martes, junio 28, 2005

Vestido negro

De pronto y de la nada, violentamente se rompió. Tiré de los bordes hasta sacarlo completamente, pero fue más difícil de lo que creía. Entonces me puse en cuclillas apoyando mi hombro sobre la muralla mientras hacía palanca para arrancarlo. Nada otra vez. Inhalé aire tan rápido que lo devolví casi con saliva. Los músculos de mi brazo se agarrotaban, pero seguí tratando. Cuando estaba a punto de quedar afuera, extendido en el piso, lo llamé. El perro empezó a lamer, suave, pausado, como acostumbra. Su lengua primero se asomó para probar, rodeando, visitando los bordes; luego se agitó y siguió más intenso, a un ritmo de reloj, de segundos, como el pulso acelerado de un asmático. Pero el perro se detuvo. Así, de repente, un segundo más y decidió irse. Lo llamé nuevamente instigándolo que oliera, que se volviera a reencantar. Nada. El maldito perro desapareció.

De cuclillas, apoyando mis manos en el suelo, decidí probar yo misma. Entonces mi mano derecha se deslizó hacia atrás, se centró y subió. Diez segundos, vueltas con un par de dedos y tirones fuertes. Cansancio otra vez, otra vez para nada. No resultó. Él pasó por afuera y me vio; más bien yo llamé su atención. Se acercó y me preguntó qué estaba haciendo exactamente. Lo miré todavía en cuclillas hacia arriba, me paré abruptamente y le contesté que acaso no se daba cuenta, que tan estúpido era? Antes que se diera vuelta le sugerí que insistiera, ya que estaba ahí y ya que de cierta forma era el causante de todo esto. Acercó sutilmente sus dedos y comenzó a moverlos, a tientas, sólo intuyendo dónde estaba el problema en detalle. No sabía a dónde mirar. Yo tampoco. Los segundos parecían eternos y duros, demasiados rígidos. Pedía que me moviera más adelante, después que alineara mis rodillas, luego que las separara diez centímetros más. Nada terminaba de resultar. Las estrategias sólo se redujeron a cinco movimientos de robot. Cuando no resultaba el quinto, volvía resignadamente al primero y así. Todo demasiado extenuante, incómodo y de cierta forma redonda, o circular.

Nos dimos una pausa y nos apoyamos en la pared. El trabajo estaba a medias y aún no se podía decir con certeza que tendríamos éxito. Sería cosa de tiempo quizás. Cuando notamos que nuestras articulaciones estaban donde antes, me puse en cuclillas, otra vez, y comencé, más bien continuamos. Se puso detrás de mí, apoyó su mano izquierda en la pared, y la derecha donde antes. Al centro, un poco arriba y adentro, o dentro. Un milímetro apenas, y lo lograríamos. Quince segundos más y la sonrisa estática se instalaría en mi cara por al menos tres minutos seguidos.

Un sonido, mi cadera chocando con la pared, su mano hundiéndose bajo la ropa, la respiración sosegada. Funcionó. De algún extraño modo el cierre se había arreglado y finalmente podría arrancar de mi piel este puto vestido negro de una vez.

miércoles, junio 22, 2005

Tres (final?)

Preguntará desde adentro de qué se trata esto, si acaso estamos jugando. Le responderé que sí, un poco, que nos agrada. Giraré nuevamente la llave en la cerradura y esta vez abriré la puerta. Me seguirás abrazando por la cintura y ella sólo querrá hacer lo mismo. Conmigo y contigo. Pero nos distanciaremos dentro de la habitación. Tú estarás cerca de la ventana y yo de la puerta. Ella al medio, en el centro, justo en el centro. No sabrá a quién mirar y se pondrá nerviosa. Le preguntaremos si lo trajo. Nos responderá que sí, que obvio, si no, no hubiera venido. Le diré que no se haga la graciosa ni la lista conmigo, con nosotros. Bajará la cabeza y pedirá perdón. Le ordenaremos que se quite los zapatos y la ropa interior, pero que se quede con el vestido. Pondrá una cara de asombro, pero no dirá nada, no le convendrá abrir la boca por un rato. Cuando haya terminado, me acercaré y recogeré su ropa interior del suelo y te la entregaré para que la guardes en tu bolsillo. No la olerás, prométeme que no la olerás, es de mal gusto, sobre todo cuando no es la mía. Seguiremos con eso, pero esta vez tu hablarás. Quiero ver cómo lo haces, cómo lo hacen.

