miércoles, noviembre 30, 2005

La escena final del viaje


Toma café con toda calma y recién noto que le gusta con mucho azúcar. Busca algo en un cajón, me entrega todas las cartas y pide que me las lleve. Le digo que no tengo espacio y que no quiero. Empieza a romper algunas hojas y ahora prefiero guardarlas como sea en la maleta. Pregunta por el perfume que me dio y pide que lo devuelva. Decido sacar también la bata, los libros en español que me dio para no aburrirme, los libros en francés para practicar y el vestido negro. También le paso las llaves del departamento que ni siquiera me iba a llevar.

Salimos y lleva la maleta. Yo el bolso lila y la mochila negra. Las cartas están dobladas en todos los bolsillos y estoy pensando en tirarlas a la basura cuando llegue al aeropuerto. El camino parece más largo que el primer día y comienzo a dudar que me esté llevando allá. No digo nada y sigo mirando atenta adelante. Damos unas vueltas antes de estacionar y salimos. Él explica y saca la billetera para pagar los que cuesta el recargo. Yo tengo un billete de cien euros en el bolsillo, pero no digo nada. Tomamos el ascensor al segundo piso y caminamos al mesón de la línea aérea para entregar el boleto y la maleta. Elijo pasillo y todavía faltan cuarenta minutos para entrar a la sala de embarque. Me pregunta si quiero tomar un café mientras esperamos y le digo que no. Me siento demasiado mal para decirle que sí a un último café, pero finalmente lo hago. Pido una taza de chocolate caliente y él un café pequeño. Mientras juega con la boleta, la taza vacía y después de mucho rato en silencio, insiste en que no entiende por qué estoy haciendo esto. Veo el reloj digital del aeropuerto y faltan cinco minutos. Él sigue con que nadie nunca haría lo que él hizo por mí, y yo espero que no tenga razón.

Tengo el bolso lila en la mano y la mochila negra atrás. Él está frente a mí y ya debería haber pasado la puerta. Le digo que no sé cómo despedirme. No dice nada. Miro hacia el otro lado y lo miro a él. Miro hacia el otro lado, mi cuerpo gira, paso la puerta y camino. Entrego el bolso y la mochila para los rayos X y veo que está apoyado en la puerta de vidrio observándome. Camino rápido, casi volando. Entrego el boleto, recorro el pasillo, entro al avión, encuentro mi asiento, me saco el chaquetón, acomodo arriba el bolso lila y la mochila, me siento, cierro los ojos y comienzo a pensar qué historia voy a contar cuando vuelva. Aún me quedan cinco horas en el aeropuerto de París y 16 horas hasta Santiago para inventarla.

Lullaby just Lullaby


Lullaby se recuesta sobre el sofá que se transforma en cama por la noche. Es de color crema y venía con el departamento. Hace un par de meses que llegó ahí y ni siquiera sabe cómo va a pagar el mes que viene. El único mueble del departamento es ese sofá. No hay cama, mesa, sillas, ni cojines en el suelo, ni cortinas de cuentas ni cortina de baño. No es que no le importe, pero desde que llegó no ha hecho nada para cambiar ese hecho. No recibe gente. No tiene novio. Entonces sólo le queda recostarse en ese sofá hasta transformarlo en cama cuando le dé sueño.

Trabaja atendiendo mesas en un café, pero no desea ser actriz ni escritora ni menos poeta. Tiene 22 años, pero aparenta menos o más según quien la mire. Tampoco Lullaby se viste de negro ni usa botas ni usa sombra oscura en los ojos ni ha sido presidenta de curso en el colegio. Ni siquiera tesorera. Salió de ahí como si fuera un fantasma. De hecho ella misma duda que alguien recuerde su cara o su nombre. Estaba en un biólogo matemático, pero debió haber estado en un humanista. Estaba en un cuarto medio B, pero debió haber estado en un cuarto J o H o I o K, incluso. Usaba pantalones en vez de jumper. Usaba beatles en vez de blusas. Usaba libretas en vez de cuadernos y jamás formó parte de una odiosa foto de curso. Menos en viajes a la playa para fines de año, ni a la fiesta de graduación con vestidos ridículos y parejas que parecían familiares disfrazados más que novios.

El café en que trabaja es por el look. El del café y el de ella. Algo que parece cuadrar entre su cara y las tazas ridículas y el tipo de gente que va. No recibe grandes propinas, pero ella siempre se las arregla para vengarse. De igual forma, todos vuelven por su café con amaretto y su té con limón y sus piernas cruzadas y sus cigarrillos llenando el único cenicero por mesa que ella debe cambiar cada media hora. Odia pedidos de mesas con más de cuatro personas. No por el número sino por la bandeja llena que la hace transpirar. Nunca se le ha caído, pero siempre puede pasar. Lleva casi un mes ahí, pero no sabe cuánto más durará. Después de todo, cualquier trabajo es aburrido por mucho tiempo.

