
De pronto y de la nada, violentamente se rompió. Tiré de los bordes hasta sacarlo completamente, pero fue más difícil de lo que creía. Entonces me puse en cuclillas apoyando mi hombro sobre la muralla mientras hacía palanca para arrancarlo. Nada otra vez. Inhalé aire tan rápido que lo devolví casi con saliva. Los músculos de mi brazo se agarrotaban, pero seguí tratando. Cuando estaba a punto de quedar afuera, extendido en el piso, lo llamé. El perro empezó a lamer, suave, pausado, como acostumbra. Su lengua primero se asomó para probar, rodeando, visitando los bordes; luego siguió a un ritmo de reloj, de segundos, como el pulso acelerado de un asmático. Pero el perro se detuvo. Así, de repente, un segundo más y decidió irse. Lo llamé nuevamente instigándolo que oliera Nada otra vez. El maldito perro desapareció.
De cuclillas, apoyando mis manos en el suelo, decidí probar yo misma. Entonces mi mano derecha se deslizó hacia atrás, se centró y subió. Diez segundos, vueltas con un par de dedos y tirones fuertes. Cansancio otra vez, otra vez para nada. No resultó. Él pasó por afuera y me vio; más bien yo llamé su atención. Se acercó y me preguntó qué estaba haciendo exactamente. Lo miré todavía en cuclillas hacia arriba, me paré abruptamente y le contesté que acaso no se daba cuenta. Antes que se diera vuelta le sugerí que insistiera, ya ya que de cierta forma era el causante de todo esto. Acercó sutilmente sus dedos y comenzó a moverlos, a tientas, sólo intuyendo dónde estaba el problema en detalle. No sabía a dónde mirar. Yo tampoco. Los segundos parecían eternos y duros, demasiados rígidos. Pedía que me moviera más adelante, después que alineara mis rodillas, luego que las separara diez centímetros más. Nada terminaba de resultar. Las estrategias sólo se redujeron a cinco movimientos de robot. Cuando no resultaba el quinto, volvía resignadamente al primero y así. Todo demasiado extenuante, incómodo y de cierta forma circular.
Nos dimos una pausa y nos apoyamos en la pared. El trabajo estaba a medias y aún no se podía decir con certeza que tendríamos éxito. Sería cosa de tiempo quizás. Cuando notamos que nuestras articulaciones estaban donde antes, me puse en cuclillas, otra vez, y comencé, más bien continuamos. Se puso detrás de mí, apoyó su mano izquierda en la pared, y la derecha donde antes. Al centro, un poco arriba y adentro, o dentro. Un milímetro apenas y lo lograríamos. Quince segundos más y la sonrisa estática se instalaría en mi cara por al menos tres minutos seguidos.
Un sonido, mi cadera chocando con la pared, su mano hundiéndose bajo la ropa, la respiración sosegada. Funcionó. De algún extraño modo el cierre se había arreglado y finalmente podría arrancar de mi piel este puto vestido negro de una vez.