Lullaby y el primer acercamiento

En la vida que viene, Lullaby sabe que debe hacer muchas cosas; demasiadas cosas en realidad. Lullaby también sabe que el espejo de su baño será sólo un detalle que le muestre que el tiempo avanza hasta el fin de esta vida. También sabe que ese mismo espejo sólo será un detalle que le muestre que el tiempo avanza, pero contrariamente no se agota. Incluso sabe que ese espejo sólo será un detalle del inagotable tiempo que dibuja la comisura de sus labios cuando sonríe y piensa que sabe algo que nadie más sabe, pero sabe también que todo eso es una sensación más que un pensamiento.
Lullaby puede ser muy espontánea a veces y responder a preguntas. Incluso puede llegar a desarrollar sentimientos por alguien o por algo. Pero también suele ser la persona más lógica que pisa la tierra, estudiar cada paso y ponerse conscientemente a armar una conversación, fabricar una frase y construir uno de los tantos personajes que tiene de ella misma. Nada de esto es al azar. Menos las coincidencias que la hacen dar vuelta su cabeza, volverse inconsecuente y decir algo al momento que se arrepiente de haberlo dicho. Nadie lo nota mucho. Nadie nota mucho nada si conoce algo a Lullaby.
Lullaby está de frente al tipo del café. Lo observa detenidamente sin que él lo note. Si pensara que es un personaje de alguna historia, Lullaby ya le inventaría detalles de su pasado, razones de porqué se sienta en la misma mesa todos los días a la misma hora tomándose el mismo tipo de café, de las cosas que ocupan su cabeza mientras mira hacia la calle por la ventana y sopla el humo que lanza cuando fuma y mueve imperceptiblemente los labios mientras murmura algo para sí. El hombre ya no es joven, pero es lo menos que a Lullaby le puede importar; todo lo contrario. El hombre está acabando su café. El hombre se sorprende al escuchar una pregunta de Lullaby que casi fantasmalmente se planta frente a sus narices:
- ¿Por qué piensa eso?, yo en su lugar no lo haría, sino que pensaría todo lo contrario. Ya ve, los pantalones verdes suelen atraer la mala suerte, sobre todo si la cuchara del café la deja al lado izquierdo del platillo, sobre todo si la persona en cuestión no es zurda.
El hombre observa a Lullaby mientras le lanza todo ese discurso absurdo que, de absurdo, en realidad tiene muy poco.
- ¿Y si en realidad no estuviera pensando eso?- el hombre le responde-. ¿Si ese macetero en la terraza del cuarto piso del edificio de enfrente no estuviera en realidad a punto de caerse? ¿Y si el hecho de que lo yo estuviera mirando en el instante que usted se acercaba a mi mesa, no me dejara pensar con más detención en cuántos detalles he observado de usted todo este tiempo que tengo viniendo a este café?
- ¿Y cree que no sé? -responde Lullaby-. Por lo mismo y por todo, lo que usted está pensando en realidad es sólo una ilusión. No es bueno dar por sentado, ni conmigo, ni con los pantalones verdes, ni con el macetero, ni con la cuchara al lado izquierdo del platillo. Mi nombre es Lullaby y no le voy a decir por qué me llamo así. Menos le voy a explicar porqué trabajo acá, pero le puedo contar otras cosas, si usted decide contarme algunas cosas suyas.
-¿Como cuáles?, pregunta el hombre.
- Mañana, cuando venga a tomar su acostumbrado café le cuento. Ahora sólo le pido que no haga eso que estaba pensando cuando me acerqué. ¿Le puedo poner yo un nombre a usted?... Effing. Seguramente sabrá por qué. Es el personaje de un libro.
- ¿Uno de portada color rojo?
- Ese mismo y no, depende del momento en que lo haya leído. Hasta mañana.
- Jamás pensé que te llamaras de otra forma-, termina Effing que no es Effing pero para Lullaby sí en todas las formas posibles. Sólo es cosa de hacerlo realidad.









