jueves, agosto 31, 2006

Lullaby y el primer acercamiento


En la vida que viene, Lullaby sabe que debe hacer muchas cosas; demasiadas cosas en realidad. Lullaby también sabe que el espejo de su baño será sólo un detalle que le muestre que el tiempo avanza hasta el fin de esta vida. También sabe que ese mismo espejo sólo será un detalle que le muestre que el tiempo avanza, pero contrariamente no se agota. Incluso sabe que ese espejo sólo será un detalle del inagotable tiempo que dibuja la comisura de sus labios cuando sonríe y piensa que sabe algo que nadie más sabe, pero sabe también que todo eso es una sensación más que un pensamiento.

Lullaby puede ser muy espontánea a veces y responder a preguntas. Incluso puede llegar a desarrollar sentimientos por alguien o por algo. Pero también suele ser la persona más lógica que pisa la tierra, estudiar cada paso y ponerse conscientemente a armar una conversación, fabricar una frase y construir uno de los tantos personajes que tiene de ella misma. Nada de esto es al azar. Menos las coincidencias que la hacen dar vuelta su cabeza, volverse inconsecuente y decir algo al momento que se arrepiente de haberlo dicho. Nadie lo nota mucho. Nadie nota mucho nada si conoce algo a Lullaby.

Lullaby está de frente al tipo del café. Lo observa detenidamente sin que él lo note. Si pensara que es un personaje de alguna historia, Lullaby ya le inventaría detalles de su pasado, razones de porqué se sienta en la misma mesa todos los días a la misma hora tomándose el mismo tipo de café, de las cosas que ocupan su cabeza mientras mira hacia la calle por la ventana y sopla el humo que lanza cuando fuma y mueve imperceptiblemente los labios mientras murmura algo para sí. El hombre ya no es joven, pero es lo menos que a Lullaby le puede importar; todo lo contrario. El hombre está acabando su café. El hombre se sorprende al escuchar una pregunta de Lullaby que casi fantasmalmente se planta frente a sus narices:

- ¿Por qué piensa eso?, yo en su lugar no lo haría, sino que pensaría todo lo contrario. Ya ve, los pantalones verdes suelen atraer la mala suerte, sobre todo si la cuchara del café la deja al lado izquierdo del platillo, sobre todo si la persona en cuestión no es zurda.

El hombre observa a Lullaby mientras le lanza todo ese discurso absurdo que, de absurdo, en realidad tiene muy poco.

- ¿Y si en realidad no estuviera pensando eso?- el hombre le responde-. ¿Si ese macetero en la terraza del cuarto piso del edificio de enfrente no estuviera en realidad a punto de caerse? ¿Y si el hecho de que lo yo estuviera mirando en el instante que usted se acercaba a mi mesa, no me dejara pensar con más detención en cuántos detalles he observado de usted todo este tiempo que tengo viniendo a este café?

- ¿Y cree que no sé? -responde Lullaby-. Por lo mismo y por todo, lo que usted está pensando en realidad es sólo una ilusión. No es bueno dar por sentado, ni conmigo, ni con los pantalones verdes, ni con el macetero, ni con la cuchara al lado izquierdo del platillo. Mi nombre es Lullaby y no le voy a decir por qué me llamo así. Menos le voy a explicar porqué trabajo acá, pero le puedo contar otras cosas, si usted decide contarme algunas cosas suyas.

-¿Como cuáles?, pregunta el hombre.

- Mañana, cuando venga a tomar su acostumbrado café le cuento. Ahora sólo le pido que no haga eso que estaba pensando cuando me acerqué. ¿Le puedo poner yo un nombre a usted?... Effing. Seguramente sabrá por qué. Es el personaje de un libro.

- ¿Uno de portada color rojo?

- Ese mismo y no, depende del momento en que lo haya leído. Hasta mañana.

- Jamás pensé que te llamaras de otra forma-, termina Effing que no es Effing pero para Lullaby sí en todas las formas posibles. Sólo es cosa de hacerlo realidad.

lunes, agosto 28, 2006

People Strange


Lullaby no tiene mucho que contar acerca de ninguna escena particular, una anécdota hilarante, episodios conmovedores o la vez exacta que se sorprendió llorando al mismo tiempo que se hartaba de risa sin motivo alguno. Tampoco se interesa por abrir grietas del pasado sólo porque sí, porque afuera está nublado, porque cierta gente insiste en conocerla más profundo o porque algún estúpido lo haya recomendado como terapia.

