viernes, septiembre 29, 2006

Lullaby con la luz apagada


Lullaby nunca se ha imaginado cómo sería a los treinta o treinta y cuatro o cuarenta y dos años. A veces le da miedo pensarlo. Aún vivir en un departamento pequeñísimo, aún ser una maldita autista, aún comer cereales de chocolate con la mano de la caja, aún no ser feliz del todo.

¿Y si no llegara siquiera a los 29 años. Y si tuviera que irse de ese departamento mañana mismo. Y si su familia aún quedara resumida en un gramo de nada. Y si M ya no estuviera. Y si el hecho de probar ser distinta llegara a ser tan aburrido o tan poco creativo. Y si el hecho de no vestirse de negro, tuviera alguna mínima relación con el hecho de no ser tan oscura como algunos piensan?

Lullaby a veces piensa en una carrera corta para llegar a cualquier lado. Y se imagina sólo subiendo tres pisos para llegar a alguna parte. O esforzarse sólo un poco para conseguir algo, o esforzarse sólo cuando es estrictamente necesario, o sólo tener un poco de suerte. Lullaby nunca ha creído en los consejos ni en reestructurar la vida, ni en ser optimista ni en tener una mínima esperanza de algo. Todo lo que tiene que pasar, pasará igualmente. Las personas, las risas, los detalles, la compañía, etc, etc, etc.

Las cosas que pueden ocurrirle en el café donde trabaja quizás sólo sean parte de su imaginación, y ningún personaje excéntrico aparezca nunca; sino que más gente con pantalones y faldas que quieren fumar mientras cruzan sus piernas, toman su café con look y escuchan música que parezca de estilo. Incluso la imaginación de Lullaby no podría llegar a ser tan productiva ni lúcida ni sórdida ni original. Quien sabe.

Lullaby observa a M mientras duerme. Se pone a observar cada rasgo de su cara, se fija en su olor, en que se tapa la cara con la sábana, que pocas veces sueña, que nunca recuerda lo poco que sueña, que se duchará primero que ella, que se reirá de su pelo de bruja y sus ojos hinchados en la mañana, que nunca reconocerá las mismas ganas de Lullaby por tener un gato siamés que salte a la cama apenas sienta ruido, que no vea alguns cosas que Lullaby demuestra casi a gritos.

Lullaby necesita de vez en cuando que la abracen y que le digan que al menos a alguien le hace falta. Pero a Lullaby no le gusta decir ciertas cosas. A veces se imagina siendo una telépata capaz de transmitir lo que quiere sólo mentalmente, pero es sólo otra de sus fantasías. Lullaby nunca se ha imaginado cómo sería a los treinta o treinta y cuatro cuarenta y dos años. A veces le da miedo pensarlo, pero igualmente se muere por saberlo. Si no, no vale mucho la pena nada en realidad.

lunes, septiembre 25, 2006

Lullaby y M


Cuando Lullaby cruza sus brazos, se le ven más delgados de lo que son en posición natural. Cuando Lullaby presiona sus brazos contra su cuerpo, le encanta que resalten ciertas venas. Cuando Lullaby cruza sus brazos y los presiona contra su cuerpo mientras se sienta en cualquier observando al parecer algo, nadie puede meterse en su espacio ni perturbarla un segundo. Lullaby no existe en ese lapso; es decir, sí existe pero sólo para ella misma y nadie más.

Lullaby está enamorada. No se lo ha dicho nadie porque a nadie realmente le debería importar si lo está o no, pero lo cierto es que las mejores cosas que le pasan en su vida no se las cuenta a nadie. Ni siquiera a una posible amiga; Lullaby sólo ha tenido una y sólo porque no era tonta. Ni siquiera a su familia; ya no queda un solo gramo de ella. Ni siquiera a personas pasajeras que parecen conectar con ella. Sólo guarda esas cosas como si alguien se las pudiera robar.

Tiene inicial M, y Lullaby lo conoció como conoce a la mayoría de las personas que le interesan: por accidente, por intuición y sin nada preparado previamente. Así siempre resulta mejor. Al menos el peor error que puedes cometer es no fingir algo ni alguien que no eres. Sin embargo, Lullaby finge doce horas al día; no horas seguidas pero sí sumadas en un total. Lullaby goza pedidamente cuando se transforma en una curiosa mitómana que sólo quiere experimentar con las reacciones. Eso sucede cuando Lullaby habla. Cuando se mantiene muda por casi todo el día, finge con los gestos, con las sonrisas, con los enojos, con el interés.

A Lullaby le encanta mirar a M y provocarlo y evitar llorar frente a él. A Lullaby le gusta quererlo sin demostrarlo mucho ni hacer demasiadas exageraciones. A Lullaby le gusta que mientras cruza sus brazos, los presiona contra su cuerpo y observa al parecer algo, ese algo sea algo parecido a un lugar. Después de todo, sólo sabe una cosa: ya no se quiere ir de ahí. M lo sabe perfectamente porque Lullaby en eso nunca ha podido mentir.

jueves, septiembre 14, 2006

Lullaby y su catálogo nostálgico de obsesiones


Lullaby odia la palabra odiar, pero lo cierto es que sus odios son tan numerosos que los empezó a llamar obsesiones. De vez en cuando, los junta, los rearma y los escribe sólo para acordarse de cuánto podría obsesionarse con ellos.

