las pausas sean sólo para ordenar la información en mi cabeza y lanzársela con los menos adornos posibles. Trato de hacerlo; trato de aparentar que yo también supe esto hace poco; que esto me sorprende tanto como a él.
¿Y por qué hoy? ¿Por qué precisamente esta noche? No lo sé realmente. Quizás porque me aburrí de esperar, me cansé de mortificarme en silencio por lo que ambos sentimos esa noche y ninguno hasta ahora puede reconocer. Quizás porque esta tarde adiviné que al otro lado del teléfono estabas tú, aunque no hablaras. Tal vez porque descubrí que la protagonista de tu libro era yo, aunque la disfrazaras en cada escena y en cada diálogo. O quizás porque adivino que tras ese control que tratas de aparentar, sólo se esconde la pregunta, la duda sobre qué pasará ahora que no eres mi padre.
¿Por qué tiemblas de esa manera? No creo que tengas miedo, no eres del tipo de los que tienen miedo. ¿Qué pasa entonces? No, no digas nada, ya es un poco tarde para cambiar de opinión. Recuéstate sobre el sofá, quédate quieto y no digas nada, ni siquiera eso que estás pensando; esta noche no tengo ganas de volver a mi casa.
Le cuento todo nuevamente, pero invierto el relato; intento mostrar los hechos antes que los motivos, aunque no sé si obtendré los mismos resultados. Se queda en silencio, embobado por el humo de su cuarto cigarrillo consumiéndose entre sus dedos, y yo continúo. Se rasca la cabeza y con sus ojos me exige que no me detenga, que las pausas sean sólo para ordenar la información en mi cabeza y lanzársela con los menos adornos posibles. Trato de hacerlo; trato de aparentar que yo también supe esto hace poco; que esto me sorprende tanto como a él.
¿Y por qué hoy? ¿Por qué precisamente esta noche? No lo sé realmente. Quizás porque me aburrí de esperar, me cansé de mortificarme en silencio por lo que ambos sentimos esa noche y ninguno hasta ahora puede reconocer. Quizás porque esta tarde adiviné que al otro lado del teléfono estabas tú, aunque no hablaras. Tal vez porque descubrí que la protagonista de tu libro era yo, aunque la disfrazaras en cada escena y en cada diálogo. O quizás porque adivino que tras ese control que tratas de aparentar, sólo se esconde la pregunta, la duda sobre qué pasará ahora que no eres mi padre.
¿Por qué tiemblas de esa manera? No creo que tengas miedo, no eres del tipo de los que tienen miedo. ¿Qué pasa entonces? No, no digas nada, ya es un poco tarde para cambiar de opinión. Recuéstate sobre el sofá, quédate quieto y no digas nada, ni siquiera eso que estás pensando; esta noche no tengo ganas de volver a mi casa.
domingo, abril 10, 2005
El escritor (segunda parte)
Sé que el escritor contará algo de sus viajes a España mientras camina hacia la izquierda y la derecha consumiendo lo último de su cajetilla con nerviosismo y ansiedad. Hablará de la mujer que inspiró a su protagonista, y confesará que todos sus personajes son reales, que le cuesta inventar y que prefiere observar lo que ve y escucha para transcribirlo sin que sus verdaderos protagonistas lo sepan. Que rara vez sale a comer con alguien, que las mujeres que han dormido en su cama apenas salen de su vida conociéndolo y que su familia está en alguna parte sin ansiar contactarlo.
Dentro del baño miro nuevamente mi cara en el espejo del baño y me veo más agotada de lo normal. La mujer de mundo capaz de lograr cualquier cosa que se proponga se desvanece como cien gotas de agua resbalando por el piso. El vestido negro me queda bien, igual que mi pelo desordenado y mis botas con taco que golpean rítmicamente todas las partes a las que entro evitando que se escuchen mis preguntas y las frases repetidas que ensayo mentalmente para no aburrir. El vino blanco que tomé hace una hora está atrapado en mi garganta y no quiere bajar al estómago ni subirse a mi cabeza; tampoco quiere darme valor para decirle al escritor la verdad de por qué llegué a esa charla sobre su libro.
Me canso y salgo. Estoy detrás del escritor y avanzo rápido hasta tomar su rostro, girarlo un poco y decirle al oído algo que insiste en no escuchar. Con sus manos quita las mías y las deja inmóviles a la altura de mis caderas. Sólo con mi boca trato de acertar para que escuche y sólo logro decirle la mitad. Me mira enfurecido, tira su cigarrillo al suelo, se deja caer de un golpe en la silla y de su boca sale un sonido difuso y entrecortado. Estoy de pie enfrente y mi cintura reclama por acercarse a su cabeza que sólo flota inerte arriba de su cuello a segundos de sumergirse. Todos en la sala están mudos, atentos a mis movimientos y sólo logro que mis latidos se aceleren más y el vino blanco siga estancado sin llegar a su fin. Finalmente el escritor acerca su aliento a mi rostro y me exige que le diga todo lo que sé. Mi nariz está a la altura de su cuello y mi boca lanza casi susurrando que es demasiado tarde y que ya no vale la pena. Sé que afuera ya no llueve y que el paraguas y el abrigo rojo ya no me sirven. También sé que son más de las nueve de la noche y aún no puedo salir de ahí.
