La escena final del viaje

Toma café con toda calma y recién noto que le gusta con mucho azúcar. Busca algo en un cajón, me entrega todas las cartas y pide que me las lleve. Le digo que no tengo espacio y que no quiero. Empieza a romper algunas hojas y ahora prefiero guardarlas como sea en la maleta. Pregunta por el perfume que me dio y pide que lo devuelva. Decido sacar también la bata, los libros en español que me dio para no aburrirme, los libros en francés para practicar y el vestido negro. También le paso las llaves del departamento que ni siquiera me iba a llevar.
Salimos y lleva la maleta. Yo el bolso lila y la mochila negra. Las cartas están dobladas en todos los bolsillos y estoy pensando en tirarlas a la basura cuando llegue al aeropuerto. El camino parece más largo que el primer día y comienzo a dudar que me esté llevando allá. No digo nada y sigo mirando atenta adelante. Damos unas vueltas antes de estacionar y salimos. Él explica y saca la billetera para pagar los que cuesta el recargo. Yo tengo un billete de cien euros en el bolsillo, pero no digo nada. Tomamos el ascensor al segundo piso y caminamos al mesón de la línea aérea para entregar el boleto y la maleta. Elijo pasillo y todavía faltan cuarenta minutos para entrar a la sala de embarque. Me pregunta si quiero tomar un café mientras esperamos y le digo que no. Me siento demasiado mal para decirle que sí a un último café, pero finalmente lo hago. Pido una taza de chocolate caliente y él un café pequeño. Mientras juega con la boleta, la taza vacía y después de mucho rato en silencio, insiste en que no entiende por qué estoy haciendo esto. Veo el reloj digital del aeropuerto y faltan cinco minutos. Él sigue con que nadie nunca haría lo que él hizo por mí, y yo espero que no tenga razón.
Tengo el bolso lila en la mano y la mochila negra atrás. Él está frente a mí y ya debería haber pasado la puerta. Le digo que no sé cómo despedirme. No dice nada. Miro hacia el otro lado y lo miro a él. Miro hacia el otro lado, mi cuerpo gira, paso la puerta y camino. Entrego el bolso y la mochila para los rayos X y veo que está apoyado en la puerta de vidrio observándome. Camino rápido, casi volando. Entrego el boleto, recorro el pasillo, entro al avión, encuentro mi asiento, me saco el chaquetón, acomodo arriba el bolso lila y la mochila, me siento, cierro los ojos y comienzo a pensar qué historia voy a contar cuando vuelva. Aún me quedan cinco horas en el aeropuerto de París y 16 horas hasta Santiago para inventarla.















