martes, mayo 30, 2006

Lullaby, ellos y eso


Lullaby se topa con muchos gays a menudo, y gente vestida de negro que parece disfrazada, chicas gordas que parecen prietas enfundadas en lycra, chicas feas que se cortan el pelo raro para verse alternativas (aunque feas al fin), chicos híbridos con bufandas multicolores, y gente rara a punto de entrar a un circo o salir de él.

El sector de los café donde trabaja está plagado, según la hora, por cada uno de estos grupos. Cuando se juntan todos a la misma hora en el mismo lugar, Lullaby se las ingenia para demorarse en atenderlos, entender mal a propósito, mirar más segundos de lo que se debería a cada uno de ellos, darle una cuchara extra larga para una taza diminuta, dejarlos sin servilletas o pasarles el peor cenicero del local. Ninguno de ellos le dice nada porque, para ellos, Lullaby perfectamente podría formar parte de uno de esos grupos.

¿Prejuicios? Jamás. A nadie menos que a Lullaby le puede importar tan poco que a alguien le guste que le den por el culo, o que pese a tener ochenta kilos encima una chica decida ponerse falda corta y coronar su estilo con una chasquilla ridícula sobre la frente, o que los gays se junten a tomar tecito a la misma hora (con perro incluido), o que los góticos del tercer mundo sólo quieran bañarse en cerveza, o que los híbridos decidan andar con polera y una bufanda enrollada al cuero cuando sólo hay ocho grados de temperatura. Allá ellos. Lo que a Lullaby la emputece es que quienes menos quieren ser juzgados (ellos), son los primeros en juzgar. Y no sólo las formas, sino cómo eres, adónde vas, con quién te juntas y cuándo decides llorar.

Entonces Lullaby prefiere hacerse a un lado cuando los ve juntos o de a uno o de a tres. Y como no puede mandarse a cambiar de su trabajo (sirviendo café) sólo porque sí; Lullaby hace su mejor personaje. Se comporta como la chica distante-misteriosa que a nadie le interesa molestar o hablar o mirar o preguntarle nada (y que algunos consideran extrañamente fascinante ¿?). Total, la única posibilidad para que Lullaby rompa su autismo es un choque contra un vidrio, un disparo que roce su pelo, o descubrir de un día para otro que algo de color rosado ronda su departamento. Todo lo demás, es apenas un zumbido imperceptible a dos cuadras de distancia.

miércoles, mayo 24, 2006

Lullaby ( True Egoistic Love )


De su abuelo, Lullaby sólo supo que tenía diabetes, que contestaba preguntas inexistentes, que tenía un carácter de mierda, que le gustaba lo dulce y que se lavaba los dientes con agua tibia. Tampoco Lullaby quiso conocer más. De sólo pensar que cruzaría su mirada con la de él, Lullaby adivinaba que historias que nunca eran verdad del todo, saldrían de su boca. Murió cuando Lullaby tenía doce. En realidad murió el día en que Lullaby cumplió doce.

Pero para Lullaby, nunca será comparable conocer a alguien con saber de alguien. Claro que eso lo pensó cuando sensaciones desagradables rondaban su cabeza mientras veía cómo descendía el ataúd de su abuelo hasta desaparecer por completo. Lullaby siempre ha pensado que si se mira fijo algo para perder luego la vista, la imagen se nubla, se duplica, se deforma, desaparece. Entonces Lullaby hizo desaparecer la muerte de su abuelo y su cumpleaños número doce para siempre.

Lullaby no posee ni el más vulgar toque de magia, pero en su cabeza puede hacer desaparecer cosas. Tampoco las mueve; eso sería una gran mentira, aunque ella sea una experta en mentir. Tampoco extraña o echa de menos a alguien; eso nuevamente sería una mentira. Porque cuando se echa de menos, en realidad no se echa de menos, sino que te echas de menos a ti mismo con la otra persona a tu lado. Y así uno permanece egoísta y permanece ególatra. Y así uno envejece.