No me gustará, lo sé, me conozco, pero seguiré estoica al lado de la puerta. No, no me taparé los ojos, no llegaré a tanto, pero esperaré mi turno. Contaré mentalmente los minutos, me apoyaré en la puerta y me morderé el labio inferior. No me verás, estarás ocupado, muy ocupado. Cuando crea que el tiempo parece alargarse irónicamente te detendrás, te levantarás, caminarás hacia mí y me lo darás. Lo que acabaste de utilizar y ella trajo. Te preguntaré si aún servirá. Me dirás que sí, que no importa mucho el uso previo. Tomaré aire, lo apretaré en mi mano, me arrodillaré y haré los próximos veinte cortes en la parte inferior de su cuerpo. No miraré fijo ninguna de sus heridas brotando en sangre, no me importará demasiado verlas. Cuando haya terminado, podremos decir que al fin estará muerta. No le tomaremos el pulso o algo parecido, estaría de más. La cubriremos con una bolsa, nos sacaremos los guantes, cerraremos la puerta, caminaremos por el corredor y subiremos a nuestra habitación a dormir. Después de todo, estaremos cansados.


¿Escuchas? El teléfono. Es ella. Aló?...

lunes, junio 20, 2005

Tres (segunda parte)

...La obligaremos a beber dos copas de vino. Dos copas llenas. Quizás le preguntaremos el nombre, aún no sé. La edad la imaginaremos, cercana a la nuestra. Me levantaré de vez en cuando y le mostraré el escote de mi espalda por unos breves segundos. Notará que lo hago a propósito y se sonreirá para adentro. Tocaré mi cuello con mis dedos. Daré pequeñas vueltas a algún mechón de mi pelo. Haré remolinos en el de él. La miraré fijo. Ni sonriente ni enojada. Mi cara no denotará nada. Tampoco se sorprenderá. Él le adelantó por teléfono como éramos. Miraremos nuevamente el reloj y notaremos que hay impaciencia de los tres. Giraré la cabeza hacia ti y te preguntaré si ya es hora. Me dirás que sí, que para qué esperar. Nuevamente te preguntaré si no pudiste conseguir alguien mejor. No, responderás, no pude conseguir alguien mejor.

Le diremos que ya es hora. Yo se lo diré. Le pediré que se levante, que deje la copa en la mesa, que camine. La obligaremos a que vaya delante de nosotros para ver su espalda, su trasero, sus piernas. Te miraré, me mirarás y me prohibirás que te vuelva a preguntar. Le pediremos que abra la puerta de la izquierda, que entre, que la vuelva a cerrar y nos espere. Entonces le echaremos llave, nos reiremos sutilmente y la dejaremos ahí por un rato. Haremos el amor en el sofá, pero con botas. Déjame esta vez quedarme con las botas. Puedes hacer lo que quieras con lo demás, lo sabes. Ella nos escuchará. No es sorda, pero no podrá salir, aunque lo quiera, aunque desee vernos. Se excitará, claro, pero seguirá sola. Quizás se tocará sus piernas, entremedio de sus piernas, su cuello, algo. Quizás pegará su oreja a la puerta para oír mejor. No lo podremos saber desde donde estamos, pero lo imaginaremos. Terminaremos de hacer el amor y nos vestiremos. Sí, descansaremos algo. No soy una atleta o algo parecido. Tomaremos lo último de la botella en señal de celebración. Cuando estemos otra vez con todo lo puesto, me tomarás de la cintura y caminaremos por el corredor hasta la puerta de la izquierda. Le preguntaremos si nos escuchó y cuán excitada está. Nos responderá que depende de cuán excitada queremos que esté. Giraré la llave en la cerradura, abriré la puerta y la volveré a cerrar. De golpe. Sí, soy algo malvada. Me gusta serlo. ¿A ti no?...

sábado, junio 18, 2005

Tres (primera parte)

