miércoles, agosto 31, 2005

Probabilidades

La escena es así: habrá un largo pasillo antes de la habitación que cruzaremos lentamente. Apenas la puerta se cierre detrás, apagaré la luz y fijaré totalmente mi cuerpo al tuyo a riesgo de correr, a riesgo de apresurarnos. Habrá movimientos de cabeza y mandíbulas abiertas a tope. Ruidos imperceptibles a ratos y con ciertos sonidos después. El tiempo no lo sé, el necesario, el que queramos. Esto no es un estudio.

Tus manos recorrerán mi espalda barriéndola, dejando marcas, midiendo mis costillas, apretando la cintura, hundiendo las caderas y sosteniendo mi trasero. Tendré mis manos en tus lóbulos. Tendré mis manos en tu pelo. Tendré mis manos a tres centímetros de tu nuca. Pero no habrá un orden vertical que me condicione a ir por partes. Puedo seguir a tus hombros como jugar con mis piernas en el borde de las tuyas. Puedo dejar una entre tus muslos o levantarla ligeramente y rozarlas por fuera.

Me levantarás. Treinta segundos, un minuto, lo que puedas soportar antes de girar un poco y dejarme contra la pared. A ras de suelo otra vez, mis uñas separarán las hebras de tu camisa o los hilos de tu suéter, tocando tus piernas o tus pantalones más bien. Me llevarás suavemente hasta el borde, desordenarás mi pelo más aún, tomarás mi cara, mojarás mis mejillas y sacarás mi ropa. Algunas prendas de mi ropa.

Jugaremos en un principio a adivinar. No dejarás que ni una gota de aire pase por el centro. Tu suéter no estará. Tu camisa tampoco. Tus dedos en la pretina de mi pantalón a punto de bajar el cierre. Yo en el tuyo haciendo lo mismo. Podría pensar en hacer algo con mis manos. Podría susurrarte al oído que hagas algo con las tuyas.

O podría decirte que es mejor que me vuelva a vestir y que me vaya, que no me conoces en realidad y que no soy quien tú crees. Podría obligarte a que me saques de este personaje que no me queda, que no alborotes más mi pelo, que no me mires fijo y que no me vistas más de negro.

O podría seguir fingiendo... esta noche o ninguna más.

lunes, agosto 29, 2005

Cicatriz


Parada en medio de la pieza, no sé qué hacer. Si estirar mi mano y probar abrir la manilla o encender la luz. Aún el cuarto no está completamente oscuro, son las siete exactas, hay un gran ventanal, dos vasos vacíos sobre el velador, un frío entre mis piernas y ciertas ganas de esperar.

Me siento en el borde la cama, me invento una historia, dibujo otra vez la ciudad, la hago en blanco y negro, empuño mis manos para después estirar mis dedos, saco pelusas de mi vestido, juego con el cierre de mis botas. Un clóset abierto, la mitad de un espejo que aparece, ropas ordenadas, dos cajas, papeles sucios en un rincón, una carta con letra de mujer. Una mujer que escribe y subraya palabras; una mujer que no soy yo. Dos pares de zapatos, una araña pequeña que se escapa, la habitación que ahora se oscurece. Las siete y media exactas, el ventanal que ahora comienza a reflejarme y ciertas dudas sobre seguir esperando.

Desordeno las ropas de la cama, mis dedos tocan el género, alinean los vasos sobre el velador, abren el ventanal y lo vuelven a cerrar. Mis piernas trazando pequeños círculos, mis tacos haciendo sonar la madera, el maquillaje que ya se corrió. Una repisa con libros ordenados por tamaño, dos fotos en un portarretrato, dos imágenes de una mujer que sonríe y muestra los dientes. Una mujer que, otra vez, no soy yo.

Las ocho exactas, mi brazo estirado encendiendo la luz, mi mano haciendo girar la manilla y volviéndola a su lugar. Los cierres que suenan, la ropa que cae, las botas que salen de los pies, la textura de las sábanas que roza la piel, el aroma que parece venir de otras ropas, el frío entre mis piernas que se traslada a las costillas, los lunares de mi cuerpo que nadie ha intentado enumerar, y ciertas ganas de no esperar más.