Lullaby adora fumar, aunque se muera después o tenga que hablar por un agujero en la tráquea. A veces se viste con faldas de lana verde, y otras con un abrigo oscuro que cubre cualquier cosa. La puerta de su departamento tiene tres chapas. Su baño tiene un par de toallas de color crema y un pequeño espejo. Su pelo tiene nudos que ni ella misma puede desenredar sin que se formen de inmediato otra vez. Su balcón tiene tres plantas de marihuana que llegan a los treinta centímetros y creciendo. Y su teléfono sólo tiene ocho días para que no lo corten... otra vez. Entonces a Lullaby sólo le queda recostarse en el sofá hasta transformarlo en cama cuando no quiera mirar más la ventana sin cortinas o sus muñecas sin vestidos y sin ojos.

Y ya no hay ningún tipo de círculo
Y ya no hay curvas laberínticas
Sólo malos sueños
Sólo comienzos negros reflejados en el vidrio.

lunes, noviembre 28, 2005

Lullaby – The head on the door


Eran las diez y cuarto de la noche cuando Lullaby acomodó las cajas en el taxi, metió su mano al bolsillo para comprobar que suficientes billetes lo llenaban y puso su trasero sobre el género aceitoso del asiento. Le esperaba un viaje de al menos cuarenta y cinco minutos, así que deslizó su cabeza hacia atrás e intentó cerrar los ojos, pero la cara del taxista por el espejo retrovisor la hizo cambiar de opinión y decidir aburrirse hasta llegar.

Entonces comenzó a armar escenas como hiladas de la nada y sin ninguna lógica. Escenas de cómo su madre trató de hacerle la vida imposible sólo por ser la hija mayor. Escenas de cómo su hermana menor sólo le hacía caso a Lullaby aunque la segunda nunca hubiera demostrado ni una pizca de vocación maternal. Escenas de cómo su hermano menor en la práctica nunca existió por ser, justamente, el hermano menor. Escena de cómo empezaba y terminaba el desfile de los posibles novios de su madre parecía sacar de una bodega perdida en la ciudad.

O también escenas de cómo Lullaby tuvo que hacer una cosa tras otra para que a nadie le cupiera la menor duda que era lo peor como hija y que, por lo tanto, debía sacar sus cosas e irse de ahí lo más pronto posible. Escenas de cómo nunca todo fue verdad y no todo fue mentira. Escenas de cómo a veces hay que crear personajes sólo para romper el entorno y la estática; personajes sólo para escapar.

Lullaby se toca el bolsillo de su chaqueta y ninguna cajetilla aparece. Entonces saca una pastilla de menta al menos para entretenerse. Dobla su pierna izquierda y la deja sobre el asiento mientras apoya su antebrazo en el borde la ventanilla del taxi. Mira de reojo al taxista y comprueba que si tuviera menos abultadas sus mejillas y la barba fuera sólo de días y el tono de piel un poco más claro y los ojos más expresivos, podría parecerse a alguien, pero claro, sería otra versión de ese alguien y, entonces, no llegaría a ser realmente nadie.

Lullaby se está acercando a su casa materna. Sólo faltan tres cuadras y listo. Sólo unos cuantos metros y las cajas otra vez sobre el suelo y los nudillos otra vez sobre la puerta. Aún el calor la hace casi derretirse bajo la ropa y entrecerrar los ojos, pero sólo casi. La puerta ahora esta enfrente y, al parecer, no hay vuelta atrás. O sí, pero quizás sea bueno experimentar todo esto aunque sea por masoquismo.

Se mantiene un par de minutos afuera hasta que al fin estira su brazo y dobla sus dedos. Toca la puerta y su hermana menor aparece sonriente y escandalosa frente a ella.

- Y tú, ¿no estabas enferma? – pregunta Lullaby.
- Enferma de qué – le responde su hermana.
- De algo, de cualquier cosa. Se supone que por eso estoy de vuelta, ¿no?
- Se supone, pero no. Ya la conoces.
- ¿A nuestra querida madre? Claro que la conozco. Hasta podría hacerla personaje de cuento si supiera escribir bien. ¿Estás durmiendo en mi pieza? – otra vez Lullaby.
- En efecto. Y la tendrás que compartir conmigo.
- Lo que me faltaba - dice Lullaby mientras arrastra las cajas de cartón, deja su bolso en el suelo, ve a su madre sentada en un sillón frente al televisor y a su hermano chico preguntándose quién es esta chica rara que acaba de cruzar la puerta después de tanto tiempo.

jueves, noviembre 24, 2005

Lullaby Naked in a Taxi


Ya es un hecho. Lullaby vuelve a la casa materna. Jamás lo hubiera deseado; sobre todo cuando (nunca supo cómo) pudo arrendar un departamento minúsculo, sobrevivir y no morir en el intento. Pero claro, quizás un regreso con elástico no le venga mal del todo, aunque Lullaby siempre ha pensado que el consuelo es prácticamente un pensamiento de idiotas.

