jueves, julio 28, 2005

Prudence

- ¿Se puede saber por qué te encierras, Prudence?
- Simple, para que nadie me pregunte por qué lo hago.


Prudence siempre hace listas de las cosas que detesta. En su cabeza, luego en el papel, luego donde pueda. Desde los detalles más absurdos hasta ciertas personas con sus dos nombres y sus dos apellidos. A Prudence nadie la soporta, ni siquiera a centímetros de distancia, pero a ella no le puede importar menos, de hecho ya está acostumbrada. No usa zapatos muy pesados, pero los usaría si con eso pudiera patear a la gente indeseable que se le cruza.

No reza por las noches ni cree en las figuras paternas o maternas, ni siquiera en sus reemplazos llamados amantes de turno. Adora sus pechos pequeños como odia los nombres de los huesos del esqueleto. Escribe historias de vez en cuando, y usa personajes sin nombre y ambientes claustrofóbicos que los mortifiquen en silencio. Tiene ojos negros y la piel blanca, y juega a dos bandas o a tres o a cuatro si tiene ganas. Es capaz de ganar todos los juegos de salón que le pongan delante, y apostar hasta lo que no tiene. No usa animales domésticos como excusa a su intensa negativa de tener hijos. Le encanta pellizcar las orejas de los gatos y burlarse de lo arrastrado que pueden ser los perros.

Juega maliciosamente con sus sobrinos a competir por quién se come más rápido un chocolate, pero la odiosa Prudence finge sólo para después restregarles en la cara que ella tiene el chocolate completo y ellos sólo el papel plateado sin nada dentro. También les hace preguntas complicadas sólo para que se confundan o se pongan a llorar. Les propone jugar al doctor entre ellos, pero al médico forense. Jamás camina descalzo en ninguna parte por miedo a los microbios. Tiene su propia taza, su propio plato y sus propios cubiertos que están tajantemente prohibidos para los demás. La odiosa Prudence odia las cebollas y los ajos y los ajíes y los copihues, aunque no se coman. Lo mismo que el olor a desodorante ambiental, el aftershave de los hombres y la textura del gel pegoteado en el pelo.

Cuando alguien dice mal una palabra, Prudence lo corrige sin la más mínima delicadeza. No toma micros en la calle, sino que buses. Dice que sabe leer el tarot, las líneas de la mano y qué significa tal o cual modo de escribir, pero en realidad sólo finge de manera creíble y perfecta. Le encantan las palabras que lleven una “h” intermedia y la consonante g y tilde y que sean esdrújulas. Adora el tiempo potencial y el pretérito imperfecto como “hubiera o hubiese”. No se separa de su diccionario Aristos de tapa gris ni de su enciclopedia Salvat, como tampoco deja de pensar nunca en sus peces de colores dentro del acuario trizado que está en su habitación.

Prudence usa ropa interior de dos colores diferentes, y nunca en su vida ha tenido un pijama con ositos estampados ni zapatos con traba ni pantys blancas cuando niña. Odia que le toquen el pelo y que intenten desenredárselo. No fuma sólo por la pose y por ocupar las manos en algo. Tampoco se come su pelo o se muerde las uñas o los cueritos que aparecen al lado. Ni siquiera intenta aplicarse color en los labios o brillo enjundioso para mostrarlos más apetecibles, o se pinta las uñas negras para ser una chica odiosa “dark”. Aunque en cierta forma lo sea. Aunque ni siquiera le importe dilucidarlo.


"Dear Prudence, won't you come out to play
Dear Prudence, greet the brand new day
The sun is up, the sky is blue
It's beautiful and so are you
Dear Prudence won't you come out and play?

Dear Prudence open up your eyes
Dear Prudence see the sunny skies
The wind is low the birds will sing
that you are part of everything
Dear Prudence won't you open up your eyes?

Dear Prudence let me see you smile
Dear Prudence like a little child
The clouds will be a daisy chain
So let me see you smile again
Dear Prudence won't you let me see you smile?" (Dear Prudence, The Beatles)

lunes, julio 25, 2005

Teléfono

Dos personajes sin nombre en dos lugares diferentes. Suena el teléfono y ella contesta.

