
Fue entonces cuando comencé a moverme hacia delante. Estaba tan furiosa y tan descolocada por lo que me había sucedido, que dejé de estar quieta. Caminé todos los días pisando como si quisiera castigar el suelo bajo mis pies. Al día siguiente hice lo mismo. Y al otro. Y luego al otro. Continué andando durante los próximos cuatro meses, avanzando lentamente hacia algún lado o ninguno en particular, deteniéndome en algunas partes por un minuto o dos. Durante las dos primeras semanas me sentí como golpeada por un rayo, aunque nunca en la vida me haya golpeado uno. Hervía dentro mío, pero luego, poco a poco, la ira se fue consumiendo y me adapté al ritmo de mis pasos aunque no estuviera realmente avanzando. Gasté un par de botas tras otro. Hacia el final del primer mes comencé a hablar de nuevo con la gente. Sentía que mientras me mantuviera caminando encontraría algo o no encontraría nada que finalmente sí me llevaría por descarte a encontrar algo. No tenía idea qué era ese algo o qué era ese nada que por descarte se transformaría en algo, pero “eso” ya lo habían ido formando mis pasos y sólo tenía que seguir andando para saber que me había dejado atrás a mí misma y que ya no era la persona que había sido (*).
Aquí es donde Lullaby y/o Carolina Moro vuelve a empezar, o continúa con esas burdas líneas que llevaba, pero hechas de otra forma que la versión anterior.
(*) Adaptación libre de cierto párrafo de El P d l L, de P. Auster.