
Lullaby nunca se ha imaginado cómo sería a los treinta o treinta y cuatro o cuarenta y dos años. A veces le da miedo pensarlo. Aún vivir en un departamento pequeñísimo, aún ser una maldita autista, aún comer cereales de chocolate con la mano de la caja, aún no ser feliz del todo.
¿Y si no llegara siquiera a los 29 años. Y si tuviera que irse de ese departamento mañana mismo. Y si su familia aún quedara resumida en un gramo de nada. Y si M ya no estuviera. Y si el hecho de probar ser distinta llegara a ser tan aburrido o tan poco creativo. Y si el hecho de no vestirse de negro, tuviera alguna mínima relación con el hecho de no ser tan oscura como algunos piensan?
Lullaby a veces piensa en una carrera corta para llegar a cualquier lado. Y se imagina sólo subiendo tres pisos para llegar a alguna parte. O esforzarse sólo un poco para conseguir algo, o esforzarse sólo cuando es estrictamente necesario, o sólo tener un poco de suerte. Lullaby nunca ha creído en los consejos ni en reestructurar la vida, ni en ser optimista ni en tener una mínima esperanza de algo. Todo lo que tiene que pasar, pasará igualmente. Las personas, las risas, los detalles, la compañía, etc, etc, etc.
Las cosas que pueden ocurrirle en el café donde trabaja quizás sólo sean parte de su imaginación, y ningún personaje excéntrico aparezca nunca; sino que más gente con pantalones y faldas que quieren fumar mientras cruzan sus piernas, toman su café con look y escuchan música que parezca de estilo. Incluso la imaginación de Lullaby no podría llegar a ser tan productiva ni lúcida ni sórdida ni original. Quien sabe.
Lullaby observa a M mientras duerme. Se pone a observar cada rasgo de su cara, se fija en su olor, en que se tapa la cara con la sábana, que pocas veces sueña, que nunca recuerda lo poco que sueña, que se duchará primero que ella, que se reirá de su pelo de bruja y sus ojos hinchados en la mañana, que nunca reconocerá las mismas ganas de Lullaby por tener un gato siamés que salte a la cama apenas sienta ruido, que no vea alguns cosas que Lullaby demuestra casi a gritos.
Lullaby necesita de vez en cuando que la abracen y que le digan que al menos a alguien le hace falta. Pero a Lullaby no le gusta decir ciertas cosas. A veces se imagina siendo una telépata capaz de transmitir lo que quiere sólo mentalmente, pero es sólo otra de sus fantasías. Lullaby nunca se ha imaginado cómo sería a los treinta o treinta y cuatro cuarenta y dos años. A veces le da miedo pensarlo, pero igualmente se muere por saberlo. Si no, no vale mucho la pena nada en realidad.



