lunes, septiembre 26, 2005

Lullaby not thinking on the roof


Hace tres meses que Lullaby llegó al departamento en que vive y sólo cinco personas la han visitado. Pero si se cuenta entre ellas a la dueña del departamento que vive en el primer piso, un gásfiter que arregló la llave de la ducha, el cerrajero que cambió las chapas y puso dos más extras, el cartero que quiso comprobar si ahí realmente vivía en alguien, para Lullaby todo ha sido cuestión de trámites insulsos que ni siquiera la han perturbado; menos cuando la quinta visita son los insistentes llamados de alguien de su pasado y que la cree conocer.

Y en estos tres meses, todo ha sido un desorden para Lullaby. Ni sus ropas, ni sus discos, ni sus cajas de cereales, ni sus cinco cucharas diferentes, ni dormir o su extraña vida están el mismo lugar que el día anterior. Nunca ha sido así. El reloj que nunca lleva tampoco la salva de levantarse cuando el sueño termine o el insomnio haya ganado la partida de la madrugada. Lullaby tampoco tiene pijamas (los odia), sólo usa las poleras más viejas, sus calcetines menos rayados, su espalda contra las sábanas y su cerebro contando las imperfecciones del techo y los anillos de humedad que deja la lluvia o el líquido derramado en el departamento de arriba.

Tres veces a la semana sube a la azotea, después de haberle robado la llave a la dueña, hecho una copia y habérsela devuelto como una perfecta ladrona. Sube hasta el quinto piso, comiéndose los escalones de a dos, mete la llave en una pequeña puerta, sube otra escalera diminuta y camina al fin sintiéndose a sus anchas. El suicidio obviamente aparece lleno de humor negro e ironía al apoyar sus codos en el borde de la azotea, pero se desvanece al mirar la gente, los edificios de enfrente, el mar que se imagina, los ruidos que la vuelven sorda, y las risas que quiere apropiar como un boomerang hacia sus propios labios. Lullaby está ahí por horas y siempre de noche o de madrugada, siempre que está triste, siempre que está feliz.

Cuando nota que sus piernas se cansan y alguien más sube a la azotea, Lullaby sabe que es hora de volver, bajar las escaleras, abrir la puerta de su departamento y seguir con la sensación en su piel o en sus caderas. La música, vestirse rara, salir a la calle, comprar tres barras de cereales, comprobar que debe renovar su guardarropa, que la maldita primavera se viene, que el sol ya quema, que debe hacer algo artístico, que debe explorar sus talentos, que debe salir de su burbuja y dejar de servir café para sobrevivir.

Y ahora, la chica que apareció de la nada y que se llama Elisa, es la sexta visita.

- Te propongo algo- dice Lullaby
- ¿Subir a la azotea?- pregunta Elisa.

Lullaby se queda en blanco. Sólo atina a decir que la siga y que para la próxima, ella debe hacerse su propia llave. Se pone una chaqueta, cubre con el capuchón su cabeza algo confundida, se come los escalones de a tres mientras sube y mira de reojo a Elisa que viene detrás. Abre la puerta, corre hasta el borde la azotea, pero ninguna idea de suicidio ronda por su cabeza esta noche. Quizás sólo cantar con su voz ronca mientras no piensa nada y su rostro no muestra ningún gesto en particular.

miércoles, septiembre 21, 2005

Lullaby y las telarañas


De pronto todo se aclara para Lullaby, como una habitación llena de humo cuyas ventanas acaban de abrirse. De pronto la soledad que trataba de disipar esforzando los ojos para arrancar a la oscuridad algún objeto, algún fulgor, cambia extrañamente de estado. De pronto esas ganas que Lullaby tenía de gritar para que la vida brotara en ese departamento, donde todo parecía más muerto que vivo, se enredaron en su boca, en sus ojos y en esta chica bajo el dintel que apareció de la nada y se mantenía estática frente a ella.

- ¿Cómo dijiste que te llamabas?
- Elisa.
- Y esa maleta. ¿Te arrancaste de alguna parte?
- Sí y no. ¿Me vas a dejar entrar de una vez o voy a tener que empujarte?
- ¿Y por qué debería dejarte entrar? Que yo sepa, no nos conocemos.
- No, nos conocemos, pero ahora es cosa de decisión. Me dejas entrar y lo averiguas, o me cierras la puerta en la cara, y no.

