viernes, marzo 31, 2006

Te miro


¿Cuántos escalones podrían haber sido antes de todo esto? Cinco, más o sólo dos. Quizás ninguno de los dos lo sabía. Quizás a ninguno de los dos le importaba. Entonces nos escribimos, o más bien nos describimos. Tres días, cinco. No importaba. Nos veríamos cierta noche a cierta hora.

Tu hombro izquierdo casi apoyado en un costado, tus antebrazos apoyados en tus piernas, la sonrisa de una extraña fotografía. Luego mi hombro izquierdo casi apoyado en el tuyo. La escena siguiente sería llenar los espacios que en nada se mezclaban con los silencios. Ciertas esperas, ciertos cafés, ciertas preocupaciones, ciertos egos.

Encuentros o llamados. Llamados después de encuentros. Seis, nueve. No nos importaba; parecía que perderíamos la cuenta muy rápido. Días, semanas. Algo que parecía asomarse tan fácilmente. Alguien que quizás esperaba desde hace mucho tiempo aparecer frente al otro cierta noche a cierta hora.

Entonces sé que estás del otro lado. Entonces ya no tengo que preocuparme por esperar nuevamente. Sólo te miro.

lunes, marzo 27, 2006

Dialéctica de una muerte


¿Qué es el cinismo después de todo? ¿Es olvidarse momentáneamente de lo que uno hace o de lo que uno es? ¿Es disfrazarse por cierto número de horas, aunque las prendas coloreadas sólo tengan un matiz de diferencia con las que llevas siempre? ¿Tejer palabras como redes, reencarnarse en una araña malévola sólo por experimentar? Y si no se experimenta, ¿quedaríamos entonces atascados siempre en lo mismo, como un reloj de arena estancado en el centro por una piedra?

Y resulta que en este tejer y en este moverse, siempre quedan heridos: aparecen mutilaciones de una batalla que no es tal, aunque cierto tipo de sangre no roja dé prueba de ello, aunque golpes de manubrio y giros oscuros traigan la dilatación como parche, como excusa transitoria, como una muerte agónica que ni hasta un milagro puede revertir.

Los amantes que escriben un relato. Relato con auspiciosos párrafos iniciales, incluso con un título para ganar ciertos concursos literarios. La acción se desarrolla y los diálogos comienzan. Luego las trabas aparecen como malos ilativos y comas de más. Los adjetivos melosos-odiosos-vagos-estúpidos se deleitan redundando, reafirmando y desvaneciendo todo a la vez. Entonces no hay ni siquiera un mísero párrafo para destacar o una puta frase para fijar en alguna parte de la cabeza. Muecas que simulan sonrisas. Misivas escuálidas que parecen hacerse con cobardía. Distancias que siempre esconderán otras cosas. La historia se desintegra.

Si sólo entonces el otro personaje supiera que nada sale realmente de tu cuerpo sin que tú lo decidas antes, que nada es para regalar, que todo siempre es de cada cual según su conveniencia y que hasta el más mínimo detalle se razona, más de “lo que alguna vez fue” hubiera existido.

Cobardías para pronunciar la muerte de una relación, para verbalizar como una canción rabiosa más que romántica. Los últimos párrafos de una mala historia en edición barata, la muerte de uno de los personajes, el final soso como tantos libros extrañamente exitosos, la página en blanco sin bibliografía alguna y otra historia que, siempre, estará aguardando a la izquierda o la derecha de los pantalones.

La piedra en el reloj al fin desaparece dejando pasar la arena, el tiempo y todo lo enfermo-no enfermo-desconocido-sorpresivo que venga. Nada más que decir. La relación se ha acabado y no hay vuelta atrás. Cinismo nunca fue la palabra.

martes, marzo 21, 2006

Schoolgirl


El colegio es lo peor. Pero peor aún es escribir en un diario de vida sobre el colegio. Lo asumo. Soy culpable.

