martes, diciembre 27, 2005

Dialéctica de una muerte


¿Qué es el cinismo después de todo. ¿Es olvidarse momentáneamente de lo que uno hace o de lo que uno es? ¿Es disfrazarse por cierto número de horas, aunque las prendas coloreadas sólo tengan un matiz de diferencia con las que llevas siempre? ¿Tejer palabras como redes, reencarnarse en una araña malévola sólo por experimentar? Y si no se experimenta, ¿quedaríamos entonces atascados siempre en lo mismo, como un reloj de arena estancado en el centro por una piedra?

Y resulta que en este tejer y en este moverse, siempre quedan heridos: aparecen mutilaciones de una batalla que no es tal, aunque cierto tipo de sangre no roja dé prueba de ello, aunque golpes de manubrio y giros oscuros traigan la dilatación como parche, como excusa transitoria, como una muerte agónica que ni hasta un milagro puede revertir.

Los amantes que escriben un relato. Relato con auspiciosos párrafos iniciales, incluso con un título para ganar ciertos concursos literarios. La acción se desarrolla y los diálogos comienzan. Luego las trabas aparecen como malos ilativos y comas de más. Los adjetivos melosos-odiosos-vagos-estúpidos se deleitan redundando, reafirmando y desvaneciendo todo a la vez. Entonces no hay ni siquiera un mísero párrafo para destacar o una puta frase para fijar en alguna parte de la cabeza. Muecas que simulan sonrisas. Misivas escuálidas que parecen hacerse con un revólver en los huevos. Distancias que siempre esconderán otras cosas. La historia se desintegra.

Si sólo entonces el otro personaje supiera que nada sale realmente de tu cuerpo sin que tú lo decidas antes, que nada es para regalar, que todo siempre es de cada cual según su conveniencia y que hasta el más mínimo detalle se razona, menos aire en discutir, menos puertas dañadas, menos llamados en mute, menos reproches, menos cansancio para levantar un lápiz, menos kilos perdidos, menos tragos en el estómago, menos cigarros en la boca, menos horas en el baño y más de “lo que alguna vez fue” hubieran existido.

Cobardías para pronunciar la muerte de una relación, para verbalizar como una maldita canción rabiosa "en inglés" más que romanticona y llorosa "en español". Los últimos párrafos de una mala historia en edición barata, la muerte de uno de los personajes, el final soso como tantos libros extrañamente exitosos, la página en blanco sin bibliografía alguna y otra historia que, siempre, estará aguardando a la izquierda o la derecha de los pantalones.

La piedra en el reloj al fin desaparece dejando pasar la arena, el tiempo y todo lo enfermo-no enfermo-desconocido-sorpresivo que venga. Nada más que decir. La relación se ha acabado y no hay vuelta atrás. Cinismo nunca fue la palabra.

martes, diciembre 20, 2005

Secuencias: The Girl With The Thorn In Her Side


Secuencias. No sé decirlo mejor, es como una noción de que bruscamente se arman secuencias terribles o idiotas en mi vida sin que sepa qué va a seguir a qué. Si la lluvia sigue al paraguas o el paraguas sigue a la ropa mojada o la ropa mojada sigue a la pesadumbre o la pesadumbre sigue al absurdo o el absurdo sigue al sexo metafórico o el sexo sigue al calor.

Si se piensa en la tristeza que antecede la felicidad, en las palabras duras que se trazan antes de la liberación, en la mentira que resulta de una verdad innegable, entonces ya las secuencias se tornarían ilógicas, sin orden, sin elementos previos ni comprobaciones posteriores. Sólo secuencias. Entonces el sueño quizás nada tendría que ver con el cansancio o la almohada con el aburrimiento. O la prosa con lo racional o los versos con los intestinos. Entonces bastaría una llamada telefónica para detenerse o seguir. Dos cerraduras de una puerta bastarían para salir y llegar a alguna parte o a ninguna en realidad.

Siempre me ha parecido que no pienso nunca, sino que estoy como parada en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo. Por otro lado, no pensar en nada no me convierte en una imbécil, ni en una chica ensimismada, más bien en un fantasma que recorre, fantasma de ropas negras en vez de blancas, fantasma que en vez de susurrar se ríe, y que en vez de llorar se enrabia y patea cosas. Y cuando se piensa no necesariamente se razona, más bien uno se pierde, aunque perderse sea perderse para bien.