Las nueve exactas, el ruido de la manilla, la puerta que se abre, una figura que aparece, los precios que se hablan, el artilugio de látex que sale de un bolsillo, la luz que se apaga, las ropas que caen, los besos que no se dan, las manos que se mueven, las respiraciones asmáticas, la conversación que no existe, el preámbulo que no es tal, el olor del látex, los minutos que pasan, los tirones de pelo que ya no duelen, los líquidos que salen y los sentimientos que se estancan.

Las diez exactas. Me siento en el borde la cama, guardo los billetes, me invento una historia, dibujo otra vez la ciudad, la hago en blanco y negro, y pienso en una mujer que tiene mi cuerpo y mis lunares, pero que, finalmente, nunca seré yo. Creo.

jueves, agosto 25, 2005

La niña


Me habían contado sobre ella. Incluso muchas veces creí reconocerla en otras partes, pero una tarde, al fin, la vi por la calle. La niña saltaba cada tanto y aterrizaba con su pie justo en el centro de los adoquines. Llevaba un sombrero que le tapaba sus ojos y una cuerda colgando de su mano que a veces se enredaba en sus zapatos negros. Primero saltaba en un pie contando cinco adoquines, luego se detenía para descansar y seguía saltando otros cinco con un pie diferente. Era pequeña para su edad y le gustaba llamarse a sí misma una guía nocturna que trabaja de día y que lleva una cuerda colgando para utilizar en cualquier momento.

La niña tenía tres hermanos y era la única con vestido. El mayor tenía cinco años más que ella y siempre llevaba consigo un destornillador amarillo. Primero lo guardaba en su bolsillo derecho, junto con su mano, luego lo llevaba a la vista casi como un arma. El otro hermano adoraba estar sentado por horas mirando hormigas o moscas o arañas o peces del acuario. Rara vez los alimentaba, así que disfrutaba cómo con los días se iban comiendo a sí mismos. El último hermano lloraba casi gritando cuando dos de cada tres veces los demás le ganaban en el ajedrez. Entonces se paraba, botaba el tablero, pateaba las piezas, aporreaba las puertas y se encerraba en su habitación. La niña los miraba a todos, se reía con los ojos y seguía caminando con la cuerda colgando cerca de sus zapatos.

La niña miraba casi con rabia, intensamente, irónicamente, como una pequeña desquiciada. Luego asentía con la cabeza o negaba con su dedo índice, incluso antes que le preguntaran algo. Salía día por medio de la casa y caminaba hasta cuando sus pies comenzaran a dolerle. Entonces se sentaba treinta y seis segundos y se devolvía por donde mismo. Siempre era un camino diferente y nunca parecía perderse. Sus hermanos tampoco la extrañaban demasiado; menos cuando abría la puerta, dejaba la cuerda sobre una mesa, ponía otro alfiler de gancho en su vestido y se acostaba. En total tenía ochenta y siete alfileres. En total tenía cinco vestidos. Todos iguales.

A la niña nadie la cuidaba, nadie la miraba y nadie estaba tras sus pasos preguntándole sobre su cuerda, sus saltos, sus salidas como guía nocturna que trabaja de día y sus llantos invisibles. Una tarde, al fin, la vi por la calle. La niña saltaba cada tanto y aterrizaba con su pie justo en el centro de los adoquines. Llevaba un sombrero que le tapaba sus ojos y una cuerda colgando de su mano que a veces se enredaba en sus zapatos negros. Pero quizás era otra niña, no puedo asegurarlo.

lunes, agosto 22, 2005

Lullaby en un cine que no es

O cantar con su voz ronca
O sólo quedarse callada

Y la oscuridad de la luz que se apaga de pronto y la bandeja negra. Negros como los cines que a Lullaby le encanta visitar los fines de semana en la mañana. No hay casi nadie ocupando las butacas y todo parece andar más lento que el día anterior. Es en esas piezas oscuras cuando la ficción se transforma para ella en un juego, en una transacción de cartas que salen de un mazo y caen sobre el género verde. Mientras pone el afiche de una película en la pared del café, Lullaby se fija en los créditos y en una palabra que le encanta: guión.

