lunes, octubre 31, 2005

Lullaby y cuatro piernas en pantalones


Y Lullaby se contradice
Y se reinventa
En ropas rayadas
O en la ausencia de ellas

Cuando Lullaby es capaz de reconocer que conoció a alguien, es digno de preocuparse. Pero no porque Lullaby sea una extraterrestre incapaz de sentir algo por alguien, sino porque es una maldita y macabra selectiva. Nada ni nadie la conmueve hasta que, claro, se derrite en sus propias inconsecuencias y su entrepierna, o en algo parecido a una piedra que azota fuerte y provoca un sismo en su departamento o en sus extrañas ropas que nada tienen que ver con el color negro.

Porque todo esto se trata de un juego, de inconsecuencias, de no querer reconocer, de hacer malabares sórdidos para seguir como si nada hubiera pasado, pero lo cierto es que la historia es muy diferente a cómo Lullaby la cuenta o la quiere contar.

Entonces esa escena que Lullaby fabrica casi fantasmalmente es así: dos pasos para abrir la puerta, cincuenta y dos escalones, la vereda, ocho cuadras y el café que la espera. Tres pedidos pequeños, tres propinas escuálidas, un té verde que nadie pidió, pero que ella lleva en la bandeja junto a tres ceniceros de recambio y una cajetilla en su bolsillo para abrir apenas los comensales le den un respiro. Es un martes. Alguien de pantalones y zapatillas negras se sienta justo frente a la mesa que Lullaby esperaba huérfana un buen rato. El acercamiento protocolar, la carta que le entrega y sus pasos que se alejan un par de minutos para volver por el pedido.

Los pantalones de ese alguien se cruzan y descruzan otra vez un par de veces, los codos se apoyan fuerte en la mesa y el espejo que está a su espalda le muestra un tatuaje en su nuca. Lullaby mira hacia la calle a través del ventanal y ve cómo una mujer de vestido, medias con diseño y zapatos con traba, entra. Lullaby aprieta sus dedos para que no se siente junto a los pantalones de ese alguien. La mujer se detiene en la entrada, mira buscando a alguien o algo, y luego se va hacia la mesa del otro rincón.

Lullaby entonces se acerca a los pantalones, se sienta casi invisiblemente junto a él y le dice casi en susurros “No me preguntes la razón, pero no te vas a ir de aquí sin saber quién soy yo”. Los pantalones de descruzan, la espalda se apoya en la silla, los brazos se cruzan y la pregunta rompe el aire “¿Y por qué?”. “Simple, yo necesito conocerte y tú necesitas conocerme. Me puedes decir que no, pero soy algo porfiada. Puedes aceptar mi teléfono para luego botar el papel, o puedes mirarme. “Te estoy mirando”, dice ese alguien “Pero no mirarme de ese modo, sino como si nadie estuviera en este lugar. No pestañees. No quites la mirada. No cruces tus piernas. No te vayas sin decirme que me vas a venir a esperar cuando salga de este café. ¿La hora? Las once de la noche”, ella termina.

Entonces Lullaby se levanta de la silla, saca su libreta y le pregunta qué quiere. Los pantalones se levantan, se acercan a sus propios pantalones casi violentamente, casi dulcemente. Lullaby le vuelve a preguntar qué es lo que quiere. “Ya lo sabes”, él le dice. “Lullaby, como la canción. Mi nombre es Lullaby” responde ella. “Lo sé, yo te estaba buscando a ti primero”, concluye él.

Lullaby baja su lápiz, su libreta y su guardia. Ya tiene una cita con M a las once. Entonces serán dos pares de pantalones. Entonces será otro comienzo. Entonces será otro juego. O no. Veremos. Lullaby decidirá.

Sombreros de mago
Que no sacan conejos
Ni flores de mentira
O trapos de colores
... Son sólo sombreros
Negros
Y de copa

sábado, octubre 29, 2005

Lullaby Not Sweet in Cotton


Lullaby siempre usa pantalones
Quizás para correr rápido
Escapar sonriendo
O no hacer ningún ruido


Posiblemente cuando Lullaby conozca a alguien, ni ella misma lo notará. Entre sus manos en los bolsillos y sus ojos en el cemento, es poco probable que su alma se junte con otra y lo cursi de rienda suelta a las palabras encanto-sincronía-rutina-besos deslenguados-besos con lenguas-piernas abiertas-respiraciones asmáticas-condones-camas desordenadas-olor a sexo-noches para no dormir-o-amor.

