Prudence
- Simple, para que nadie me pregunte por qué lo hago.
Prudence siempre hace listas de las cosas que detesta. En su cabeza, luego en el papel, luego donde pueda. Desde los detalles más absurdos hasta ciertas personas con sus dos nombres y sus dos apellidos. A Prudence nadie la soporta, ni siquiera a centímetros de distancia, pero a ella no le puede importar menos, de hecho ya está acostumbrada. No usa zapatos muy pesados, pero los usaría si con eso pudiera patear a la gente indeseable que se le cruza.
No reza por las noches ni cree en las figuras paternas o maternas, ni siquiera en sus reemplazos llamados amantes de turno. Adora sus pechos pequeños como odia los nombres de los huesos del esqueleto. Escribe historias de vez en cuando, y usa personajes sin nombre y ambientes claustrofóbicos que los mortifiquen en silencio. Tiene ojos negros y la piel blanca, y juega a dos bandas o a tres o a cuatro si tiene ganas. Es capaz de ganar todos los juegos de salón que le pongan delante, y apostar hasta lo que no tiene. No usa animales domésticos como excusa a su intensa negativa de tener hijos. Le encanta pellizcar las orejas de los gatos y burlarse de lo arrastrado que pueden ser los perros.
Juega maliciosamente con sus sobrinos a competir por quién se come más rápido un chocolate, pero la odiosa Prudence finge sólo para después restregarles en la cara que ella tiene el chocolate completo y ellos sólo el papel plateado sin nada dentro. También les hace preguntas complicadas sólo para que se confundan o se pongan a llorar. Les propone jugar al doctor entre ellos, pero al médico forense. Jamás camina descalzo en ninguna parte por miedo a los microbios. Tiene su propia taza, su propio plato y sus propios cubiertos que están tajantemente prohibidos para los demás. La odiosa Prudence odia las cebollas y los ajos y los ajíes y los copihues, aunque no se coman. Lo mismo que el olor a desodorante ambiental, el aftershave de los hombres y la textura del gel pegoteado en el pelo.
Cuando alguien dice mal una palabra, Prudence lo corrige sin la más mínima delicadeza. No toma micros en la calle, sino que buses. Dice que sabe leer el tarot, las líneas de la mano y qué significa tal o cual modo de escribir, pero en realidad sólo finge de manera creíble y perfecta. Le encantan las palabras que lleven una “h” intermedia y la consonante g y tilde y que sean esdrújulas. Adora el tiempo potencial y el pretérito imperfecto como “hubiera o hubiese”. No se separa de su diccionario Aristos de tapa gris ni de su enciclopedia Salvat, como tampoco deja de pensar nunca en sus peces de colores dentro del acuario trizado que está en su habitación.
Prudence usa ropa interior de dos colores diferentes, y nunca en su vida ha tenido un pijama con ositos estampados ni zapatos con traba ni pantys blancas cuando niña. Odia que le toquen el pelo y que intenten desenredárselo. No fuma sólo por la pose y por ocupar las manos en algo. Tampoco se come su pelo o se muerde las uñas o los cueritos que aparecen al lado. Ni siquiera intenta aplicarse color en los labios o brillo enjundioso para mostrarlos más apetecibles, o se pinta las uñas negras para ser una chica odiosa “dark”. Aunque en cierta forma lo sea. Aunque ni siquiera le importe dilucidarlo.
"Dear Prudence, won't you come out to play
Dear Prudence, greet the brand new day
The sun is up, the sky is blue
It's beautiful and so are you
Dear Prudence won't you come out and play?
Dear Prudence open up your eyes
Dear Prudence see the sunny skies
The wind is low the birds will sing
that you are part of everything
Dear Prudence won't you open up your eyes?
Dear Prudence let me see you smile
Dear Prudence like a little child
The clouds will be a daisy chain
So let me see you smile again
Dear Prudence won't you let me see you smile?" (Dear Prudence, The Beatles)