Guión como guinda como guirnalda como guiño como guillotina como guiñapo. Los diálogos, las pausas, las formas, el tiro de cámara, los ambientes cerrados, la conversación inventada que le parece más cercana que cualquiera intercambio real de palabras. Entonces otra vez su oído aguzado tratando de diseccionar lo que sucede en las mesas del café alrededor mientras una chica con suéter rayado entra por la puerta de vidrio y ofrece sus poemas en pequeños papeles de cartulina quemados en las orillas y escritos con papel carbón.

Lullaby se acerca ella y, contrario a la indicación de los dueños de expulsar ese tipo de artesanía en décimas, le arranca una de sus cartulinas y la comienza a leer en voz alta. Entonces los lugares comunes que mezclan las nubes con el sol con las hojas cayendo con la tristeza con la luna con el amor, sólo la hacen vomitar mentalmente. Cómo, piensa Lullaby, no existirán otros sustantivos, otros conceptos, algo al menos original. Menos de un minuto y es ella misma la que la expulsa a empujones del café haciéndola casi chocar de frente con la puerta de vidrio que sólo deja entrar aire frío y unos tipos prontos a sentarse y a beber de botellas.

Un par de cervezas y otra secuencia de imágenes que se le vienen encima. La de las risas fuertes, los chistes privados, el brazo izquierdo cruzado sobre el abdomen, la espalda contra la silla, el codo derecho apoyado entre las costillas y la extremidad anterior, y el antebrazo levantado en diagonal sosteniendo un cigarrillo. Y uno que habla mirando a otra mesa, y el otro que hace lo mismo y la risa otra vez. Lullaby ensaya entonces un diálogo en su cabeza muy parecido al que ellos deberían tener. Un diálogo más o menos así:

- ¿Cuatro?- pregunta el de la ventana- ¿Eran cuatro?
- No, sólo tres, pero tan grandes que parecían cuatro- dijo al fin el tipo de la pared enfocando los ojos en el otro.
- ¿Y tú qué hiciste? ¿Saliste corriendo o sólo te hiciste el estúpido?
- Nada, no hice nada. No ves que eran tres que parecían cuatro. Me quedé petrificado.
- ¿Y ellos se acercaron entonces?- pregunta el de la ventana.
- Claro, si sólo querían venderme algo.

De pronto una mano en el hombro de Lullaby, el diálogo imaginado que se corta, y la preocupación se hace presente en su bolsillo, su caja metálica de anilina y sus papelillos. Se acerca a la barra, coge otro par de cervezas y las apura hacia los tipos que hacían de actores un instante atrás. Cómo te llamas, preguntó el de la ventana. Entonces Lullaby inclinó su cuerpo y acercó su cara sólo para dejarla a un centímetro de la de él. Luego arrastró su boca hasta tocar su oído y entonces, casi susurrando, le respondió: “Cuatro cervezas llevamos, ¿otro cenicero?”, sabiendo que las propinas esta vez iban a ser inexistentes.

Lullaby de negro
Con guiños malévolos
En un cine que no existe

jueves, agosto 18, 2005

Lullaby de negro

Lullaby de negro


Lullaby lo tiene decidido. Va a morir joven por enfermedad o por suicidio, pero más allá de los cuarenta es un terreno que no le interesa explorar. Y la palabra familia e hijos y estabilidad y colegios y remedios tampoco. No es depresión o melancolía eterna o algún equivocado concepto clínico. Es más que eso, es inexplicable, es porque sí, es por qué no. Y Lullaby no piensa en capacidades o talentos perdidos. Es una sensación que más que sentirse se percibe, se respira, se vive con ella; en el cerebro o en los intestinos. El corazón nada tiene que ver en todo esto, se repite siempre en silencio.