- Aló?
- Soy yo- dice él.
- Sé que eres tú. Sabía que serías tú- responde ella.
- Necesito hablar- él sigue.
- Lo intuyo. Por eso llamaste.
- No quiero hacerlo. No así.
- Lo sé, pero no puedo hacer nada. La decisión, por así decirlo, se tomó- aclara ella.
- Por qué dices eso otra vez. La decisión la tomaste tú, sin más, sin siquiera preparar el terreno o prepararme a mí.
- Era mejor así, créeme. No había otra manera. Las pensé todas y no había otra- la mujer vuelve a explicar.
- Aún no entiendo por qué. Ni siquiera lo intuyo. No sé nada
- Es cierto. No sabes ni intuyes nada. Tampoco entenderías si lo supieras.
- No soy imbécil. Terminaría entendiendo- insiste él.
- Está lloviendo. Fuerte
- Estamos hablando de otra cosa aquí, ¿no te parece?- el hombre se impacienta.
- Mi ventana se está empañando y hace un frío horrible en mi habitación- dice ella.
- Abrígate entonces.
- No quiero salir hoy. Pienso que me voy a congelar, pero necesito salir. Me esperan.
- Quién te espera a esta hora. ¿Dónde?- el hombre se confunde.
- Me quedan diez minutos para salir. Voy a cortar.
- Espera. Estamos en medio de una conversación. Una importante, al menos para mí- él replica.
- Me quedan mueve minutos para salir. Voy a cortar.
- ¿Qué te pasa? Por qué estás repitiendo las cosas. Ya entendí que tienes que irte.
- Voy a cortar- ella insiste.
- Corta entonces
- ...
- Aló?- pregunta él.
- Sí?- responde ella.
- ¿No dijiste que cortarías en, ahora, ocho minutos?
- Verdad. Tengo que salir. Voy a cortar- contesta la mujer.
- Pero ¡¿qué te pasa?!
- ¿Hay alguien ahí contigo? ¿No estás sola verdad? ¿Por qué no me lo dijiste antes para no hacer el ridículo? ¿Quién es? ¿Lo conozco? ¿Es Porno star? No me digas que es Porno star porque corto y voy para allá. ¿Quién es?- el hombre se impacienta.
- Porno star, pero no pasa nada. Con él debo salir en, ahora, cinco minutos.
- Y se puede saber qué mierda debes hacer con Porno star en donde tengan que llegar en, ahora, cuatro minutos.
- Nada importante. Un asunto. Un asunto mío- ella responde.
- Sí, ya veo. Un asunto muy tuyo.
- Está lloviendo. Más fuerte- dice la mujer.
- Y otra vez con la lluvia. Qué importa que llueva. Estamos en invierno, ¿no?- contesta enrabiado.
- Sí, pero no entiendes. Llueve más fuerte que antes- ella vuelve a insistir.
- Y los vidrios de tu ventana están más empañados, ¿verdad? Y apuesto a que tienes más frío que antes y faltan, ahora, dos minutos para que salgas.
- Creo que está entrando agua por la ventana. El piso se moja de a poco- dice ella.
- Dile a Porno star que arregle lo de tu ventana. En todo caso, qué te importa si estás a un minuto de salir y cortar.
- Sí, un minuto. Menos que un minuto a medida que vamos hablando- ella le aclara.
- Y serán treinta segundos ahora. Es más podría asegurar que nos acercamos a los veintisiete... Ahora faltan veinticuatro... Ahora veinte... Ahora diecisiete... Ahora trece...-él sigue contando irónico.
- Me voy. Nunca entendiste. Ahora sólo me voy y ni siquiera cortaré el teléfono. Podrás escuchar cómo la sangre se mezcla con el agua que entra por la ventana. Incluso podrás oír cómo mi voz se apaga hasta quedar en un frío silencio. Entonces ya no importará que no entiendas nada, que no sepas por qué esto terminó. ¿Por qué Porno star? Por qué no Porno star. Podría también haber sido cualquier otro. Daba lo mismo. Te estoy regalando estos segundos, lo sabes... Pero me voy... Voy a soltar el teléfono. Ya no tengo fuerzas en la mano. Voy a soltarlo...-dice ella casi sin sonidos mientras su cabeza da con el piso y sus ojos se cierran para siempre.

El auricular da un golpe seco un segundo después que la mujer lo suelta, pero un tercer personaje que sí tiene nombre lo toma.

- ... Aló? Aló?- pregunta el hombre del otro lado.
- ¿Sí?- dice el personaje con nombre.
- ¿Porno star?
- Sí, con él.
- ¿Todo bien?- el hombre vuelve a preguntar.
- Todo bien- responde fríamente el nuevo personaje.
- Gracias, muchas gracias- dice el hombre aliviado.
- Cuando quieras -concluye Porno Star al fin.

viernes, julio 22, 2005

Catálogo nostálgico de escenas

ESCENA 1:
(Dos personajes sin nombre. Él y ella. Trasnochados, bebidos, fumados, con sueño y con insomnio a la vez)

