sábado, enero 28, 2006

Bicicleta con canasto


Santiago ofrece micros, taxis, autos, camionetas y motos. Santiago a veces ofrece gente en bicicleta los fines de semana. Hasta ahí todo eso es normal, lógico, aceptable. Pero lo que escapa a toda sensatez vial es esa moda de transformar Santiago en alguna ciudad de Europa. Lo que se planta ridículo y definitivamente para la risa son esas estúpidas bicicletas con canasto y las estúpidas mujeres con falditas, chasquilla recta y pinches de colores que las montan.

Sí, las odio, pero sólo por la actitud y el tipo de bicicletas. A lo mejor son tipas interesantes y con cerebro, intenten mantener una vida sana, detesten los autos como yo, adoren las series del cable y aborrezcan las pobres imitaciones de la TV chilena, pero con ese tipo de vehículo sólo dejan un rastro de patetismo sobre el asfalto.

Comencemos: Sudamérica no es Europa, Chile no es Francia y Santiago definitivamente no es París. La bicicleta es sólo para endurecer las piernas subiendo un cerro o bajándolo. Las faldas ni las sandalias son aptas para andar en ellas. Las bicicletas con canasto no pegan ni juntan para nuestro reducto de micros amarillas, chocolitos, piña doble, chirimoya alegre en las esquinas, bares seudo artistas, museos seudo interesantes, cafés seudo parisinos, moda seudo urbana y disquerías seudo alternativas con discos extenuantemente carísimos en las vitrinas.

A lo mejor se creen Amèlie (aunque no andaba en bicicleta, pero estuvo a punto). Seguramente se levantan en la mañana deseando comprar frutas de a una, meter la mano dentro de un saco de semillas, vestirse como abuelita con chasquilla, tirar piedras en el Mapocho, grabar videos y dejarlos bajo el tapete de la puerta del vecino, enamorarse de un inadaptado como ella que roba fotos de la basura, quieren que todos los que la rodean sean felices, cocinar tortas de durazno mientras sueñan despiertas, dormir abrazadas a un enano de yeso y hacer el soberano ridículo tratando de encontrar al amor. Se tiñen el pelo negro, usan zapatos de niñita, calcetas de colegio, faldas hasta la rodilla, anteojos con marco oscuro, aros de colores, collares de pelotas, camisetas apretadas de algodón, piercing en la lengua o en la ceja y un tatuaje japonés en el tobillo.

O quizás se imaginan en un video con música de acordeón de fondo, con una boina en la cabeza y un abrigo rojo en invierno rumbo a su departamento de un ambiente, sin muebles, con cojines en el suelo, una cortina de cuentas en la cocina y un gato con nombre de persona esperándola al lado del plato de leche vacío.

Y mientras pasa todo esto, las puteadas desde los autos, desde las micros amarillas, y de los vendedores de chocolitos, piña doble y chirimoya alegre se escuchan claras e hirientes porque las estúpidas bicicletas con canasto y las estúpidas que las montan ni siquiera saber andar en ellas por las calles y se cagan se susto cuando un frenazo o una bocina las despierta de su sueño aletargado de creerse unas francesitas sacadas de una película artística filmada en París.


* Lullaby: The girl next door?

miércoles, enero 25, 2006

Catálogo nostálgico de escenas en plena adaptación

ESCENA 1:
(Dos personajes sin nombre. Él y ella. Trasnochados, bebidos, fumados, con sueño y con insomnio a la vez)

