¿Me escuchas? ¿Eres capaz de cerrar tu boca un segundo y escucharme? ¿Que no puedes? Vaya novedad, eso es justamente lo que inició todo. ¿No lo ves? ¿Todavía no te das cuenta? Entonces siéntate y prueba poner una mano sobre la otra, subirlas a la altura de tu cara y pegarlas a tu boca. No quiero perder tiempo. Pero qué digo, sabes perfectamente que no me gusta perder tiempo. Que vivo haciendo cosas. Que si no fuera por mí, no tendrías de qué hablar con nadie. Sabes que muchas veces preferiría eso, pero no, tú te empeñas en salir y hablar y contar. ¿Por qué cuentas después de todo? ¿Qué pasa en tu cerebro cuando da la orden a tu boca de contar todo? Sabías que era un secreto, mi secreto. Sé que no es gran cosa y que nadie pagaría por él, pero te lo confié justamente para que no me molestaras con saberlo. Y ahí tú entrando, hurgando, destapando cosas. Lo acepté por mucho tiempo porque tu vida era aburrida y despreciable y subías mi ego cuando deseabas con ansiedad saber más y más de la mía. Pero se acabó, ¿entiendes? Este es el fin, auque no lo quieras entender.
¿Que por qué hoy? ¿Y por qué no hoy? Me levanté esta mañana y decidí que fuera hoy a esta hora. Tú estarías exactamente donde estás ahora, tus manos cubrirían tu gran bocota, tus piernas estarían igual de rígidas que ahora y, por donde miraras, no habría nada más que ventanas y puertas cerradas. No habría escapatoria. Sí, lo planeé perfectamente. ¿Recién lo notas? Qué lastima. Creí que algo habías aprendido en este tiempo. ¿Por qué me miras así? ¿Quieres decirme algo? Pues no quiero que me digas nada, así que mantén tus manos exactamente donde están. Tampoco me mires así. Ya es tarde. Deberías haberlo pensando antes. Antes de hablar y decir todo lo que dijiste. Además, aún no entiendo por qué ellos, justo ellos. ¿Qué creías que te darían a cambio de esa información? Dinero, un viaje, ¡qué! ¿Acaso crees que ellos son gente estúpida igual que tú? Sí, apuesto a que lo creías.
"A veces Lullaby tenía ganas de gritar para que la vida brotara en ese cuarto, donde todo parecía más muerto que vivo. O quizás todo lo contrario. A veces detrás de un personaje, estaba siempre su autora y su historia"
lunes, mayo 30, 2005
jueves, mayo 26, 2005
El número en la pared (Final)
Seguí mirándome en el espejo esperando que abriera la boca. Cuando mi mano comenzó a girar la manilla para salir, recién escuché su voz seca pidiéndome que lo acompañara. Sentados y casi rozando mi abrigo con su pantalón, él miró hacia el costado en que no estaba yo y le dijo una dirección al taxista. Veinte minutos después salí tras él, entré a una casa, subí las escaleras y esperé junto a la puerta mientras me deshacía del abrigo. El hombre salió de una habitación, caminó con pasos seguros hacia donde estaba, acercó sus manos a mi cintura y comenzó a sacar mi blusa, luego me empujó suavemente hacia un sillón, estiró mis piernas para sacar las botas, tirarlas al piso y seguir hasta quedar con mis pantalones negros en su poder. Entonces pidió que me sacara el resto y lo hice. Me llevó cerca de un cubo de madera para que sus manos acomodaran mi postura e hicieran apuntar mi mentón hacia delante, frente a un atril y un lienzo aparentemente en blanco.
Y llego con los ojos a las pinturas de la pared. La mujer que existe y no, y la niña del abrigo rojo. Llego a la visión general del hombre que me retrata, a su concentración enervante, a su técnica fría, al humo casi invisible que sale del cigarrillo estático dentro de su boca, al término de la pintura, a mi abrigo sobre el sillón que toma descuidadamente junto con toda mi ropa y deja caer a mi lado. Llego a mí, vestida, subiendo el cierre de la última bota, caminando hacia la puerta abierta, bajando las escaleras y encontrándome otra vez en la calle con la fría confirmación que soy otra vez un número. El tres en la pared. Nunca hubo un misterio, fue otro invento para que el color de mi día no fuera tal.