- El tono de marcar, como en Adaptation después de lo de las orquídeas, del polvo verde, del lápiz hueco y después del espectáculo maravilloso de embetunarse los dientes con pasta frente al espejo. Tú el tono grave y yo el agudo. Al mismo tiempo- parte él.
- ¿Adaptation?- pregunta ella.
- Ladrón de Orquídeas si quieres. Me gusta más el título original.
- ¿La del tipo que tenía un hermano gemelo?- insiste ella.
- No, es decir sí, pero no se trata de eso la historia.
- No recuerdo la parte que me dices.
- Susan Orlean llama a John Laroche mientras admira sus propios pies, los abraza y le pide que hagan el tono de marcar, que ella no lo puede hacer sola- él se impacienta.
- No, no me acuerdo, pero ¿es la misma de los gemelos?
- Sí, Charlie y Donald Kaufman, una ironía a sí mismo del guionista de la película.
- ¿Por que no dices filmes como todos, o films?
- Porque hablamos español y son películas- sigue él.
- O pelis, como le dicen es España.
- Y así y así. ¿Hacemos lo del tono?- pregunta ya cansado.
- No, mejor hablemos de mí, es decir, de nosotros.
- Ni de ti ni de nosotros, no seas autorreferente. Debe haber más temas.
- No se me ocurre ninguno.
- Una línea de Annie Hall, la del balcón después de que se conocen.
- ¿Ésa que es en blanco y negro?- otra vez ella.
- No, ésa es Manhattan y Woody se enamora de Mariel Hemingway.
- ¿La que es fea?
- No es fea, sólo que no es apropiadamente bonita o algo así- aclara él.
- Es fea de frentón, pero tiene buen cuerpo.
- Sí, bueno. Entonces... ¿la de Annie Hall en el balcón cuando no se dicen lo que tienen que decirse?
- ¿Cómo nosotros?- pregunta ella.
- No, no como nosotros. ¿Te acuerdas de la escena o no?
- Más o menos, pero podemos improvisar.
- No es la idea.
- Me pregunto por qué te gustan tanto las escenas.
- Porque así, no pienso en ti ni en mí ni en nosotros- dice él.
- ...
- ...
- ¿Entonces Adaptation?- termina ella.
- Llámame John Laroche o just Johnny- termina él.

Elisa is gone... for a while

miércoles, julio 20, 2005

Brazos cruzados

Ocho y cincuenta y dos pasado meridiano y las preguntas dónde pasar la noche y qué hacer con la maleta gigante con ruedas, dan paso a la desesperación en su rostro. Ya no hay muchas pecas, pero las hubo en abundancia cuando niña junto con los dibujos con sangre que no eran tal y el nombre exacto de sus compañeras de colegio. El ruido de las ruedas sobre el cemento se detiene, y la maleta se endereza al fin. Esta vez no para esperar una luz verde, sino para confiarle sus cosas al rostro menos fiable que saliera por el edificio de departamentos que estaba en línea directa a su estómago. Cinco escalones en la entrada, puerta de vidrio, cero aderezo artístico y con eso bastaba. La primera persona que saliera de ahí sería a la que le confiaría su maleta. Quince minutos de espera y aparece detrás de la puerta de vidrió un viejo de setenta y tantos que mira dos veces la planta de sus zapatos buscando algo. Un viejo con una parka roja y el diario de tres días atrás bajo el brazo. Ése debía ser. Ése era. Él tenía que cuidar su maleta esta noche.

La idea podría haber sido explicarle al del diario la razón. Decirle que era mucho peso para una chica delgada, que no eran necesarias muchas preguntas, que sólo aceptara, que no había ninguna bomba ni drogas ni cosas robadas ni el cadáver de alguien cortado en trozos o algo por el estilo. Pero el hombre del diario no quiso indagar más; sólo le dijo que al día siguiente a la misma hora la pasara a buscar, y eso Elisa ya lo sabía. Elisa cruzó sus brazos y comenzó a caminar liviana, rápido, casi corriendo esta vez.

Zapatos cómodos, botas sin taco, la cola de caballo que se desarma al andar hasta quedar en un desorden de color cobrizo sobre sus hombros. Elisa quisiera decir que el aire frío la despeja, pero sólo la hace sacar constantemente uno de sus pañuelos rojos para sonarse o de frentón apoyar su mano bajo su nariz. Jueves por la noche, ¿un café sin azúcar, una cerveza amarga, un dulce de frutilla, otra cerveza? La puerta de otro café sin tanto diseño y sin tanta luz se cierra tras Elisa mientras se saca su abrigo, su chaqueta o lo que la cubre al fin y se acerca a la pequeña mesa del rincón. Lo primero es apoyarse en el respaldo de la silla, cruzarse de brazos y sentirse estática al fin para sacar su cajetilla, su encendedor y esperar.

domingo, julio 17, 2005

Elisa y sus cinco movimientos

No es primera vez que Elisa se va y no es primera vez que cierta canción de The Cure adorna sus pasos, aunque adorno sea una palabra que prefiera matar sin remordimientos a golpes. ¿"A Night Like This"? ¿“A Letter To Elise”? Podrían ser muchas y aún así no calzar a la perfección con sus zapatos número treinta y siete. Tampoco es primera vez que elige el invierno para autoflagelarse por el frío que ni el abrigo más sustancioso puede aplastar.