Lo malo es que no todos piensan lo mismo de todo. Si digo que la canción “The Boy With The Thorn In His Side” (Morrisey) me provoca más cosas positivas que negativas, no estaría equivocada del todo. Una ironía a la vida que se dice. Y la pena nada tiene que ver con la lástima, y la lástima nada tiene que ver con la tristeza, y la tristeza no tiene nada que ver con el dolor. El contexto, las secuencias, las escenas.

Está claro que la vida no es una película, menos una con música incidental, aunque ciertos cuentos insistan majaderamente con la cancioncita y hagan listas interminables y nos la metan por el culo de la insistencia. Está claro que la poesía no es lo mismo que la poética, y está claro que las chicas misteriosas no necesariamente se relacionan con las pistolas, con el sexo enfermo o con las botas negras, aunque en cierto modo hagan, tengan y utilicen todo eso a su favor.

jueves, diciembre 15, 2005

Perversos (final)

I
Nos quedamos así, observándonos un buen rato en silencio. De pronto pienso que la amo y no podría querer a nadie de la misma forma. Entonces se acerca, me rodea el cuello y su boca reposa por un largo rato en mi mejilla. Sólo quiero creer que tú de verdad me amas, me dice al oído adivinando lo que pienso y lleva su mano a mi pecho justo sobre el corazón. Trato de girarme y salir de sus brazos, pero me sujeta la cintura y me muestra el punto brillante de sus ojos. Intento hablar, explicarle que ya no puedo, pero ella no oye, sólo apoya su mirada en la mía y dibuja algo con un filo. Entonces el cambio de roles. Entonces la sangre.

No puedo ver nada; ni siquiera intuyo lo que viene. Escucho el ruido de las hojas que se detiene cuando su boca se acerca casi tocando mi cara, cuando las palabras en susurro de ella asesinan mi oído sin descanso y mi cuerpo rígido se comienza a impacientar. Sé que si me concentro podría escuchar los autos en la calle, pero no quiero; sólo me enfoco en el sonido de sus palabras, de mi respiración, del roce de las ropas contra el sofá y en ella.

Una mano baja por mi pierna, dibujando con un dedo surcos en el muslo, la otra se mantiene en mi cintura. Otra vez dibuja, busca mi ombligo, palpa los bordes de mi pantalón, dibuja de nuevo y traza por los bordes. Su boca cuenta a tientas lunares suponiéndolos en la penumbra mientras murmura, mientras la sangre queda en toda su boca.

II

Despierto aturdido, cansado, dolorido, con las imágenes de un sueño deshilvanado golpeándome las sienes. Abro los ojos y ella está sentada en el suelo al otro lado de la habitación. Sus ojos me miran serenos, confiada en que mi estado no me llevará a dar pelea por un largo rato.

Me levanto y voy dando tropezones hasta encontrar el baño, abro la llave del lavamanos y dejo que el agua corra unos segundos por mis manos y luego por mi cara. Cuando vuelvo, ella está en la misma posición que antes, sentada en el suelo abrazándose las piernas y con la pared en la espalda. Tomo unos cojines y los tiro contra la misma pared donde acababa de despertar. Ella me mira divertida mientras me muevo torpemente y me golpeo la cabeza contra el muro al sentarme. ¿No querrás desmayarte de nuevo?, me dice sonriendo. Sintiendo cómo me abandona la conciencia, cruzo hacia la pared de enfrente casi a rastras y me inclino hasta casi alcanzar el suelo. Entonces su voz llena toda la habitación con estas palabras:

“Quédate quieto y no digas nada, ni siquiera eso que estás pensando. ¿Crees que no lo noto, que no adivino las palabras exactas que están por salir de tu boca? Entonces eres más ingenuo de lo que llegué a suponer cuando me viste sentada ese día y me lo pediste. ¿Por qué tiemblas de esa manera? No creo que tengas miedo, no eres del tipo de los que tienen miedo. ¿Qué pasa entonces?... No, no me digas nada, ya es un poco tarde para cambiar de opinión. Recuéstate sobre el sofá y sigamos; ya me dijiste que no querías usar luz artificial”.