Y llego con los ojos a las pinturas de la pared. La mujer que existe y no, y la niña del abrigo rojo. Llego a la visión general del hombre que me retrata, a su concentración enervante, a su técnica fría, al humo casi invisible que sale del cigarrillo estático dentro de su boca, al término de la pintura, a mi abrigo sobre el sillón que toma descuidadamente junto con toda mi ropa y deja caer a mi lado. Llego a mí, vestida, subiendo el cierre de la última bota, caminando hacia la puerta abierta, bajando las escaleras y encontrándome otra vez en la calle con la fría confirmación que soy otra vez un número. El tres en la pared. Nunca hubo un misterio, fue otro invento para que el color de mi día no fuera tal.
miércoles, mayo 25, 2005
El número en la pared (Segunda parte)
Pude contar tres cuadras cortas y dos largas desde que me comenzó a seguir. Él nunca supo que a través del vidrio de la tienda observé sus pantalones negros y sus zapatos con tierra, subí a su camisa arrugada, su chaquetón gris y me quedé en el humo que salía casi invisible del cigarrillo estático de su boca. No sé cuantos minutos fueron. Pocos quizás, pero los suficientes para dejar a un lado lo que intentaba hacer, dirigirme a la puerta, abrirla y mirarlo violentamente. Sabía que me seguiría. No sé por qué, pero creía entender que entre el humo, su boca, mi pelo, sus zapatos con tierra y el color de mi día había ciertas analogías.
No llevaba nada en mis manos, ni en los bolsillos de mi abrigo ni en mi estómago desde que salí. Las calles estaban llenas, pero podía comprobar por las vitrinas de enfrente que él estaba detrás, que me seguía sin cansarse hasta que yo decidiera parar. Pero no lo hice. Seguí dejando un rastro en cada pisada, en cada sombra que provocaba mi figura sobre el cemento. Había autos. Pocos. Ruidos, los de siempre, pero ninguno que me perturbara. Sólo me concentraba en recorrer linealmente los espacios más vacíos, esforzándome en crear un misterio, algo que pudiera desaparecer si la fijación no era intensa.
Entonces me detuve frente a la puerta de un café para cruzarla, caminar hasta el fondo, entrar al baño, apoyarme contra el borde los lavamanos y ver la expresión de mi cara en el espejo. El hombre del chaquetón gris no entró, pero intuí que estaba detrás tratando de escuchar algún sonido mío. Decidí no hacer nada y esperar. Quería que entrara y me dijera sin pausas qué tenía en mente. Y entonces abrió la puerta, la cerró suavemente, dio unos pasos y se detuvo a mi lado.
No llevaba nada en mis manos, ni en los bolsillos de mi abrigo ni en mi estómago desde que salí. Las calles estaban llenas, pero podía comprobar por las vitrinas de enfrente que él estaba detrás, que me seguía sin cansarse hasta que yo decidiera parar. Pero no lo hice. Seguí dejando un rastro en cada pisada, en cada sombra que provocaba mi figura sobre el cemento. Había autos. Pocos. Ruidos, los de siempre, pero ninguno que me perturbara. Sólo me concentraba en recorrer linealmente los espacios más vacíos, esforzándome en crear un misterio, algo que pudiera desaparecer si la fijación no era intensa.
