Lullaby and the same-new hair cut o something like that.

Sentada frente a una central telefónica, con un radio transmisor a un lado, con miles de papeles al otro, con un computador enfrente, un fax atrás, una caja de seguridad abajo, un asiento sin respaldo, un idioma portugués que milagrosamente mejora, un idioma inglés que no; un lobby de hotel que a veces se llena de maletas, un lobby de hotel que a veces le propone arrancar. Turnos horribles, salidas casi a medianoche hasta su departamento, dormir las horas libres que le quedan, ir al cine sólo los domingos en las funciones más caras y sola, andar vestida de señorita casi 20 horas al día, olvidarse de cómo se sienten los zapatos planos, no poder recordar lo que hacía o pretendía hacer mientras alguien escribía en un blog lo que Lullaby hacía o pretendía hacer.
Vicente está más gordo. Lullaby está más flaca. Ningún novio existe. Lullaby está planeando un viaje, pero no sabe si lo logrará hacer. Había una vez en que Lullaby se vestía de negro pero no era gótica; y había una vez en que Lullaby repetía justamente eso en forma majadera. Había una vez en que Lullaby deseaba siempre moverse, siempre conocer, siempre estar con zapatos distintos en un distinto lugar. Había una vez en que pasó un tiempo y Lullaby se perdió entre las cosas que hacía y dejaba de hacer. A veces Lullaby quisiera que alguien la rescatara, pero a veces le gustaría que no. A veces el cansancio la deja abatida en su sofá cama y su gato-amigo es el único espectador. Ojalá pudiera hablar, piensa Lullaby. Ojalá que todos pensaran así, piensa otra vez.