Entonces las escenas serán simples. Una chica parada esperando un semáforo o un viejo joven o una pareja de gays o un chico vestido raro. Cualquiera de ellos puede ser un estímulo y no. Lullaby no los busca. Hay algo en su soledad autista que la hace refugiarse en las escaleras que suben a su departamento, en las sorpresas que fabrica su cabeza, en la letras de canciones que dobla con su voz ronca, en anhelos terrenales y de los otros. O en sentarse sobre el suelo, tirarse de un golpe hacia atrás y clavar su mirada en el techo para sólo quedarse en blanco.

Y cuando Lullaby no anda sensible, el odio irónico ocupa sus días. Algo así como un catálogo nostálgico de cosas para odiar. Entonces la lista parte por las estúpidas bicicletas con canasto y quienes las montan. Sigue con la gente que camina sonriendo (y ni siquiera tiene enchufados unos audífonos a sus orejas). Continúa con la gente que siempre está en pose como esperando que alguien la fotografíe. Luego las prótesis dentales de color blanco-falso, las tazas milimétricas de café que no alcanzan a calentar a nadie, los dulces árabes, los pelos teñidos y los anteojos de marco oscuro que apenas cubren las pupilas. También las chicas artesa con caras deslavadas, los inermes helados de máquina, las caras de cínica felicidad de los chicos que trabajan en cines, los dientes de Tori Amos, las mujeres que no saben caminar con tacos, los huevos de color, los huevos huecos de chocolate, las columnas idiotas de revistas femeninas, el papel higiénico con doble hoja, las cortinas de baño con dibujos animados, y cualquier tipo de minúsculo cosmetiquero acolchado y en color pastel.

Y claro, la lista se cerraría con el odio a ella misma, pero al parecer Lullaby anda en sus días sensibles, así que la palabra amor camina cínica por todo su escuálido departamento y su peculiar-insustancial-rabiosa vida.

Lullaby se levanta del suelo, abre la puerta de su departamento para salir, pero se arrepiente. Prefiere caminar hacia su balcón, poner su cara entre los barrotes y seguir aumentando su catálogo, o sólo dormir. Ya no hace frío. Y aún no conoce a nadie.

Pero jamás en bicicletas con canasto
O con faldas de colores
O con ridículas chasquillas para odiar

jueves, octubre 27, 2005

Tiempos fríos


Tengo tiempo para saber si lo que imagino concluye en algo. Pero no se trata de una espera estática, ni un trasero sentado en un sillón, ni unos brazos cruzados bajo el busto o unas piernas abiertas con oscuras ropas interiores. Quién sabe, el tiempo se torna relativo cuando se piensa o cuando los martes llegan rápido al siguiente, o las uñas crecen o el pelo se enreda o los platos se ensucian. Quizás sería como un trazo con un lápiz pasta negro o la cortina que se abre cada vez que el clima mejora y deja de llover.

Tengo tiempo para saber si lo que imagino concluye en algo. Un mantel sin flores ni bordados, unas copas baratas y la cama que no se hace hasta un minuto antes de acostarse. La amigdalitis que va y que viene, los contagios con otras bocas, el barro de las calles y los números de teléfonos que se agregan o se borran en el celular. Unos cuentos que no avanzan, la novela con un nombre obsequiado, las columnas que muchos me piden que vuelvan y los tres meses que faltan para cumplir otro año más.

Tengo tiempo para saber si lo que imagino concluye en algo. Juegos oscuros de amantes que me han llevado túneles particulares; según la hora, según el lugar, según se han desdibujado o vuelto menos juegos y más verdad. Espejos del baño que se tornan borrosos al volver en la noche, computadores que se encienden como lo primero del día para siempre hacer algo nuevo y reinventarse. Pasillos oscuros que conducen a mi habitación, luces que parecen apagarse y el cenicero que se llena más y más de colillas y basuras.