Entonces me detuve frente a la puerta de un café para cruzarla, caminar hasta el fondo, entrar al baño, apoyarme contra el borde los lavamanos y ver la expresión de mi cara en el espejo. El hombre del chaquetón gris no entró, pero intuí que estaba detrás tratando de escuchar algún sonido mío. Decidí no hacer nada y esperar. Quería que entrara y me dijera sin pausas qué tenía en mente. Y entonces abrió la puerta, la cerró suavemente, dio unos pasos y se detuvo a mi lado.
martes, mayo 24, 2005
El número en la pared (Primera parte)
A dos metros de donde estoy sentada, hay un cuadro con una mujer desnuda, apoyada sobre el borde de un mueble. Tiene el pelo largo, oscuro, los ojos cerrados, su cabeza cae lánguidamente sobre su hombro izquierdo y muerde con sutileza su labio inferior. A simple vista parece triste, sola, ocultando algún secreto. Pero si me acerco, acortando drásticamente esos dos metros de distancia, veré que la mujer no anida ningún tipo de tristeza, ni siquiera parece turbada por un sentimiento extraño o parecido. La mujer no está donde parece estar, ni siquiera su desnudez parece un detalle relevante en la historia. No existe ningún elemento externo y común que rompa el misterio, la imagen de una mujer de otra época, de otro mundo, invisible a las miradas simples y lineales. La mujer existe y no.
Cuarenta centímetros arriba del cuadro de la mujer desnuda, se ve una niña de espaldas vestida con un abrigo rojo que le llega a las rodillas. Es el dibujo difuminado de una habitación con vista hacia el balcón. Lleva botas negras, el pelo oscuro ondulado, y su pierna derecha apoyada graciosamente sobre la izquierda. Tiene apoyados sus codos sobre el borde y aunque no pueda ver su cara, intuyo que mira un punto fijo sólo para perderse en él. No vive sola, pero lo está. Es de día, quizás la mañana de un sábado o un domingo. Creo que a la niña no parece importarle; lo más probable es que el mundo de su cabeza sea interesante que el que describe el cielo azul sin nubes y el color verde en el jardín.
Y volvemos a donde estoy sentada. Mi pelo llega exactamente hasta los hombros y no estoy haciendo nada, sólo pienso en el cuadro y en mí misma. De hecho, un hombre me está retratando en el momento en que pienso esto. No podría definir su técnica ni de qué artista se trata; tampoco qué creyó encontrar cuando me vio hace una hora por primera vez. Sólo sé que me mira cada un minuto en una visión general incapaz de concentrarse en mis pezones, mi piel blanca, mis pies pequeños o en mis ojos cuando lo miro.
Cuarenta centímetros arriba del cuadro de la mujer desnuda, se ve una niña de espaldas vestida con un abrigo rojo que le llega a las rodillas. Es el dibujo difuminado de una habitación con vista hacia el balcón. Lleva botas negras, el pelo oscuro ondulado, y su pierna derecha apoyada graciosamente sobre la izquierda. Tiene apoyados sus codos sobre el borde y aunque no pueda ver su cara, intuyo que mira un punto fijo sólo para perderse en él. No vive sola, pero lo está. Es de día, quizás la mañana de un sábado o un domingo. Creo que a la niña no parece importarle; lo más probable es que el mundo de su cabeza sea interesante que el que describe el cielo azul sin nubes y el color verde en el jardín.
Y volvemos a donde estoy sentada. Mi pelo llega exactamente hasta los hombros y no estoy haciendo nada, sólo pienso en el cuadro y en mí misma. De hecho, un hombre me está retratando en el momento en que pienso esto. No podría definir su técnica ni de qué artista se trata; tampoco qué creyó encontrar cuando me vio hace una hora por primera vez. Sólo sé que me mira cada un minuto en una visión general incapaz de concentrarse en mis pezones, mi piel blanca, mis pies pequeños o en mis ojos cuando lo miro.
miércoles, mayo 18, 2005
El abrigo de piel (Final)
Cuando mis botas bordearon el primer escalón, vi a una mujer apoyada en la baranda sobre el descanso. Era una silueta filuda con los huesos encogidos. Estaba en medio de la penumbra contemplándome de pies a cabeza, robándome cada detalle hasta lograr dejarme indefensa y sin fuerzas. Pero resistí sin quitarle los ojos y avancé dos escalones más, después otros tres y sólo era cuestión de estirar la mano para poder deslizar mis dedos en la piel de su abrigo. Cuando parecía sentir la textura, ella se dio vuelta y comenzó a subir lentamente hasta el cuarto piso. Luego una puerta abierta, un sillón en medio de la habitación vacía y ella con sus piernas abiertas invitándome a entrar.
