Lullaby en una polaroid

Mi nombre es extraño. Jamás diré si me lo inventé, si me lo pusieron cuando nací o si es una especie de seudónimo adoptado por alguna razón ilógica. Me llamo Lullaby como esa canción de cuna, como esa otra canción oscura del señor Smith, como una novela de Chuck Palahniuk, como la gata de una señora que una vez hizo el alcance riéndose hasta vomitar. Creo que ya he enumerado que tengo menos de treinta, que no tengo animales, que he tenido menos novios que amantes, que no visto de colores, que no soy gótica, que no llevo chasquillas de muñeca, que no uso bolsones ridículos de colegio en la mano, que no tengo aros estratégicos, que jamás he usado tacos y que estoy más sola de lo que creen y menos sola de lo que alguna vez yo misma llegaré a confirmar.
Esto no es un diario de vida, insisto. He trabajado más tiempo del indicado en un café con mesitas de estilo y música electrónica sonando por los parlantes. He tocado más tazas extrañas de las que quisiera. He fumado sin fumar y fumado sólo porque no me interesa eso que dicen de la muerte. Al final, sólo es cosa de tiempo o sucesos accidentales. Vivo sola. Apenas vivo sola. No canto, pero quisiera. Viví un tiempo en Francia, pero no hablo francés. Inglés, sólo el de las canciones. Leo la Nación del día Domingo y no tengo tele. La extrañaría sólo si alguna vez hubiera tenido clave. Pero veo series, me las arreglo para verlas. Siempre me he preguntado por qué Jack Bauer de "24" susurra cada vez que habla, incluso cuando está a punto de matar a un terrorista de acento extraño. O por qué, el otro Jack de "Lost" tiene tanto rollo en la cabeza o tantos tatuajes raros en sus músculos, o quién será el que escribe las fantásticas e irónicas líneas de Sawyer. Compro libros piratas en la calle; hasta ahora a ninguno le ha faltado una hoja. Como muchos yogurts. No me hace bien comer tantos yogurts.
Mujeres. Las rechazo. Quizás porque me crié entre mujeres con un solo ser con testículos: un gato llamado Faramir. Cortinas nunca he tenido. Tampoco me paseo desnuda mientras bailo algo que suene en la radio o en los discos (también piratas) que tengo. Puedo transpirar de miedo cuando veo una araña, pero aún así me gustan. No me ducho como lo primero del día, quizás lo tercero. Subo los escalones de a dos, tengo cuatro chapas en mi puerta y no poseo nada realmente que me puedan robar, excepto, claro mi extraño nombre.