Y claro, si de idiotas se trata, las extra-ultra-demasiado-y-extenuantes poses delicadas de los hombres al dejar una taza en el plato, o las chicas que se besan en el parque sólo por provocar y los bolsones de colegio que todo el mundo usa como carteras y las puertas giratorias y los guardias de las librerías que parecen a punto de encontrar sospechosos hasta su propio rostro frente a un espejo y los cafecitos minúsculos y bla bla bla, son sólo un escuálido ejemplo de eso.

Lullaby está en su departamento y, aunque sus cosas se cuenten con los dedos de una mano, no sabe por donde empezar. Tampoco sabe si el mes que estará en su antigua casa, será en realidad un mes y si su hermana menor, necesita fehacientemente que Lullaby esté de vuelta. Su madre es otro caso que habrá que manejar casi con guantes quirúrgicos, pero Lullaby sólo quiere hacer lo mínimo allá y marcar presencia aunque sea por sus zapatillas sin cordones y su ropa interior de algodón. Ya nadie puede cambiar nada. Son sólo matices, y en eso, Lullaby sabe moverse como odiosa y silenciosa serpiente.

Entonces tres cajas de cartón que quedan casi vacías con lo que Lullaby echa adentro. Y el sofá cama que es necesario sacar de ahí y las plantas de marihuana que deben buscar urgente un domicilio. Lullaby piensa y no se le ocurre nada. Alguien del café en que trabaja podría quedarse con ellas, pero no está segura. Quizás M, pero lo más probable es que se espante. La señora Hedren, dueña de su departamento, definitivamente no. ¿Entonces?... Entonces otra caja de cartón y adentro.

M la ha llamado un par de veces, pero Lullaby quiere ciertos días para aclimatarse en su nueva-antigua casa. Lo necesita porque, claro, llegará a necesitar mucho a M si todo resulta tan tóxico como Lullaby, en la superficie de su piel, siente casi como un incendio intencional y premeditado por meses.

Refrigerador ni comida. Sólo cajas de cereales a medio llenar. Jarros y vasos. Un par de cucharas. Un par de cojines. Las toallas húmedas que no se alcanzaron a secar. La ropa que deposita en un bolso y listo, casi listo. Lullaby apaga la luz, se asoma otra vez al pequeño balcón, fuma un par de cigarros y un par de lo otro. Quisiera también poner algo de música, pero todo está dentro de las cajas ya. Un par de vueltas para comprobar que no se olvida de nada y el fin.

El sofá- cama huérfano en medio del departamento vacío y que Lullaby vendrá a buscar en un par de días, las cajas de cartón que arrastra por las escaleras con cuidado, las llaves que le entrega a la señora Hedren en el primer piso, la puerta de fierro que empuja y cierra de golpe sólo por placer. Un taxi. La noche. Las once y cuarto exactamente.

martes, noviembre 22, 2005

Lullaby sale del túnel


Lullaby no sabe cómo sucedió. Ni siquiera está segura que ella misma lo haya provocado, pero bastó abrir el ojo izquierdo para comprobar que M desde hace un rato la observaba dormir. No hubo ni desayuno, ni promesas, ni diálogos con culpas, o cualquier tipo de guión aprendido. Sólo había silencio. Sólo estaba él al lado.

Entonces la ventana sin cortinas que deja entrar implacablemente la luz. Entonces sólo escenas borrosas de la madrugada, de la visita, del accidente, de su hermana menor, de la decisión de volver a su casa, de parar de jugar un rato, de salirse un tiempo de ese espacio escondido en su departamento y de ese balcón diminuto que parecía ser lo único que la conectaba realmente con pasaba afuera.

Lullaby sale a la calle con la misma ropa de anoche. No sabe bien adónde ir. Sólo la seguridad de que en 24 horas tocará con sus nudillos la puerta de otra casa, acomodará sus cosas en una habitación que ya no le pertenece, abrirá otras ventanas, subirá otras escaleras, se fijará en cuánto ha cambiado y en cuánto tiempo ha pasado, la hace desorientarse-ordenarse-desordenarse. Dos minutos y sus piernas caminan hacia la derecha, hacia el Metro, hacia las escaleras, hacia la boletería, hacia el andén, hacia el vagón, hacia ninguna parte en realidad.

M ya no está a su lado, pero sólo por cuestión de horas. Lullaby necesita acomodarse a su no-independencia nuevamente, a volver al lugar de donde salió, a ver qué tan mal está su hermana, a comprobar que nada de será tan fácil, y que es hora de parar de perderse en las calles y en su propia cabeza por un tiempo.

Tres estaciones más, la puerta del vagón que se abre, las escaleras, la calle. Dos cuadras más y la puerta de vidrio del café en que Lullaby trabaja se abre tras la presión de sus manos. Poca gente. Casi nadie en realidad. “Voy a tomarme un mes... ¿tendré trabajo en un mes?” pregunta Lullaby a su jefe. “Depende. Depende de que un mes sea un mes”, dice él. Lullaby no sabe si sólo un mes bastará, pero miente. Al menos nunca nadie se ha dado cuenta cuando lo hace.