Había tres compañeras para descuerarlas por escrito. Una se llamaba Paula, otra Massiel y la última Paola Gómez. Paula era un algodón rosado en persona. Cualquier cosa que ella hiciera era sinónimo de grandeza espiritual, empatía galopante y carisma a prueba de balas. Era la perfección en pelos rubios y ojos verdes (ese dato me sirvió para comprobar que el racismo aún existe). Massiel tenía nombre de cantante española, la voz ronca y la altura igual a una modelo. Pero era tonta. A Paola Gómez le faltaba hacer competencia de escupos para ser más hombre de lo que era. Juro que se arreglaba su entrepierna cuando se levantaba de la silla, y juro que mientras miraba a la cándida Paula, ensalivaba sus labios.

Cada vez que queríamos decir algo en la sala de clases, debíamos levantar nuestra mano y pedir autorización. El baño estaba prohibido si no era recreo y aunque tus calzones ya estuvieran estilando. Tener el delantal sucio era casi sinónimo de expulsión. Recuerdo que para mantener la postura fija en el siento, me concentraba en la cola de caballo de mi compañera de adelante. Mientras más al centro apuntaran mis ojos, más segura estaba que mi dominio del no-movimiento era perfecto.

Las clases de educación física eran con la malla azul marino más horrible que alguien haya encontrado en el mercado, y unas calcetas blancas que llegaban hasta la rodilla. En invierno sólo estaban permitidos los montgomery y los paraguas sin monitos. Los delantales debían estar bordados con nuestro nombre en hilo rojo. Los cuadernos debían ser forrados con papel azul. Los estuches debían ser de color neutro. Los zapatos debían tener cordones y las mochilas ninguna letra aparte de la identificación.

Recuerdo que en una despedida para los octavos, se hizo un acto en el patio. Yo tenía ocho años y estaba de moda Michael Jackson. Como había una chica mulata en el colegio, se decidió que ella imitara al cantante. La directora habría expulsado a todos si salía con pantalones de cuero mostrando el trasero, así que no encontró nada mejor que la chica mulata saliera con una falda negra hasta la mitad de la pantorrilla.

Michael Jackson con falda y pelo afro fue lo mejor de lo peor del colegio. Mis diarios de vida en realidad fueron un invento. Jamás podría haber tenido uno.

* ( Lullaby fugitive )

domingo, marzo 19, 2006

Negro


De pronto y de la nada, violentamente se rompió. Tiré de los bordes hasta sacarlo completamente, pero fue más difícil de lo que creía. Entonces me puse en cuclillas apoyando mi hombro sobre la muralla mientras hacía palanca para arrancarlo. Nada otra vez. Inhalé aire tan rápido que lo devolví casi con saliva. Los músculos de mi brazo se agarrotaban, pero seguí tratando. Cuando estaba a punto de quedar afuera, extendido en el piso, lo llamé. El perro empezó a lamer, suave, pausado, como acostumbra. Su lengua primero se asomó para probar, rodeando, visitando los bordes; luego siguió a un ritmo de reloj, de segundos, como el pulso acelerado de un asmático. Pero el perro se detuvo. Así, de repente, un segundo más y decidió irse. Lo llamé nuevamente instigándolo que oliera Nada otra vez. El maldito perro desapareció.

De cuclillas, apoyando mis manos en el suelo, decidí probar yo misma. Entonces mi mano derecha se deslizó hacia atrás, se centró y subió. Diez segundos, vueltas con un par de dedos y tirones fuertes. Cansancio otra vez, otra vez para nada. No resultó. Él pasó por afuera y me vio; más bien yo llamé su atención. Se acercó y me preguntó qué estaba haciendo exactamente. Lo miré todavía en cuclillas hacia arriba, me paré abruptamente y le contesté que acaso no se daba cuenta. Antes que se diera vuelta le sugerí que insistiera, ya ya que de cierta forma era el causante de todo esto. Acercó sutilmente sus dedos y comenzó a moverlos, a tientas, sólo intuyendo dónde estaba el problema en detalle. No sabía a dónde mirar. Yo tampoco. Los segundos parecían eternos y duros, demasiados rígidos. Pedía que me moviera más adelante, después que alineara mis rodillas, luego que las separara diez centímetros más. Nada terminaba de resultar. Las estrategias sólo se redujeron a cinco movimientos de robot. Cuando no resultaba el quinto, volvía resignadamente al primero y así. Todo demasiado extenuante, incómodo y de cierta forma circular.