El tipo de los audífonos aún está sentado haciendo durar su café mientras escucha algún otro disco o la canción Catch una y otra vez. A Lullaby también le pasa. Treinta veces escucha una misma canción si le da la gana, y ni siquiera así se la aprende de memoria. De hecho se sabe muy pocas de principio a fin, pero como no es una alternativa crítica de discos vestida de negro, poco importa que sepa el año del disco, el nombre del bajista y el puto productor musical que hizo todo posible.

El hombre del rincón se parece a su abuelo o a su padre, aunque hace siglos no lo vea. Lullaby recuerda que estaban de cumpleaños el mismo día de enero, el veintidós, y que ese simple hecho fue el que más complicó su relación. No usaba bastón como el hombre de la mesa del rincón, pero siempre parecía apoyarse en cualquier pared o en el borde de algo; incluso en personas, pero Lullaby ahora parece cortar los recuerdos como una mala secuencia de escenas que no conducen a nada.

Lullaby se mueve como si flotara. Su cuerpo es liviano como el de una niña y su cara tan blanca como otra de sus muñecas satánicas o un fantasma. Lleva la bandeja sobre su palma izquierda y con la derecha procura no volcar la estúpida taza sobre la mesa. A Lullaby siempre le sonríen aunque ella rara vez lo haga. Quizás sonría con los ojos, pero más bien es un detalle casi imperceptible en su expresión. Lullaby al menos es una de tres chicos que sirven café en el lugar. Todos con look, todos con deudas que pagar y cosas igual de absurdas en sus cabezas.

Entonces la luz que de pronto se apaga y una risa acompañada del ahogado grito de una mujer. Lullaby odia esos gritos, no porque le recuerden a otros, sino porque la alteran y siempre vienen de seres con cosmetiqueros en sus carteras. Camina hacia el fondo, reconecta el interruptor automático y todo vuelve a la normalidad, excepto porque el tipo de los audífonos y el hombre del bastón ya no están. Al menos dejaron buenas propinas, piensa Lullaby mientras retira las tazas, las deja sobre la bandeja negra otra vez y trama el instante más apropiado para morir, suicidarse, desaparecer o cantar con su voz ronca en alguna otra parte.

lunes, agosto 15, 2005

Lullaby doll

Casi siempre se cae
Una vez tras otra
Entonces siempre queda el sofá

Las muñecas sin ojos y sin vestidos que Lullaby mira, pueden ser de dos tipos: las que siguen a sus antebrazos o las que efectivamente desempolva y saca a veces de una caja de cartón que la obligaron a llevarse cuando salió de su casa hace un par de meses. Garcetina y el Mar, Misareta, Roedora y Vonda Shepard. Vaya a saber Lullaby por qué les puso esos nombres, pero algo en sus caras de plástico y goma decidieron que eran esos y no otros. Lullaby las odiaba a todas, incluso el día en que se las regalaron salieron disparadas al aire y dieron certeramente en las baldosas del patio trasero.

No eran muñecas satánicas, pero Lullaby se encargó de decirles a todos que sí eran malditas y que por eso tuvo que arrancarle los ojos y mechonearlas a ratos. Siempre estuvieron en una caja de cartón dentro del clóset. Venían con vestidos limpios, pero tras años de despreocupación y maltrato, ya estaban como unas simples y abandonadas pordioseras. Una vez a la semana Lullaby las sacaba, las sentaba en el borde de su cama apoyadas en la pared, y comenzaba a hablarles de sus vidas. La de Lullaby y las de ellas. Pero siempre llegaban a la misma conclusión: la prolongación de su estado o la muerte. Y si de muertes hablamos, no era una cualquiera. Debía ser planeada y ejecutada como un rito.

Y mientras la mueca de su cara, el tipo del anillo que la afirma y el segundo perro aplastado en el día que le toca ver, forman una absurda secuencia, Lullaby repara en los cordones de sus zapatillas como los culpables. Endereza su cuerpo, abre la puerta del café, se acerca a la esquina, se sienta en la acera, saca un cigarrillo sólo para sostenerlo con los dedos de su mano izquierda mientras piensa que el tipo que acaba de atropellar al perro debería morir en un rito igual que el de sus muñecas. Entonces le sacaría sus ojos, le sacaría su ropa, le enterraría un clavo en el centro de su cuerpo y recorrería con su punta cada pedazo de piel. La excitación sería diferente, pero no menos especial.