El olor de la cera depiladora. Los niños. Los guantes sin dedos. Los hombres que se cruzan de piernas como mujeres. Los teléfonos inalámbricos. Los pájaros enjaulados que cantan. Las galletas con crema que no se pueden separar. Los hombres que fuman caminando. Las mujeres que fuman sentadas. Las cabritas con mantequilla en los cines. El agua de la llave. Los artefactos blancos en el baño. Los lápices pasta de color azul. El frío con el viento. Los jeans. El sol sin viento. Las mujeres en grupo. Las mujeres que se ríen en grupo, las mujeres en general.


Lullaby odia la palabra amar. De vez en cuando junta las cosas que odia decir que ama, las rearma y las escribe sólo para acordarse de cuánto podría obsesionarse con ellas y decir cuáles son.

El olor a limón. El limón con sal. Los plátanos verdes. El sonido de las teclas del teléfono al marcar. Los ventanales sin cortinas. Los hombres que no parecen saber pero saben. La ropa que nadie más tiene. El sol cuando entibia. Las sábanas sin estampados. Los ceniceros de color negro. Las muñecas raras. Fumar con un café. Dejar que un gato te amase. Dejar que un hombre te quiera. Un libro de portada roja de un autor que empieza por P. El amor de un hombre con inicial M. Estirarse antes de acostarse. Dormir. Acostarse para no dormir. El sexo oral. Chupar dulces de frutilla. Y no mentir al sonreír.

lunes, septiembre 11, 2006

Say something, anything


Puedes pretender mirarme sin expresar el más mínimo sentimiento, y seguir demasiado cerca cómo me desmorono ante tus ojos, pero sin hacerlo del todo. Puedes buscar mi mirada con la tuya y no encontrarla tan rápido como quieres, e impacientarte y calmarte otra vez y seguir buscándola infructuosamente otra vez. Puedes pensar que yo pienso algo muy diferente de todo esto; después de todo, siempre hemos sido muy diferentes, muy opuestos, muy poco encontrables. Puedes intuir que te voy a esquivar un determinado número de minutos, pero ninguna de tus aproximaciones acertará del todo.

Revisarás mentalmente cada frase que me has dicho en las últimas dos horas, pero no encontrarás nada que me haya podido parecer extraño o insultante o fuerte o hiriente o demasiado “algo”. No sabrás nunca si el tono de tus frases es lo suficientemente ácido para herir a alguien porque igualmente nunca te darás cuenta de nada.

Puedes creer que esto no afectará en nada lo que hay aquí (lo que había aquí), y sonreír en forma nerviosa cruzando los dedos para que lo que hay aquí (o había) no se haya ido. Puedes darte vueltas con ese pensamiento por minutos, por horas, y no saber a ciencia cierta si el daño ciertamente fue un daño. Puedes pretender, pensar, esperar, mirarme, tocarme, seguirme, besarme, esperar, esperarme. Puedes hacer todo eso, pero todo lo que puedas hacer no tiene nada que ver conmigo y con lo que yo quiero hacer respecto a todo. Después de todo, siempre hemos sido muy diferentes, muy opuestos, muy poco encontrables.

lunes, septiembre 04, 2006

Lullaby y los juegos de servilleta


Lullaby se queda pensando un momento. Effing se queda pensando en el mismo momento. Ninguno de los dos piensa lo mismo, pero los dos piensan algo respecto al otro que ese otro nunca será capaz de imaginar. Es simple, quizás el acto más sencillo de todos; claro que sólo en un comienzo. Lullaby ya inició algo en donde un hombre vestido de personaje y llamado Effing se sumergió de alguna forma. Ya sabe que no puede echar pie atrás. Tampoco querría hacerlo. Siempre le han gustado las cosas que no tienen pie ni cabeza.

Lullaby se queda mirando como el lugar se va vaciando de gente a medida que se va llenando con otra diferente. No tiene ningún interés en hablarles o preguntarles por su mundo. Le parecen tan comunes que una respuesta sería insignificante comparado con lo que Lullaby esperaría. Quizás si de pronto iniciara otra conversación absurda como hace unos minutos con Effing, podría considerar esas últimas horas del día como aprovechadas, pero sabe que en el fondo no puede hacerlo. Sólo se puede hacer con ciertas personas.

Lullaby da vueltas sin darlas. Apenas mueve sus pies; después de todo, está en su trabajo; mientras menos detalles de para que comenten sobre ella y mientras adopte el personaje que más le acomode por unas horas, siempre será mejor. Mientras piense que ese café y esas personas y esas tazas extrañas forman parte de un extraño espejismo que está en esa calle particular por un determinado tiempo, Lullaby sentirá que no está perdiendo nada, sino esperando en una especie de túnel sin querer salir de él hasta nuevo aviso.

Lullaby se acerca a una de las mesas a tomar un pedido, pero alguien la sorprende por atrás entregándole un papel doblado. Mientras lo desdobla, Lullaby sonríe. Effing hizo el segundo acercamiento escribiendo un extraño juego de palabras y dibujos en una servilleta, pero a Lullaby poco le importa lo que lleguen a decir esas palabras o que de inmediato haya reconocido Effing, o que éste desapareciera en un par de segundos. A Lullaby sólo le interesa una cosa: que alguien por decisión propia quiera salirse de su propia historia y entrar en otra. Como un juego y como no.