
Hasta el día de hoy, Lullaby desconoce el motivo de por qué tantas muñecas en las Navidades. Ningún juego de ajedrez, ningún rompecabezas gigante de ciudades europeas, ningún autito de colección, ningún ferrocarril de juguete, ninguna autopista a control remoto, ningún diccionario, nada. Sólo seres inertes de pelo artificial, vestidos de flores, discos con canciones en la espalda, pestañas de jirafas, ropa interior de abuelita, zapatos de plástico y calcetas blancas con bordes calados. Hasta el día de hoy y sin saber por qué, Lullaby recuerda el nombre que le puso a cada una de ellas pese a odiarlas hasta el cansancio y hacerlas sufrir en los juegos que inventaba cada año para mortificarlas.
A esa edad, no asociaba el nacimiento, el pesebre, los reyes magos, la cena familiar, cantar canciones que daban vergüenza ajena o esperar hasta la medianoche para abrir los regalos. Sólo sabía que sus condenadas muñecas sumarían otras integrantes a sus filas cada 24 de diciembre en la noche.
Las ponía sobre su cama apoyadas en la pared y empezaba maldiciéndolas, gritándoles estúpidas, imbéciles, oportunistas, descerebradas, putas, feas, gordas, pobres y vendidas. Desconocía algunos significados, pero no importaba, sabía que eran algo malo y que ellas los merecían. Luego las mechoneaba hasta sacarles pedazos de pelo. Minutos después les sacaba la ropa interior y exponía su entrepierna a las demás. Más tarde les sacaba toda la ropa y la llenaba de tierra. Un poco después les sacaba las pestañas hasta dejarles los párpados caídos y les dibujaba cicatrices en la cara. Las volvía a sentar en la cama apoyadas en la pared y les hacía clases. Todas recibías castigos por no saber nada. Les hacía pruebas sólo para ponerles la peor nota en un libro. Les leía un cuento y las torturaba para saber si habían puesto atención. Segundos después las cacheteaba. Finalmente, las ponía dentro de una bolsa y las dejaba debajo de la cama hasta el día siguiente.
Una Navidad, cuando Lullaby tenía 11 años, su madre descubrió la bolsa debajo de la cama y casi le dio un infarto. No le preguntó nada a su hija. Ni siquiera se tomó el tiempo de retarla hasta quedar ronca. Sólo tomó la bolsa y la tiró a la calle. Lullaby no se dio cuenta hasta unas horas después. Ya no jugaba con ellas hace años. Sólo sabía que estaban debajo de la cama juntando polvo y años. Se puso como loca y la empezó a buscar la bolsa en todas partes. Nada. Buscó hasta en la calle. Nada. El último recurso era preguntarle a su madre. Cuando lo hizo, ella no le respondió. Horas después tampoco dijo nada. Esa Navidad fue la más triste que alguien puede recordar. Esa Navidad no hubo ni un solo regalo para Lullaby.
Su madre nunca le dijo lo que hizo con las muñecas. A Lullaby ya no le importaba. Sólo sabe que nunca más recibió un regalo de ella. Sólo sabe que nunca más le regaló algo a su madre. Hoy es 24 de diciembre y será lo mismo que todos los años. Lullaby saldrá temprano y no volverá hasta el 25 en la noche cuando nadie esté despierto y cuando nadie le pregunte o le cuestione ninguna maldita cosa que haga en el presente o haya hecho en el pasado. El árbol de Navidad existe, pero sólo hay regalos para sus odiosas hermanas pequeñas y sus odiosas pequeñas vidas.
¿Triste día? Depende de lo que adivines en la cabeza enredada de Lullaby. De repente extraña a sus muñecas y cada nombre de ellas, pero un solo golpe de conciencia la hace volver a su mutismo y su encantadora forma de ver la vida.
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