Y como un fantasma, vuelve a empujar la puerta de vidrio, sale a la calle, enfoca sus ojos y maldice a una chica montada en una bicicleta con canasto que sonríe feliz mientras el viento y el sol no simbolizan nada más que un insípido efecto climático que a nadie realmente le importa.

jueves, noviembre 17, 2005

Lullaby quiet in a hidden place


Es de madrugada. Hace unas diez horas Lullaby conoció a M. Hace unas cuatro horas supo que quería quedarse con él. Hace una hora y media, su madre la sorprendió cuando llegaba a su edificio y casi empezó una discusión tóxica. Hace una hora M la llamó desde afuera de su departamento. Hace media hora que están juntos en medio de preguntas lúdicas sólo por jugar. Hace tres minutos, la llamada telefónica de su madre y la invitación de Lullaby a subir al departamento, quebraron la escena que se estaba dibujando. Hace cinco segundos, una señora que nada pareciera ver con Lullaby, cruzó la puerta y se quedó parada sin decir nada.

Entonces el silencio incómodo, las ganas de Lullaby de seguir jugando, de seguir armando situaciones extrañas casi por morbo, el rostro desencajado y confundido de M, y la voz que al fin sale.

- ¿No nos vas a presentar? – pregunta M.
- ¿Quieres que te presente? ¿Realmente quieres conocerla? Es casi seguro que es la primera y última vez que te toparás con mi madre.
- Lo que sea - M se resigna.
- Mi madre, M – dice Lullaby mientras con su mano apunta primero a la señora, y después al chico que aún está sentado en el sofá cama esperando que otra cosa muy distinta a la que está pasando, pase.

Lullaby de pronto se siente ahogada, con miles de cosas que decirle a esta señora, con una hilera de explicaciones que pedir, y con un nudo ciego de preguntas que nunca le contestaron, pero se queda estática, en silencio, contemplando la situación, casi saboreándola. De un instante a otro se levanta, cierra la puerta y va hacia M para darle el beso más groseramente grande y largo que a alguien se le pueda ocurrir. Incluso su mano baja hasta cierta parte del pantalón de M sólo para provocar. Lullaby quiere molestar a su madre, quiere que al fin hable, quiere que se dé cuenta que su hija está ocupada, quiere que al fin decida irse por donde mismo llegó.

Pero su madre no dice nada, ni siquiera se sorprende, ni siquiera se espanta. Lullaby la mira de reojo y algo nota en sus rasgos que la hace detenerse y mirarla mejor: una cicatriz que antes no estaba. Entonces la pregunta. Un accidente lanza su madre como respuesta. Su hermana menor no está bien y necesita a Lullaby de vuelta en la casa.

Lullaby mueve la cabeza. No llora. No se emociona. Sólo presiona sus zapatillas contra el suelo, con rabia, con mucha rabia, con toda la rabia del mundo. Observa a M, piensa como ciertas cosas van a cambiar, como ciertos juegos se van a diluir, cómo la soledad que lleva a cuestas le pesa más que nunca, cómo el efecto de M quizás no dure más de cuarenta y ocho horas, cómo odia volver al lugar del que salió arrancando, cómo sigue sin entender a la señora parada enfrente, pero también cómo su hermana-psicópata-de-la-imitación, como le gusta llamarla, no tiene nada que ver en eso.

- ¿Cuándo? – pregunta Lullaby
- ¿El accidente? – pregunta su madre.
- No, cuándo debo volver.
- Ahora mismo.
- Dame un día- termina Lullaby justo antes de volver a cerrar la puerta y despedir sin despedidas a su madre.

Lullaby abraza a M y le pide que esta noche se quede con ella. Sin juegos, sin preguntas lúdicas, sin desafíos constantes, sin armar escenas sólo por armarlas. M no dice nada, sólo la aprieta tan fuerte que Lullaby alcanza a quejarse, pero después de unos segundos, ambos están acostados sobre el sofá cama sólo con los ojos cerrados. Con ropa, aún. Con pocas horas por delante, todavía.

Lullaby y su cuestionario lúdico de selección


Los pantalones están aún cubriendo las piernas, y los botones siguen intactos en la mitad inferior. M está de pie junto a la ventana mientras espera a que Lullaby hable, diga algo, pregunte, confirme, se desilusione, se estimule o abra la puerta o abra su cama. Dos minutos, cuatro, diez. Al fin Lullaby saca un papel de su bolsillo, lo desdobla y comienza a hablar.

- No pienses... ¿Qué piensas?
- ¿Cómo? – pregunta confundido M.
- Eso. Arma una frase. Una descripción. Quién eres.

M no sabe muy bien qué contestar, sobre todo cuando Lullaby lo mira fijo, se pasea alrededor, se inclina y no lo deja pensar en paz algo inteligente u original que decir en pocos segundos.

- Estoy esperando- dice Lullaby.