Nos dimos una pausa y nos apoyamos en la pared. El trabajo estaba a medias y aún no se podía decir con certeza que tendríamos éxito. Sería cosa de tiempo quizás. Cuando notamos que nuestras articulaciones estaban donde antes, me puse en cuclillas, otra vez, y comencé, más bien continuamos. Se puso detrás de mí, apoyó su mano izquierda en la pared, y la derecha donde antes. Al centro, un poco arriba y adentro, o dentro. Un milímetro apenas y lo lograríamos. Quince segundos más y la sonrisa estática se instalaría en mi cara por al menos tres minutos seguidos.

Un sonido, mi cadera chocando con la pared, su mano hundiéndose bajo la ropa, la respiración sosegada. Funcionó. De algún extraño modo el cierre se había arreglado y finalmente podría arrancar de mi piel este puto vestido negro de una vez.

miércoles, marzo 15, 2006

El hombre

(I)

El hombre no se llama de ningún modo particular. Tampoco tiene una edad definida. A veces parece atrapado en el tiempo y otras correr veloz casi paralelamente hasta alcanzarlo, hasta verse como cualquier otro. El hombre lleva las manos empuñadas dentro de su abrigo porque le gusta y porque lo odia. Ni él mismo parece entenderlo. Pero todo lo que rodea al hombre, de cierta forma no es absolutamente verdad.

Cuando se sienta en una silla prueba hacer sistemáticamente cinco movimientos. Saca las manos empuñadas de sus bolsillos, estira sus dedos, desabotona su abrigo, cruza las piernas y tose. No una ni dos veces. Diez veces seguidas en sonidos ahogados y molestos. Cuando el hombre se dispone a observar por primera vez a su alrededor, primero se asegura que nadie lo mire, luego se concentra en algo, cualquier cosa; ni siquiera es necesario que le llame la atención y comienza a contar mentalmente quince minutos para averiguar cómo conseguirlo. A veces ese algo es alguien. Mujer o hombre, da un poco lo mismo. Entonces el hombre estira su mano izquierda, mueve sus dedos y se peina. Más bien mueve de dirección su pelo hasta dejarlo finalmente como estaba en un principio. Hoy es miércoles. Cruzando la calle en un ángulo de cuarenta y cinco grados a la derecha de donde está sentado, el borde de un vestido negro sobre un telón rojo se comienza a mover.

(II)

La mujer del vestido negro sabe muy bien dónde se dirige. Ha pasado por ahí demasiadas veces. Una casa con puerta de vidrio y un balcón. Miedo exactamente no tiene, pero debe entrar ahí. La figura del hombre a través del vidrio comienza a aparecer frente a ella hasta que sólo cincuenta centímetros los separan. Tras él sube las escaleras y llega a la habitación del balcón. Si estirara un poco su mano, podría alcanzar la manilla de la puerta y salir por done entró, pero siente que ya no puede.

La primera copa se termina después de devorarla lentamente, a sorbos. El hombre sólo se acomoda en la silla haciendo movimientos en secuencia. Cinco para ser exactos. No habla. Ella tampoco. Desde donde está sentado mira fijamente el ventanal abierto y el balcón. Ella también. Cuando la mano femenina se acerca a la segunda copa, el hombre se levanta, se acerca, se inclina, le toma el borde del vestido y tira hasta que ella inmóvil en el suelo. No logra arrancar un pedazo, pero insiste. Ella toma la copa y se la tira, pero da de lleno en la pared. Se arrastra por el piso hasta la mesa para alcanzar otra, pero el mantel se enreda en sus zapatos y todo sobre la mesa se rompe en pedazos al caer. Toma la de él y nuevamente no acierta. El hombre la rodea, la persigue sigilosamente, en forma lenta, con seguridad. Ella sólo evita ponerse de pie; el suelo parece ser una superficie más segura. Los segundos corren y sólo se escucha al hombre reír. No una risa estruendosa, más bien un sonido apagado que se mezcla con la garganta y que parece esfumarse dentro de sus pulmones. El viento golpea las cortinas y el borde de su vestido contra sus piernas hasta que ya no está más sobre ella. El hombre logra arrancárselo completamente y rasgarlo frente a sus narices.