Después de su muerte, Lullaby confirmó que su abuelo sólo tenía diabetes, sólo contestaba preguntas inexistentes, sólo tenía un carácter de mierda, sólo le gustaba lo dulce, y sólo se lavaba los dientes con agua tibia. Y con eso bastaba; Lullaby no necesitaba más detalles para sentir que lo conocía.

Lullaby a veces se pregunta cuántas características podría alguien enumerar de ella. Y se pregunta también si esos detalles bastarían para que alguien (alguna vez) la llegara a conocer. Después de todo, a quién le podría importar qué colores usa, o los saltos que da cuando sube las escaleras y llega a los descansos, o que mienta en los momentos más inesperados casi por compulsión, o las fijaciones que tienen los demás al verla finalmente fijándose en algo, o que su vida solitaria sea a veces una proyección de todo lo contrario.

Pero lo que Lullaby ni siquiera sospecha es que quien escribe ahora esta historia, lleva un historial groseramente inmenso de todos esos detalles. De forma egoísta y no.

jueves, mayo 18, 2006

Lullaby, Freddy Mercury y la chica modelo


El sábado pasado parecía no serlo del todo, pero a Lullaby no le importaba; más bien no quería perder el tiempo en fijarse sí lo era. Su turno en el café (sin piernas) había terminado así que prefirió matar las horas caminando rápido como le gusta antes de volver a su departamento y darse cuenta que cada vez le gusta menos estar ahí sola, aunque paradójicamente es una solitaria.

Lullaby piensa en todos los lugares que aún no ha pisado, hace una pequeña estadística cerebral y concluye con un lugar en Bellavista al lado de un hotel y al costado de un cerro. Lullaby entra sola a la mayoría de las partes, pero eso no quiere decir que lo permanezca aún dentro. Un frío horrible, Lullaby con una falda negra hasta un poco más debajo de la rodilla, un suéter negro sobre otro suéter negro y sus botas sin taco con dos pares de calcetines. Nada de carteras. Las llaves, los cigarros, el encendedor, la plata y los pañuelos desechables metidos permanecían apretados en cada uno de los bolsillos.

Se fuma un par y decide entrar a precio de mujeres. Aún nada mucho; sólo eran las once. El lugar no era tan pobre como pensaba, cosa que comprobó al preguntar el precio de ciertos tragos. Un vale en la entrada canjeable por un jugo una bebida, no era lo que podía esperarse un sábado pasadas las once de la noche, pero Lullaby lo canjeó.

La música apestaba. Los gays abundaban. Los chicos indefinibles también. Las lesbianas insípidas, sólo unas pocas. Las lesbianas guapas, ninguna. Lullaby pensó que lo mejor era quedarse en una especie de balcón que daba a la ínfima pista de baile con espejos por todas partes. Después de pasar casi media hora imaginándose como ese chico guapo podría estar desnudo con ese viejo decadente que bailaba con él, Lullaby se quedó fija en dos personajes que bailaban solos uno al lado del otro: Freddy Mercury y la chica modelo que no era chica en realidad.

Primero eran las caderas frente al espejo. Después eran los hombros y, por último, eran los gestos que hacían al bailar. La música electrónica seguía apestando, pero a Lullaby no le importaba, o más bien no quería fijarse si lo seguía siendo. Freddy Mercury y la chica modelo se amaban a sí mismos, adoraban los espejos, hacían sus peformances que nadie, excepto Lullaby, estaba preocupado en mirar. La chica modelo era altísima-flaquísima y con esas caras extrañas que ciertos fotógrafos adorarían; excepto, claro, si se encendía la luz. Freddy Mercury tenía bigotes como el original, aunque con veinte años y veinte centímetros menos. Estaban uno al lado del otro, pero ni uno ni otro eran del gusto del primero o del segundo. Sólo se amaban a sí mismos. Lullaby jamás se preguntó por qué.