Seguí hasta caer de rodillas y poner mi cabeza sobre su abrigo. Sabía que contaría treinta segundos antes de hacerlo, luego me pondría abruptamente de piel y la llevaría hasta la única cama del lugar. Justo cuando creyera que el lazo en mi cuello y mi fuerte golpe al caer me hubieran matado, me levantaría, le sacaría bruscamente el abrigo de piel para ponérmelo y saldría silenciosamente del departamento.
Mis ojos aseguran que nadie está cerca y noto que hace menos frío que cuando entré. Hago parar un taxi, recito de memoria la dirección y cierro los ojos; un rato después nos detenemos, los abro y veo la casa del mantel rojo oscuro enfrente. La puerta está abierta y la mujer está en la misma posición que cuando la conocí. Ambas llevamos el mismo abrigo de piel. Me siento, se concentra, me mira de frente, toma mi mano izquierda y en exactamente tres segundos tomo su muñeca derecha y la corto hasta que la sangre comienza a brotar. Cae de la silla y grita de dolor, pero el sonido se ahoga. Cuando noto que el líquido comienza a armar un pequeño charco de sangre, decido sacarle el abrigo, ponerlo sobre el piso y esperar que absorba. Cuando creo que al fin termino de limpiar todo, la posición de su cuerpo me muestra una mirada vacía apuntando rígidamente hacia la mía. En mi cabeza aparece la idea de sacarme el abrigo de piel que llevo, cubrir su cara y salir finalmente de ahí. Después de todo, ella fue quien quiso una muerte extraña y llamó a la agencia. Pero lo pienso y sólo me voy.
Seguí hasta caer de rodillas y poner mi cabeza sobre su abrigo. Sabía que contaría treinta segundos antes de hacerlo, luego me pondría abruptamente de piel y la llevaría hasta la única cama del lugar. Justo cuando creyera que el lazo en mi cuello y mi fuerte golpe al caer me hubieran matado, me levantaría, le sacaría bruscamente el abrigo de piel para ponérmelo y saldría silenciosamente del departamento.
Mis ojos aseguran que nadie está cerca y noto que hace menos frío que cuando entré. Hago parar un taxi, recito de memoria la dirección y cierro los ojos; un rato después nos detenemos, los abro y veo la casa del mantel rojo oscuro enfrente. La puerta está abierta y la mujer está en la misma posición que cuando la conocí. Ambas llevamos el mismo abrigo de piel. Me siento, se concentra, me mira de frente, toma mi mano izquierda y en exactamente tres segundos tomo su muñeca derecha y la corto hasta que la sangre comienza a brotar. Cae de la silla y grita de dolor, pero el sonido se ahoga. Cuando noto que el líquido comienza a armar un pequeño charco de sangre, decido sacarle el abrigo, ponerlo sobre el piso y esperar que absorba. Cuando creo que al fin termino de limpiar todo, la posición de su cuerpo me muestra una mirada vacía apuntando rígidamente hacia la mía. En mi cabeza aparece la idea de sacarme el abrigo de piel que llevo, cubrir su cara y salir finalmente de ahí. Después de todo, ella fue quien quiso una muerte extraña y llamó a la agencia. Pero lo pienso y sólo me voy.
martes, mayo 17, 2005
El abrigo de piel ( Segunda Parte)
Las frases que pronunció sólo fueron dos. La primera describía con lujo de detalles la habitación de una casa y lo que había debajo de una cama en desuso. La segunda fue una dirección que debí memorizar en sólo dos segundos junto con el nombre de una mujer y lo que debía hacer con ella apenas me la encontrara de frente. También había un papel que guardé en mi mano apenas ella me lo entregó y que sólo abrí al pisar la calle y encontrarme sola. Creía que se trataba de una nota con algo escrito, pero cuando vi que el papel era en realidad una foto en blanco y negro doblada en cuatro, supe que se trataba de la misma mujer que acababa de visitar.
