sábado, abril 29, 2006

Elisa va a besar una chica hoy


Elisa va a besar una chica hoy. No lo hará con Lullaby; nunca le han gustado los nombres raros ni las chicas que se creen alternativas y no lo son. Tampoco le gusta mucho The Cure; excepto veinticuatro canciones que otro día especificará. Tampoco gustan las listas idiotas y transcribir cosas de otra gente. Para eso está la gente que lo hizo en primer lugar.

Elisa va a besar una chica hoy, pero no lo hará en un espacio oscuro ni en la calle de noche ni después de embriagarse. Elisa nunca se embriaga del todo, aunque le encanta tomar. Nada de tragos dulces; suena a rosado y suena mucho a mujer. Y para eso ya hay muchas mujeres dando vueltas por todas partes. Tampoco la besará sólo por hacerlo ni porque tenga un diez por ciento de lesbiana o crea en el poder femenino o esté orgullosa de que haya una mujer presidenta. Ya hay muchas que se creen el cuento ése de la chica con falda en el poder.

La chica en cuestión no vestirá zapatillas ni tendrá chasquilla; eso es seguro. Tampoco será gorda o se vestirá como secretaria o será estudiante de teatro o se creerá escritora en ciernes. No será algo estudiado previamente pero si habrá una elección. Menos habrá presiones contra la pared ni manos en los pechos, ni piernas separadas ni un mililitro de humedad en los calzones. Elisa nunca los ha llamado calzones; le parece una palabra que simboliza algo muy grande o viejo o antiguo o con olor a talco. Elisa nunca le pone nombres a eso en realidad.

Elisa va a besar una chica hoy. Claro que si la chica también quiere besar a Elisa. El punto quizás no sea el beso ni el seudo lesbianismo ni algo estúpido parecido a la liberación. Sólo lo hará por una razón, y esa razón tendrá mucho que ver con quién vaya Elisa hoy a besar a la chica. Ya verá donde deja la bendita maleta con ruedas.

jueves, abril 27, 2006

Elisa


Elisa camina con una descuidada cola de caballo graciosa para su edad. El día está nublado como todos los anteriores y viste un abrigo rojo o una chaqueta o algo que parece abrigarla. La piel desnuda debajo de escasa ropa no es buena para los sentimientos profundos ni para los abandonos; en la vida real o en las películas. Lleva una gigante maleta con ruedas porque al fin se va. Elisa es zurda y no tiene ningún talento artístico que sea demasiado obvio. De niña dibujaba soldados que morían exageradamente ensangrentados, pero hace mucho tiempo de eso, y ni siquiera en esa época podían llamarse dibujos.

Elisa se ha ido otras veces, pero ésta es definitiva. Esta vez hubo una fuerte discusión y su familia la expulsó como si se tratara de un colegio. Elisa estuvo doce años en uno de sólo mujeres. Por eso las odia y por eso no las imita y por eso no se viste con faldas ni usa chasquillas de muñeca. Elisa se cae de tanto en tanto como la protagonista de una canción de The Cure. Poco equilibrio, zapatos inestables, estúpida distracción. Sus pañuelos son rojos y no desechables, lleva un prendedor de araña que no simboliza nada. Es sólo un prendedor que le gusta y que tiene forma de araña.

Elisa no canta, pero quisiera. Tampoco escribe letras o ama la poesía. De hecho odia la poesía como a las ranas, como las zapatillas, como los jeans. Tampoco lee, es intelectual, cree serlo o es una experta en música que nadie escucha realmente. Elisa es más bien una chica promedio que se desvirgó a los diecisiete, que menstrúa una semana antes del mes anterior, que nunca tuvo frenillos, un yeso en alguna extremidad o un llavero idiota con un oso gigante colgando.