Lullaby no se movió ni un centímetro de esa especie de balcón. Tampoco se inmutó cuando la música electrónica pasó a música kitsh, a salsa, a cumbia o a lo que fuera. Seguía pendiente de la chica modelo que ni siquiera transpiraba al bailar, y en Freddy Mercury de pantalones blancos y polera roja que sí lo hacía a raudales. La música seguía apestando. Los gays abundaban. Los chicos indefinibles, también. Sólo unas pocas lesbianas insípidas. Lesbianas guapas, ninguna. Lullaby dejó de apoyar los brazos en la baranda del balcón, bajó las escaleras y salió por una de las tantas puertas. Miró sus botas e imaginó ser la versión oscura de Dorothy, pero su departamento era el último lugar que quería visitar esa noche.

domingo, mayo 14, 2006

Lullaby - Why can't I be you


A veces Lullaby está segura que quienes la amaron no son más que un número uno. Otras veces sólo llega hasta un número tres. Lullaby nunca ha entendido a la perfección qué es eso de estar con alguien. Podría tratarse de una teoría rápida que no se sustenta con un mísero segundo de práctica. O podría tratarse de no estar solos. Entonces Lullaby elegiría gente al azar para no estar sola; cosa estúpida si vemos que Lullaby ha sido una solitaria toda su vida.

Lullaby incluso no está totalmente segura que ese número uno o ese número tres la hayan amado en realidad. Quizás se encantaron con ella. A lo mejor la encontraron lo suficientemente extraña para aventurarse con esta chica que no es gótica ni pretende serlo ni lo parece siquiera de lejos. Tal vez sólo querían armar su propia teoría de no estar solos. Entonces Lullaby se confunde.

Sólo una vez ha estado enamorada, pero podría decirse que él era casi su obsesión. Todo se confundía con los días y las horas nocturnas en su cama o la forma de tocarse los nudillos mientras lo esperaba o los párpados cerrados que Lullaby adoraba mirar mientras él estaba a diez minutos de despertarse. Lullaby nunca hizo nada para que él se enamorara de ella. Eso hubiera sido estúpido y casi un suicidio altruista. Lullaby quería esperar, quería tantear, quería moverse como una araña con él, quería que al cerrar la puerta, él finalmente la recordara y la fijara en alguna parte de su clóset.

Lullaby podría tener muchas cosas de manera fácil, pero siempre elige lo difícil, lo casi imposible. Elige enamorarse de quienes nunca se enamorarán de ella. ¿La razón?: nada debe estar dado por lógica, sino que todo lo contrario, y ésa es una de las cosas que no la hacen aún destrozar el café en que trabaja o incendiar un porcentaje mezquino de su vida o volcarle agua caliente a alguien o cambiar su ropa oscura de color o amarrarse a algo sin vuelta atrás.

Aunque hay algo de lo que Lullaby sí está segura. Nada dura mucho tiempo, así que a veces vale la pena fingir la soledad para, paradójicamente, no estarlo.

jueves, mayo 11, 2006

Lullaby a veces vuelve


Para Lullaby no es nuevo el día, aunque sea lunes, ni es nuevo el café en que trabaja y que está muy cerca del que salió en las noticias hace un par de días. Mientras camina al suyo, se queda mirando los ventanales cubiertos por dentro con papel de diario, y trata de disimular su encanto. Pero insisto, para Lullaby nada es nuevo; ni un lunes que aparece ni el que café en que trabaja ni el tipo loco de las noticias.

Lullaby trata de mirar las cosas destruidas a través del ventanal, pero logra ver muy poco. A veces se sorprende cómo la gente queda mirando a otra gente mientras hace cosas supuestamente extrañas. Si alguien decide quedarse inmóvil mientras camina y no hacer ni el más mínimo movimiento sólo porque sí, no bastarán ni tres minutos para que más de alguien se quede mirando el supuesto espectáculo.

No es aburrimiento ni irresponsabilidad. Si no hay plata, sólo su fisonomía se lamenta. Si no hay cariños, sólo su fisonomía se lamenta. Si no hay nadie con quien hablar, sólo su fisonomía se lamenta. Y Lullaby se hunde y se pierde casi como un globo rojo de cumpleaños pinchado por un alfiler.

Lullaby calza treinta y seis, y mide un metro sesenta. Es pequeña y algo menuda. No es huesuda, tampoco obesa. Después de todo, a Lullaby le gusta perderse de vez en cuando, no hacer todo tan literal y tener proyecciones de un metro de longitud. A veces Elisa se parece a Lullaby, pero Lullaby jamás se parecerá a Elisa .