- El tono de marcar, como en Adaptation después de lo de las orquídeas, del polvo verde, del lápiz hueco y después del espectáculo maravilloso de embetunarse los dientes con pasta frente al espejo. Tú el tono grave y yo el agudo. Al mismo tiempo- parte él.
- ¿Adaptation?- pregunta ella.
- Ladrón de Orquídeas si quieres. Me gusta más el título original.
- ¿La del tipo que tenía un hermano gemelo?- insiste ella.
- No, es decir sí, pero no se trata de eso la historia.
- No recuerdo la parte que me dices.
- Susan Orlean llama a John Laroche mientras admira sus propios pies, los abraza y le pide que hagan el tono de marcar, que ella no lo puede hacer sola- él se impacienta.
- No, no me acuerdo, pero ¿es la misma de los gemelos?
- Sí, Charlie y Donald Kaufman, una ironía a sí mismo del guionista de la película.
- ¿Por que no dices filmes como todos, o films?
- Porque hablamos español y son películas- sigue él.
- O pelis, como le dicen es España.
- Y así y así. ¿Hacemos lo del tono?- pregunta ya cansado.
- No, mejor hablemos de mí, es decir, de nosotros.
- Ni de ti ni de nosotros, no seas autorreferente. Debe haber más temas.
- No se me ocurre ninguno.
- Una línea de Annie Hall, la del balcón después de que se conocen.
- ¿Ésa que es en blanco y negro?- otra vez ella.
- No, ésa es Manhattan y Woody se enamora de Mariel Hemingway.
- ¿La que es fea?
- No es fea, sólo que no es apropiadamente bonita o algo así- aclara él.
- Es fea de frentón, pero tiene buen cuerpo.
- Sí, bueno. Entonces... ¿la de Annie Hall en el balcón cuando no se dicen lo que tienen que decirse?
- ¿Cómo nosotros?- pregunta ella.
- No, no como nosotros. ¿Te acuerdas de la escena o no?
- Más o menos, pero podemos improvisar.
- No es la idea.
- Me pregunto por qué te gustan tanto las escenas.
- Porque así, no pienso en ti ni en mí ni en nosotros- dice él.
- ...
- ...
- ¿Entonces Adaptation?- termina ella.
- Llámame John Laroche o "just Johnny"- termina él.


* Lullaby con pistola en esta otra parte *

domingo, enero 22, 2006

Después de todo, la señorita Moro tiene ego


Después de todo, la señorita Moro tiene ego, cierto tipo de ego. Porque después de los disfraces, de la ropa negra, de los tatuajes de araña, de los cuentos seudo eróticos, de las frases crípticas y de cierto misterio que puede ser verdadero o no, la señorita Moro se sienta a pensar sin pensar realmente y llega firmemente a la conclusión que éste debe ser su día.

La razón no es tan complicada y obedece a años y a cumpleaños. Entonces este 22, a pesar de que ya no cumpla 22, la señorita Moro se siente única. Porque de pensarse única, hace mucho tiempo que lo lleva haciendo.

Y claro, mi otra mitad también está de celebración.

viernes, enero 20, 2006

Fiction


La escena es así: habrá un largo pasillo antes de la habitación que cruzaremos lentamente. Apenas la puerta se cierre detrás, apagaré la luz y fijaré totalmente mi cuerpo al tuyo a riesgo de correr, a riesgo de apresurarnos. Habrá movimientos de cabeza y mandíbulas abiertas a tope. Ruidos imperceptibles a ratos y con ciertos sonidos después. El tiempo no lo sé, el necesario, el que queramos. Esto no es un estudio.

Tus manos recorrerán mi espalda barriéndola, dejando marcas, midiendo mis costillas, apretando la cintura, hundiendo las caderas y sosteniendo mi trasero. Tendré mis manos en tus lóbulos. Tendré mis manos en tu pelo. Tendré mis manos a tres centímetros de tu nuca. Pero no habrá un orden vertical que me condicione a ir por partes. Puedo seguir a tus hombros como jugar con mis piernas en el borde de las tuyas. Puedo dejar una entre tus muslos o levantarla ligeramente y rozarlas por fuera.