Elisa tiene más de veinte y menos de treinta. Estudió algunas cosas pero terminó desertando, como en todo. Viajó lo necesario y tuvo algunos novios escritores que en algún momento usaron el pelo largo; sólo uno fue medianamente conocido; sólo uno alcanzó a ser editor. Elisa no canta, pero les canta en su cabeza. Y los odia y se burla, como lo hace consigo misma también de vez en cuando. Tampoco tiene mucha idea de adónde va con la cola de caballo, el abrigo, la chaqueta o lo que la cubre al fin, pero Elisa sigue caminando y ni siquiera está cansada. Lleva una maleta con ruedas.

miércoles, abril 26, 2006

Extrañas costumbres con el espejo


Lo primero es el cinturón. Prueba bordear el cuero con tus uñas, dejar vacíos los orificios, abrir el cierre y bajar mi pantalón. Ahora quiero que te inclines y cubras mis pies con tus labios. Quiero decir los calcetines en tus labios, luego en mis pies. Levanta mis brazos y ponme delante del espejo. Tómate tu tiempo, con calma, una cosa a la vez.

Ahora toma las tijeras y elige un trozo de pelo entre tus dedos; lo peinas, luego lo cortas. Exactamente diez trozos. Cuéntalos bien. Una fácil secuencia que cualquiera podría seguir. Luego limpia los filos y ponte delante de mí y frente al espejo, como al principio, pero sin tu hebilla, ni tu cinturón, ni la tela de tus piernas ni tu ropa interior. No cortaré nada, no te preocupes.

Separa un poco las piernas y enfoca el espejo. Ayúdate con tus pies para quedar a la altura. Mantente firme; no quiero que caigas o sientas un calambre. Toma nuevamente las tijeras, pero ahora déjalas en mis manos. Quiero cortar un trozo, uno lo suficientemente largo. ¿Ves lo largo que se vuelve cuando lo peino? ¿Ves el contraste que hace con tu piel?

Ahora quiero que observes bien el espejo y mires exactamente cómo transpiras, cómo no lo puedes evitar a pesar de tus esfuerzos, cómo me miras con rabia, cómo ahora te hago a un lado para arreglarme, salir y dejarte medio tullida, medio excitada y medio aterrada esperándome ocho horas para seguir.

lunes, abril 24, 2006

Tiempos calientes


Tengo tiempo para saber si lo que imagino concluye en algo. Pero no se trata de una espera estática, ni un trasero sentado en un sillón, ni unos brazos cruzados bajo el busto o unas piernas abiertas con oscuras ropas interiores. Quién sabe, el tiempo se torna relativo cuando se piensa o cuando los martes llegan rápido al siguiente, o las uñas crecen o el pelo se enreda o los platos se ensucian. Quizás sería como un trazo con un lápiz pasta negro o la cortina que se cierra cada vez que lo amarillo no se quiere ir.

Tengo tiempo para saber si lo que imagino concluye en algo. Juegos oscuros de amantes que me han llevado túneles particulares; según la hora, según el lugar, según se han desdibujado o vuelto menos juegos y más verdad. Espejos del baño que se tornan borrosos al volver en la noche, computadores que se encienden como lo primero del día para reinventarse y armarse paradójicamente una vida fuera del computador. Pasillos oscuros que conducen a mi habitación, luces que parecen apagarse y la ventana que insisto en no limpiar ni cerrar.

Tengo tiempo para saber si lo que imagino concluye en algo. Espejos en personas que conozco, gente que se dice normal pero que no lo es, madrugadas enteras de insomnio que marchan a veces como trenes, pelos hasta la cintura que nunca me preocupo en desenredar, criptogramas traducidos en textos, desencantos con lo que antes me encantaba, aburrimientos con lo que antes me entretenía, aspirinas que no dan resultado y diuréticos que hacen un efecto peor.

Tengo tiempo para saber si lo que imagino concluye en algo. Pero no se trata de fechas o contar cosas con los dedos como los niños. Tampoco se trata de esperas mientras eso pasa o eso llega, mientras eso se torna real o se queda sólo en buen sueño de ojos abiertos. Más bien se trata de que estos días que rasgan aún el verano desaparezcan, que el insomnio que marcha como un tren se detenga, que eso que no sé que es me vuelva a reencantar y que lo que creen algunos que soy sea tan diferente y tan igual y tan parecido y tan absurdo como esos personajes que me gusta escribir en esos cuentos no me gusta mostrar.

