Lullaby, ellos y eso

Lullaby se topa con muchos gays a menudo, y gente vestida de negro que parece disfrazada, chicas gordas que parecen prietas enfundadas en lycra, chicas feas que se cortan el pelo raro para verse alternativas (aunque feas al fin), chicos híbridos con bufandas multicolores, y gente rara a punto de entrar a un circo o salir de él.
El sector de los café donde trabaja está plagado, según la hora, por cada uno de estos grupos. Cuando se juntan todos a la misma hora en el mismo lugar, Lullaby se las ingenia para demorarse en atenderlos, entender mal a propósito, mirar más segundos de lo que se debería a cada uno de ellos, darle una cuchara extra larga para una taza diminuta, dejarlos sin servilletas o pasarles el peor cenicero del local. Ninguno de ellos le dice nada porque, para ellos, Lullaby perfectamente podría formar parte de uno de esos grupos.
¿Prejuicios? Jamás. A nadie menos que a Lullaby le puede importar tan poco que a alguien le guste que le den por el culo, o que pese a tener ochenta kilos encima una chica decida ponerse falda corta y coronar su estilo con una chasquilla ridícula sobre la frente, o que los gays se junten a tomar tecito a la misma hora (con perro incluido), o que los góticos del tercer mundo sólo quieran bañarse en cerveza, o que los híbridos decidan andar con polera y una bufanda enrollada al cuero cuando sólo hay ocho grados de temperatura. Allá ellos. Lo que a Lullaby la emputece es que quienes menos quieren ser juzgados (ellos), son los primeros en juzgar. Y no sólo las formas, sino cómo eres, adónde vas, con quién te juntas y cuándo decides llorar.
Entonces Lullaby prefiere hacerse a un lado cuando los ve juntos o de a uno o de a tres. Y como no puede mandarse a cambiar de su trabajo (sirviendo café) sólo porque sí; Lullaby hace su mejor personaje. Se comporta como la chica distante-misteriosa que a nadie le interesa molestar o hablar o mirar o preguntarle nada (y que algunos consideran extrañamente fascinante ¿?). Total, la única posibilidad para que Lullaby rompa su autismo es un choque contra un vidrio, un disparo que roce su pelo, o descubrir de un día para otro que algo de color rosado ronda su departamento. Todo lo demás, es apenas un zumbido imperceptible a dos cuadras de distancia.