Tengo tiempo para saber si lo que imagino concluye en algo. Si los cajones desordenados de mis muebles se terminan de llenar más, si mi teclado tiene más cenizas entremedio y si mi postura torcida al sentarme no me traerá problemas más adelante. Si mis botas sin taco seguirán sin lustrarse y mi ropa se seguirá clasificando según los días y el estado de ánimo. Si mi cafetera alguna vez dejará lamentablemente de funcionar y si consigo ver cierta noche esas tres películas italianas de Ettore Scola que siempre busco.

Tengo tiempo para saber si lo que imagino concluye en algo. Espejos en personas que conozco, gente que se dice normal pero que no lo es, y madrugadas enteras de insomnio que marchan como trenes. Parkas como abrigo que uso como bata, brillo de ojos que se mantiene intacto pese a todo, listas de canciones que leo por todos lados y que ya me tienen podrida, aspirinas que no dan resultado y diuréticos que hacen un efecto peor.

Tengo tiempo para saber si lo que imagino concluye en algo. Pero no se trata de fechas o contar cosas con los dedos como los niños. Tampoco se trata de esperas mientras eso pasa o eso llega, mientras eso se torna real o se queda sólo en buen sueño de ojos abiertos. Más bien se trata de que los caballos en la niebla desaparezcan junto con estos días que rasgan aún el invierno, junto con todo lo malo, junto con todo lo que no viví, junto a lo que está pasando y que, camuflado, voy a meter en esta maldita pantalla para que no se desvanezca como todo lo que suelo tocar.

miércoles, octubre 26, 2005

Lullaby tarde-noche

Lullaby sí que canta
Con voz ronca y todo

Las muñecas sin vestidos y sin ojos que Lullaby de vez en cuando desempolva, a veces la miran de forma extraña e intensa, o más bien es ella quien las mira de esa forma. El sol del atardecer da de frente en la ventana y no hay ninguna maldita cortina que lo cubra o lo atenúe. El sofá que se transforma en cama no es cómodo, pero Lullaby no piensa despegar su trasero o su espalda antes de ordenas ciertas ideas u oraciones o simples frases en su cabeza con nudos casi rastas.

El verbo de esta tarde es limpiar. No con cloro, ni con detergente ni con jabón de glicerina. Quizás si estirara su mano y ésta se transformara en plumero y llegara a ser tan larga para desempolvar todo sin moverse, el verbo del día estaría terminado. Pero no hay cosas mágicas y nada que no conlleve despegar el trasero y la espalda de donde están desde hace horas. Entonces la música, un disco, algo en inglés, algo para saltar, algo como la banda sonora de Underground. Su dedo pulgar sobre el control y play.

Sus pies están con unos calcetines rayados, como los que hubiera deseado usar en el colegio. Y están sobre unas medias negras. Y hay unos calzones tipos mini shorts. Y una polera gris con letras desteñidas de alguna universidad gringa. Lullaby se pone de pie, saca el penúltimo cigarro light de la cajetilla, se estira como una aplicada alumna de yoga, hace sonar ciertos huesos de las rodillas, las manos y los hombros, se acerca a la ventana, sale al pequeño, se apoya en la baranda, enciende su cigarrillo, lo termina y piensa que no tiene ni una puta gana de limpiar nada por hoy. Entonces sus pasos se devuelven, entran al baño, a la tina y se ponen bajo una fría ducha que adora sentir de vez en cuando.

Entonces canta algo en francés, casi en susurros. Tose de vez en cuando para afinar bien, pero le sienta la voz ronca y pastosa que sale de su garganta. En un par de horas debe volver al café de las tazas ridículas en que trabaja. Quizás lo que queda del día traiga alguna novedad, piensa. Mientras se pone la toalla y se hace un moño desordenado en el pelo, escucha un fuerte bocinazo acompañados de un golpe frío que no parece terminar nunca en la calle. Lullaby se asoma al balcón y ve como un perro queda aplastado sobre el cemento. Ojalá el perro hubiera sido yo, piensa, pero como dijo hace un rato, quizás lo que queda del día traiga sorpresas gratas para variar un poco.