Lullaby se para nuevamente observando cómo arrastran al perro a la acera muy cerca de ella, pero esta vez no desea mirar cómo sus tripas ya están fuera del cuerpo y cómo los ojos miran sin hacerlo. Se devuelve sobre sus pasos, empuja la puerta de vidrio, mira a todos en el café y toma el siguiente pedido en una libreta con hojas de colores.

Había una vez una muñeca
Lullaby la quemó en un tambor
Y murió

viernes, agosto 12, 2005

Lullaby caught

Y Lullaby usa medias negras con zapatillas
Quizás para correr rápido
O caminar ligero otra vez

Lullaby saca con la mano un puñado de cereales de una caja. Los de chocolate le encantan, pero sin leche y ningún líquido y menos un plato. Se los come de a uno mientras termina de vestirse, se suelta el pelo, se mira en el espejo, cierra la ventana del balcón, mira otra vez el perro muerto sobre el cemento en la calle y cierra la puerta que tiene el número 24 en el frente. Baja las escaleras casi corriendo o casi saltando. Igualmente no hay nadie cerca que la mire. Demasiada gente mayor vive en los departamentos contiguos, y eso a Lullaby la deprime porque no es capaz de visualizarse a esa edad con esas ropas y ese andar arrastrado como tortugas enfermas y llenas de achaques con fecha de expiración.

Abre la puerta del edificio que debe pesar una tonelada y la cierra de golpe sólo por placer. Entonces la calle, el perro que nadie se ha dignado a correr para que un centenar de autos lo sigan aplastando y la basura que también debe esperar un par de horas para desaparecer. Se acomoda sus medias negras, pero deja otra vez los cordones sueltos de sus zapatillas para caerse de vez en cuando y sorprenderse. Camina con el tiempo suficiente para comprar cigarrillos en un kiosco, fumarse tres, fijarse en la cara de ciertos tipos, rodear otras calles, ver como la tarde se transforma en noche y llegar finalmente empujando la puerta de vidrio del café de las tazas ridículas y del look.

Está igual de vacío que todos los días a esa hora, pero es cosa de minutos para que comiencen a llegar gente feliz a tomarse su café de rigor y expulsar sus unísonas bocanadas de humos que a Lullaby le encanta aspirar. Saluda a casi nadie, y de pronto se acuerda que no tiene una conversación larga hace días o semanas. Sólo intercambios de monosílabos y números y papelillos. Lullaby piensa en que necesita otra vez a alguien con motricidad fina para que les haga unos cuantos. Entonces saca del bolsillo su caja metálica de anilina, el pequeño sobre con los papelillos y comienza a mirar quién de los que están sentados solos en las mesas podría hacerlos de forma magistral.

De pronto otra música suena, muy diferente a Underground y muy diferente a la canción en francés que cantaba hace un rato bajo la ducha fría. Lullaby aguza el oído y reconoce Catch de The Cure saliendo casi imperceptible de los audífonos de un comensal vestido de negro, unas grandes patillas y un anillo de plata en su dedo anular. Tres mesas hacia la izquierda, la que tiene el cenicero a punto de desbordarse, y la melodía de la chica que se cae aparece. Lullaby la empieza a tararear y, como por arte de magia o birlibirloque, se tropieza con el chico de negro que graciosamente la mira y la sostiene. Entonces Lullaby sonríe, pero sólo con una imperceptible mueca mientras ve a través de la puerta de vidrio cómo otro frenazo y otro perro queda aplastado sobre el cemento. Pero esta vez Lullaby no desea intercambiar cuerpos; no con animales al menos.

Y se cae
Una vez tras otra
Entonces siempre queda el sofá
O no

miércoles, agosto 10, 2005

Lullaby underground

Y Lullaby sí que canta
Con voz ronca y todo

Las muñecas sin vestidos y sin ojos miran a Lullaby, o más bien ella es quien las mira. El sol del atardecer golpea la ventana y no hay ninguna maldita cortina que lo cubra o lo atenúe. El sofá que se transforma en cama no es cómodo, pero Lullaby no piensa despegar su trasero o su espalda antes de ordenas ciertas ideas u oraciones o simples frases en su cabeza con nudos casi rastas.