Hay personas que a Lullaby no le interesa conocer, menos hablarles, menos fijarse en el color de sus calcetines o si sus manos son de pianista o su cerebro alcanza para algo más que lo usual. Pero hay personas que sí le interesa rodear con los ojos bien abiertos. No son personas precisamente extrañas ni increíblemente diferentes ni demasiado locas ni intensamente excéntricas. Algunas llevan nombres, otros sólo llevan sus detalles para reconocerlos. Algunos venden en ciertos negocios. Otro se cruzan diariamente en el recorrido que hace Lullaby, pero la mayoría son los que cruzan puerta de vidrio del café en que trabaja, se sientan en una mesa, encienden un cigarro y se ponen a observar como el humo desaparece en sus pulmones y en el aire mientras parecen perderse deliciosamente en algo. La mayoría se encuentra donde Lullaby pasa la mayor parte de sus días y de su vida hasta que algo más interesante vuelva a pasarle otra vez.

Lullaby se pregunta si sólo alguien pensara, al igual que ella, en la inercia, en la inmovilidad, en el simple hecho de renunciar a buscar hasta que cierto episodio o escena o recuerdo te vuelva a reencantar con todo lo que perdiste, lo que necesitas, lo que quieres, lo que buscas y lo que en el fondo eres, al menos toda esa rutina idiota que nos hace ir de un lado a otro mientras alcanzamos a respirar, serviría de algo. Entonces Lullaby piensa en un libro, en el personaje principal del libro, en la vida del personaje del libro, en cómo está escrito el libro, en cuánto le encanta ese libro, en que nunca podrá equiparar en algo la sensación de rebeldía, de experimento que el personaje principal arrastra durante toda la historia, durante todo el libro. Entonces Lullaby se deprime y le gustaría lanzar El palacio de la Luna por la ventana.

Y también se queja porque en cierto punto su anti-rutina se ha vuelto una rutina con mayúsculas. No hay muchos experimentos que se le ocurran en este momento, menos si esos experimentos los debe hacer en la más absoluta simpleza de su soledad, de su departamento, de sus cojines blancos y de su ampolleta roja en el techo del baño. A veces le da por pensar en la azotea de su edificio, pero no para saltar o caminar por su borde, menos para creer que es el único refugio del mundo (aunque lo sea, aunque no).

Lullaby ha elegido cuatro personajes extraños en su rutina. Uno es un tipo que toma café en una mesita de la calle todas las mañanas con la misma ropa. Otro es el hombre que se acaba de mudar al departamento de al lado. El tercero es la imagen de una chica con una maleta con ruedas, un prendedor de araña y el nombre Elisa. La cuarta es ella misma; más bien, el personaje que Lullaby ha estado haciendo de sí misma todo este tiempo.

miércoles, agosto 16, 2006

La niña



A Lullaby le habían contado sobre ella. Incluso muchas veces creyó reconocerla en otras partes, pero una tarde al fin, la vio por la calle. La niña saltaba cada tanto y aterrizaba con su pie justo en el centro de los adoquines. Llevaba un sombrero verde botella que le tapaba su chasquilla y una cuerda colgando de su mano que se enredaba en sus zapatos negros. Primero saltaba en un pie contando cinco adoquines, luego se detenía para descansar y seguía saltando otros cinco con un pie diferente. A Lullaby le pareció que la niña era pequeña para su edad, sobre todo cuando la escuchó llamarse a sí misma “una guía nocturna que trabaja de día y que lleva una cuerda colgando para utilizar en cualquier momento”.

La niña tenía tres hermanos y era la única con vestido. Lullaby se enteró que el mayor tenía cinco años más que ella y atesoraba un destornillador amarillo. Primero lo guardaba en su bolsillo derecho, junto con su mano, y luego lo llevaba a la vista casi como un arma. El otro hermano adoraba estar sentado por horas mirando hormigas o moscas o arañas o peces del acuario. Rara vez los alimentaba, así que disfrutaba cómo con los días se iban comiendo a sí mismos. El último hermano lloraba casi gritando cuando dos de cada tres veces lo dejaban solo. Entonces aporreaba las puertas y se encerraba en su habitación. La niña los miraba a todos, se reía con los ojos y seguía caminando con la cuerda colgando cerca de sus zapatos.

La niña miraba casi con rabia, intensamente, irónicamente, como una pequeña desquiciada. Luego asentía con la cabeza o negaba con su dedo índice, incluso antes que le preguntaran algo. Salía día por medio de la casa y caminaba hasta cuando sus pies comenzaran a dolerle. Entonces se sentaba treinta y seis segundos y se devolvía por donde mismo. Siempre era un camino diferente y nunca parecía perderse. Sus hermanos tampoco la extrañaban demasiado; menos cuando abría la puerta, dejaba la cuerda sobre una mesa, ponía otro alfiler de gancho en su vestido y se acostaba. En total tenía ochenta y siete alfileres. En total tenía cinco vestidos. Todos iguales.

