Lullaby y cuatro piernas en pantalones

Y se reinventa
En ropas rayadas
O en la ausencia de ellas
Cuando Lullaby es capaz de reconocer que conoció a alguien, es digno de preocuparse. Pero no porque Lullaby sea una extraterrestre incapaz de sentir algo por alguien, sino porque es una maldita y macabra selectiva. Nada ni nadie la conmueve hasta que, claro, se derrite en sus propias inconsecuencias y su entrepierna, o en algo parecido a una piedra que azota fuerte y provoca un sismo en su departamento o en sus extrañas ropas que nada tienen que ver con el color negro.
Porque todo esto se trata de un juego, de inconsecuencias, de no querer reconocer, de hacer malabares sórdidos para seguir como si nada hubiera pasado, pero lo cierto es que la historia es muy diferente a cómo Lullaby la cuenta o la quiere contar.
Entonces esa escena que Lullaby fabrica casi fantasmalmente es así: dos pasos para abrir la puerta, cincuenta y dos escalones, la vereda, ocho cuadras y el café que la espera. Tres pedidos pequeños, tres propinas escuálidas, un té verde que nadie pidió, pero que ella lleva en la bandeja junto a tres ceniceros de recambio y una cajetilla en su bolsillo para abrir apenas los comensales le den un respiro. Es un martes. Alguien de pantalones y zapatillas negras se sienta justo frente a la mesa que Lullaby esperaba huérfana un buen rato. El acercamiento protocolar, la carta que le entrega y sus pasos que se alejan un par de minutos para volver por el pedido.
Los pantalones de ese alguien se cruzan y descruzan otra vez un par de veces, los codos se apoyan fuerte en la mesa y el espejo que está a su espalda le muestra un tatuaje en su nuca. Lullaby mira hacia la calle a través del ventanal y ve cómo una mujer de vestido, medias con diseño y zapatos con traba, entra. Lullaby aprieta sus dedos para que no se siente junto a los pantalones de ese alguien. La mujer se detiene en la entrada, mira buscando a alguien o algo, y luego se va hacia la mesa del otro rincón.
Lullaby entonces se acerca a los pantalones, se sienta casi invisiblemente junto a él y le dice casi en susurros “No me preguntes la razón, pero no te vas a ir de aquí sin saber quién soy yo”. Los pantalones de descruzan, la espalda se apoya en la silla, los brazos se cruzan y la pregunta rompe el aire “¿Y por qué?”. “Simple, yo necesito conocerte y tú necesitas conocerme. Me puedes decir que no, pero soy algo porfiada. Puedes aceptar mi teléfono para luego botar el papel, o puedes mirarme. “Te estoy mirando”, dice ese alguien “Pero no mirarme de ese modo, sino como si nadie estuviera en este lugar. No pestañees. No quites la mirada. No cruces tus piernas. No te vayas sin decirme que me vas a venir a esperar cuando salga de este café. ¿La hora? Las once de la noche”, ella termina.
Entonces Lullaby se levanta de la silla, saca su libreta y le pregunta qué quiere. Los pantalones se levantan, se acercan a sus propios pantalones casi violentamente, casi dulcemente. Lullaby le vuelve a preguntar qué es lo que quiere. “Ya lo sabes”, él le dice. “Lullaby, como la canción. Mi nombre es Lullaby” responde ella. “Lo sé, yo te estaba buscando a ti primero”, concluye él.
Lullaby baja su lápiz, su libreta y su guardia. Ya tiene una cita con M a las once. Entonces serán dos pares de pantalones. Entonces será otro comienzo. Entonces será otro juego. O no. Veremos. Lullaby decidirá.
Sombreros de mago
Que no sacan conejos
Ni flores de mentira
O trapos de colores
... Son sólo sombreros