Cinco movimientos caracterizan a Elisa cuando se detiene en una esquina esperando la luz verde. Su mano izquierda tocando las dos hileras de botones de su abrigo o chaqueta o lo que lleve al fin, para después entrar al bolsillo, agarrar la tela interior y empujar hasta el fondo, hasta que sus uñas cortas estén a un instante de romperla. Cada esquina un poco, hasta que lo logra y luego tiene que coserlos otra vez. Y Elisa lo acaba de hacer exactamente a las cuatro treinta y seis de la tarde otra vez. Su pequeño placer frente a la vitrina de un café que tiene demasiado diseño en sus asientos para los tres escuálidos comensales que sostienen tres tazas blancas y tres cigarrillos apuntando a las paredes verde agua en diagonal. Elisa piensa en sacar uno de los suyos, pero se arrepiente. No podría disfrutarlo si no es sentada y con líquido caliente pasando en simultáneo por su garganta.

Sigue sin cansarse y sin entristecerse como para dejar de caminar, hacer algo concreto para pasar la noche o dejar de tocar con sus dedos el prendedor de araña. Sin embargo a Elisa la inunda la más punzante de las rabias cuando piensa en la discusión que terminó expulsándola de su casa como en el colegio. Quizás si moviera ciertos músculos de su cara para que la horizontalidad de sus labios se hiciera evidente y ambas hileras de dientes aparecieran como si estuviera frente a un dentista, y quizás si su distancia fuese más corta ante todo lo que hay sólo a centímetros, algunas cosas serían diferentes. Pero sucede que Elisa no está ni a un milímetro de hacer lo que se supone y de sonreír y de escribir poemas y de usar adjetivos y de adornar ni una maldita cosa por ahora.

miércoles, julio 13, 2005

Elisa

Elisa camina con una descuidada cola de caballo graciosa para su edad. El día está nublado como todos los anteriores y viste un abrigo rojo o una chaqueta o algo que parece abrigarla. La piel desnuda debajo de escasa ropa no es buena para los sentimientos profundos ni para los abandonos; en la vida real o en las películas. Lleva una gigante maleta con ruedas porque al fin se va. Elisa es zurda y no tiene ningún talento artístico que sea demasiado obvio. De niña dibujaba soldados que morían exageradamente ensangrentados, pero hace mucho tiempo de eso, y ni siquiera en esa época podían llamarse dibujos.

Elisa se ha ido otras veces, pero ésta es definitiva. Esta vez hubo una fuerte discusión y su familia la expulsó como si se tratara de un colegio. Elisa estuvo doce años en uno de sólo mujeres. Por eso las odia y por eso no las imita y por eso no se viste con faldas ni usa chasquillas de muñeca. Elisa se cae de tanto en tanto como la protagonista de una canción de The Cure. Poco equilibrio, zapatos inestables, estúpida distracción. Sus pañuelos son rojos y no desechables, lleva un prendedor de araña que no simboliza nada. Es sólo un prendedor que le gusta y que tiene forma de araña.

Elisa no canta, pero quisiera. Tampoco escribe letras o ama la poesía. De hecho odia la poesía como a las ranas, como las zapatillas, como los jeans. Tampoco lee o es intelectual o cree serlo o es una experta en música que nadie escucha realmente. Elisa es más bien una chica promedio que se desvirgó a los diecisiete, que menstrúa una semana antes del mes anterior, que nunca tuvo frenillos, un yeso en alguna extremidad o un llavero idiota con un mono gigante colgando. Elisa tiene más de veinte y menos de treinta. Estudió algunas cosas pero terminó desertando, como en todo. Viajó lo necesario y tuvo algunos novios escritores que en algún momento usaron el pelo largo; sólo uno fue medianamente conocido. Elisa no canta, pero les canta en su cabeza. Y los odia y se burla, como lo hace consigo misma también de vez en cuando. Tampoco tiene mucha idea de adónde va con la cola de caballo y el abrigo o la chaqueta o lo que la cubre al fin, pero Elisa sigue caminando y ni siquiera está cansada. Lleva una maleta con ruedas.

domingo, julio 10, 2005

Extrañas costumbres con el espejo

Pásame el pantalón y el cinturón y su hebilla. Prueba a acertar los orificios y a pulir el cuero con el borde tus uñas y subir mi cierre y abotonar mi pantalón. Inclínate como sabes y cubre mis pies con tus labios. Quiero decir los calcetines en tus labios, luego en mis pies. Levanta mis brazos y ponme delante del espejo. Pasa tu mano por la pretina, bajo el cinturón, bajo el cuero, en mi cuero. Tómate tu tiempo, con calma, una cosa a la vez.