M sigue sin entender. No está nervioso, pero sus dedos se retuercen para luego rozar fuerte y despacio la tela de su pantalón a la altura de las rodillas. Deja pasar unos instantes y de pronto se da cuenta que Lullaby quiere sorprenderse, quiere armar constantemente escenas y diálogos extraños, que hay que seguirle el juego, que hay que entrar a su juego.

- Por ejemplo, necesito que cada vez que mi pierna derecha cruza la izquierda, una idea instantáneamente venga a mi cabeza. O a veces creo que todo lo que veo no es de verdad, que toda la gente en la calle son extras y que un set de filmación persigue cada paso que doy - al fin M se atreve a decir.

- ¿Y entonces? - pregunta Lullaby
- Entonces doy una especie de gruñido. Entonces necesito romper esa sensación y comprobar que en efecto todo es real.
- ¿Y?
- Me acerco a alguien y le hago una pregunta absurda para descolocarlo y no seguir el guión de una conversación normal
- ¿Cómo qué? – pregunta Lullaby.
- Cómo: “el otro día volteaste otro vaso sobre mí; por qué siempre lo haces...”
- ¿Y ese alguien extraño cómo reacciona?
- Dos opciones: mira desencajado, o sólo no reacciona y se va rápido lejos de mí- responde M.
- Pregúntame algo- dice Lullaby casi ansiosa.
- ¿Por qué hay siempre flores plateadas en las mesas?
- Simple, porque cada cajetilla de cigarros guarda una dentro que sólo se vuelve real cuando se vacía.

Suena el teléfono casi sincronizadamente con el fin de la última respuesta. Lullaby no lo escucha, pero M sí. Lullaby no quiere perder el hilo, pero el timbre molesto la desconcentra.

- ¿Aló?
- Déjame pasar. Estoy abajo.
- No.
- ¡¡Lullaby!!
- A ver espera. Esto puede ser interesante - dice Lullaby. Tercer piso, departamento B. La puerta estará abierta.

- ¿Quién era? - pregunta M
- Mi madre - responde Lullaby.

miércoles, noviembre 09, 2005

Lullaby (Such a Liar?)


Si hay tres cosas que diferencian a Lullaby en una fila con veinte chicas de su edad, éstas son: su voz ronca, sus lunares y la increíble capacidad para mentir. Mentiras minúsculas y mentiras majestuosas. Intercaladas en frases o sólo cómo engaños sueltos al aire y lanzados directo a orejas ajenas. Nunca se puede saber a ciencia cierta qué tanto está exagerando una historia, si Lullaby es realmente su nombre, si 22 años es su edad, y si efectivamente es tan extraña como parece.

Pero hay una sola cosa en que Lullaby no puede ser una vil mentirosa: cuando gira su cabeza hacia un costado, estira su mano y es capaz de tocar algo más que unas sábanas o unas frazadas. Cuando todas sus defensas y sus paredes para el mundo se desarman como una jalea, es porque alguien quiso quedarse. No en su cama ni en su departamento, sino en una vida; en su pequeña vida.

Pantalones que friccionan otros pantalones. Paredes que sostienen la espalda. Piernas que suben por otras piernas. Manos que atrapan traseros. Uñas que rasgan todo. Entonces M que cierra la puerta del departamento con una pierna. Entonces Lullaby que asegura todas las cerraduras con su mano derecha mientras su boca se mueve dentro de otra. No es cosa de segundos o minutos; ni siquiera que alguno de los dos lleve una decente ropa interior o que los calcetines combinen con una prenda o que los restos de perfumes no se hayan ido o que los días fértiles no estén atravesando en ese justo instante su útero.

Lullaby respira de otra forma básicamente porque M hace lo mismo. Lullaby toca el cierre de su pantalón básicamente porque la mano de M está en el suyo. Lullaby de pronto se detiene y no porque M lo haya hecho primero, sino porque quiere sentir casi en cámara lenta. Quiere salirse del cuadro y ver a estos dos chicos casi desesperados. Quiere ir tan rápido como se pueda, pero tan lento como para no mentir en lo que hará o dirá.

Lullaby no está confundida; sólo quiere que M se siente en su sofá cama y le conteste un pequeño cuestionario que mademoiselle L prepara para cada chico que puede quedarse a su lado. No una noche ni dos, ni tres. Un tiempo. Un pequeño gran tiempo. Y M parece ser uno de ellos. Y Lullaby no está mintiendo ni un instante cuando piensa eso.

martes, noviembre 08, 2005

Lullaby on the phone

Podrían ser dos o ser tres. Incluso podrían ser cuatro las veces que Lullaby, hablando por teléfono, siente unas ganas casi animales de cortar la conversación en cualquier instante y sin avisar al del otro lado. Odia no poder imaginar cómo ese alguien mueve la boca, pestañea o no visualizar la cantidad de veces que la lengua se asoma y moja imperceptiblemente los labios. Entonces, claro, Lullaby debe sortear los espacios en blanco diciendo frases idiotas para no prolongar más esos silencios que aparecen, lanzar monosílabos cortantes que la muestran algo más antipática de lo que Lullaby ya tiene de sobra y de nacimiento.