lunes, diciembre 12, 2005

Perversos (primera parte)


Lo primero fue su figura a través de la ventana; estaba sentada de piernas cruzadas y el pie derecho balanceándose nervioso. Recién había dejado una taza de café pequeña sobre la mesa y el cigarrillo entre sus dedos estaba a la mitad. Lo segundo fue su espalda cuando entré y caminé hacia donde estaba. Entonces apareció su cuello, su pelo desordenado y sus manos. Aparté la silla que estaba enfrente, dejé el libro sobre el mantel, saqué un cigarrillo y le pedí que lo encendiera; el de ella estaba a punto de morir y tardó algo en reaccionar. Cuando el humo se cruzaba entre nuestras bocas, se lo propuse; me miró como preguntando si era verdad lo que acababa de escuchar. Parece que no te agrada mucho la idea, dije de inmediato; no te preocupes, después querrás más y me llamarás y entonces me lo propondrás tú y yo accederé, me cubrirás los ojos, me sentarás en el sofá y comenzarás con lo del libro. El prólogo te lo saltarás, después de todo no dice nada, seguirás con el primer capítulo y la actuación. ¿Quieres? ¿Te gusta la idea? Llevo varios días con ella en mi cabeza; es una especie de plan que quiero llevar a cabo; por eso necesitaba cómplices; por eso te quiero a ti.

Realmente no sé en qué estaba pensando cuando se lo propuse. Quizás su vestido negro, sus botas, sus ojos oscuros de ese día, no sé. Recuerdo que ese primer cigarrillo apenas se sentó enfrente me obligó a seguirla en la conversación; sus manos me llevaron a su escote, sus pecas a su boca y lo que salía de ella. Me miraba fijo y me gustaba. No quise procesar o analizar lo que me decía; ni siquiera intenté tomarlo como real, como una propuesta en serio. El café ya estaba frío, pero no importaba, tampoco el cenicero lleno y sus palabras envolventes. El libro sobre la mesa estaba abierto en el primer capítulo y mi voz no dejaba de leer lo escrito y perturbarla con mi tono. Salimos apenas lo cerré, nos besamos en la mejilla y propuso el día siguiente en una dirección que anotó sobre un papel.

Han pasado apenas dos días desde que se lo propuse y recién hoy subo la escalera hasta el tercer piso del edificio, hacia su departamento, hacia ella. Me detengo en el descanso antes de completar el tramo hasta su puerta y mi aliento se acelera con sólo adivinarla al otro lado. Mis nudillos golpean, no hay ninguna demora y la puerta se abre. Me da un beso pausado y frágil en la mejilla, me saca la chaqueta rodeándome con sus brazos delgados y me pide que espere. Al fin mi tensión se alinea y puedo mirar el lugar en el que estoy parado. Sigo observando y nada de lo que hay me parece extraño, tampoco mis ideas, tampoco ella.

lunes, diciembre 05, 2005

Señorita Moro busca trabajo


La señorita Moro está algo preocupada. Busca trabajo casi enrabiada, casi desesperada, casi urgente.

La señorita Moro se deshace de disfraces por esta vez. Saca su imagen en blanco y negro, desempolva su currículum y admite su profesión.

La señorita Moro es periodista de la Universidad de Chile, tiene entre 25 y 29 años, es especialista en contenidos creativos, ha participado en un par de antologías literarias, ha sido columnista, crítica de cine, editora de contenidos de sitios web, relacionadora pública de una Escuela de Teatro, descriptora de restoranes y tiendas extrañas, ha escrito reportajes en cierto suplemento de El Mercurio con letra Z, colaborado en El Mostrador, en Caiga Quien Caiga, en un par de investigaciones para un par de libros, en proyectos eternos para revistas y en demasiados espacios literarios ad honorem. Además de considerar que es buena escribiendo y en todo lo que se relacione con llenar espacios blancos (en pantallas o en papel)

La señorita Moro a veces cree que nada pierde con mostrarse.