Lullaby deja de mirar el café destruido por el loco, y piensa que le gustaría también destruir el suyo.

sábado, mayo 06, 2006

Elisa without Closer' song


La película Closer es malísima, piensa Elisa mientras la ve en una reposición del cable. Entonces ponen la famosa cancioncita del principio al final para los que quedaron indecisos o hastiados o con mal sabor, se vayan a su casa con la famosa cancioncita otra vez en su cabeza. Para muchos eso puede funcionar. Para Elisa, no.

Se levanta del sofá, mira a la chica de al lado que besó la noche anterior, va al baño otra vez, cambia su toalla higiénica que la misma chica le prestó, y decide que ya es hora de largarse de ahí. La chica en cuestión no es fea ni tonta ni pesada, pero quizás es algo común, algo predecible, algo que Elisa en realidad no busca; aunque nunca se le pasó por la cabeza empezar una relación lésbica; menos encontrar una amiga.

Recuerda su maleta con ruedas, y dónde la dejó antes de decidir salir a besar una chica, probar cómo saben un par de pezones o cómo se siente la piel de alguien con la misma fuerza corporal que ella. Nada que no pueda reemplazarse. Nada de lo que no se pueda prescindir, piensa. Se despide sin esperar siquiera que la otra chica se levante de dónde está o pruebe darle un beso o le pregunté cuándo se ven nuevamente o algo parecido. Elisa sabe que no. La otra chica sabe que no.

Mientras baja las escaleras, repara en el hecho que todos los lugares siempre deberían tener escaleras. Se ve más teatral y extiende el tiempo de la escena anterior a la que sigue. A lo lejos, escucha como la chica del departamento extraño y las zapatillas y los pechos pequeños, pone play otra vez a Closer y la cancioncita famosa empieza a sonar a todo volumen. Menos mal que no la tengo que escuchar entera, piensa Elisa. Ya bastó con la insistencia de la chica en preferir a Natalie Portman sobre Julia Roberts, aunque nunca se vio desnuda, y ya bastó con deambular y llamarlo a él, perderlo, querer buscarlo de nuevo, cambiar de idea y querer buscarlo otra vez.

La calle le es conocida. A ella y a todo Santiago en realidad. No hace frío ni hace calor. Elisa desabotona la chaqueta y comienza a caminar.

viernes, mayo 05, 2006

Elisa y la chica de la noche anterior en la noche real


Elisa se sienta en la taza del baño, orina y se da cuenta que la sangre en su calzón es sólo el inicio de sus peores días. Junta papel hasta armar un bloque rectangular que empape la menstruación y lo deja bajo sus vellos. Luego baja la tapa, se sienta sentándose de verdad y, de repente, lo recuerda todo:

Sus vellos sobre la ropa. Sus dedos sobre su pelo. Sus vellos sobre el aire. Sus dedos en sus pezones. La taza era blanca, el lavamanos era negro, el piso era celeste. La otra chica vestía zapatillas. Elisa ya casi no vestía nada.

A Elisa siempre le gustó esta chica danesa-española que se llamaba Cristina y cantaba. También le gustaba esa actriz madura-francesa que actuaba en inglés, Charlotte Rampling. Incluso pensó que la hija de Serge Gainbourg y que es actriz, tenía una belleza atípica. O Fiona Apple. Incluso, Ariadna Gil. Pero esta vez, esta noche, esta hora que bordeaba las doce, Elisa decidió que fuera la chica que apoyaba el talón en la pared y que estaba sacándose los restos del delineador negro en el lagrimal.

Elisa no estaba sola. Estaba con alguien que se resumía en él. Cada tanto, Elisa volvía de donde fuera y caía donde él. Ni amigo, ni novio, ni confidente, ni juguete sexual, ni partner gay, ni hermano perdido, ni nada. Sólo él. Elisa quería que él la viera, pero bien de cerca, casi metiendo la nariz entre su boca y la de la chica del lagrimal. Casi sintiendo el aroma a vainilla que Elisa llevaba y dejaba donde fuera, como restos, como rastros.