Me levantarás. Treinta segundos, un minuto, lo que puedas soportar antes de girar un poco y dejarme contra la pared. A ras de suelo otra vez, mis uñas separarán las hebras de tu camisa o los hilos de tu suéter, tocando tus piernas o tus pantalones más bien. Me llevarás suavemente hasta el borde, desordenarás mi pelo más aún, tomarás mi cara, mojarás mis mejillas y sacarás mi ropa. Algunas prendas de mi ropa.

Jugaremos en un principio a adivinar. No dejarás que ni una gota de aire pase por el centro. Tu suéter no estará. Tu camisa tampoco. Tus dedos en la pretina de mi pantalón a punto de bajar el cierre. Yo en el tuyo haciendo lo mismo. Podría pensar en hacer algo con mis manos. Podría susurrarte al oído que hagas algo con las tuyas.

O podría decirte que es mejor que me vuelva a vestir y que me vaya, que no me conoces en realidad y que no soy quien tú crees. Podría obligarte a que me saques de este personaje que no me queda, que no alborotes más mi pelo, que no me mires fijo y que no me vistas más de negro...

O podría seguir fingiendo. Después de todo, nunca te has dado cuenta. Después de todo, esto es ficción.

viernes, enero 13, 2006

Fotofobia


¿Y si me tiñera el pelo rojo, después de haberlo teñido verde y después de haberlo teñido azul, como la protagonista de "esa" película? ¿Y si cierta mañana me montara en un lugar menos sexual que las caderas de un hombre; un lugar con asientos en hileras, un pasillo y un sinuoso movimiento hacia alguna parte; un lugar como un tren? ¿Y si esa parte no estuviera realmente aquí cerca? ¿Y si dentro de ese espacio, alguien estuviera sumido leyendo, anotando o sólo viendo un mar de líneas de cierto libro sólo para esconderse?

Entonces parecería que estoy (o no) en "esa" película y que vengo (o no) de algo que no sé bien que es, pero que lo he vivido o lo viviré en mi memoria o en mis uñas. Entonces el asiento incómodo del cine ya no estaría; tampoco el asesino aire acondicionado de la sala; menos el vomitivo olor a cabritas con mantequilla, las preguntas idiotas antes de la función, las mentirosas sinopsis de otras películas ni el tipo solitario que tendrá la ocurrencia de sentarse adelante diez segundos antes de la función.

Quizás sólo habría cierta proyección de deseo o de necesidad o de aspiración o de envidia. A lo mejor, mi cabeza seguiría fabricando imágenes al unísono de la pantalla, haría ciertos cambios a los diálogos, grabaría cierta música en mi cabeza, mantendría escenarios, cambiaría a un actor, me proyectaría en un personaje secundario y me convertiría, finalmente y otra vez, en ficción.

Quizás entonces ya no me importaría salir a veces sola de algún cine y moverme tan rápido-liviano-y-en-silencio que nadie podrá notar nunca que cierta tarde-noche existí en ese cine, frente a "esa" película y frente al pelo rojo que sí alguna vez tuve, aunque nada haya tenido que ver con resplandores-mentes-recuerdos-suelos congelados ni con todas las imágenes fabricadas antes o después.

Y no estoy hablando de "esa" película precisamente.


Aviso: mi otro blog que en realidad es el de Lullaby, está acá.

lunes, enero 09, 2006

Ironía?


El buen beatle negro, el pantalón de tela, el aro estratégico, el tatuaje tribal, el chaquetón antiguo, el calcetín rayado, el bolsón de colegio, el pelo cortado a machetazos, los anteojos de marco oscuro, la música ambient en el discman, el aviso de una fiesta alternativa en el bolsillo. Y, para concluir, el andar seguro por la vida, con ese aire de no estar ahí con nada ni con nadie. Aunque en realidad sea todo lo contrario.

Podría quedarme sentada viendo cómo ciertas actitudes estúpidas me molestan hasta llegar a descomponer mi día. Incluso podría cruzar mis piernas y admitir que es no es culpa de ellos o ellas; que son sólo elementos genéticos que ni ellos o ellas mismas pueden despojar tan fácil de su inútil cerebro. Pero no.

