sábado, junio 17, 2006

Después de todo, Lullaby tiene ego


Después de todo, Lullaby tiene ego, igual que Carolina Moro, igual que la historia de la que forma parte, igual que la razón por la que todo cambia de forma, e igual como Lullaby se escribirá ahora en primera persona. ¿Un diario de vida? Lullaby se moriría si alguien lo pensara así:

Qué pasaría si me calmo un poco (aunque soy calmada) y repito mentalmente que todo esto es momentáneo, que la poca suerte en realidad es coincidencia, que no quiero enrabiarme, que hablo de morir en forma irónica, que la ventana sin cortinas de mi departamento y que miro embobada, hace todo más frío de lo que es. Lo sé, son sólo detalles. Lo reconozco, nunca hablo en serio.

Hace tres días que llego sólo a dormir a mi departamento (si dormir fuera presionar la cabeza en la almohada sin apenas sacarse la ropa y abriendo los ojos con intervalos de dieciocho minutos). Hace tres semanas que ni siquiera me hace bien vivir en ese departamento (si un departamento fuera un espacio reducido al mínimo con un sofá cama en el medio y una cocina que sólo sirve de adorno). Hace algunos meses que sé que deambulo. Hace años que no he cambiado nada.

Pero qué será eso de los cambios, de dejar caer los muertos de la espalda para enterrarlos después? Nunca lo he sabido y nunca he querido saberlo. Quizás se trata de correr al borde de cualquier ventana de cualquier edificio y no intentar saltar. O quizás sólo se trata de cortarse el pelo y sonreír más seguido mientras todo sigue exactamente igual como antes y finges exactamente todo lo contrario. No me importa.

Nadie sospechó que podía juntar una frase con otra, pero lo estoy haciendo ahora. ¿Esto es un cambio de esos? Me moriría si alguien pensara eso. Después de todo, tengo ego y me llamo Lullaby.

martes, junio 13, 2006

Lullaby de selección


Para los que creen que Lullaby es sólo una garzona que se pone un delantal negro para servir café en tazas extrañas o té en teteras redondas y chatas, jamás podrían sospechar que ella ha hecho muchas cosas; que incluso ha estudiado sólo para terminar desertando, que ha montado negocios para el olvido y que incluso ha llegado a publicar. Claro que con otro nombre, claro que hace mucho tiempo atrás.

Pero una cosa es llegar a esos trabajos por simple accidente, y otra es por un estúpido proceso de selección con pruebas sicológicas, dibujos extraños para adivinar e historia sosas para escribir sobre un papel. Incluso ha pasado por las preguntas idiotas: te interesa este trabajo?, dime tus cualidades (fácilmente mentiras), tus defectos (fácilmente mentiras) y por qué quieres trabajar en esta empresa? (no sé, hobby¿?).

Y si una cosa son las preguntas, los dibujos y las historias insípidas (jamás tristes) que hay que escribir, otra cosa son cuando Lullaby tiene que esperar con otras diez chicas como ella mientras la interrogan una a una. Siempre habrá una mejor vestida, una más atractiva, una más gorda, una más fea, una más imbécil y una más extraña que la otra, y que pese a aprobar todo el cuestionario, los dibujos, las historias y la comunicación no gestual, no pasará a la segunda fase de selección ni a la tercera. Esta última siempre será Lullaby.

Autodestruir el ego, prolongar la espera, moverse como zombie dentro de su departamento, aplanar calles eternas sólo por inercia y sentir que el consuelo roza la estupidez, sería la consecuencia más lógica o inmediata o cobarde para hacer. Pero Lullaby no es lógica ni inmediata ni cobarde. Sólo es todo lo contrario a una persona luminosa.

Ya van tres entrevistas esta semana. Tres currículos desperdiciados y cinco apuestas para que, en el fondo, Lullaby pueda vivir de otra forma con otro nombre y con otra vida. Irónicamente y no.

viernes, junio 09, 2006

Lullaby & Scarlett


Si Lullaby jugara a ser sensual, mantendría su boca abierta como Scarlett Johanson en cada diálogo de cada película. Si Lullaby jugara a ser elegante, compraría ropa con costuras perfectas, que vengan dentro de bolsas de cartón y le cuesten un mes de su sueldo. Si Lullaby jugara a ser inteligente, habría estudiado algo que no fuera periodismo, psicología sociología, filosofía, karate, educación física o párvulos. Si Lullaby jugara a ser misteriosa, trabajaría en un sótano contando arañas.