Tengo tiempo para saber si lo que imagino concluye en algo. Conseguir ver en una noche esas tres películas italianas de Ettore Scola que siempre busco, entender El Topo pero antes reconocer que nunca la he visto, leer otra vez ese libro de la Nothomb, volver a juntarme con ciertas personas, continuar demostrando cosas mientras sigo cruzando los dedos y continúo demostrando cosas, seguir con él y robarme ese gato siamés de la ventana del edificio al costado del Metro Bellas Artes.

viernes, abril 21, 2006

Hipótesis


Imagínate que te sientas frente a una silla vacía y que ambas sillas son idénticas. Imagina que la miras esperando que el respaldo se cubra con alguien nuevo para mirar. Imagina que ese alguien no es nadie que conozcas, ni siquiera que hayas visto, escuchado o pensado. Imagina que no será tan fácil que dejes de mirar esa silla vacía, pero que quizás dejará de estarlo en los próximos minutos.

Ahora cruzas tus piernas e intentas cerrar los ojos, pero sin lograrlo del todo. Mantienes el ojo izquierdo abierto por si lo que sigue frente a ti ya no es la silla vacía; luego abres un poco el ojo derecho. Unos segundos después ladeas la cabeza porque la sientes pesada; después piensas en lo insoportable que se vuelve la postura fija en esa silla que apunta a la otra que no tiene nada.

Miras hacia el lado, hacia arriba. Apuntas ahora al suelo. Tratas de escuchar lo que viene desde el piso de abajo, pero no logras captar ni siquiera un sonido. No te desesperas, sólo notas que te estás comenzando a desesperar. No deseas pararte de esa silla y buscar en otra parte a quién la ocupará. Piensas, dudas, te impacientas, te levantas al fin de la silla.

Veinticinco pasos bastan para llegar a la puerta. Otros dos para la escalera. Dos más para cada descanso. Tres pisos en total hasta que ves la puerta de abajo al fin. Piensas otra vez en la silla vacía. También piensas en que podrías regresar, esperar nuevamente, impacientarte otra vez mientras intentas cerrar los ojos y te rompes la cabeza pensando en quién finalmente llegará a ocuparla. O podrías abrir la puerta que da a la calle y olvidarte de tu cabeza, de tu impaciencia, de tu espera, de tu imaginación, de ella.

Imagínate que nunca has estado frente a una silla vacía esperando que alguien la ocupe. Imagínate que ese alguien siempre estuvo ahí, pero nunca viste nada. Imagínate que esa silla la he estado ocupando yo todo este tiempo. ¿Destruirías la imagen o me acercarías finalmente la maldita silla?

jueves, abril 20, 2006

Cortes


Odió desde el primer minuto llegar ahí, aunque su odio venía de antes, quizás desde que nació. Trató de ocultarlo lo más que pudo. Mentía al respecto, disfrazaba emociones y fingía estados de ánimo sólo por hacer menos desagradable lo que era peor que desagradable. Sin embargo, a veces fracasaba.

Entonces decidió juntar todos los fracasos por fecha a modo de recuerdo. Incluso llegó a adelantarse estadísticamente a ellos. Los anotaba, los describía, los desarmaba y los incluía a una lista. Primero eran dos a la semana, luego cinco; después sólo perdió la cuenta.

Un día, ella decidió disolver hasta el último gramo de esos cuatro años. También decidió olvidarse de las fotografías de esa época. Le parecían demasiado obvias; demasiado literales. Prefería entonces volver a esos cuatro años de otra forma. Si toda la vida fuera algo así como un mapa, las coordenadas serían quienes la acompañaron esos cuatro años. Habría entonces que eliminar esas coordenadas. Si los puntos en un papel no podían verse, no existirían jamás.