Elisa habla muy despacio, marcando la voz en cada final de palabra con seguridad, pero con su mente en blanco, dejando que los labios y la lengua se desenvuelvan solos y vayan armando una telaraña para jugar con el tiempo y con la situación. Lullaby sigue sin decidir nada, y los segundos parecen minutos eternos sin que nada y nadie se mueva. Entonces esas cosas extrañas y esos cortes de luz que preceden a chicas extraviadas que no parecen fantasmas, le comienzan a inquietar y a interesar.

Lullaby al fin deja pasar a Elisa no sin antes mirar cada centímetro de su figura. Aprieta play nuevamente sin bajar en ningún decibel el volumen Tampoco la hace sentarse. El teléfono otra vez suena, Lullaby se levanta enojada del sofá y sin esperar la pregunta, otra vez contesta “Aquí no vive ninguna Lullaby”, cuelga de un golpe el auricular y se vuelve a sentar. Entonces Elisa, algo incómoda de pie, intenta seguir armando la telaraña con sus labios de por qué llegó a tocar su puerta justo en el mismo instante que un corte de luz volvió negro todo el edificio y todos los gestos. Pero Lullaby la interrumpe.

- ¿Cómo dijiste que te llamabas?
- Elisa, me llamo Elisa. Te lo he dicho ya tres veces.
- Lo sé, sólo estoy jugando con el tiempo. ¿Y dónde dormirás?
- Eso es lo de menos. Lo que importa es que aceptes que me quede.
- ¿Ves esa puerta amarilla? Es el baño. Ahora déjame tranquila y no te atrevas a decirme que la música está muy fuerte o algo parecido.
- ¿Tienes toallas?- pregunta Elisa.
- Sí, dos, pero no te atrevas a usarlas.
- Lo sé, no soy para nada atrevida.

Cuando Elisa cierra la puerta del baño tras de sí, la imagen del espejo le da en la cara como un viento frío que no esperaba. Ya no sabe si hizo bien en llegar ahí, decir lo que dijo y estar ahora contando el tiempo como números mientras intuye que al otro lado de la puerta Lullaby abre el cierre de la maleta, hurga sus cosas y la comienza a conocer.

Elisa sale después de unos minutos, se apoya en la pared y observa a Lullaby no hurgando nada, sino que recostada con los ojos cerrados mientras Statecontrol, del mismo disco que el corte de luz detuvo, llena todo el aire del departamento.

- ¿Te puedo hacer una pregunta?
- ¿Cuál?
- Tu nombre
- Lullaby, pero no quiero hablar sobre eso y lo demás. ¿No desearás arruinar este momento, no?
- No, tampoco soy una chica de deseos- responde Elisa sonriendo invisiblemente mientras fija sus pupilas en las luces tras la ventana sin cortinas, y sus oídos en la canción.

sábado, septiembre 17, 2005

Lullaby horizontal - Lullaby surprised


El primer contacto que Lullaby tuvo con un muerto fue en el aire, a milésimas de segundo de dar contra el cemento. Era una mujer que se acababa de tirar del décimo piso del edificio al que Lullaby estaba entrando. El departamento recién inaugurado de un novio que daba un maldito presagio de lo que pasaría con la relación. El otro fue su abuelo en el ataúd que estúpidamente estaba a la exposición de todos los morbosos que sólo querían ver su cara. Un infarto fulminante que la dejó sin nadie fuerte a quien admirar u odiar; nadie presente al menos.

Una sensación de hormigueo recorre a Lullaby cada vez que su cabeza la hace volver sobre eso, sobre la mujer que se lanza al vacío y sobre ella misma en los bordes frágiles que fabrica a cada segundo. Y claro, también están esas muertes que no llevan sangre y ataúd; esas muertes que siguen a discusiones, conversaciones tristes, términos, encantamientos que se destiñen, cosas que se creía eran de una forma, pero que no sabe cómo, se transformaron en una rueda viciada de ojos cristalinos, tonos graves de voz, portazos, cierre de círculos, y las palabras de Roma que se guardaron en un cajón para siempre. Entonces a Lullaby sólo le queda el presente, el minuto que sigue sin prisa al otro y la vida no-vida que se escapa como un estornudo seco y silencioso.

Lullaby camina lento en sus zapatillas con cordones sueltos de vuelta de cualquier parte. Se arregla cada tanto sus pantalones que le llegan hasta la mitad de sus pantorrillas. Fuma haciendo anillos con el humo y se detiene para observarlos y romperlos con los dedos. Entra al fin a su calle, saca su llave sin llavero, hace girar el picaporte y empuja la tonelada de fierro que, otra vez, tira de golpe sólo por placer. Sube las escaleras de a dos escalones, camina por el pasillo hasta la última puerta de la izquierda, saca la segunda llave sin llavero, gira la manilla, enciende la luz, ve el sofá de enfrente que se transforma en cama, pone un disco cualquiera pero no lento, aprieta play con el dedo índice, busca la caja de cereales de chocolate para sacar un puñado, apaga la luz y se deja caer horizontal mientras la ventana sin cortinas le muestra las luces de los postes y la noche de cualquier día que nunca parece terminar.