Entonces ella entrará lista para sentarse y esperarnos. Media hora exacta. Inventaremos algo por la demora; una excusa tonta. Ni siquiera nos daremos el trabajo de observarla desde la escalera; sólo nos aburriremos. Tú te pondrás ropa gris y yo iré de negro; lo sé, no lo puedo evitar, es mi color. Yo bajaré primero silenciosamente, pero ella se dará vuelta y me mirará. Será su primera vez frente a mí. No me tendrá miedo, pero algo de ella temerá de todo esto. Cuando llegue al final de los escalones, será tu turno. Silenciosamente otra vez. Me abrazarás por la espalda, te mirará y tampoco tendrá miedo. Después de todo, nos espera.

No pudiste conseguir alguien mejor, te preguntaré. No, dirás. Aceptaré sólo porque ya lo habíamos acordado. Le diré que se levante, que gire para verla mejor. No me gustará su ropa, pero será un detalle. En una hora más no la tendrá y ni siquiera recordaré de qué color era. Se volverá a sentar. Más bien nos sentaremos los tres. Yo de piernas cruzadas, cruzadas entre las tuyas. Ella estará al frente y no nos quitará los ojos de encima. La provocaremos con pequeños gestos, como mi mano entre tus piernas, como mi lengua dentro de tu oreja. Hablaremos, no sé de qué, pero diremos algo. Que no ha llovido pero está a punto. Que esta casa es y no es nuestra. Que es una larga historia. Miraremos cómo en el reloj de la pared corren demasiado lentos los minutos. Le preguntaremos si quiere tomar vino, que es lo único que tenemos. Blanco, odiamos el tinto. Sí fumamos, pero no lo haremos esta vez; simple capricho de los jueves, me conoces. Acomodaré mi falda. Subiré mi falda. Tocarás mis piernas. Jugarás con los agujeros de mis medias. Introducirás tus dedos en mi boca mientras la miramos fijo. Ella no se sorprenderá, pero estará atenta. Atenta a que comencemos con ella, a que la invitamos a este sofá. La haremos esperar. Después de todo, aún nos quedará tiempo...

jueves, junio 16, 2005

La señora G. (final-final)

...Inventando una fuerza extraña, la señora G siguió abriendo lentamente su bata hasta que sólo el borde de sus hombros parecía retenerla antes que cayera sobre el piso. Era cosa sólo de empujar con un dedo la tela para dejarla desnuda. Ella la empujó. Sus dedos ya no jugaban con el borde la cámara dentro de su bolsillo, sino que la hicieron subir hasta sacarla completamente, dirigirla a la altura de su ojo izquierdo, enfocar los pechos y disparar. Bajar hasta su vientre, sus vellos, sus muslos sueltos, sus pies, sus uñas mal pintadas y disparar. Caminar hasta una habitación vacía, esperarla junto a la ventana, dejar que se acercara, que el rastro de sus pies sobre el piso rompiera frágilmente el silencio, obligarla a acostarse sobre la madera, pararse con sus piernas abiertas sobre ella, enfocar su rostro y disparar.



En la muda habitación del segundo piso sólo se oyó el murmullo de una mujer planeando algo y sus pasos haciendo temblar ligeramente la madera. Con la ropa en una mano y la cámara, entró desnuda al baño mientras deslizaba hacia un lado la cortina y dejaba correr el agua caliente. Cuando la tina ya estaba a diez centímetros de llenarse y llegar al borde, cortó el chorro y entró. Apenas a una distancia insignificante de sus ojos, el cuerpo del joven amarrado a una silla sólo parecía esperar.

miércoles, junio 15, 2005

La señora G. (tercera parte)

...No estaba nerviosa, pero lo aparentaba para que él no se sintiera perturbado. Bajó su cabeza, le dio las gracias con la cara llena de vergüenza y apuró sus pies descalzo hasta la puerta, luego le dijo que la esperara y entró al baño. En el bolsillo del pantalón, el joven escondía su cámara sin saber aún si la usaría, pero no era un bulto muy grande después de todo. La tocó con sus dedos esperando ansioso que la señora G saliera del baño. Entonces quizás se acercaría peligrosamente, se inclinaría hacia un costado de su cara y le diría al oído algo. No tenía idea qué, pero sonaba bien al menos pensarlo. Nunca llevaba reloj, así que mentalmente contaba medio minuto, uno, tres, diez. A la media hora, prefirió sentarse en la escalera y observar desde la altura una sala de estar absolutamente normal, como cualquier casa, lejos de pertenecer a alguien intrigante. Entonces, qué hacía ahí, por qué la esperaba, por qué aceptó esperarla en primer lugar. No lo entendía, pero se quedó.