Cinco pasos. Seis. Elisa se acerca y no pregunta su nombre a la chica, ni si viene seguido a ese lugar, ni si le presta fuego o le indica dónde está el baño o juega a conocerla en una vida pasada o todas las pelotudeces que algunos suelen preguntar. La escena parece verse de lejos. Elisa habla, la chica responde. Elisa habla, la chica pregunta. Elisa se ríe, la chica igual. O todo al revés, o todo lo contrario. A quién le importa.

Entonces la cabeza que gira hacia él. Él que va. La pared. Elisa de frente a la chica. La habitación llena de humo que se llena más. La habitación oscura que se pone más negra aún. Las rodillas que parecen quebrarse. El calor que parece congelar su frente. El suelo. Unas zapatillas son lo último que Elisa alcanza a ver.

Sus vellos sobre la ropa. Sus dedos sobre su pelo. Sus vellos sobre el aire. Sus dedos en sus pezones. La taza era blanca, el lavamanos era negro, el piso era celeste. La otra chica vestía zapatillas. Elisa ya casi no vestía nada.

miércoles, mayo 03, 2006

Elisa y la noche anterior


Elisa abrió los ojos y un fuerte dolor de cabeza la hace pensar en la noche anterior. Elisa no sabe si eso fue el inicio de un cambio o de un giro o un maldito pretexto para no preocuparse dónde dejar su famosa maleta con ruedas o la vida que lleva dentro. Sólo recuerda escenas de una mala película. Y también recuerda caminatas de siete cuadras, de conversaciones, de escaleras, de una chica que no era ella y de otra chica más.

Elisa intenta mantener los ojos abiertos, pero la luz de la ventana golpea su poco maquillaje que debe estar en otro lugar que el de anoche. Piensa en que no debe pensar al respecto y mejor preocuparse de observar alrededor, mirar tras la ventana, vestirse e irse. Pero no. Se queda ahí un rato, pone sus brazos detrás de su cuello, los apoya contra el sofá en que está y cierra los ojos otra vez.

Un repentino dolor se asoma. Elisa se quedó dormida nuevamente sin averiguar dónde estaba o qué hizo o qué va a hacer apenas lo sepa. Lo único verdadero es que Elisa sintió que anoche rejuvenecía. Ni siquiera llega a los treinta. Tampoco a los veintiocho o veintisiete, pero la edad suele volverse relativa según su propia teoría de los contextos.

El lugar era obviamente aburrido. La chica que estaba a su lado, también lo era; al menos así se veía. Elisa no sabía cómo la había elegido si es que la había elegido. Sigue sin recordar. Treinta y siete mil pesos era todo lo que tenía en el bolsillo de su chaqueta o abrigo o lo que la cubre al fin. Extraño. Cuando Elisa decidió salir a besar una chica sólo tenía diez mil.

Elisa se levanta de golpe y el asesino dolor de cabeza la clava otra vez. Busca a tientas la puerta del baño y se equivoca en todas. Parece un departamento, pero no hay camas; ni siquiera colchones o miserables sacos de dormir en el suelo. Elisa recuerda que sólo una vez durmió en uno y juró que jamás los volvería a usar. Dormir sin darse vuelta, patear o separar las piernas, era lo peor. El lavamanos era negro, pero la taza era blanca; cosa que no le hubiera importado si el piso fuera como tablero de ajedrez, pero no, el piso era celeste. A Elisa le perturban esos detalles ilógicos; para eso ya están los hombres con los que le gusta estar y las mujeres de las que seguramente no forma parte la chica que ahora duerme con la baba colgando cerca de ella y usa zapatillas.

Elisa se sienta en la taza; es decir, sólo a dos centímetros de tocar el borde, orina y se da cuenta que la sangre en su calzón es sólo el inicio de sus peores días. Junta papel hasta armar un bloque rectangular que empape la menstruación y lo deja bajo sus vellos. Luego baja la tapa, se sienta sentándose de verdad y, de repente, lo recuerda todo.