No quise fijarme en las calles por dónde iba ni en qué esquina específica el taxi doblaba. Sólo miraba el cemento de la calle a medida que pasaba baches y pasos de cebra, esperando que sólo se detuviera en el lugar que le indiqué. Eso pasó casi media hora después en una calle poco concurrida y con un edificio de cuatro pisos al frente. No quise pensarlo un poco más o decirle al taxista que me esperara; así que veinte segundos exactos demoró mi dedo índice en presionar el botón con el número 4 B pintado de blanco.
No quise fijarme en las calles por dónde iba ni en qué esquina específica el taxi doblaba. Sólo miraba el cemento de la calle a medida que pasaba baches y pasos de cebra, esperando que sólo se detuviera en el lugar que le indiqué. Eso pasó casi media hora después en una calle poco concurrida y con un edificio de cuatro pisos al frente. No quise pensarlo un poco más o decirle al taxista que me esperara; así que veinte segundos exactos demoró mi dedo índice en presionar el botón con el número 4 B pintado de blanco.
viernes, mayo 13, 2005
El abrigo de piel ( Primera Parte )
Le quité el lazo y ni siquiera trató de impedírmelo. La mujer ya estaba sin fuerzas y un poco demacrada. Cuando me rodeé el cuello con él, reconozco que apareció una pequeña duda en mi cabeza, pero seguí. Cuando lo apreté y vi cómo mi cuerpo se movía bruscamente, decidí asegurarme y mantener la postura por un minuto más. Mientras contaba mentalmente los sesenta segundos, vi que en el techo había un espejo redondo que antes no estaba, justo arriba de nuestras cabezas. Era macabro verse e incluso podría haber sido idea mía, pero se adelantaron.
Caí grotescamente en la alfombra, a medio metro de su cama. Tenía los ojos abiertos y las pupilas dilatadas. El nudo simple del lazo entrecortó mi respiración, y mis brazos rígidos no pudieron soltarlo y liberarlo tan fácilmente como creía. Giré mi cabeza hacia la izquierda y vi inmutable a la mujer del abrigo de piel a lo largo de la cama observando el techo, el espejo y toda la escena que estaba ocurriendo. No fueron más de tres minutos, pero parecía que ambas lleváramos mucho tiempo en ese lugar.
Eran cerca de las ocho y ya estaba frente a ese mantel rojo oscuro y todas las figuras que mostraban encima. Los cuadros detrás de su cabeza parecían contener figuras vivas a punto de saltar sobre quien las mirara con más detención de lo normal, pero quizás no era nada comparado con lo que esa mujer me dijo apenas me senté. Aunque mi concentración se deslizó de forma brusca hacia su abrigo de piel, pude escucharla anunciando lo que debía hacer exactamente apenas me levantara de esa silla.
Caí grotescamente en la alfombra, a medio metro de su cama. Tenía los ojos abiertos y las pupilas dilatadas. El nudo simple del lazo entrecortó mi respiración, y mis brazos rígidos no pudieron soltarlo y liberarlo tan fácilmente como creía. Giré mi cabeza hacia la izquierda y vi inmutable a la mujer del abrigo de piel a lo largo de la cama observando el techo, el espejo y toda la escena que estaba ocurriendo. No fueron más de tres minutos, pero parecía que ambas lleváramos mucho tiempo en ese lugar.