Lullaby está de espaldas sobre el sofá cama. No tiene una pizca de sueño y no quiere pensar ni siquiera en el episodio de la extraña visita de su madre. Ya habrá tiempos muertos sentada en la taza del baño o mientras amarra los cordones de sus zapatillas para pensar en su madre y en su pasado.

Entonces la luz apagada, la ventana sin cortinas y la madrugada de un miércoles que deja avanzar lento los instantes para la noche, para la gran noche con M. Es simple, la atracción existe y a menos que se parezca al protagonista de Abre los Ojos, Lullaby duda que desaparezca. Pero hay algo más que Lullaby debe dilucidar. Y para eso no hay cuestionarios o juegos con los ojos o con la sonrisa o con los dientes. Hay algo que va de la mano con las sincronías que sólo horas huérfanas de una noche no pueden aclarar.

De pronto, el teléfono suena. Lullaby está segura que su madre está del otro lado esperando exasperarla y molestarla con sus preguntas. ¿Por qué no sigue con su vida? ¿Por qué el interés en ser la mártir de la historia? ¿Por qué sigue sin entenderla? ¿Por qué insiste en perseguirla, indagar y hurgar donde nadie la llamó?... Muchas preguntas y las respuestas igual a cero, piensa Lullaby. Se levanta y arma su mejor frase sarcástica antes de levantar el teléfono, pero una voz de hombre la sorprende del otro lado.

- ¿Mademoiselle L... Lullaby?
- ¿Quién?
- Estoy exactamente mirando tu ventana sin cortinas desde la calle.
- ¿Pero en qué habíamos quedado?- dice Lullaby sorprendida y desencajada después de comprobar que era M del otro lado.
- Las sorpresas. Pensé que te gustaban.
- No entendiste nada- dice Lullaby sin ningún atisbo de sonrisa, sino que todo lo contrario.
- ¿Cómo?
- Esta noche. A las once. No antes y no después.
- Pero pensé... - apenas alcanza M a balbucear.
- No pienses- Lullaby corta intuyendo que otra vez alguien con pantalones va a escapar de ella. O no.

M, abajo en la calle, mueve sus piernas también sorprendido, también desencajado. Comienza a caminar de vuelta por donde vino, pero escucha a alguien que lo llama. Gira su cabeza y ve a Lullaby inmóvil en la puerta de fierro con los ojos fijos en él. M no sabe bien cómo reaccionar, pero se arriesga y se acerca. Y sólo por un leve instante, alcanza a notar que mademoiselle L necesita todo lo contrario a lo que dice por teléfono.

domingo, noviembre 06, 2005

Lullaby y la otra consonante M


Lullaby toma un taxi no sin antes confirmar que la cara del taxista es neutra. Se sienta y sólo le dice que llegue a cierta parte de la forma más directa, y que ahí le indicará dónde doblar o no doblar. Nunca le han caído bien los taxistas. Si alguien se atreve a apenas sonreírles imperceptiblemente por protocolo, se creen con el derecho de hablar, conversar de las calles, decir que les conviene trabajar más de noche y preguntar qué tan bien uno la pasó. Y Lullaby, claro, prefiere siempre conservar el misterio o la pared estucada.

Mientras, no piensa en nada; más bien rememora o sólo cae en las escenas de hace un rato. Las posibilidades son claras: M puede aparecer tras su puerta a eso de las once del día de mañana, o esperar averiguar mejor, o creer que mañana no se refiere a las once que siguen esta misma madrugada. No importa. Al menos, será bueno adelantar algo de orden o de cordura antes que alguna de las tres posibilidades ocurra.

Llega donde le indicó primero al taxista, y le pide que doble hacia la izquierda unas tres cuadras, luego siga hacia el sur por esa calle pequeña, avance y gire hacia la derecha. Entonces Lullaby se baja, camina otras tres cuadras entremedio de edificios y negocios cerrados con cortinas metálicas, y llega al fin a su viejo edificio. Pero justo cuando mete su mano en el bolsillo para sacar su llave sin un llavero monumental que la resguarde, la señora Hedren, dueña del departamento B del primer piso y dueña del departamento de Lullaby, aparece como un fantasma con un cigarrillo humeando frente a su nariz.

“Alguien la ha estado buscando”, le dice. “¿Hombre, mujer, niño?”, pregunta Lullaby. El número dos, pero le dije que usted sólo aparece aquí las mañanas, así que no había ningún caso en seguir esperando” responde la señora Hedren. “¿Y el nombre?” otra pregunta. “No me lo dijo y tampoco se lo pregunté” responde la mujer. Lullaby gruñe pero se alegra; al menos esta señora algo de sentido común esconde tras su moño. “Y bueno, qué le vamos a hacer”, apunta Lullaby. “Nada, sólo que justo ahora y tras usted, el número dos está de vuelta” se regocija la Hedren. Lullaby gira y la ve. Su madre. Justo ahora. Justo después de tanto tiempo. Justo cuando nadie la esperaba.

