miércoles, febrero 22, 2006

Mentiras


La primera vez que mentí fue a los cinco años en kinder. Dije que era hija única, que era adoptada, que mi apellido era francés y que, en realidad, yo era colorina. La segunda vez fue algo parecido: que mi familia era exiliada, que yo en realidad era rubia, que tenía una hermana gemela con menos estatura que yo y que tenía un talento artístico en potencia para tocar el violín que necesitaba urgentemente ser explotado.

La segunda vez en realidad fueron muchas segundas veces: decir que no había estudiado para no tener que soplar nada al montón de idiotas con jumper ajustado. La tercera vez fue decir que era experta en manualidades y dibujos cuando majaderamente llevaba los trabajos hechos por mi prolija madre. La cuarta vez fue decir que yo era extraña para librarme de las compañeras hostigosas que insistían en afirmarte la puerta del baño y convidarme fruta en el recreo.

La tercera vez fue mi primera vez: decir que fue antes de lo que realmente fue y en condiciones más excitantes de lo que la realidad se encargó de fabricar. La cuarta fue reírme para caer bien y después decir pesadeces cuando me arrepentía del grupo en que había entrado. La quinta fue en la universidad: agregarme quince puntos en el puntaje de la PAA y decir que quedé entre las tres primeras de la lista de la carrera. La sexta fue decir que me interesaba el periodismo serio, los análisis, el Mercurio del domingo, las frases de la semana y cada estúpida prueba de actualidad que en realidad sólo se fundamentaba en memorizar hasta un segundo antes de escribir.

La séptima fue mentir en cada entrevista que hacía por trabajo. La octava fue hacerme la simpática en las mismas. La novena fueron muchos “te amo”. La décima fueron muchos “te odio”. La undécima decir que hablo francés en Francia y percatarme que nunca lo podría llegar a hacer. La duodécima jugar con que tengo un tatuaje de araña. La número trece decir que puedo vivir perfectamente siendo una solitaria.

La número catorce fue trazarme metas ficticias que jamás podrían resultar en este país ni en ninguno. La número quince fue creer en el descubrimiento artístico basado en el talento más que por un absurdo cúmulo de probabilidades y fortuitos accidentes. La número dieciséis decir que tengo la mitad de gatos que en realidad tengo. La diecisiete hablar sola y decirme a mí misma que es un juego lúdico. La dieciocho es no notar la diferencia entre lo lúdico y andar transmitiendo. La mentira número diecinueve es decir que hago muchas cosas por placer cuando las hago por rutina. Y la mentira número veinte es cerrar la puerta de golpe esperando que absolutamente nadie la vuelva a golpear.

miércoles, febrero 15, 2006

Raros hábitos viejos


Extraños hábitos como lóbulos de orejas que insisto en tocar, calles para cruzar según quién venga enfrente, personajes de mí misma que insisto en inventar o preguntas invisibles de un invisible interlocutor que me obsesiono en contestar. Podría entonces sentarme otra vez torcida en mi silla frente a la pantalla, encender tres cigarros tras dos más y comenzar a enumerar:

Jugar con la ironía hasta el cansancio y reírme todo el tiempo de la chica de pelo largo y desordenado que a veces soy yo. Recordar el día exacto en que dije mi primer garabato y odiar ser mujer por muchos años. Preferir una guagua muerta en la acera que un perro aplastado por algún auto. Ser extrañamente cariñosa y casi fríamente dulce. Tener mi plato, mi cuchara, mi tenedor y mi taza exclusiva. Usar encendedores azules y guardar todas las cajetillas vacías. Jugar a llorar; a veces de verdad, a veces de mentira.

Manzanas ácidas y manzanas verdes, hacer túneles a las sandías, odiar las comidas líquidas y adorar todo lo que venga en bloque y se corte como un kuchen. Tener cuadros de mujeres tristes en la pared de mi pieza, aunque yo no lo esté, aunque lo esté. Sentarme al lado izquierdo de la micro y no sentarme nunca en el metro. Batir los yogurts en el supermercado para elegir el más espeso y demorarme al borde la desesperación en elegir algo. Comprar zapatos y después devolverlos, usar anillos negros; usar el mismo anillo negro.

Robar pequeñas cosas por gusto, creer que ciertas veces puedo cantar en francés, jugar con los medicamentos como si fueran dulces sin papeles ruidosos envolviéndolos, dormir ciertos días con un zoológico a mis pies, jugar con mi boca en cada parte que quiera y que pueda, y descubrir cuánto puede llegar a lograr cierto movimiento o cierta milimétrica fricción.

No saber qué tanto es verdad en lo que escribo, hablo o cuento. Perderme de vez en cuando haciendo cosas extrañas o haciendo nada mientras espero que alguien no crea ni una palabra de lo que escribí, hablé o conté.

miércoles, febrero 08, 2006

Dear Maca:


Nunca te he tenido una amiga llamada como tú. Tampoco una amiga que se llame Cata, Pepa, Coca, Cony o Jose. Simplemente no confío en una Cata, en una Pepa, en una Coca, en una Cony, en una Jose, ni menos en una Maca. Pese a que es un asunto de piel y que mi distancia de ellas se sustenta en una irónica autodefensa, confieso que algún día sueño tener una "amiga Maca" de absoluta exclusividad.