Eran cerca de las ocho y ya estaba frente a ese mantel rojo oscuro y todas las figuras que mostraban encima. Los cuadros detrás de su cabeza parecían contener figuras vivas a punto de saltar sobre quien las mirara con más detención de lo normal, pero quizás no era nada comparado con lo que esa mujer me dijo apenas me senté. Aunque mi concentración se deslizó de forma brusca hacia su abrigo de piel, pude escucharla anunciando lo que debía hacer exactamente apenas me levantara de esa silla.
miércoles, mayo 11, 2005
El Taller Literario
Un escritor cerca de los cuarenta años sostiene un libro en sus manos y un cigarrillo a medio terminar en la otra. Está sentado con las piernas cruzadas y mira de reojo insistentemente donde ella, la mujer más joven del grupo, la que escribe extraño y habla poco. Ella se da cuenta y esquiva la mirada hacia el lado para perderse en el borde perfecto de la pared mientras el escritor hace un par de preguntas que nadie quiere contestar. Al fin ella gira su cabeza, le contesta y él le sonríe. Nadie sabe si la mujer joven estaba en lo correcto o no, si su opinión roza aciertos o aplasta cualquier sensatez, pero a él no le importa, a ella menos.
Hay tres hombres más y un par de mujeres aparte de ella. El primero es un ex jinete que escribe cuentos marginales. El segundo, un contador calvo que le da las interpretaciones más absurdas a cualquier cosa que lee. El tercero es un cincuentón libidinoso de voz profunda que no sabe escribir, pero va al taller por entretención. La mujer número uno tiene treinta y cinco años, pero representa cuarenta, escribe típicos cuentos de mujeres con exceso de adjetivos y frases seudo poéticas. La mujer número dos tiene más de cincuenta, no escribe y nadie se explica qué hace en un taller literario. La mujer joven del primer párrafo tiene veintisiete, se viste de negro, escribe cuentos decadentes sin mayor lógica narrativa, opina duro y fuma cinco cigarrillos desde que entra hasta que se va.
El hombre que dirige el taller es escritor y ha publicado cinco libros en editoriales conocidas. Nadie reconoce haberse aburrido ostentosamente entre las tramas repetidas de sus libros: historias de pueblos perdidos con nombres ficticios, prostitutas, boxeadores, pensiones de mala muerte y detectives-periodistas perdedores, pero el taller tiene cierto prestigio y no hay mayores quejas. El taller ya lleva dos meses y no ha pasado nada. Nadie ha impresionado mayormente, nadie ha peleado, nadie se ha ido sentido por críticas a su cuento; nada de nada.
La mujer joven espera que el hombre que dirige el taller le invite un café para comentar privadamente sus cuentos. La mujer que parece de cuarenta espera infructuosamente que alguien se emocione con algo de lo que escribe. El ex jinete sueña que sus cuentos marginales con una pelirroja de protagonista lleguen alguna vez a publicarse en una editorial, junto con convencerse hasta la médula que son lo mejor de la literatura. El calvo espera descifrar lo que la mayoría entiende de cada cosa que leen. El cincuentón libidinoso sólo espera pasar el tiempo en compañía, después que sus cuentos inspiran cierta lástima por su pobreza y abominable ceguera ortográfica. Y el hombre que dirige el taller espera que la mujer joven le diga algo que lo asegure, que lo llene de orgullo, haga valer la pena llamarse escritor y lo obligue a decidirse por invitarle un café y comentar privadamente uno de sus cuentos.
El taller toma un receso en verano para volver en marzo. El único personaje que no volverá por nada del mundo es la mujer joven de los cuentos decadentes. Ya consiguió publicar.
Hay tres hombres más y un par de mujeres aparte de ella. El primero es un ex jinete que escribe cuentos marginales. El segundo, un contador calvo que le da las interpretaciones más absurdas a cualquier cosa que lee. El tercero es un cincuentón libidinoso de voz profunda que no sabe escribir, pero va al taller por entretención. La mujer número uno tiene treinta y cinco años, pero representa cuarenta, escribe típicos cuentos de mujeres con exceso de adjetivos y frases seudo poéticas. La mujer número dos tiene más de cincuenta, no escribe y nadie se explica qué hace en un taller literario. La mujer joven del primer párrafo tiene veintisiete, se viste de negro, escribe cuentos decadentes sin mayor lógica narrativa, opina duro y fuma cinco cigarrillos desde que entra hasta que se va.