La señora G tampoco sabía muy bien cuánto rato esperar antes de salir. Revisó por cuarta vez su maquillaje, respiró tan hondo que sus pechos crecieron hasta casi cubrir las llaves del lavamanos. No se sentía especialmente atractiva, pero sabía ciertos trucos. Sólo esperaba que aún funcionaran con un hombre. Abrió diez centímetros la puerta, vio su cabeza, su nuca y salió. Aseguró nuevamente el nudo de su bata negra, hundió su pie derecho en la madera y se detuvo, pero siguió. El joven de los anteojos ya la había escuchado salir del baño, pero no quiso girar su cabeza para ver los detalles antes que se presentaran por ellos mismos. La señora G respiraba diferente, nada erótico, sólo creía que se ahogaba. Él la escuchaba ahora incómodo mientras toda la situación se tornaba más patética de lo que presupuestaba. Entonces se dio vuelta y su mirada se congeló en los pies, en el borde la bata, en el nudo deshaciéndose, en la bata abriéndose como fotografías desconcertantes que nunca se imaginó sacar...

lunes, junio 13, 2005

La señora G. (segunda parte)

...Pasó horas pensando qué sacaría al hombre de su escondite, lo hiciera bajar las escaleras de su edificio, cruzar la calle y golpear su puerta. Qué exactamente podría intrigarlo tanto que llevara su cámara consigo, dejara todo lo que estuviera haciendo y decidiera pasar muchas horas dentro de una de las siete habitaciones de la casa. Hasta que lo encontró. Era simple. Una simple acción que ambos entenderían.

Cuando su pierna derecha se estiró y tocó la plancha de zinc, el zapato rodó en declive hasta el suelo. Entonces en el momento en que la pierna derecha se quedó enganchada en el borde la ventana de la habitación, un movimiento brusco dejó su cuerpo colgando con la cabeza hacia abajo y con su vestido azul de círculos blancos describiendo su holgada ropa interior y la piel casi azul de sus piernas. No lo escuchó, no podía a esa distancia, pero supo enseguida que el click de la cámara no sonaría una sino diez veces ante semejante espectáculo. Y cuando el joven de anteojos comprobara que era cosa de segundos para que ella siguiera el mismo rumbo del zapato, saldría rápidamente de su escondite, cruzaría la calle, empujaría con fuerza la puerta, subiría desaforadamente los escalones hasta el segundo piso, buscaría entre las habitaciones, ingresaría a la correcta, estiraría su mano y sus dedos agarrarían con sangre la punta del vestido azul y traerían de vuelta a la señora G al borde de la ventana y al piso de la habitación. En forma grácil, la señora G despejaría el pelo de su frente, se acomodaría el vestido y se sacaría el zapato que aún tenía puesto. Entonces ahí vendría su actuación...

sábado, junio 11, 2005

La señora G. (primera parte)

La señora G procuraba cerrar con llave todas las puertas de la casa y guardar dentro de sus bolsillos el enorme manojo de metal que la escoltaba siempre. En total, eran cinco habitaciones vacías que insistía en recorrer varias veces al día. Aunque su conciencia siempre delatara la verdad de su soledad, a ella eso no le podía importar menos, sobre todo cuando ese estado se podía alterar con cualquier circunstancia.

Nunca dejó de intuir que desde el edificio del frente alguien insistía en fotografiar sus andanzas a través de la casa. Exactamente cuatro ventanas daban el encuadre justo para que la cámara disparara y la congelara en cada retrato. Sabía perfectamente que la ventana de la quinta habitación abría paso al techo de la casa contigua, y que en el instante en que las planchas de zinc crujieran, el hombre de la máquina la espiaría casi en línea recta desde su escondite.