Te necesito para que vayamos de compras, comprobemos cuánto hemos adelgazado desde el colegio, hablemos estupideces y nos tomemos un jugo de frutas mientras nuestra cabeza calcula con horror todo el azúcar que el vaso contiene, nuestra cajetilla de cigarros se vacía cada vez más rápido y nuestras cejas se fruncen al lanzar ordenadamente el humo hacia un lado.

Te necesito para ir a bailar, intercambiarnos ropa, teñirse el pelo, tener la misma agenda con secretillos insulsos guardados, correr a un bar ciertos días de la semana, reírnos fuerte, hablar otra vez estupideces y hacernos lo más interesantes que nuestra ajustada capacidad cerebral nos da.

Te necesito para partir a la playa en tu auto de dos puertas mientras cantamos hasta desgarrar las gargantas una canción en español de alguien salido de un concurso de seudo talentos. O para ir al gimnasio, sudar hasta parecer actrices porno, sacar mini músculos, estirarnos hasta el cansancio y pagar un masaje reductor con aceites de almendra mientras nuestra imaginación vaga por una escena erótica salida de alguna comedia romántica con cualquier actriz mediocre de protagonista. No importará.

Serías la pieza principal de mis historias. Te citaría en cada comienzo de lo que diga a alguien con algo como: “...estábamos bailando enloquecidas con una botella de agua en la mano y la Maca me dijo que fuera no más, que me acercara...” o “la Maca lo hizo de nuevo aunque juró de guata ni siquiera intentarlo...”. Algo así.

De hecho, me niego rotundamente a tener una amiga que se llame Carolina, Alejandra, Mónica, Ximena, Paula, Marcela o Claudia. Maca es inamovible; algo así como un personaje que la amiga de turno tiene que interpretar. Entonces le diría: “Bien, tú de ahora en adelante vas a ser mi amiga Maca, no me importa tu nombre verdadero, sólo que interpretes a la perfección ese rol. ¿Quieres? ¿Te gusta? ¿Cuánto lo quieres? ¿Cuánto te gusta? ¿Mucho? Bien... ahora muérete”.

Entonces mi amiga Maca murió.


* Lullaby on the phone talking to nobody

sábado, febrero 04, 2006

Look at the lonely people


...Faltan diecisiete minutos para las tres de mañana. Tenemos cinco años de diferencia. Hace dos que estamos aquí; hace dos que no nos hemos separarado. No tenemos animales, ni siquiera sobrinos y no sabemos nadar. Faltan quince minutos para las tres de la mañana.

Tengo un secreto y, entre tú y yo, tenemos otro. No somos muy de colores. Escribes con la mano izquierda y yo siempre quise hacerlo. Pintas. Escribo. De vez en cuando hacemos otras cosas. Trece minutos para las tres de la mañana. Llevamos en total el número ocho a cuestas desde que nos conocimos. Nunca nadie ha sospechado nada. Yo hago el trabajo previo y tu continúas hasta el final. Diez minutos para las tres.

Tienes tantas manías que no recuerdo, aunque tu sí sepas perfectamente cuántas y cuáles son las mías. Hemos estado llenando una bolsa de soledad en esto que no parece en absoluto una casa ni menos una habitación. Hemos llegado a tal punto de intimidad que a veces parecemos una sola persona. Ocho minutos para las tres.

Exactamente como lo planeamos nuestra primera noche aquí en esta habitación, lo haríamos por diversión. El verbo eliminar sería el que más ocuparíamos. Desde las obviedades materiales hasta eso que suele llamarse lazos con el exterior. Los citaríamos aquí para supuestamente despedirnos. El último fue él; tenía que ser él. Después que mi voz lo hostilizó majaderamente con todas las preguntas y reproches que se me ocurrieron, lo dejé solo en la habitación. En un par de segundos apareciste, te moviste lentamente alrededor, te acercaste, te alejaste, cubriste sus ojos y lo extinguiste lentamente hasta que el peso de su cuerpo dio un fuerte golpe contra el piso de madera ensuciándolo.

Falta un minuto para las tres de mañana. No tenemos cinco años de diferencia. No escribes con la mano izquierda y yo nunca quise hacerlo. No tengo un secreto y, entre tú y yo, no tenemos otro. Lo cierto es que el número dos se ha vuelto demasiado para este lugar. Lo cierto es que nunca ha existido realmente un par.

Las tres de la mañana en punto ¿Empezamos o nos quedamos sentadas donde estamos; es decir, ¿empiezo o me quedo sentada mientras sigo inventando todo esto y algo parecido a un vidrio devuelve la imagen que más veces que pocas, odio?

A veces pienso que hasta el número uno se vuelve demasiado grande en esta habitación.

( Lullaby on te Phone talking to Nobody, here )