El hombre que dirige el taller es escritor y ha publicado cinco libros en editoriales conocidas. Nadie reconoce haberse aburrido ostentosamente entre las tramas repetidas de sus libros: historias de pueblos perdidos con nombres ficticios, prostitutas, boxeadores, pensiones de mala muerte y detectives-periodistas perdedores, pero el taller tiene cierto prestigio y no hay mayores quejas. El taller ya lleva dos meses y no ha pasado nada. Nadie ha impresionado mayormente, nadie ha peleado, nadie se ha ido sentido por críticas a su cuento; nada de nada.
La mujer joven espera que el hombre que dirige el taller le invite un café para comentar privadamente sus cuentos. La mujer que parece de cuarenta espera infructuosamente que alguien se emocione con algo de lo que escribe. El ex jinete sueña que sus cuentos marginales con una pelirroja de protagonista lleguen alguna vez a publicarse en una editorial, junto con convencerse hasta la médula que son lo mejor de la literatura. El calvo espera descifrar lo que la mayoría entiende de cada cosa que leen. El cincuentón libidinoso sólo espera pasar el tiempo en compañía, después que sus cuentos inspiran cierta lástima por su pobreza y abominable ceguera ortográfica. Y el hombre que dirige el taller espera que la mujer joven le diga algo que lo asegure, que lo llene de orgullo, haga valer la pena llamarse escritor y lo obligue a decidirse por invitarle un café y comentar privadamente uno de sus cuentos.
El taller toma un receso en verano para volver en marzo. El único personaje que no volverá por nada del mundo es la mujer joven de los cuentos decadentes. Ya consiguió publicar.
sábado, mayo 07, 2005
El invento (final)
Siempre nuestro padre nos rehuyó como si no fuéramos sus hijos, como si una mala jugada de su calentura hubiera provocado que su esposa nos hubiera parido por cesárea en un parto monumental y sangriento. Fueron trece años solitarios, trece años que sirvieron para hacernos los adolescentes más extraños que un par de padres quisieran tener. Debíamos hacer algo.
Pasaron meses con halagos arrastrados y atenciones fingidas a nuestro padre. Pasó casi un año en que logramos atraerlo a nuestro bando de la peor manera que un progenitor hubiera querido: depender absolutamente de sus hijos. No podía pasar una hora en el trabajo sin llamar a la casa y preguntar cómo estábamos. No aguantaba ni una noche sin ir a nuestra pieza, verificar si respirábamos y posar su boca gigante y babosa sobre nuestra frente. Con mi hermano no sabíamos hasta qué punto lo íbamos a soportar. La idea de desviar la atención de él sobre ella, había funcionado perfectamente. Ya era el momento de volver a ignorarlo.
Y entonces ¿qué pasó? Mi padre terminó extinguiéndose solo, incapaz de levantarse de su cama sin saber de nosotros ni tocar nuestro cariño. Cuando se encontró solo, todo tomó cuerpo. Era sencillo: debía morirse de a poco, sin golpes, sin sangre, sin caídas programadas, sin dolor. Debía humillarse hasta que se sintiera un gusano arrastrándose por compañía y por simple compasión.
El invento fue su extinción agónica, la desaparición a cuenta gotas de su vida, matarlo sin realmente hacerlo. El invento fue comenzar con su muerte, seguir con la de nuestra madre y terminar con la nuestra; claro que en teoría. Yo sólo quería quedarme sola, no es culpa mía que mi hermano me hiciera caso en todo.
Pasaron meses con halagos arrastrados y atenciones fingidas a nuestro padre. Pasó casi un año en que logramos atraerlo a nuestro bando de la peor manera que un progenitor hubiera querido: depender absolutamente de sus hijos. No podía pasar una hora en el trabajo sin llamar a la casa y preguntar cómo estábamos. No aguantaba ni una noche sin ir a nuestra pieza, verificar si respirábamos y posar su boca gigante y babosa sobre nuestra frente. Con mi hermano no sabíamos hasta qué punto lo íbamos a soportar. La idea de desviar la atención de él sobre ella, había funcionado perfectamente. Ya era el momento de volver a ignorarlo.
