
Hace tres meses que Lullaby llegó al departamento en que vive y sólo cinco personas la han visitado. Pero si se cuenta entre ellas a la dueña del departamento que vive en el primer piso, un gásfiter que arregló la llave de la ducha, el cerrajero que cambió las chapas y puso dos más extras, el cartero que quiso comprobar si ahí realmente vivía en alguien, para Lullaby todo ha sido cuestión de trámites insulsos que ni siquiera la han perturbado; menos cuando la quinta visita son los insistentes llamados de alguien de su pasado y que la cree conocer.
Y en estos tres meses, todo ha sido un desorden para Lullaby. Ni sus ropas, ni sus discos, ni sus cajas de cereales, ni sus cinco cucharas diferentes, ni dormir o su extraña vida están el mismo lugar que el día anterior. Nunca ha sido así. El reloj que nunca lleva tampoco la salva de levantarse cuando el sueño termine o el insomnio haya ganado la partida de la madrugada. Lullaby tampoco tiene pijamas (los odia), sólo usa las poleras más viejas, sus calcetines menos rayados, su espalda contra las sábanas y su cerebro contando las imperfecciones del techo y los anillos de humedad que deja la lluvia o el líquido derramado en el departamento de arriba.
Tres veces a la semana sube a la azotea, después de haberle robado la llave a la dueña, hecho una copia y habérsela devuelto como una perfecta ladrona. Sube hasta el quinto piso, comiéndose los escalones de a dos, mete la llave en una pequeña puerta, sube otra escalera diminuta y camina al fin sintiéndose a sus anchas. El suicidio obviamente aparece lleno de humor negro e ironía al apoyar sus codos en el borde de la azotea, pero se desvanece al mirar la gente, los edificios de enfrente, el mar que se imagina, los ruidos que la vuelven sorda, y las risas que quiere apropiar como un boomerang hacia sus propios labios. Lullaby está ahí por horas y siempre de noche o de madrugada, siempre que está triste, siempre que está feliz.
Cuando nota que sus piernas se cansan y alguien más sube a la azotea, Lullaby sabe que es hora de volver, bajar las escaleras, abrir la puerta de su departamento y seguir con la sensación en su piel o en sus caderas. La música, vestirse rara, salir a la calle, comprar tres barras de cereales, comprobar que debe renovar su guardarropa, que la maldita primavera se viene, que el sol ya quema, que debe hacer algo artístico, que debe explorar sus talentos, que debe salir de su burbuja y dejar de servir café para sobrevivir.
Y ahora, la chica que apareció de la nada y que se llama Elisa, es la sexta visita.
- Te propongo algo- dice Lullaby
- ¿Subir a la azotea?- pregunta Elisa.
Lullaby se queda en blanco. Sólo atina a decir que la siga y que para la próxima, ella debe hacerse su propia llave. Se pone una chaqueta, cubre con el capuchón su cabeza algo confundida, se come los escalones de a tres mientras sube y mira de reojo a Elisa que viene detrás. Abre la puerta, corre hasta el borde la azotea, pero ninguna idea de suicidio ronda por su cabeza esta noche. Quizás sólo cantar con su voz ronca mientras no piensa nada y su rostro no muestra ningún gesto en particular.