Pero todo lo que rodea al hombre, de cierta forma no es absolutamente verdad. En ningún momento ha sacado su trasero de la silla ni ha dejado de fijar sus pupilas en un punto detrás de la ventana. Nada ha ocurrido realmente. Ni mujeres ni vestidos negros ni copas derramadas sobre el suelo. Entonces saca las manos de sus bolsillos, desabotona su abrigo, cruza las piernas y tose. No una ni dos veces, sino diez veces seguidas en sonidos ahogados y molestos. El sexto es la quietud y dejar pasar lúgubremente las horas hasta que no pueda ni siquiera mirar qué hay detrás del vidrio, o sólo decida fijarse en el balcón que le antecede y saltar.

martes, marzo 07, 2006

Muñecas


Mi única relación sana con seres de vestido y pelo largo, ha sido exclusivamente con las muñecas. Y eso que las odiaba. Podría decirse que este trauma viene desde que tengo conciencia; desde que vi las tacitas, los ula-ula, los pinches y las Barbie como objeto máximo entre mis pares. O desde que evidencié la demora de apenas un par de segundos en el baño del colegio para hacer pichí; presencié los juegos al elástico suicida amarrado entre dos troncos, y fui parte del patetismo estúpido plagado de laca en la adolescencia.

Recuerdo que el único contacto físico con mis muñecas, fue el mechoneo. Les ponía nombres, pero por sólo por asunto de comodidad y así no tener que describir su vestido y el color de su pelo para identificarlas. Tenía tres: Clostia, Antonia y Kalul. La que quedó en peores condiciones fue Kalul: apenas con cuatro pelos unidos en una trenza escuálida, un vestido inmundo, sin calzones y un solo zapato. Algo de cariño había, no lo niego, pero disminuyó al dejarla dentro de una caja de cartón junto con otros inservibles, y definitivamente desapareció cuando vi salir disparada una araña de rincón entre sus piernas al abrir la caja cinco años después.

Mis muñecas también tenían un libro de clases. Yo era la profesora y las sentaba en la cama justo frente al clóset que me servía de pizarrón. Estaba la matea, la porra y la imbécil. No había mayor misterio; la más parecida físicamente a mí era la que se sacaba el primer puesto a fin de año; la colorina era la porra, y la rubia la imbécil. Mis gritos y retos se escuchaban hasta la calle; los pelos quedaban repartidos macabramente en el suelo y la puerta del clóset desechable después de la tiza.

Quizás mi odio a las muñecas también viene de la disparidad; de que a mi hermano mayor le regalaban enciclopedias, rompecabezas con paisajes europeos, lápices grabados con su nombre y relojes. Sé que yo no era imbécil, pero parece que en esa época todos lo creían. Con cueva tenía un diccionario con mi nombre en la tapa; con el doble de cueva me dejaban consultar la enciclopedia, y con el triple de cueva me dejaban los recortes a color de los Icarito. También ayudaba que mi hermano dibujaba bien, era casi mudo, tenía la cara más bonita que yo y era el primogénito.

Afortunadamente, el periodo Barbie ni siquiera formó parte de mi existencia. Ni por plata o por no merecerlas. Fue pura y absoluta ideología. Ideología contraria a pertenecer algún día al gremio de las rubias teñidas, los pololos con músculos y las piernas de dos metros. Ideología que iría más por la ropa negra, los ojos pintados oscuros y la soledad elegida. Ideología que ahora se enmarca en la lucha cuerpo a cuerpo contra las muñecas de carne y hueso con pantalones a la cadera, pelos despuntados con reflejos dorados, desayunos de pan integral con leche descremada, almuerzos de atún, botellones de agua mineral lubricando su garganta, brillo labial en sus bocas y ropa color pastel cubriendo su existencia de piernas cruzadas y pies con tacos aguja.

¿Y si las arañas de rincón salieran disparadas y caminaran en línea recta hasta estas últimas? Yo jamás les avisaría que se acercan.

* ( Lullaby static )