Y Lullaby usa medias negras con zapatillas
Quizás para correr rápido
O caminar ligero otra vez

domingo, octubre 16, 2005

Lullaby anti-domestic girl


Lullaby no tiene refrigerador ni horno microondas ni cuchillos mágicos traídos del oriente que corten hasta el alma. Tampoco lavadora que lave y seque la ropa, joyas bañadas en oro, alguna piedra preciosa perdida, ni ningún tesoro que alguien pueda robar. Si alguien quisiera hacer un inventario de lo que Lullaby tiene en el pequeño departamento que habita, sólo saldrían ciertos discos caros, algunos libros descontinuados, un equipo de música que está lleno de tierra encima y tres plantas de marihuana en el balcón que de vez en cuando comercializa. Pero nada más. Ni su ropa, ni sus recuerdos en cajas de cartón ni letras de canciones que escribe de vez en cuando, o la misma Lullaby carecen de tanto valor para hacerla víctima de cualquier tipo de asalto.

Lullaby odia los televisores, pero siempre se entera de lo que pasa por los diarios en los kioscos que se consigue sin pagar y por las conversaciones de los comensales en el estúpido y café con look en el que trabaja. También aborrece planchar, pero desde el colegio que no usa blusas de secretaria aburrida o cosas parecidas. Para Lullaby todo es de algodón y todo es desechable. Por eso se alimenta de cereales que come si se tratara de dulces, leche en polvo que toma con chocolate, cigarrillos lights y gomitas de frutilla. Por eso sólo hay cinco cucharas en un cajón, un tazón de color negro y un pocillo con rayas moradas que casi nunca se molesta en lavar.

Lullaby tampoco tiene celular ni I-Pod o audífonos de marciano conectados a un discman. Pero hay un discman, un teléfono fijo con identificador de llamadas, ciertos colgadores de ropa, unas tijeras grandiosas, un computador que un ex novio preocupado le regaló para que hiciera algo con él, unas sábanas que carecen de flores y una olla especial para hacer cabritas.

Por eso cuando Lullaby vuelve después del trabajo tarde en la noche, puede escuchar cómo su estómago ruge por comidas preparadas en alguna olla o algún horno después de media hora de cocimiento. Entonces Lullaby gira la llave en la cerradura de su puerta justo antes de entrar, cierra los ojos por un par de segundos y se imagina platos cuadrados sobre individuales tejidos, una botella de vino que nunca ha sabido elegir bien, un par de velas y un postre dulce que la haga apoyar su espalda contra el respaldo de la silla, y comprobar cómo su estómago se ve abultado y feliz.

Pero resulta que la paciencia de Lullaby es tan corta como un segundo, sus deseos son sólo mentiras pasajeras y las pizzas siempre serán el mejor invento para no morir de inanición, aunque contrario a cualquier mortal, Lullaby no soporte el queso derretido, las aceitunas y las cajas cuadradas de cartón que hombres de polera roja llevan a domicilio con cara de cínica felicidad, y que Lullaby siempre recibe con otra cara de hambriento y cínico deseo.

miércoles, octubre 12, 2005

Lullaby kill the Poet


Lullaby ha tenido amores incompletos por montones. Desde los 18 hasta los 22 años. Podrían ser diez o siete o sólo cuatro; ya no recuerda muy bien. Estudiantes, su médico, un profesor universitario que no le hacía clases, un ingeniero comercial en ciernes, un músico, un barman, un escritor clase B y un poeta.

Perdida entre calles, de vuelta de alguna parte que no recuerda y muy tarde, conoció a su último amor incompleto: el Poeta. Y lo vio esa misma noche hasta sin ropa, hasta cansados después de acostarse y no dormir. La diferencia eran ocho años exactos, y las similitudes a montones en un comienzo. Meses, horas, risas, genialidades, sábanas enredadas e idioteces llenas de humor negro y colillas de cigarros.

Lullaby recuerda que, aún cuando lloviese, siempre caminaba esas cuatro cuadras inútiles antes de llegar a la casa de él y así prolongar la distancia que la separaba del encuentro inevitable. Cuando al fin Lullaby lo veía, se sentía tranquilizada, y de inmediato su cara se descomponía en esa sonrisa estúpida, desarmada e impersonal que era su mejor escudo. Entonces, y sólo por un instante, por la cabeza de Lullaby cruzaba la idea de quedarse con el Poeta para siempre. Error, gran error.