Dentro del baño miro nuevamente mi cara en el espejo del baño y me veo más agotada de lo normal. La mujer de mundo capaz de lograr cualquier cosa que se proponga se desvanece como cien gotas de agua resbalando por el piso. El vestido negro me queda bien, igual que mi pelo desordenado y mis botas con taco que golpean rítmicamente todas las partes a las que entro evitando que se escuchen mis preguntas y las frases repetidas que ensayo mentalmente para no aburrir. El vino blanco que tomé hace una hora está atrapado en mi garganta y no quiere bajar al estómago ni subirse a mi cabeza; tampoco quiere darme valor para decirle al escritor la verdad de por qué llegué a esa charla sobre su libro.
Me canso y salgo. Estoy detrás del escritor y avanzo rápido hasta tomar su rostro, girarlo un poco y decirle al oído algo que insiste en no escuchar. Con sus manos quita las mías y las deja inmóviles a la altura de mis caderas. Sólo con mi boca trato de acertar para que escuche y sólo logro decirle la mitad. Me mira enfurecido, tira su cigarrillo al suelo, se deja caer de un golpe en la silla y de su boca sale un sonido difuso y entrecortado. Estoy de pie enfrente y mi cintura reclama por acercarse a su cabeza que sólo flota inerte arriba de su cuello a segundos de sumergirse. Todos en la sala están mudos, atentos a mis movimientos y sólo logro que mis latidos se aceleren más y el vino blanco siga estancado sin llegar a su fin. Finalmente el escritor acerca su aliento a mi rostro y me exige que le diga todo lo que sé. Mi nariz está a la altura de su cuello y mi boca lanza casi susurrando que es demasiado tarde y que ya no vale la pena. Sé que afuera ya no llueve y que el paraguas y el abrigo rojo ya no me sirven. También sé que son más de las nueve de la noche y aún no puedo salir de ahí.
martes, abril 05, 2005
El escritor (primera parte)
Corrí la cortina y quise arrepentirme, pero finalmente me puse el abrigo rojo, saqué un paraguas y decidí salir. Esa tarde lo vería. Sabría nuevamente qué se siente estar a su lado y escuchar como mis palpitaciones saltan a un ritmo caótico. Sólo un poco de maquillaje, un anillo negro en el dedo índice, el pelo amarrado informalmente, el sabor de un café cargado en mi boca y su libro en mi bolso. Hay muchas hojas con palabras escritas al margen y párrafos enteros subrayados. Lo hago para destacar ideas que alguna vez ocuparé en algún cuento, alguna novela o algún guión. Mientras ensayo mentalmente mis frases preferidas para mostrarme interesante, cierro la puerta con llave, alineo mis pies y salgo marcando una línea horizontal hacia la esquina.
Somos cerca de veinte personas. Caras embobadas exprimen cada movimiento nervioso del escritor hasta el punto de enmudecer y lanzar juicios sin mayor filtro con la mirada. Él trata de contestar a todo pese a desear arrancar lo más pronto posible de ahí. También pone la mejor cara cuando sin reparos lo adulan descaradamente y posan sus manos sobre sus brazos y su copiosa barba intentando retenerlo.
El escritor lleva al menos una hora sentado enfrente y aún no he podido hacer contacto visual. Me siento petrificada en la silla al tenerlo tan cerca y no atreverme a abrir la boca y decir algo. Habla y fuma sincronizadamente a un ritmo pausado, muevo un par de centímetros la silla y su brazo derecho aparece moviéndose en ascenso hacia la boca para descender enmarcado en una nube de humo que hace menos nítido lo que intento ver y escucho. El escritor menciona el personaje Clara de su novela y lo comienza a justificar al mismo tiempo que descruza sus piernas y se levanta con el cigarrillo en la mano a punto de extinguirse entre sus delgados dedos. Yo también descruzo las mías y me estiro hasta quedar en directa proporción con sus hombros. Queda cuatro segundos en silencio y pregunta si ya me voy. Sus ojos oscuros me están mirando fijo y su barba apunta al cenicero mientras deja la colilla e insiste en la pregunta. No, le digo, voy al baño. Sin esperar alguna frase, dirijo mis pasos rápidos hasta el fondo del pasillo, enciendo la luz y entro.
Somos cerca de veinte personas. Caras embobadas exprimen cada movimiento nervioso del escritor hasta el punto de enmudecer y lanzar juicios sin mayor filtro con la mirada. Él trata de contestar a todo pese a desear arrancar lo más pronto posible de ahí. También pone la mejor cara cuando sin reparos lo adulan descaradamente y posan sus manos sobre sus brazos y su copiosa barba intentando retenerlo.
El escritor lleva al menos una hora sentado enfrente y aún no he podido hacer contacto visual. Me siento petrificada en la silla al tenerlo tan cerca y no atreverme a abrir la boca y decir algo. Habla y fuma sincronizadamente a un ritmo pausado, muevo un par de centímetros la silla y su brazo derecho aparece moviéndose en ascenso hacia la boca para descender enmarcado en una nube de humo que hace menos nítido lo que intento ver y escucho. El escritor menciona el personaje Clara de su novela y lo comienza a justificar al mismo tiempo que descruza sus piernas y se levanta con el cigarrillo en la mano a punto de extinguirse entre sus delgados dedos. Yo también descruzo las mías y me estiro hasta quedar en directa proporción con sus hombros. Queda cuatro segundos en silencio y pregunta si ya me voy. Sus ojos oscuros me están mirando fijo y su barba apunta al cenicero mientras deja la colilla e insiste en la pregunta. No, le digo, voy al baño. Sin esperar alguna frase, dirijo mis pasos rápidos hasta el fondo del pasillo, enciendo la luz y entro.
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