Fueron seis meses en este juego de fuerzas. Cuando el sol reflectaba sanguinariamente dando de lleno en el visor de la cámara, y cuando la lluvia dejaba borrosa cualquier imagen de ella y sus pasos. Ninguno sabía el nombre del otro. Ninguno llegó a toparse nunca en la calle. Nunca pudo saber que el hombre del visor era joven, usaba anteojos, medía un metro ochenta y que su ropa negra sólo parecía acentuar su contextura en extremo delgada. Hasta que la señora G estimó que ya era tiempo de conocerse; conocerse más, claro...

miércoles, junio 08, 2005

Presos (quinta parte o final?)

...Faltan diecisiete minutos para las tres de mañana. Tenemos cinco años de diferencia. Hace dos que estamos juntos. No tenemos animales, ni siquiera sobrinos. Guardamos una colección extensa de tijeras en un cajón cerca de nuestra cama y ninguno de los dos sabe nadar. ¿Sigo enumerando? Faltan quince minutos para las tres de la mañana. Tengo un secreto y ambos tenemos otro. No somos muy de colores. Escribes con la mano izquierda y yo siempre quise hacerlo. Pintas. Escribo. De vez en cuando asesinamos. Trece minutos para las tres de la mañana. Llevamos ocho muertes a cuestas desde que nos conocimos. Nunca nadie ha sospechado nada, limpiamos muy bien todo. Yo los mortifico y tú los asesinas. Diez minutos para las tres.

Exactamente como lo planeamos nuestra primera noche aquí, en esta habitación y con las mismas ventanas cerradas. Mataríamos por diversión. Eliminaríamos hasta el último miembro de nuestras familias hasta quedarnos sólo los dos. Los citaríamos aquí para supuestamente despedirnos. El último fue mi padre. Después que mi voz lo hostilizaba majaderamente con todas las preguntas que se me ocurrían, mirándolo hasta casi quemar mis pupilas, rodeándolo, humillándolo y dejándolo solo, tú sacaste la colección de tijeras del cajón, te moviste lentamente alrededor, acercándote, alejándote, cubriendo sus ojos, escupiéndolo y extinguiéndolo lentamente hasta que el peso de su cuerpo dio un fuerte golpe contra el piso de madera. Pero esta vez es diferente. Esta vez hicimos todo lo que deseamos con el cuerpo y la mente del otro. Exploramos hasta el más ínfimo detalle. Jugamos con la luz, me doblegaste por algunos instantes, sometiéndome a cada una de tus perversidades. Te acosé impunemente, te desvestí, dominé cada centímetro de piel y alenté cada sonido que salió de tu boca. Esta vez uno de los dos va a morir, lo sabes. El acuerdo. Las tres de la mañana en punto. ¿Quién empieza?...

martes, junio 07, 2005

Presos (cuarta parte)

...Tengo tus pantalones en mi poder. ¿Qué hago con ellos? No, no, te dije que mantuvieras tus manos pegadas a tu puta boca. Así, ¿ves? No es tan difícil. ¿Por qué insistes en llevarme la contra? ¿Por qué me odias así? No logro entenderte. Si tú empezaste después de todo. ¿Quieres que haga memoria, que te recuerde el minuto exacto en que todo esto se fue a la mierda? No fue por él ni por ella, lo sabes bien. Ni siquiera fue por ese secreto. ¿Estás recordando ahora, te estás dando cuenta que todo esto es consecuencia de algo, algo que pasó en esta misma habitación, con estas mismas ventanas cerradas, con esta misma luz? ¿Creíste que lo del libro y la página 97 me lo tragaría, que no sé lo que tramabas antes de entrar aquí?. Sabes que siempre he sido más inteligente que tú. ¿Por qué me pruebas entonces? ¿Por que intentas enredarme en trucos que sólo logran aburrirme? Sí, aburrirme, hastiarme, agotarme. ¿No te das cuenta? Entonces, saca las manos de tu boca y sácate lo de arriba. Rápido, ¿no me oyes? ¿No me estás escuchando, quieres que te escupa de nuevo, o esta vez quieres que te tire al suelo y me pare sobre ti? Mira lo que llevo en mis pies ¿te parece? No respondo si llegas a lastimarte. No me importa en realidad. Saca tu trasero de la silla y ponte en cuclillas, lentamente, no hables, sólo emite algún sonido y ¡sé original!...

