
¿Qué es el cinismo después de todo. ¿Es olvidarse momentáneamente de lo que uno hace o de lo que uno es? ¿Es disfrazarse por cierto número de horas, aunque las prendas coloreadas sólo tengan un matiz de diferencia con las que llevas siempre? ¿Tejer palabras como redes, reencarnarse en una araña malévola sólo por experimentar? Y si no se experimenta, ¿quedaríamos entonces atascados siempre en lo mismo, como un reloj de arena estancado en el centro por una piedra?
Y resulta que en este tejer y en este moverse, siempre quedan heridos: aparecen mutilaciones de una batalla que no es tal, aunque cierto tipo de sangre no roja dé prueba de ello, aunque golpes de manubrio y giros oscuros traigan la dilatación como parche, como excusa transitoria, como una muerte agónica que ni hasta un milagro puede revertir.
Los amantes que escriben un relato. Relato con auspiciosos párrafos iniciales, incluso con un título para ganar ciertos concursos literarios. La acción se desarrolla y los diálogos comienzan. Luego las trabas aparecen como malos ilativos y comas de más. Los adjetivos melosos-odiosos-vagos-estúpidos se deleitan redundando, reafirmando y desvaneciendo todo a la vez. Entonces no hay ni siquiera un mísero párrafo para destacar o una puta frase para fijar en alguna parte de la cabeza. Muecas que simulan sonrisas. Misivas escuálidas que parecen hacerse con un revólver en los huevos. Distancias que siempre esconderán otras cosas. La historia se desintegra.
Si sólo entonces el otro personaje supiera que nada sale realmente de tu cuerpo sin que tú lo decidas antes, que nada es para regalar, que todo siempre es de cada cual según su conveniencia y que hasta el más mínimo detalle se razona, menos aire en discutir, menos puertas dañadas, menos llamados en mute, menos reproches, menos cansancio para levantar un lápiz, menos kilos perdidos, menos tragos en el estómago, menos cigarros en la boca, menos horas en el baño y más de “lo que alguna vez fue” hubieran existido.
Cobardías para pronunciar la muerte de una relación, para verbalizar como una maldita canción rabiosa "en inglés" más que romanticona y llorosa "en español". Los últimos párrafos de una mala historia en edición barata, la muerte de uno de los personajes, el final soso como tantos libros extrañamente exitosos, la página en blanco sin bibliografía alguna y otra historia que, siempre, estará aguardando a la izquierda o la derecha de los pantalones.
La piedra en el reloj al fin desaparece dejando pasar la arena, el tiempo y todo lo enfermo-no enfermo-desconocido-sorpresivo que venga. Nada más que decir. La relación se ha acabado y no hay vuelta atrás. Cinismo nunca fue la palabra.



