Mentiras

La primera vez que mentí fue a los cinco años en kinder. Dije que era hija única, que era adoptada, que mi apellido era francés y que, en realidad, yo era colorina. La segunda vez fue algo parecido: que mi familia era exiliada, que yo en realidad era rubia, que tenía una hermana gemela con menos estatura que yo y que tenía un talento artístico en potencia para tocar el violín que necesitaba urgentemente ser explotado.
La segunda vez en realidad fueron muchas segundas veces: decir que no había estudiado para no tener que soplar nada al montón de idiotas con jumper ajustado. La tercera vez fue decir que era experta en manualidades y dibujos cuando majaderamente llevaba los trabajos hechos por mi prolija madre. La cuarta vez fue decir que yo era extraña para librarme de las compañeras hostigosas que insistían en afirmarte la puerta del baño y convidarme fruta en el recreo.
La tercera vez fue mi primera vez: decir que fue antes de lo que realmente fue y en condiciones más excitantes de lo que la realidad se encargó de fabricar. La cuarta fue reírme para caer bien y después decir pesadeces cuando me arrepentía del grupo en que había entrado. La quinta fue en la universidad: agregarme quince puntos en el puntaje de la PAA y decir que quedé entre las tres primeras de la lista de la carrera. La sexta fue decir que me interesaba el periodismo serio, los análisis, el Mercurio del domingo, las frases de la semana y cada estúpida prueba de actualidad que en realidad sólo se fundamentaba en memorizar hasta un segundo antes de escribir.
La séptima fue mentir en cada entrevista que hacía por trabajo. La octava fue hacerme la simpática en las mismas. La novena fueron muchos “te amo”. La décima fueron muchos “te odio”. La undécima decir que hablo francés en Francia y percatarme que nunca lo podría llegar a hacer. La duodécima jugar con que tengo un tatuaje de araña. La número trece decir que puedo vivir perfectamente siendo una solitaria.
La número catorce fue trazarme metas ficticias que jamás podrían resultar en este país ni en ninguno. La número quince fue creer en el descubrimiento artístico basado en el talento más que por un absurdo cúmulo de probabilidades y fortuitos accidentes. La número dieciséis decir que tengo la mitad de gatos que en realidad tengo. La diecisiete hablar sola y decirme a mí misma que es un juego lúdico. La dieciocho es no notar la diferencia entre lo lúdico y andar transmitiendo. La mentira número diecinueve es decir que hago muchas cosas por placer cuando las hago por rutina. Y la mentira número veinte es cerrar la puerta de golpe esperando que absolutamente nadie la vuelva a golpear.