Media hora más y la canción Find Another Girl del disco Veni Vidi Vicious se detiene. Lullaby mira, comprueba que se ha cortado la luz, que el teléfono está sonando y que alguien golpea a su puerta. Espera, cuenta quince segundos y decide levantarse. “Aló... no, no soy Lullaby”. Corta. Camina, gira la manilla y tras la puerta aparece una chica de abrigo con una gigante maleta con ruedas. “Elisa, mi nombre es Elisa”. Otra vez suena el teléfono. “¿Te conozco?” pregunta Lullaby. “No, pero es cosa de tiempo”, responde la chica del abrigo. La luz llega de pronto, ningún espectro de muerto se refleja en su ventana o en cualquiera alrededor, y el teléfono al fin deja de sonar.

martes, septiembre 13, 2005

Lullaby falls to pieces


Tal como Lullaby odia la gente común que habla sin escuchar, que no mira cuando conversa y que usa la palabra especial para definir cualquier puta cosa que le agrade, Lullaby odia los lugares comunes como la luna que alumbra y las mariposas que vuelan y la tristeza que está tras su ventana (y que a nadie le interesa escuchar) y las nubes de algodón y la lluvia que cae justo en estados depresivos y melancólicos, y las conversaciones vacías que transitan a la orden del día como los maníes, las pasas y las almendras que llenan cualquier mesa de cualquier bar.

Tal como Lullaby odia los lugares comunes, Lullaby odia hacer listas. Ni de canciones ni de recuerdos, ni de novios, ni de ropas, ni de gente que vive en su edificio, ni de hormigas en su cocina, ni de cuántas veces va al baño, ni de los escalones que sube corriendo, ni de los llamados perdidos a la casa de su familia, ni de cuántas veces abre las puertas de cualquier refrigerador para evocar el sonido de un tren en movimiento, ni de sus películas favoritas, ni de los lugares de la ciudad que le encanta visitar, ni de los calcetines que tiene, ni de las marcas de anticonceptivos que insiste en cambiar, ni de las veces que ha llorado sin lágrimas, ni de las veces que ha reído estruendosamente.

Tal como Lullaby odia hacer listas, Lullaby odia los poemas y cualquier cosa que se escriba en verso y lleve la palabra amor. Tal como odia los poemas, Lullaby odia los colegios de mujeres y los delantales azules de las profesoras y las cotonas blancas de los niños y los corbatines en vez de corbatas y las témperas y las flautas de plástico y los pianos de color blanco y los vidrios que parecen espejos y los anteojos de sol y los cines llenos y los paraderos de micro y las noches frías en su departamento sin muebles y sin calefacción.

Tal como Lullaby no es cobarde, no valiente, no cool, no buscadora de nada, no extraña, no normal, no simple, no sociable, no cantante, no escritora, no actriz, no bondadosa, no malvada y no constructora de estúpidas y evasivas burbujas para subsistir o dejar de hacerlo, Lullaby odia perder el hilo durante cierta cantidad de tiempo y perderse la trama secundaria, el guión, la banda sonora, el intermedio, los créditos y el cartel con la palabra “salida” de su vida. Porque cuando eso pasa, Lullaby se ablanda y ahí todo se va a la mierda.

domingo, septiembre 11, 2005

Lullaby take it or leave it


Hay personas que llaman por teléfono y personas que no llaman, y Lullaby preferiría siempre ser de estas últimas. Son las personas como es debido, esa clase de seres que los hombres y todo tipo de personas tienen en mente cuando suspiran o se inquietan o se confunden o piensan o se imaginan o se conmueven o se perturban. Es un estereotipo totalmente seguro, sólido y carente de significado.

Por ejemplo, esa tensión de mirar el teléfono no existiría. Por ejemplo, esa explicación que se debe no saldría de la boca, o esa cita que nunca se dará vagaría en el limbo de la suposición, del “que hubiera sido si...” o “que hubiera pasado si no...” Claro, las cosas a veces están ya hechas y no hay vuelta atrás que valga como arrepentimiento. Es como un dejar que la llave abierta inunde el lavamanos, el piso del baño y salga por debajo de la puerta. Es un hecho imparable que sólo debe avanzar hasta que alguien corte el maldito líquido.