El verbo de esta tarde es limpiar. No con cloro, ni con detergente ni con jabón de glicerina. Quizás si estirara su mano y ésta se transformara en plumero y llegara a ser tan larga para desempolvar todo sin moverse, el verbo del día estaría terminado. Pero no hay cosas mágicas y nada que no conlleve despegar el trasero y la espalda de donde están hace horas. Entonces la música, un disco, algo en inglés, algo para saltar, algo como la banda sonora de Underground. Su dedo pulgar sobre el control y play.

Sus pies están con unos calcetines rayados como los que hubiera deseado usar en el colegio. Y están sobre unas medias negras. Y hay unos calzones tipo mini shorts. Y una polera negra con letras desteñidas de alguna universidad gringa. Lullaby se pone de pie, saca el penúltimo cigarro light de la cajetilla, se estira como una aplicada alumna de yoga, hace sonar ciertos huesos de las rodillas, las manos y los hombros, se acerca a la ventana, sale al pequeño balcón haciéndole el quite a los maceteros con marihuana de treinta centímetros y creciendo, se apoya en la baranda, enciende su cigarrillo, lo termina y piensa que no tiene ni una puta gana de limpiar nada por hoy. Entonces sus pasos se devuelven, entran al baño, a la tina y se ponen bajo una fría ducha que adora sentir de vez en cuando.

De pronto y bajo el fuerte chorro de agua, comienza a cantar algo en francés, casi en susurros. Tose de vez en cuando para afinar, pero su voz ronca y pastosa se escucha bien en su garganta. En un par de horas debe volver al café de las tazas ridículas, de las pocas propinas y del look que se equipara con el de ella. Quizás lo que queda del día traiga alguna novedad, dice. Mientras se pone la toalla y se hace un moño desordenado en el pelo, escucha un fuerte bocinazo acompañados de un golpe frío que no parece terminar nunca en la calle. Lullaby se asoma al balcón y ve como otro perro queda aplastado sobre el cemento. Ojalá el perro hubiera sido yo, piensa, pero como dijo hace un rato, quizás lo que queda del día traiga sorpresas gratas para variar un poco.

Y Lullaby usa medias negras con zapatillas
Para correr rápido
O caminar ligero otra vez

martes, agosto 09, 2005

Lullaby

Lullaby se recuesta sobre el sofá que se transforma en cama por la noche. Es de color crema y venía con el departamento. Hace un par de meses que llegó ahí y ni siquiera sabe cómo va a pagar el mes que viene. El único mueble del departamento es ese sofá. No hay cama, mesa, sillas, ni cojines en el suelo, ni cortinas de cuentas ni cortina de baño. No es que no le importe, pero desde que llegó no ha hecho nada para cambiar ese hecho. No recibe gente. No tiene novio. Entonces sólo le queda recostarse en ese sofá hasta transformarlo en cama cuando le dé sueño.

Trabaja atendiendo mesas en un café, pero no desea ser actriz ni escritora ni menos poeta. Tiene 22 años, pero aparenta menos o más según quien la mire. Tampoco Lullaby se viste de negro ni usa botas ni usa sombra oscura en los ojos ni ha sido presidenta de curso en el colegio. Ni siquiera tesorera. Salió de ahí como si fuera un fantasma. De hecho ella misma duda que alguien recuerde su cara o su nombre. Estaba en un biólogo matemático, pero debió haber estado en un humanista. Estaba en un cuarto medio B, pero debió haber estado en un cuarto J o H o I o K, incluso. Usaba pantalones en vez de jumper. Usaba beatles en vez de blusas. Usaba libretas en vez de cuadernos y jamás formó parte de una odiosa foto de curso. Menos en viajes a la playa para fines de año, ni a la fiesta de graduación con vestidos ridículos y parejas que parecían familiares disfrazados más que novios.