Al principio todo estaba bien, casi perfecto, pero algo cambió. Cada vez que Lullaby salía de la casa de él, levantaba la vista: nubes grises por todas partes, ni un punto claro. Invierno, verano, daba lo mismo. Entonces Lullaby regresaba a su casa arrastrando los pies como una vieja, como cansada de algo, como no feliz, como sin risas ya.

Y comenzó la simulación. Y pretender que todo estaba bien, que esos encuentros furtivos la llenaban, que ese poco compromiso era lo más cómodo después de todo, que nadie salía perdiendo, que ninguna herida sin sangre se asomaría jamás, y que los versos que Lullaby seguía odiando y que el Poeta seguía escribiendo, ya no se inspiraban sólo en ella. Entonces el límite de repente apareció; un límite explosivo, sin adornos de colores y sin guirnaldas brillando de forma estúpida. Un límite que hizo a Lullaby desertar cuando, después de todo y después de mucho, seguía aún siendo una maldita-chica-extraña-solitaria-y-sola.

Lo mejor de todo, en cambio, fue matar al Poeta. Sin pensarlo mucho y de un día para otro, Lullaby lo enterró sin ataúd. Muertes que son olvidos, que parecen fantasmas, que no vuelven más. Cortes fríos, no más llamados, no más visitas, no más encuentros, no más desnudos, no más simular, no más querer. Escritor, músico, seudo poeta, profesor que no le hacía clases, barman o ingeniero en ciernes; ahora le daba lo mismo. Ahora Lullaby los ahuyentaba a todos como si en ello se le fuese la vida.

Claro que Lullaby tiene ciertas exquisitas recaídas.
Claro que Lullaby pocas veces habla en serio.

miércoles, octubre 05, 2005

Lullaby runaway on a green bike


Lullaby aprendió a andar en bicicleta en una de hombre y de color verde. Era una bicicleta de asiento largo, con un respaldo extraño y pertenecía a un amigo de su padre. Entonces a los siete años, Lullaby amarraba un cojín en el fierro horizontal que comunicaba el asiento con el manubrio, se subía e intentaba andar sobre la vereda. Al comienzo todo el mundo la retaba y le decía que anduviera por la calle, pero Lullaby no les hacía caso, más bien le hacía gestos obscenos con cierto dedo de cierta mano (aprendido también del amigo de su padre) Ahora que lo piensa, lo mejor de su padre fueron los amigos que tuvo.

Cuando Lullaby sintió que dominaba perfectamente la conducción, se subió al siento apenas alcanzando con sus pies los pedales, pero eso ya era un detalle. Al fin Lullaby puedo irse lejos, perderse entre calles y volver tarde. Ya la bicicleta era de ella y no concibió andar en otra que no fuera en ésa; algo de original había en ese asiento largo, ese fierro molesto entre las piernas y ese extraño respaldo. No le puso un nombre o algo parecido; tampoco era para tanto, pero de ahí a escapar había sólo un pequeño trecho.

De ahí pasaron dos años, Lullaby se preparaba para hacer la obligada primera comunión, escuchar hablar del hombre con barba de inicial J y el ser incorpóreo de inicial D, luego vestirse de blanco como una novia enana, confesar pecados idiotas ante un cura que olía mal, sacarse fotos y mostrar los dientes cuadrados en un intento de sonrisa. Después estarían los juegos idiotas, probar ser scout y intentar ir a los cumpleaños de sus contemporáneos, romper piñatas y robarse todos los dulces. Creo que ese año fue el más normal de todos para Lullaby. Hizo todo lo que se suponía una niña normal debía hacer, hasta hizo un par de amigas que después odió, hasta dio besos insulsos en bocas húmedas y blandas y no se quejó.