Hay personas que lloran y personas que se mantienen frías mientras el mundo se cae frente a sus narices o la proyección de un sueño se torna más real y más crudo de lo que quisiera. Y Lullaby preferiría siempre ser de estas últimas. Un hielo sentado que mantiene la mirada fija, escucha atenta y espera el instante preciso para descargarse. Porque es así, el descargo siempre está, o en estado gaseoso o en estado sólido, es cosa de manejar las formas y los tiempos para lanzarlo a la cara del otro, o convertirlo en otro tipo de líquido que se traga con dificultad por la garganta.

Y para Lullaby una noche no son muchas noches, y una relación no son horas de los días ni días de una semana ni feriados de un mes ni piedras en una zapatilla negra. Y las conversaciones no son sólo risas, y el amor no son sólo besos deliciosos una madrugada con litros de alcohol y gramos de nicotina en el cuerpo con una sensual ronquera como resultado. Una relación tampoco es un manojo de técnicas malabares ni conceptos inventados ni caminos paralelos. Menos un número impar, menos un número cero.

Hay personas que sufren, y hay personas que fingen no hacerlo. Y Lullaby preferiría no ser ninguna de ellas. Y hay persona normales y personas complejas; y Lullaby seguirá siempre siendo de estas últimas. Es un estereotipo totalmente seguro, sólido y carente de significado. A veces a Lullaby les gustaría llamar a todos sus ex novios o ex amantes o ex amigos o ex familiares y desearles buena suerte, decirles adiós, que se sintieran bien, y que ella se sintiera bien. Todos se sentirían bien, y eso estaría bien. Joder, eso sería estupendo.

domingo, septiembre 04, 2005

Radiografía


La imagen es así: frente a un vidrio, frente a un espejo, en la calle o en una habitación con el aire circulando sin ruidos, las chasquillas y los zapatos y el encendedor y las cortinas y los dientes sólo aparecen frente a mi nariz. Los veo, incluso soy capaz de describirlos a la perfección si alguien me pregunta, pero luego no puedo parar de pensar en ellos e imaginarme que hay detrás de esa chasquilla, de esos zapatos, de ese encendedor, de esas cortinas y de esos dientes.

Y no hablemos de escribir sobre esos detalles. Sucede que se me ocurren nombres raros sacados de canciones, secuencias de movimientos, cierto número de segundos o minutos para hacer algo, conversaciones en medio de la lluvia o en medio del frío, ilativos que uso por placer, taxis que pasan, ventanillas que se abren, cafés con cierto look, chicas que se pierden a propósito, bolsos azules que tienen ropa dentro, vidas rabiosas, lágrimas que no caen, risas pérfidas que llenan el aire y cigarrillos light en una cajetilla celeste y blanca que parece guardar una flor metálica dentro. Y claro, los silencios que otorgan, el misterio, las habitaciones cerradas y lo oscuro que nada tiene que ver con la luz.

Me di cuenta de esto cuando era muy chica, de porte y de edad. Cuando mis vestidos tenían nombre y mis animales heridas de guerra y apellidos. Eran ciertas alucinaciones más reales que imaginadas; alucinaciones que tenían que ver con el parrón en el patio, el pasillo largo de pastelones, las fotos en que salía enojada, y con los ataques de lucidez mientras mi madre me decía cría en vez de hija. Y entonces las manzanas verdes ácidas, los limones con sal y el lápiz hueco sobre las cáscaras de naranja para la construcción de balas fueron todo un placer.

En esos instantes lúcidos de batallas no reales, noté que el tiempo cambiaba. Me decían que eso era resultado de la abstracción, pero resulta que yo no me abstraía; yo sólo miraba, escuchaba y dibujaba piernas con zapatos mirando para el mismo lado, árboles con manzanas rojas, casas con chimeneas, vacas raquíticas y peinados que parecían plátanos saliendo de las orejas. Y tenía un santito que clavaba con un chinche justo en la cabeza y una bicicleta de hombre y muñecas sin pelo y una caja de fósforos con botones antiguos y una microscópica araña de plástico que usaba como prendedor.

Después vendrían los tatuajes de araña, las ropas oscuras, el pelo desordenado, las risas pérfidas, los teléfonos antiguos, los anillos negros, las pupilas más grandes de lo normal, los cuadernos sin espiral, los diuréticos, no demostrar nada, el café con leche, las ampolletas de cuarenta watts y los inventos con palabras, con detalles, con historias y con cuentos. Mucho después, claro.