A la niña nadie la cuidaba, nadie la miraba y nadie estaba tras sus pasos preguntándole sobre su cuerda, sus saltos, sus salidas como guía nocturna que trabaja de día y sus llantos invisibles. A veces Lullaby sentía que la niña se parecía mucho a ella en versión diminuta, y que si llevara un espejo de cuerpo entero para poder comprobarlo, nadie lo podría negar. Pero otras veces, Lullaby estaba segura de que la niña no podía parecerse ni un milímetro a ella en ninguna versión de ningún tamaño porque la niña en realidad no existía, aunque una cuerda justo al lado de sus zapatillas negras la confunda cada mañana al mirar bajo su cama.

jueves, agosto 10, 2006

Lullaby sentada sobre un pedazo de papel


Podrías sentarte en una silla de oficina o en un sillón acolchado o en un futón de color rojo furioso o en un cojín sobre el suelo y la sensación sería la misma. Ni siquiera importaría que la silla de oficina nunca pudiera concretarse porque difícilmente trabajarías en una. Tampoco sería importante que el sillón acolchado ocupara la mitad de tu departamento y que lo hayas comprado de segunda mano, o que el cojín sobre el suelo sea lo que más tiene valor de todo.

Entonces comienzas a pensar sentado. Entonces dibujas el bosquejo de vida que quieres, que te imaginas, que envidias, que odias, que te gustaría compartir. A veces piensas sentado con quién te gustaría compartirlo. Y repites diálogos que hayas tenido con esa persona, recreas escenas como si la proyectaran sobre un muro blanco. Te concentras, piensas otra vez en los diálogos, haces los mismos movimientos de las escenas, las cambias en tu cabeza, les pones música y vuelves a donde estás sentado.

O hablas caminando sin sonido alguno. Sólo las vueltas de tu cabeza para encontrar algo que te interese, para dejar de deambular la vista, para detenerse en alguna parte. Te mueves mientras tus pasos persiguen a tu sombra por todas partes. Postergas. Sigues con tu bosquejo eterno. No haces ninguna maldita línea. Te mueves, pero no avanzas ningún maldito centímetro.

Lullaby camina con zapatillas y se sienta con zapatillas. A veces no ve a nadie mientras lo hace. Otras veces se concentra en cada detalle para ver si encuentra algo, hace desaparecer el eterno bosquejo de vida que guarda en su bolsillo y lo lanza al tarro de basura más cercano. Pero lo cierto es que los basureros abundan en Santiago y aún Lullaby no ha arrojado nada. ¿Será cosa de esperar? Lullaby siempre ha tenido esa duda.

martes, agosto 01, 2006

Lullaby – Toda desnudez será castigada


A veces lloras hasta quedar hecha bolsa. A veces te aguantas hasta llegar a un lugar que te guste, hasta estar caminando de noche o hasta que te sientas en un escalón de cualquier escalera en cualquier edificio sin conserje. A veces lloras en el baño, suplicando que el agua de la llave sobre tus ojos no le diga a nadie que estuviste llorando. A veces no necesitas un hombro o alguien que entienda por qué estás así, por qué te escondes cuando te sientes así o por qué nunca le pides ayuda a nadie.

Y quizás sea tristeza las menos de las veces. Quizás de rabia la mayoría. De alegría, muy poco probable. Lullaby a veces prefiere mirar no mirando casi nada a medida que camina, se sienta en un vagón del metro o se planta en el asiento del rincón de la micro más oscura mientras cuenta los minutos para encontrar un lugar seguro. Un lugar que probablemente no será su escuálido departamento, ni las paredes que se enciman sobre las otras, ni el baño con una ampolleta roja, ni las sábanas sobre su cama. A veces es ese espacio de un metro de longitud que está entre la reja de fierro de su edificio y el primer escalón hasta el primer piso. Ese espacio muerto que deja algo atrás y parece anticipar otra cosa muy diferente.

Es como cuando esperabas un regalo que daba lo mismo, pero en el fondo no daba lo mismo. O cuando alguien te decía sí a algo sin esperarlo y esperándolo a la vez. O cuando te sonreían sin esperar que le sonrieras de vuelta. A veces Lullaby le gustaría volver al colegio sólo para disfrutar la sensación de salir al fin de él. Otras veces le gustaría volver a ver a su padre vivo sólo para conversar una puta vez y no decirle nada otra vez como siempre lo hacía.

A veces Lullaby llora hasta quedar hecha bolsa. Nadie la va a poder ver nunca haciéndolo. Lullaby es una experta en poner su cara bajo el agua de la llave mientras finge que nada ha pasado y mientras pretende decir todo lo contrario. Lástima que los buenos observadores siempre van a escasear para ver esa otra desnudez.