martes, octubre 31, 2006

Carolina Moro sin Lullaby


Hubo un tiempo en que me gustaban los sombreros, pero nunca usé uno. Creía que al pasar frente a cualquier vidrio con reflejo, lo que vería de mí me parecería ridículo. No siempre me vestí de negro; incluso había los colores más inusitados en ciertas prendas que nunca me atreveré a contar. Supongo que el color que usas puede ser una extensión de tus rasgos. Supongo que tu forma de ser puede una extensión de tu conciencia. Pero no.

Ya ves. No me falta ni un solo pedazo. Soy importante para quien soy importante y con eso basta. Puedo darme el gusto que quiera (a veces). Puedos pasear sin un perro o sentarme sin fumar. Puedo mirar por tu ventana como una llovizna inexistente lo va mojando todo o el sol te quema la cara hasta dejarla inservible. Y quedarme ahí. Y pensar ahí. Pero nunca está todo; nunca puede estar todo.

Hubo un tiempo en que tenía el pelo largo y desordenado, me vestía de negro, usaba ropa extraña, miraba fijo, tenía más de tres gatos con nombres ridículos, caminaba por una calle que conocía muy bien, me detenía hasta un café y creía ver a alguien que quería ver. Y entraba y me sentaba y todo parecía comenzar.

Hubo un tiempo en que hubo descoordinación en el mundo, y entonces fue muy difícil poder encontrarse con la gente que uno querría encontrarse. Pero hubo un tiempo también en que las vidas eran más que una, y se podía vivir lo que no viviste en la anterior y tomar un café con quien querías pero no podías, y armarte una vida en blanco y negro como una fotografía facturada en tu imaginación.

Hubo un tiempo en que escribía sobre lo que me escribían, o sólo observaba cuando no me escribían. Incluso a veces ni yo misma escribía. Incluso a veces eso que no escribía era lo que finalmente quería escribir. Hubo un tiempo en que me gustaba jugar con las palabras y repetirlas como ahora. Incluso imaginar que ese tiempo pasado sigue hasta ahora mismo. Ya ves. Me encanta jugar mientras sé que sigo en este lado y en el otro, mientras se apague la luz o continúe malditamente encendida.

viernes, octubre 13, 2006

Lullaby – A Pain That I’m Used To


Increíblemente Lullaby sale de su departamento a las seis de la mañana. No lleva un bolso de viaje ni nada parecido. Ni siquiera lleva alguna chaqueta para abrigarse. Sólo nota que está empezando a llover cuando llega a la esquina después de volver a notar que no cerró con llave todas las chapas de la puerta. Es su día libre y no tiene idea de dónde va exactamente, pero no quiere mirar hacia atrás y sentir algo de arrepentimiento. Después de todo, ese día jamás va a ser igual que el anterior.

Mientras camina, piensa en que nunca pudo hacer bien los avioncitos de papel; ni siquiera un barquito con un papel cuadrado que pudiera flotar en el lavamanos. Menos pintar con témpera una rosa cromática en una hoja de block, tejer una bufanda con punto derecho, manejar una calculadora científica y calcular el tiempo en que un huevo tarde en cocerse bien. Pero qué importa, son detalles tan estúpidos que apenas le pueden preocupar a ella misma, pero no sabe por qué los demás se lo hacían notar a cada segundo.

Si la motricidad fina fuera una virtud; Lullaby ya estaría lejos de acá haciendo exactamente todo lo contrario para llevar la contra, como la está haciendo ahora; sólo porque alguien le dijo que todo en su vida en una rutina simplona que ni siquiera alcanzaba la más mínima variación con la versión que Lullaby tenía de todo. Sigue caminando, sigue viendo cómo la gente camina casi durmiendo hasta el metro, cómo el aire se llena de una mezcla extraña de perfume, cómo el perfume de ella misma no ha variado en años, cómo hay gente que usa paraguas a punto de botar a la basura, cómo no hay un maldito reloj en la calle, cómo los perros de la calle hablan con los ojos, cómo los colegios abren tan temprano, cómo se le ocurrió llevar la contra a alguien y salir a las seis de la mañana a recorrer Santiago. Cómo ahora piensa sólo en comer algo dulce.

Lullaby se cansa; no de caminar, ni siquiera de querer fumar siempre sola, menos de comer cereales directo de la caja, o batir yogurts en el supermercado para encontrar el más espeso, recordar el nombre exacto de sus cuarenta compañeras de curso, ver de vez en cuando fotografías de ellas misma, no haber tenido nunca un peluche, subir las escaleras de a dos escalones, insistir en no saber quien vive en su edificio, tener una ampolleta roja en el baño, odiar las toallas bordadas con el nombre, aborrecer la gente que lleva comida en tupperware al trabajo, o creer que algunos de esos detalles (otra vez) le pueden llegar a importar a alguien.

Lullaby ahora camina enojada sin detenerse siquiera ante una luz roja; para eso siempre será mejor cruzar a la calle de enfrente y caminar en zigzag. Para eso siempre será mejor caminar derecho mientras se imagina que uno es parte de una historia más interesante de lo que en realidad es, y que todo lo que pasa alrededor es sólo una mínima parte de lo que pasa en su cabeza. Porque lo que pasa en la cabeza es lo que a Lullaby la hace levantarse y mirarse al espejo sin pensar que el espejo le devuelve la versión de alguien a quien sólo querría matar a las seis de la mañana de cualquier día.

jueves, octubre 05, 2006

Lullaby odiando lo que NO se escribe de margen a margen


Chica oscura-chica rara-chica solitaria
Chica que se viste de negro
Chica con pelo desordenado
Chica de piel pálida
Chica de veintitantos
que odia las bicicletas
y nunca arrastra los pies

Chica que odia que la califiquen de simpática
Chica que odia los adjetivos facilistas
Chica que se mueve por las calles como si estuviera en otra parte
flotando algo, no tanto, mucho y nada

Chica que adora tanto salir como quedarse
Chica lista que es un pesar más que un plus.
Chica que sólo se puede adivinar en muchas fotografías
Chica rara, pero rara bien.


(Ahora te toca a ti...)

http://www.lullaby-lullaby.blogspot.com/