Un escritor cerca de los cuarenta años sostiene un libro en sus manos y un cigarrillo a medio terminar en la otra. Está sentado con las piernas cruzadas y mira de reojo insistentemente donde ella, la mujer más joven del grupo, la que escribe extraño y habla poco. Ella se da cuenta y esquiva la mirada hacia el lado para perderse en el borde perfecto de la pared mientras el escritor hace un par de preguntas que nadie quiere contestar. Al fin ella gira su cabeza, le contesta y él le sonríe. Nadie sabe si la mujer joven estaba en lo correcto o no, si su opinión roza aciertos o aplasta cualquier sensatez, pero a él no le importa, a ella menos.
Hay tres hombres más y un par de mujeres aparte de ella. El primero es un ex jinete que escribe cuentos marginales. El segundo, un contador calvo que le da las interpretaciones más absurdas a cualquier cosa que lee. El tercero es un cincuentón libidinoso de voz profunda que no sabe escribir, pero va al taller por entretención. La mujer número uno tiene treinta y cinco años, pero representa cuarenta, escribe típicos cuentos de mujeres con exceso de adjetivos y frases seudo poéticas. La mujer número dos tiene más de cincuenta, no escribe y nadie se explica qué hace en un taller literario. La mujer joven del primer párrafo tiene veintisiete, se viste de negro, escribe cuentos decadentes sin mayor lógica narrativa, opina duro y fuma cinco cigarrillos desde que entra hasta que se va.
El hombre que dirige el taller es escritor y ha publicado cinco libros en editoriales conocidas. Nadie reconoce haberse aburrido ostentosamente entre las tramas repetidas de sus libros: historias de pueblos perdidos con nombres ficticios, prostitutas, boxeadores, pensiones de mala muerte y detectives-periodistas perdedores, pero el taller tiene cierto prestigio y no hay mayores quejas. El taller ya lleva dos meses y no ha pasado nada. Nadie ha impresionado mayormente, nadie ha peleado, nadie se ha ido sentido por críticas a su cuento; nada de nada.
La mujer joven espera que el hombre que dirige el taller le invite un café para comentar privadamente sus cuentos. La mujer que parece de cuarenta espera infructuosamente que alguien se emocione con algo de lo que escribe. El ex jinete sueña que sus cuentos marginales con una pelirroja de protagonista lleguen alguna vez a publicarse en una editorial, junto con convencerse hasta la médula que son lo mejor de la literatura. El calvo espera descifrar lo que la mayoría entiende de cada cosa que leen. El cincuentón libidinoso sólo espera pasar el tiempo en compañía, después que sus cuentos inspiran cierta lástima por su pobreza y abominable ceguera ortográfica. Y el hombre que dirige el taller espera que la mujer joven le diga algo que lo asegure, que lo llene de orgullo, haga valer la pena llamarse escritor y lo obligue a decidirse por invitarle un café y comentar privadamente uno de sus cuentos.
El taller toma un receso en verano para volver en marzo. El único personaje que no volverá por nada del mundo es la mujer joven de los cuentos decadentes. Ya consiguió publicar.