Revisó agendas, recordó nombres, busco teléfonos en la guía, preguntó. Tres meses se demoró en juntar todas las coordenadas. Citarlas en algún lugar, sería como copiar alguna mala película ochentera o algún cortometraje experimental. Extorsionarlas anónimamente sería sutilmente grotesco, pero cobarde. Jugar con detalles de sus vidas hasta enloquecerlas sería muy agobiante. Fingir ser otra persona y meterse en sus vidas sólo para destruirlas más tarde era en realidad lo que decidió finalmente hacer.

Ella había cambiado tanto en trece años que sólo le faltaba ponerse un nuevo nombre, agregar otro apellido e inventarse una historia. Nada muy complicado para ella. Quería que extinguir hasta el último gramo de esos cuatro años fuera fácil, rápido y casi un exorcismo. Ella quería también unas muertes, aunque tampoco se trataba de exagerar al respecto.

Cuarenta y tres ex compañeras eran las cuarenta y tres coordenadas. Los cuatro años fueron desde los catorce hasta los diecisiete. Acevedo era la primera de la lista. Zybell, la última. Entonces sólo faltaban las tijeras.

lunes, abril 17, 2006

Boca


Por qué no enderezas tus piernas y vienes de una vez. Apostaría a que tienes miedo, pero lo escondes detrás de los gestos fríos, la lejanía y los desviados retratos que sueles hacer de nosotros dos. Juegas con el espejo porque yo lo hago primero, haces extraños giros en las historias, confundes al lector y me confundes a mí.

Te has convertido en un experto de las dobles lecturas y los pasos en falso. Aclaras cualquier cosa oscureciéndola. Dices que te gusta lo perverso, pero realmente no es así. Te conozco demasiado. No intentes hacerme creer otra cosa. Y guarda tus sustantivos, tus verbos y las palabras alma, ojos, corazón, piel, sol, estrellas, luna y constelaciones. No las necesito, no las quiero.

Hablas y hablas, y eres muy bueno haciéndolo, pero no me basta. Nada malo va a pasar si te acercas un poco y pones tu oído en mi boca y me escuchas al fin. No habrá susurros ni suspiros ni respiraciones asmáticas. Esta vez habrá palabras claras y oraciones secas. No me tocarás, ni me pedirás que me siente en tus piernas. Tampoco dirás nada hasta que termine lo que tengo que decirte. Hasta que el punto final se marque, no me interrumpirás ni un instante. Es más serio de lo que crees.

Finalmente esto será una triste repetición de muchas escenas. Ya sé que va a venir más adelante y después y después aún. ¿Vas a estar mirando aún mi boca cuando eso pase?

sábado, abril 15, 2006

Impersonal


A veces ella sólo se reconforta con mirar. Directamente o de un costado, pero mirar. A veces las posibilidades que ve en un número impar no calzan con ninguna realidad que ella pueda vivir, pero a veces sí, claro que sin contar el número uno ni el número cuatro ni el número cinco.

A veces ella arrastra su pie derecho para cargar la punta en el suelo. No hay tacos y probablemente nunca los habrá. Se detiene cuando la tensión es lo suficientemente fuerte para rendirse y volver a la posición inicial. A veces estos detalles no son metáforas y suelen ser completamente reales.

A veces ella quiere contemplar más cosas que líneas del otro lado, y saber o intuir o especular o escribir sus propias posibilidades en un número impar. A veces ella necesita "eso" sin nombre, pero vuelve a tensar su pie, a escribir otros juegos, a fabricar esperas, a armar escenas, a destruir escenas, a controlar el tiempo, a tensionar los minutos, a estirar el escenario, a no perderlo.

A veces ella quisiera no escribir más ni darse vueltas ni volver al mismo lugar del principio. A veces ella quisiera pasar, cruzar al otro lado de la calle y que no hubiera más tensión ni escenas para destruir. A veces ella quisiera no saber que todo terminará de una forma u otra.