Y entonces ¿qué pasó? Mi padre terminó extinguiéndose solo, incapaz de levantarse de su cama sin saber de nosotros ni tocar nuestro cariño. Cuando se encontró solo, todo tomó cuerpo. Era sencillo: debía morirse de a poco, sin golpes, sin sangre, sin caídas programadas, sin dolor. Debía humillarse hasta que se sintiera un gusano arrastrándose por compañía y por simple compasión.
El invento fue su extinción agónica, la desaparición a cuenta gotas de su vida, matarlo sin realmente hacerlo. El invento fue comenzar con su muerte, seguir con la de nuestra madre y terminar con la nuestra; claro que en teoría. Yo sólo quería quedarme sola, no es culpa mía que mi hermano me hiciera caso en todo.
martes, mayo 03, 2005
El invento (segunda parte)
La obsesión de nuestro padre por odiar mujeres comenzó de niño, según él mismo contaba. Lo había intentado muchas veces, pero sólo con nuestra madre se atrevió de verdad. La idea era que todo ataque fuera silencioso, sin que nadie se diera cuenta y, si lo hacían, no se extrañaran. Nuestra madre era sola y tenía un pequeño defecto al hablar; siempre estuvo enamorada de nuestro tío, pero nunca se lo dijo. Él también de ella, y no dudaba en decírselo cada vez que se encontraban. Hasta que nuestro padre los vio y echó a nuestro tío. Nunca lo volvimos a ver.
Nuestros padres nos tuvieron exactamente un año después del casamiento, nuestra madre tuvo muchas complicaciones en el parto, y quedó estéril. Éramos mellizos pero nunca nos parecimos mucho; bueno, yo soy mujer y él no. Siempre jugamos a las mismas cosas, nos vestíamos con pantalones y cuando chicos nadie notó mucho la diferencia de género. Eso hasta los 13.
Mi hermano era tranquilo como una foto, una foto que yo insistía en arrugar y tirar al suelo cada vez que peleábamos. Siempre me dejaba ganar, aun cuando las cosas que le dijera fueran tan hirientes como para apretar mi cuello y no aflojarlo nunca. Teníamos un gato cada uno y ambos los maltratábamos como mejor sabíamos; lo agarrábamos de la cola, lo hacíamos girar con fuerza en el aire y lo soltábamos cerrando los ojos esperando que cayera de un golpe fuerte en el suelo, gritara y saliera corriendo desaforado lejos de nosotros. Siempre volvían.
No teníamos mucha relación con nadie más que con nosotros mismos. Veíamos demasiada televisión para cualquier ser humano, en el colegio funcionábamos bastante bien y hasta nos felicitaban de vez en cuando. Hasta los 13, como dije.
Nuestros padres nos tuvieron exactamente un año después del casamiento, nuestra madre tuvo muchas complicaciones en el parto, y quedó estéril. Éramos mellizos pero nunca nos parecimos mucho; bueno, yo soy mujer y él no. Siempre jugamos a las mismas cosas, nos vestíamos con pantalones y cuando chicos nadie notó mucho la diferencia de género. Eso hasta los 13.
Mi hermano era tranquilo como una foto, una foto que yo insistía en arrugar y tirar al suelo cada vez que peleábamos. Siempre me dejaba ganar, aun cuando las cosas que le dijera fueran tan hirientes como para apretar mi cuello y no aflojarlo nunca. Teníamos un gato cada uno y ambos los maltratábamos como mejor sabíamos; lo agarrábamos de la cola, lo hacíamos girar con fuerza en el aire y lo soltábamos cerrando los ojos esperando que cayera de un golpe fuerte en el suelo, gritara y saliera corriendo desaforado lejos de nosotros. Siempre volvían.
No teníamos mucha relación con nadie más que con nosotros mismos. Veíamos demasiada televisión para cualquier ser humano, en el colegio funcionábamos bastante bien y hasta nos felicitaban de vez en cuando. Hasta los 13, como dije.
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