sábado, junio 23, 2007

Lullaby en reversa y no


A cinco pasos exactos está la puerta con la letra D en un dorado sin brillo de la vecina asexuada sin edad definida y de nombre Gladys.

A ocho pasos exactos está la escalera asesina que extraña una alfombra para no resbalarse y morir.

A ocho pasos multiplicados por tres está la puerta de vidrio de la entrada. A dos pasos más el portón de fierro que alguna vez fue verde y que le recuerda algo de la noche anterior.

A veinticuatro pasos en reversa está la letra B de su departamento.

A dos pasos más en reversa una habitación con pocas cosas que finalmente parecen nada.

A tres pasos más en reversa está el ventanal que da a la calle y que nunca ha llevado cortinas ni las llevará.

A dos pasos más en reversa está el sofá cama, la estufa a gas, el chalón con cuadros rojos y grises, el jeans talla 38, la chaqueta que parece de cuero talla 12, los calcetines de lana de color rojo, las botas que felizmente los cubren, su gato Vicente y el chico que conoció la noche anterior y que aún duerme.

A un paso más en reversa está la ducha que suena sin nadie en el baño y las ganas furiosas de Lullaby por estar nuevamente sola en su departamento para sentir al menos que en unas horas más, ese chico estará de vuelta bajo el chalón, Vicente, los jeans talla 38, la chaqueta talla 12, y ella.

domingo, junio 10, 2007

Lullaby y la falda con tablitas de verde militar


Tranquila como dos pares de zapatos gastados debajo de la cama. Descuidada como el pelo enredado en la nuca. Robótica como el control exacto del agua tibia en la ducha. Sola como el único plátano en el canasto de las frutas. Lullaby se retuerce en la cama, de puro frío, de puro calor, de puro pensar en los adjetivos con los que puede comparar sus estados con sus cosas. Comienza a pensar en que no se ha sacado fotografías hace demasiado tiempo, que nunca es el momento apropiado, y que en realidad no hay una razón válida para no fotografiarse o hacerlo en cada estúpido momento del día como suelen hacer algunos.

Doblada como los perros dormidos en la calle. Molesta como los nudillos de su mano cuando está impaciente. Contenta como el gato que acaba de adoptar y que se desparrama sobre su cama y que se llama Vicente. Adolorida después de estar tantas horas de pie y después de estar tantas horas sentada. Cansada después de no ver nada interesante en días. Extasiada por nada en particular.

Y para Lullaby no es cosa de quedarse en la cama veinte minutos después que suena la alarma de su celular. Y no es cosa que su celular sea de prepago y de los más baratos. Y no es cosa de que haga demasiado frío y no quiera hacerle cariño a Vicente. Y no es cosa de que parezca una vieja loca y sola con un gato como esas locas viejas que viven en su edificio. Es cosa de saber que se acaba de comprar una faldita con tablas de verde militar y que de vez en cuando hace bien pensar incoherencias de corrido mientras no se puede dormir.