Pero pasó algo justo después de esos cumpleaños, justo cuando Lullaby se encaminaba a los once años. Primero sus padres se separaron, después su padre murió. Ninguno de esos dos hechos tuvo relación con el otro, pero la secuencia sucedió de esa forma. Y otra vez las iglesias, los abrazos que Lullaby no entendía, el cuerpo en el ataúd que jamás admiró, la figura paterna que nunca fue y el espíritu encomendado otra vez al ser incorpóreo. Y la casa vacía porque su madre tuvo que trabajar, y sus hermanos idiotas que una señora cuidaba. Entonces Lullaby ya no quería volver; por ella hubiera estado en el colegio hasta la noche o quizás hubiera deseado dormir ahí, en la sala o en el gimnasio. Entonces una tarde-noche Lullaby entró a su habitación, se tiró en la cama y deseó ser otra. Aparentemente lloró, pero quizás sea sólo un mito que ella misma cuenta como tal.

Volvemos al presente. Lullaby saca su bicicleta. Esta vez es roja y sigue siendo de hombre. Lullaby la baja por las escaleras, se sube, se hace un desordenado moño, pone el pie derecho en el pedal y se va, pero ya no quiere perderse como antes. Esta vez sólo quiere andar en bicicleta.

sábado, octubre 01, 2005

Lullaby Not Pretty in Pink


Lullaby tiene 22 años, nació un 22 de enero y es la hermana mayor. Dos pequeñas bestias la secundan. Una bestia hombre y una pequeña bestia mujer que insistía en copiar cada gesto de Lullaby cada vez que la última se dignaba a dormir en la casa. Claro que eso pasó hace mucho. Lullaby se fue a los dieciocho, cuando al fin salió del colegio tal como llegó: una perfecta fantasma que no hizo el más mínimo esfuerzo en darse a conocer. Lullaby odió esos años y ese colegio lleno de mujeres, delantales cuadrillé azules, clases idiotas, malos libros que la obligaban a leer y rezos matinales que debían sagradamente dedicarle al ser incorpóreo de inicial D.

Lullaby no tuvo amigas, sino que algunas conocidas que sólo le servían para afirmarle la puerta del baño y viceversa. Afortunadamente casi todos los profesores eran hombres, así que fue el primer indicio de algo distinto a vaginas, pelo largo y jumpers a la vista. De los catorce años, Lullaby no supo cómo pasó a los dieciséis, a faltar al colegio, a falsificar certificados médicos, a las tres veces en que estuvieron a punto de expulsarla por inasistencia y en la idiota especialización que tomó: un curso biólogo-matemático-físico.

Lullaby no era para nada intelectual. Nada de encerrarse en la biblioteca a leer o sentarse sola en la escalera a devorar un paquete de papas fritas mientras escuchaba música alternativa y construía ideales que desfallecían al instante de crearse. Lullaby más bien se las arreglaba para ser una líder anti-líder; algo así como la chica extraña que se ganaba el respeto y la no-molestia de nada y de nadie. Sin embargo, de lo único que no pudo escapar fueron las clases de educación física. Lullaby nunca pudo ser lo suficientemente hábil con las extremidades como lo era con la cabeza. Jamás pudo encontrar el punto del antebrazo donde debía golpear la puta pelota de voleibol, y jamás pudo esquivar las defensas en el básquetbol o acertar el aro a la perfección. Menos hacer abdominales, menos empelotarse a la vista de todas antes de ducharse, y menos volver a las clases y soportar otras cuatro horas antes de salir a la calle.

Lullaby no fue a su ceremonia de graduación, ni menos a la fiesta donde todas parecían novias borrachas o travestis. Eso lo comprobó gracias al regalo que le mandaron a su casa tres meses después de haber salido del colegio: un video de la maldita ceremonia y de la maldita fiesta. Lullaby lo vio sólo una vez y luego sonriendo grabó la película Pretty In Pink encima. El anillo de oro con las iniciales del nombre que a todas les regalaban, lo vendió y con lo que le pagaron compró unos pasajes para irse una semana a otra ciudad.

Pero Lullaby se quedó allá algunos meses, lejos de todo y de todos mientras vivía en una pensión y trabajaba atendiendo en un café literario que de literario sólo tenía el nombre. Ahí conoció las primeras tazas ridículas, los primeros capuchinos, las primeras esencias de canela, los primeros té con limón, los primeros comensales pretenciosos, las reales salidas nocturnas, los primeros buenos libros, la primera oscuridad y a su primer novio-novio-novio que duró más de un mes y menos de un año. Ahí Lullaby se reinventó.