A veces ella no soy yo. Otras veces, tampoco.

martes, abril 11, 2006

Secuencias: The Girl With The Thorn In Her Side


Secuencias. No sé decirlo mejor, es como una noción de que bruscamente se arman secuencias terribles o idiotas en mi vida sin que sepa qué va a seguir a qué. Si la lluvia sigue al paraguas o el paraguas sigue a la ropa mojada o la ropa mojada sigue al absurdo o el absurdo sigue al sexo metafórico o el sexo sigue al calor.

Si se piensa en la tristeza que antecede la felicidad, en las palabras duras que se trazan antes de la liberación, en la mentira que resulta de una verdad innegable, entonces ya las secuencias se tornarían ilógicas, sin orden, sin elementos previos ni comprobaciones posteriores. Sólo secuencias. Entonces el sueño quizás nada tenga que ver con el cansancio o la almohada con el aburrimiento. O la prosa con lo racional o los versos con los intestinos. Entonces bastaría una llamada telefónica para detenerse o seguir. Dos cerraduras de una puerta bastarían para salir o una respuesta en un correo para llegar a alguna parte o a ninguna en realidad.

Siempre me ha parecido que no pienso nunca, sino que estoy como parada en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo. Algo así como un fantasma silencioso que está y no. Fantasma de ropas negras en vez de blancas, fantasma que en vez de susurrar se ríe, y que en vez de llorar se enrabia y patea cosas. Aunque en realidad no necesariamente se razona cuando se piensa; más bien uno se pierde, se pierde para bien.

Lo malo es que no todos piensan lo mismo de todo. Si digo que la canción “The Boy With The Thorn In His Side” de Morrisey me provoca más cosas positivas que negativas, no estaría equivocada del todo. Una ironía a la vida que se dice. Y la pena nada tiene que ver con la lástima, y la lástima nada tiene que ver con la tristeza, y la tristeza no tiene nada que ver con el dolor. El contexto, las secuencias, las escenas.

Está claro que la vida no es una película, menos una con música incidental, aunque ciertos cuentos insistan majaderamente con la cancioncita y hagan listas interminables y nos la metan por el culo de la insistencia. Está claro que la poesía no es lo mismo que la poética, y está claro que las chicas misteriosas no necesariamente se relacionan con las pistolas, con el sexo enfermo o con las botas negras, aunque en cierto modo hagan, tengan y utilicen todo eso a su favor.

miércoles, abril 05, 2006

Not


No me ilusiono tan fácil, aunque no pueda decir que no ilusione a alguien fácilmente. No lloro, pero suelo mentir al respecto. No sueño lógicamente, aunque lo que sueñe sea a veces increíble. No respondo cuando me preguntan; sólo espero para finalmente no contestar. Miro fijo, pero en ocasiones arranco la mirada.

No soy tímida, pero juego a hacerlo sin resultado. No soy sociable, aunque a veces hago el personaje. No soy fría, pero me veo así. No canto, pero lo hago en mi cabeza y suena casi bien. No suelo construir cosas, más bien escenas que después destruyo. No estoy sola y lo estoy. No tengo secretos, sino que mentiras. No peleo, aunque mi carácter sea más complejo que simple. No tomo, pero me gusta.

No soy rápida al escribir; más bien soy disléxica. No leo demasiado, pero sí tengo suerte en la elección del libro. No voto, pero sí hablo de política. No estornudo como la gente; sí como un gato. No tengo hijos; tengo animales. No soy oscura, pero mi ropa sí. No tengo nada de color blanco, aunque no me gusta hablar de eso.

No tengo una cama de dos plazas, pero todos mis plumones lo son. No suelo saludar a quien no quiero, aunque a veces suelo ser muy cínica. No uso anillos, excepto los negros. No soy una pared, pero en ocasiones lo parezco. No soy mala ni tampoco soy buena, aunque eso siempre puede cambiar después de todo.

No hablo sólo por hacerlo, pero me río sólo porque sí. Y no enumero sólo porque sí, aunque quizás tú creas todo lo contrario.