Bicicleta con canasto

Santiago ofrece micros, taxis, autos, camionetas y motos. Santiago a veces ofrece gente en bicicleta los fines de semana. Hasta ahí todo eso es normal, lógico, aceptable. Pero lo que escapa a toda sensatez vial es esa moda de transformar Santiago en alguna ciudad de Europa. Lo que se planta ridículo y definitivamente para la risa son esas estúpidas bicicletas con canasto y las estúpidas mujeres con falditas, chasquilla recta y pinches de colores que las montan.
Sí, las odio, pero sólo por la actitud y el tipo de bicicletas. A lo mejor son tipas interesantes y con cerebro, intenten mantener una vida sana, detesten los autos como yo, adoren las series del cable y aborrezcan las pobres imitaciones de la TV chilena, pero con ese tipo de vehículo sólo dejan un rastro de patetismo sobre el asfalto.
Comencemos: Sudamérica no es Europa, Chile no es Francia y Santiago definitivamente no es París. La bicicleta es sólo para endurecer las piernas subiendo un cerro o bajándolo. Las faldas ni las sandalias son aptas para andar en ellas. Las bicicletas con canasto no pegan ni juntan para nuestro reducto de micros amarillas, chocolitos, piña doble, chirimoya alegre en las esquinas, bares seudo artistas, museos seudo interesantes, cafés seudo parisinos, moda seudo urbana y disquerías seudo alternativas con discos extenuantemente carísimos en las vitrinas.
A lo mejor se creen Amèlie (aunque no andaba en bicicleta, pero estuvo a punto). Seguramente se levantan en la mañana deseando comprar frutas de a una, meter la mano dentro de un saco de semillas, vestirse como abuelita con chasquilla, tirar piedras en el Mapocho, grabar videos y dejarlos bajo el tapete de la puerta del vecino, enamorarse de un inadaptado como ella que roba fotos de la basura, quieren que todos los que la rodean sean felices, cocinar tortas de durazno mientras sueñan despiertas, dormir abrazadas a un enano de yeso y hacer el soberano ridículo tratando de encontrar al amor. Se tiñen el pelo negro, usan zapatos de niñita, calcetas de colegio, faldas hasta la rodilla, anteojos con marco oscuro, aros de colores, collares de pelotas, camisetas apretadas de algodón, piercing en la lengua o en la ceja y un tatuaje japonés en el tobillo.
O quizás se imaginan en un video con música de acordeón de fondo, con una boina en la cabeza y un abrigo rojo en invierno rumbo a su departamento de un ambiente, sin muebles, con cojines en el suelo, una cortina de cuentas en la cocina y un gato con nombre de persona esperándola al lado del plato de leche vacío.
Y mientras pasa todo esto, las puteadas desde los autos, desde las micros amarillas, y de los vendedores de chocolitos, piña doble y chirimoya alegre se escuchan claras e hirientes porque las estúpidas bicicletas con canasto y las estúpidas que las montan ni siquiera saber andar en ellas por las calles y se cagan se susto cuando un frenazo o una bocina las despierta de su sueño aletargado de creerse unas francesitas sacadas de una película artística filmada en París.
* Lullaby: The girl next door?