sábado, junio 04, 2005

Presos (tercera parte)

¿Qué estás haciendo? ¿Para dónde vas? Sabes que no me oriento en lo oscuro. Creo que caminas hacia la derecha, la ventana de la derecha. Puedo escuchar que tus pasos se dirigen allá. ¿Qué hay? Déjame pensar, déjame pensar, la chimenea, pero no está encendida, entonces qué buscas. ¿Puedes escucharme? Dime algo y ¡deja de hacer sonar eso! Arrójalo al suelo de una vez, sabes que me perturba. ¿Por qué aceleras tus pasos ahora, por qué pones eso mis piernas, te dije que lo arrojaras al suelo, por qué se mueve, qué pasa, por qué no abres tu maldita boca, quieres que haga un monólogo de esto, que hable y hable sin parar, que te mortifique hasta lograr exasperarte, que tire de tu brazo y logre que te inclines frente a mí y así, a un centímetro de mi cara, logre escupirte? ¿Quieres? ¿Cuánto te gusta? ¿Mucho? Entonces ven acá, así, tal como me gusta. ¿Ves que no era tan difícil. Ahora, límpiate la cara y ¡enciende la maldita luz!

Cierra la boca de nuevo. Es decir, sube tus manos a la altura de tus labios y pégalas ahí bruscamente, quiero escuchar el sonido. ¿A ver? Perfecto, un sonido inmejorable. Siéntate y desvístete. Ok, no puedes, tus manos. Entonces déjame a mí hacerlo. ¿Qué prefieres que te saque primero? ¿No quieres decirme? ¿No quieres verte tan vulnerable frente a mí? Qué lástima, pero ¡te voy a quitar la maldita ropa! Así con la luz encendida, iluminando cada parte. Por qué no reconoces que te gusta, que lo deseas. Sólo mueve tu pequeña cabeza de arriba hacia abajo. ¿Sí? ¿Me detengo? ¿Cómo? No te escucho, no te entiendo. Sigo.

miércoles, junio 01, 2005

Presos (segunda parte)

Vístete. No sé que haces así de todos modos. Jamás me acostaría contigo después de lo que hiciste. Y vístete bien. Qué es eso de andar con esa ropa que te vi el otro día. ¿Sufres daltonismo acaso? Sabes que eso que hiciste no es un hecho aislado y que te has comportado extrañamente desde hace un tiempo. Un tiempo largo. Y yo debía pararte de algún modo. Quizás más pronto de lo que tú o yo suponía, pero bueno, esto ya no se soporta más. ¿Por qué me señalas el libro sobre la mesa? ¿Quieres que busque algo dentro? Un papel, una nota estúpida, un puto pétalo disecado, ¿qué? ¡Pero no hables, te dije! ¡Sólo señálamelo con el dedo! ¡Pero aquí no hay nada! ¿Que busque más? ¿Qué página? ¡Haz el maldito número con los dedos! La página 97 entonces. Aquí hay un párrafo subrayado. ¿Que lo lea? Está bien, lo leeré, pero ni se te ocurra que lo haré en voz alta. Terminé. No entiendo. Lo leeré otra vez. Insisto, no me dice nada esto. Aquí dice que mirando al norte, dos ventanas hacia la derecha, alguien camina hasta correr la cortina, inclinarse frente al borde con un libro en la mano y hurgar a tientas un objeto que sobresale. Entonces se da vuelta para ver de qué se trata y descubre una persona que conoce y que se acerca violentamente.

Bien, ¿qué tiene que ver esto con lo de ahora? ¿Que ahora yo me siente? Ok, me siento y ahora qué, recuerda que no puedes hablar. No te entiendo, ¡gesticula más claro! ¿Que yo me quede en silencio? ¿Y por qué debo hacerte caso? Pero ¿por qué te levantas, por qué vas hacia la ventana, por qué hurgas a tientas, por qué tienes esa mirada ahora, por qué te estás acercando así, por qué eres así conmigo?.... ¡No, la luz no!, no apagues la luz, te pido que no apagues la luz....