El café en que trabaja es por el look. El del café y el de ella. Algo que parece cuadrar entre su cara y las tazas ridículas y el tipo de gente que va. No recibe grandes propinas, pero ella siempre se las arregla para vengarse. De igual forma, todos vuelven por su café con amaretto y su té con limón y sus piernas cruzadas y sus cigarrillos llenando el único cenicero por mesa que ella debe cambiar cada media hora. Odia pedidos de mesas con más de cuatro personas. No por el número sino por la bandeja llena que la hace transpirar. Nunca se le ha caído, pero siempre puede pasar. Lleva casi un mes ahí, pero no sabe cuánto más durará. Después de todo, cualquier trabajo es aburrido por mucho tiempo.

Lullaby adora fumar, aunque se muera después o tenga que hablar por un agujero en la tráquea. A veces se viste con faldas de lana verde, y otras con un abrigo oscuro que cubre cualquier cosa. La puerta de su departamento tiene tres chapas. Su baño tiene un par de toallas de color crema y un pequeño espejo. Su pelo tiene nudos que ni ella misma puede desenredar sin que se formen de inmediato otra vez. Su balcón tiene tres plantas de marihuana que llegan a los treinta centímetros y creciendo. Y su teléfono sólo tiene ocho días para que no lo corten... otra vez. Entonces a Lullaby sólo le queda recostarse en el sofá hasta transformarlo en cama cuando no quiera mirar más la ventana sin cortinas o sus muñecas sin vestidos y sin ojos.

Y Lullaby sí que canta
Con voz ronca y todo

lunes, agosto 01, 2005

Esperando las sirenas

Ella y él. Dos personajes sin nombre en el medio de algo. Ella es la que habla.


- Por qué no enderezas tus piernas y vienes de una vez. ¿Tienes miedo? Apostaría a que sí, pero lo escondes detrás de tus gestos fríos, tu lejanía y los desviados retratos que sueles hacer de nosotros dos. Juegas con el espejo porque yo lo hago primero, y haces extraños giros en las historias y confundes al lector y me confundes a mí.

Te has convertido en un experto de las dobles lecturas y los pasos en falso. Aclaras cualquier cosa oscureciéndola. Dices que te gusta lo perverso, pero cuando lo soy, te desdices y te alejas y me enfrentas. Sabes perfectamente que me encantan los desafíos, los retos y que me pregunten qué se te ocurre, pero hago el juego completo, con consecuencias, intermedios explosivos y finales que desconciertan. Me conoces demasiado y yo te conozco demasiado. No intentes hacerme creer otra cosa. Y guarda tus sustantivos y tus verbos y las palabras alma, ojos, corazón, piel, sol, estrellas, luna y constelaciones. No las necesito, no las quiero.

¿Aún estás sentado escuchando mis descargos? ¿Aún no te animas a enfrentarme, pero enfrentarme realmente? Hablas y hablas, y eres muy bueno haciéndolo, pero no me basta. Nada malo va a pasar si te acercas un poco y pones tu oído en mi boca y me escuchas al fin. No habrá susurros ni suspiros ni respiraciones asmáticas. Esta vez habrá palabras claras y oraciones secas y frías. No me tocarás, ni me pedirás que me siente en tus piernas. Tampoco dirás nada hasta que termine lo que tengo que decirte. Hasta que el punto final se marque, no me interrumpirás ni un instante.

No bajes la cabeza, necesito que me mires y que no me hagas reír. Esto es más serio de lo que crees. Y ni se te ocurra buscar consejos en otra gente. No metas más cabezas en esta relación, ¿entiendes? Por otro lado, sería bueno que nos concediéramos espacios. El pegoteo no me va y creo que a ti tampoco. Ahora escucha atentamente lo siguiente: necesitamos dejar de fijarnos en otras personas, y hacerlo más veces en la tina y aumentar el número de posiciones y ver qué hacemos para adelante juntos, ya no más cada uno por su lado.

¿Qué dices? ¿Todavía tienes miedo?...- termina la mujer, a un segundo de volver a respirar sólo por la nariz y cerrar al fin su boca.