Toma las tijeras y atrévete a usarlas. Toma un trozo de pelo entre tus dedos, luego lo peinas, luego lo cortas. Exactamente diez trozos. Cuéntalos bien. Una fácil secuencia que cualquiera podría seguir. Luego limpia los filos. Retira todos los pelos diminutos, ponte delante de mí y frente al espejo, como al principio, pero sin tu hebilla, ni tu cinturón, ni la tela de tus piernas ni tu ropa interior. No cortaré nada, no te preocupes.

Separa un poco las piernas y enfoca el espejo. Ayúdate con tus pies para quedar a la altura. Firme, no quiero que te caigas o te dé un calambre. Y toma las tijeras otra vez y déjala en mis manos, luego en tus vellos. Quiero cortar un trozo, uno lo suficientemente largo. Mira qué extensión alcanza cuando lo peino. Mira el contraste con tu piel blanca, mira cómo transpiras, mira cómo no lo puedes evitar a pesar de tus esfuerzos. Mira cómo ahora te hago a un lado para arreglarme y dejarte así, medio tullida, medio excitada, medio aterrada, esperándome ocho horas para seguir con lo otro.

viernes, julio 01, 2005

Líquidos

Apenas ponga el trasero en el sofá, tocará mis rodillas atrapándolas por unos minutos con sus manos e impidiendo que cruce mis piernas. Tratará de mirarme a los ojos, pero desistirá en menos de un segundo. Entonces irá a mis zapatos, a mi vestido a mis brazos desnudos, al incipiente escote que parece no serlo. Cuando note que sus manos están ya demasiado tiempo sobre mis piernas, las sacará inmediatamente. Pero recapacitará, siempre lo hace. Todo esto lo sé de memoria, aunque aún no suceda. Aunque falten diez minutos para subir las escaleras y tocar su puerta.

Palabras estúpidas llenaran el aire. Intentos de diálogos. Bocas secas que aplacaré con el horrible café sobre la mesa. No le pediré azúcar ni usar el baño. Apenas miraré qué ropa lleva puesta o cuán inclinados siguen los cuadros en la pared. Si la alfombra está sucia o si él se acaba de duchar, tampoco me importará. Ya nos conocemos demasiado.

Cuando llegue el instante de dejar caer la ropa, lo forzaré a mirarme sólo mis pechos y mi entrepierna. Mis ojos estarán prohibidos. Los besos también. Se autoestimulará los segundos necesarios para extenderse encima mío y de un golpe casi llegar a tocar mi garganta. Se moverá graciosamente, como siempre lo hace. Los minutos variarán según mis movimientos, según qué tan lenta o rápidamente me agite debajo. Nos daremos vuelta y quedaré sobre él. Sexo oral? Quizás él lo haga, no lo sé. Luego de un rato le propondré algo. Lo obligaré en realidad. No podrá hablar, quejarse o pedir que me detenga. El maldito me hará caso con reticencias, pero lograré poner mis manos sobre su cara y hundirlas hasta los huesos. Mis caderas se deslizarán en forma horizontal largo rato hasta que se haga insoportable. Después en una línea vertical hasta casi la desesperación. Los sonidos no estarán en mi boca ni la de él y habrá secuencias de cinco llamadas telefónicas completas.

El agua recién hervida en la cocina no chocará contra el fondo de alguna taza ni se mezclará con café y cigarrillos esta vez, sino que dará de lleno en la mitad inferior de su cuerpo. Cuando note que su piel blanca cambia en instantes de color; cuando observe macabramente áreas de su cuerpo recogerse hasta parecer arrugados pedazos de papel que intentan desaparecer; cuando constate que su cuerpo se inmoviliza completamente después de un rato, y cuando el silencio al fin llene su puta boca, comprobaré en forma empírica que no era tan difícil vengarme después de todo.

Faltan dos minutos apenas para subir las escaleras y tocar su puerta. ¿Le avisarías que estoy subiendo?...Estoy impaciente por comenzar.