“¿Se murió alguien?” pregunta Lullaby. “Sarcasmos a esta hora, no. Así que aquí es donde vives” habla el nuevo personaje. “Sí, bonita puerta y muy segura. Si lo intentas, es algo pesada, pero claro, de aquí no pasarás” Lullaby dice con la mejor cara inexpresiva que pudo encontrar. “Necesito hablarte. Necesito que pares de contestar el teléfono con la frase: aquí no vive ninguna Lullaby” gruñe su madre, la otra consonante M.

Lullaby se queda estática como una estatua sin creer lo que escucha, sin entender qué quiere esta mujer después de echarla casi como una peste hace unos años atrás y ahora hacerla rememorar los reproches acerca de su vida, sus amistades, su autismo, sus talentos abandonados como el polvo, sus hermanos que preguntan por ella, el cielo oscuro, las ranas tóxicas y bla bla.

De pronto se fija en la escalera y en la señora Hedren que ha estado escuchando todo. Sin guardar modales, le exige que se vuelva a enclaustrar en su departamento y que duerma alguna vez en su puta vida. Lo penúltimo que querría Lullaby es que alguien de ese edificio conociera algo más que su nombre. Y lo último sería que esta otra señora junto a la puerta, supiera de qué color son las paredes de su departamento, si tiene enjuague bucal en el baño, algún tipo de refrigerador, algo similar a una lavadora o algo parecido a una vida.

Lullaby mira la situación como si levitara sobre ella misma, pero su cerebro se pierde en el refugio de la otra consonante M hace un rato atrás; un refugio que suena más acogedor que el ver a esta no-grácil-dama-de-pantalones preguntando, hurgando y escarbando.

- Mañana- dice Lullaby.
- ¿Mañana qué?
- Mañana no te aparezcas. Ni pasado ni la próxima semana ni nunca.
- ¿Por?
- ¿Y todavía preguntas?- gruñe Lullaby otra vez antes de cerrar la puerta de fierro de golpe, subir corriendo las escaleras, abrir su puerta, encender la luz, apagarla, mirar la ventana y desear que, esta vez, ojalá tuviera cortinas.

viernes, noviembre 04, 2005

Lullaby, M y los peces atrapados


Las escenas se cierran
Como botones de camisa
Como letras iniciales

Y no hay ningún reloj de por medio
Y no hay ningún guión para actuar



Lullaby y M llevan apenas dos cuadras caminando y ninguno de los dos puede apartar la vista del otro. Poco le interesa a ella sacar un cuestionario inútil de la cabeza y soltar preguntas típicas. Los intercambios son los que hacen un escenario o un bosquejo o sólo un plano secuencia hasta ningún fin controlado.

Entrar a alguna parte. Sentarse en un par de sillas. Tomar un par de cervezas o volver al café en otra parte. No. Lullaby sólo quiere seguir caminando. Sigue con los pies avanzando y los brazos cruzados bajo su busto. M con las suyas en los bolsillos. “¿Conoces la canción? La de mi nombre” pregunta ella. “Perfectamente. Las dos incluso” responde él. “Yo sólo te diré M” dice Lullaby” “Pero si mi nombre no comienza con M” aclara él “Lo sé, pero no importa. ¿Te importa?" otra vez ella. “Claro que no, mademoiselle L”, M termina.

Entonces, en cosa de segundos o de trucos, incluso de ángeles salidos sorpresivamente de cierta manga o de cierto bolsillo, M la abraza por la espalda, se detiene y se queda ahí sin decir nada. Ya después los dedos están entre los otros dedos reteniéndolos con fuerza. M le dice que tampoco quiere lanzar un cuestionario insípido; que sólo quiere avanzar, por la calle, por la otra y más allá.

Lullaby gira hacia él y jugando le exige su primer recuerdo. Sin quitarle los ojos de encima, M habla de una manguera en un patio, de su mano derecha levantándola y de su boca en el hueco con la pregunta “hay alguien ahí” esperando que del otro lado le contestaran. Lullaby se ríe, espera y lanza otra pregunta para quebrar la estática que en realidad no es tal: “¿El Gran Pez?”. "Sólo la última escena, o la última vez que el protagonista habla: Un hombre cuenta tantas veces su historia que termina convirtiéndose en un personaje de ellas. Se convierte en un inmortal” responde M. Y Lullaby sabe que ya no hay dudas.

Ya están frente a frente en una pequeña mesa redonda sentados en una sillas de respaldo alto. Hay una luz casi lúgubre alrededor, y una pantalla con videos de cierto grupo con ciertas ropas oscuras. “¿Nos quedamos aquí?” pregunta él. Ya me quedé, responde Lullaby mientras acerca su silla a la de él y se pierde otra vez en su boca y en su lengua.