Esa actitud, por ejemplo, de perderse los detalles por crear una pared sólida y a prueba de atentados. Esa actitud de deambular armándose de modismos, de películas preferidas, de discos eternos deambulando en sus tímpanos, de tipos de ropa, de autores, de colores, de todo. Esa actitud vegetativa de caminar, sentarse, hablar, dormir, vestirse, tomar cafecitos, cruzarse de piernas y lanzar el humo del cigarro en forma fruncida hacia la izquierda o derecha de su interlocutor.

Esa actitud de sensibilidad malentendida y snobismo. Esa actitud desafiante de no importarles una puta cosa en la vida, pero así mantener una pareja, un perro, un gato, el piso reluciente, los zapatos lustrados y su entrepierna farsantemente pulcra. La estupidez de creerse diferentes sólo porque forman partes de grupos, de amigos superficiales y numerosos, reciben probablemente cientos de llamadas (también superficiales) para sus cumpleaños, van a los mismos lugares y creen que nunca se equivocan de lugar, de momento, de mentira o de disfraz.

Menos mal que siempre nos quedan las burbujas.

jueves, enero 05, 2006

Lullaby reaparece lejos-cerca de acá


Entonces la escena es así: Lullaby es algo así como una chica extraña-indefinible-solitaria-oscura-y-rabiosa, o sólo alguien que suele perderse más veces de lo normal (y no precisamente en las calles). De pronto es casi un espejo de muchas cosas. De pronto usa sólo un tipo de color para pasar inadvertida o provocar exactamente lo opuesto. Por eso la escribo. Por eso la reinaguro en otro blog. Por eso, ahora, es algo más importante que antes.

Ahora está en su extraño nombre

O en una canción de The Cure

O en el color negro

O sólo cuando se atraviesa cierto tipo de imagen.

lunes, enero 02, 2006

Dark Eyes


Hace siglos extirpé la nostalgia para lanzarla como un escupo sobre el cemento. Hace siglos que mi pelo no era tan largo ni mis ropas tan negras ni mi rostro tan delgado ni mis ojos tan grandes y oscuros como ahora. Ni siquiera podría usar la culpa para justificar esos colores o ese misterio-no misterio que rodea al personaje que a veces soy y no soy, las cosas que jamás he transado y las acciones que ya ni siquiera me molesto en explicar.

Hace siglos que decidí recluirme en una burbuja hecha a medida y según mi propia conveniencia, jugar con cada detalle que digo y hago, provocar cosas con el sólo hecho de mantener la mirada y regalar extrañeza a quienes nunca han podido llegar más allá de mi nombre. Ni siquiera puedo recordar cómo era sentirse de diez años o de quince o de veintiuno. Quizás el hecho de cerrar los ojos pudiera ayudarme de vez en cuando para lograrlo, pero lo cierto es que apenas mis ojos se cierran sólo está mi pasado reciente, esa escena que reconstruyo, ese beso que pareció demasiado corto, esas manos que corrían más debajo de mi espalda, ciertos diálogos perfectos, ciertas partes de mí sutilmente vulnerables.

Hace siglos que parezco rabiar con cosas más inexistentes que reales. Hace siglos que mi encanto es fusionado con anti-encantos, y que las esperas ya no parecieran consolarme porque básicamente nunca las he entendido del todo. Entonces ese escupo de nostalgia-pena-recuerdo inútil y vacío apenas hace voltear mi cabeza un mísero instante. Entonces los refugios se me hacen constantemente pequeños, y los paralelos entre el mundo real y el que aparece en mi cabeza ya no me quitan el sueño. Entonces pareciera que me encanta la palabra “entonces”. Entonces los disfraces van desapareciendo casi sin darme cuenta pero con plena conciencia. Entonces me contradigo. Entonces recapitulo. Entonces me rearmo. Entonces me reinvento.