Pero Lullaby no juega a ser nada. Peor aún, es tan común como cualquiera de su edad y de su peso, excepto por una sola razón: Lullaby es la persona con menos suerte en el mundo. Pero no suerte en cosas como una vida mejor, ser más alta, ver más películas de las que ha visto, poder gastar todo lo que quisiera en estupideces sin sentirse culpable, tener alguien a quien dedicar un libro o acostarse sin desear despertar un año después. Lullaby no tiene suerte en conectarse con la vida. Por eso se asusta, por eso se aburre, por eso se va de cualquier lado en el más mínimo tiempo posible.

Si quisiera, Lullaby podría tener todo el día la boca abierta como Scarlett Johanson en cualquier diálogo de cualquier película. O podría ser elegante moviendo dos dedos. O inteligente y no estudiar nada. O misteriosa y trabajar atendiendo público doce horas al día en el centro de la cuidad. Pero no. Lullaby sólo quiere tener suerte.

Hoy la acaban de despedir de su trabajo. No es que diera gracias cada mañana por ir besando el suelo, pero era algo que le impedía ocupar las horas en pensar en cosas que no le gusta pensar. Lullaby sabe que no es fácil encontrar trabajo para alguien con su carácter y con sus interminables detalles, pero también sabe que el nuevo trabajo que encuentre no será cuestión de inteligencia o sensualidad o elegancia o bocas abiertas o cualquier estupidez de esas. Se tratará lamentablemente de suerte.

Y como sabe que no tiene suerte, Lullaby se pondrá (como siempre) a escribir una lista sobre lo que haría si muriera mañana, pero se quedará dormida (como siempre) con la ropa puesta, todas las luces encendidas, sin haber anotado nada y con la boca abierta finalmente como Scarlett.

lunes, junio 05, 2006

Lullaby - Girls Don't Cry


Lullaby siempre estuvo rodeada de mujeres. Si mencionamos que su padre murió unos años antes que su abuelo, que sólo tuvo una hermana y que su madre nunca se volvió a casar (menos mal), los hombres sólo quedaron postergados al tipo de corbata que leía noticias en la televisión. Se suponía entonces que Lullaby pasaba a formar parte de cierta cofradía o círculo o grupo que siempre debía mostrarse fuerte, que siempre debía defenderse solo, que siempre debía arreglar cualquier problema sin consultar a nadie, y que nunca debía llorar.

Entonces como si alguien marcara con fuego su cuello, Lullaby fijó en su cerebro nunca llorar. Ni frente a nadie, ni sola. Sólo no llorar. Las mujeres llorando no pueden solucionar nada, sólo empeorarlo, sólo hacerse bolsas los ojos, sólo mostrarse débiles gratuitamente, sólo hacerlo todo patético, le dijeron. Y para patetismo, ya están las mismas mujeres sin siquiera mover ningún músculo y emitir ningún ruido.

De no llorar por pena, Lullaby pasó rápidamente a no llorar por dolor, por emoción o de la risa. Pero una cosa es controlar las lágrimas conscientemente, y otra muy distinta es no alcanzar a sentir ningún dolor o emoción o risa. Lullaby logró pasar de un estado consciente a un estado cotidiano, a una costumbre tan tonta como alisarse su chasquilla no-ridícula, usar shorts de ropa interior, abrigarse lo menos posible y ponerse su anillo negro en el dedo índice para la suerte que nunca es tal.

Pero hay algo que a Lullaby la saca de ese estado en refrigeración: la lluvia. En estos instantes está lloviendo; durante las últimas cuatro horas en realidad. Lullaby salió apenas pudo de su trabajo y se encerró en su departamento. Lo más probable es que no sea miedo o pena o frío o estúpida nostalgia lo que la lluvia le provoca. Quizás sea un capricho o lo único que a Lullaby sí le puede importar. Quizás todo lo demás ha sido siempre una barata escenografía de ninguna película en realidad.