Media hora o dos en realidad. Los relojes no existen. Las promesas tampoco. Y las ganas de saber más del otro se confunden con las mismas ganas de saber sólo lo que importa. Más tarde el baño de mujeres con tres chicas dentro al que Lullaby entra. De pronto fija su rostro en el espejo y nota cómo algo ha cambiado. El papelero lleno hasta el tope, la ropa interior que se arregla, el cierre que sube y los tres anillos negros que moja junto a sus manos. Lullaby abre la puerta y M ya no está. La espera en la puerta con las piernas ahora mirando hacia la derecha.

“¿Y ahora?” pregunta Lullaby. Lo que quieras, responde él. Lullaby mira hacia adentro y hacia a alguien para averiguar la hora. Apenas son las dos de la mañana. “No te voy a invitar a mi casa”, dice ella tajante. “Lo sé, te invito a la mía” dice M. Lullaby mira hacia el suelo, inclina levemente sus rodillas y pregunta ¿cuán lejos? “Nada, un poco” él le responde. “Mañana”, dice ella. “¿Por qué mañana?” pregunta M, “¿ Por qué no mañana? Hay que salir de los esquemas y prolongar la tensión. Y no creas que algo parecido a desnudos habrá. Antes debo averiguar ciertas cosas o no”, sigue Lullaby mientras pareciera decir todo lo contrario.

M la toma fuerte de la mano y la lleva justamente hacia la derecha. Lullaby acerca la boca a su rostro y le dice que lo espera mañana en su departamento. “Pero no sé dónde vives”, aclara él. “Lo averiguarás. Al menos ya me encontraste”, retruca ella. Entonces lo abraza tan fuerte que llega a acalambrarse, le da otro largo beso y se va sin voltear ni siquiera un instante la cara.

Lullaby está segura que mañana algo de orden debe poner en su departamento, en su ropa interior y en sus asuntos antes de escuchar a M tras la puerta (a eso de las once de la noche también).

Peces que no habitan acuarios
Ni ángeles que llenan mangas
Sólo coordenadas de un mapa
Sin ninguna línea recta para llegar

miércoles, noviembre 02, 2005

Lullaby a las once de la noche con M


Y el cuchillo que corta el aire
O más bien el filo que no lo deja ir

Son cerca de las siete de la tarde y Lullaby está flotando. No hay agua salada con basura o agua con cloro dentro de una piscina, pero Lullaby se mueve tan liviana que parece zombie. Hace cerca de media hora, unos pantalones encontraron sus propios pantalones y más arriba y más arriba aún. Ya no hay ojos, miradas o algo parecido. Sólo palabras que faltan para la noche, palabras y escenas para cuatro horas más. Exactamente para las once de la noche.

Lullaby sigue con los pedidos, con las escuálidas propinas y con los flirteos descarados que está ya acostumbrada a esquivar. De pronto mira sus pantalones verde militar, sus zapatillas negras, su polera gris y su pelo atrapado por un moño y un lápiz negro. No tiene tiempo para volver a su departamento, cambiarse, arreglarse o desarreglarse más, pero poco le importa. Lullaby no es de adornos; más bien es lo que dice, lo que retruca con diálogos y absurdos, y lo que sus pies mueven para un sentido o para otro.

De pronto repara en que toda la gente ha pedido tortas y café. Que algunas incluso han pedido postres encremados hasta la saciedad de la mano de bebidas lights, que el humo de los cigarrillos circundantes ya impregna hasta su ropa interior, y que el perfume de vainilla que acostumbra a usar, ya está perdido entre tantas esencias comestibles y seductoras a nivel cero. ¿Entonces?... entonces nada. Sólo contar los minutos descaradamente en su cabeza y tratar de conseguir las propinas más robustas para no desteñir la noche, o hacer que no se acabe nunca.

M es alguien de su edad-pero-un-poco-más. Podrían ser veinticuatro o veintinueve o treinta y dos. La voz ya no la recuerda, sólo que perforó una línea entre ambos; una línea que antes no existía. El tatuaje en la nuca, un detalle. El rostro casi imperturbable es lo que no la está dejando pensar. Porque de sentir, vaya, Lullaby ya lo está haciendo.

Horas que pasan, diez para las once de la noche. Las once al fin. M aparece tras el ventanal del café. Lullaby se toca los bolsillos, desliza sus dedos, roza la cajetilla de cigarros y parte de sus muslos a través del forro del pantalón. Un minuto. Dos. Lullaby sale. ¿Nervios?, Lullaby nunca los tiene. Ansiedad, quizás. Diez pasos hasta la puerta, un pequeño salto infantil, sus manos en el rostro de él, un beso; uno excelente. Dos rostros imperturbables o silencio. “Así que tú eras Lullaby”... “Y adónde vamos” lo rompe él. “Hacia la izquierda, siempre hacia la izquierda” responde ella.

Entonces Lullaby vuelve a tocar sus labios, los muerde... y ya no quiere irse de ahí.

Pantalones militares
Que siempre van hacia la izquierda
Con besos en mejillas
O lenguas en bocas