miércoles, noviembre 30, 2011

Lullaby y Facebook


Al menos Lullaby tiene un computador. Al menos Lullaby tiene una conexión a Internet. Y con eso parece bastarle mientras rearma su personaje, su cabeza y su vida otra vez (en la habitación que tenía de niña y en la casa que tenía de niña hasta volver a vivir sola otra vez).

La secuencia es así. Sobre esa cama de niña, Lullaby pone su notebook y abre inmediatamente todas las páginas que le interesan. Cuando ya lleva diez, decide inventarse otra historia, otro nombre y ponerse a fingir descaradamente: Lullaby se crea un perfil de Facebook. Nadie la conoce ni nadie se come las uñas por conocerla tampoco. Lullaby sólo deambula como una maldita voyeurista sin sueño entre tanto perfil y tanto amigo que se presenta como uno, pero que sólo hizo un click para aceptar su invitación.

Es una delicia para ella hacer eso. Casi se saborea los labios al descubrir que una cosa lleva a la otra, y que las compañeras de colegio están casi obesas, que algunos novios del pasado están casados, y que otros siguen tan oscuros como los meses pasados con ella en un Santiago que a veces cuesta reconocer.

Entonces las preguntas caen como bombas de agua en medio de una primera-verano apestosa. ¿Por qué es tan importante hacer click en un “Me gusta” cuando nadie ve o lee nada en profundidad? ¿Por qué es tan importante etiquetar a la gente en las fotos como si fueran público de un programa de TV de los ochenta? ¿Por qué hay que decretar el estado amoroso: en una relación, comprometido, casado o si le hiciste sexo oral a un conejo? ¿Por qué hay que compartir enlaces de otros para que vean que aprecias lo que se dignaron a buscar y poner en su muro? ¿Por qué tienen que escribir comentarios tan estúpidos como “qué calor, estoy comiéndome un helado” o “la cagó la cerveza de este bar” y acto seguido hacer un link al intrascendente lugar donde están? ¿Por qué esto de mostrarse en FB le puede servir a Lullaby de alguna forma? ¿Por qué hay que exhibirse como una maldita escultura viviente reseñando burdas andanzas que a nadie le pueden importar más que a ellos mismos?

¿Por qué no volver a los diarios de vida para eso? Quizás porque ya nadie cree en eso del papel y los candados. Quizás porque Lullaby es la rara en todo esto y no quiere transar. Quizás porque, en el fondo, no hay ninguna vida en ella que mirar. Entonces, Lullaby sigue fingiendo bajo un nombre falso todo lo que quiera fingir.

miércoles, noviembre 23, 2011

Lullaby y las gordas en el metro


El metro de Santiago apesta, pero al menos se ve limpio y se puede mirar más. Y si hay algo con lo que Lullaby se obsesiona es observar con curiosidad intimidante cada persona, cada ropa, cada cara, cada peinado, cada cartera, cada zapato, cada uña, cada cuerpo, cada cana, cada caspa, cada espinilla, cada aro en la nariz, cada tatuaje y cada reflejo de sí misma y de los demás en las puertas.

Y tal como ella analiza de forma molesta, a ella la descueran con la vista, pero no con un afán sexual, pero no hombres precisamente. Sólo es descuerada en algo extraño que hacen las mujeres cuando se encuentran con otras mujeres: mirarlas con odio o mirarlas con envidia. No hay más opciones. Y ahí Lullaby tiene la duda.

Lullaby es delgada, muy delgada. Flaquísima en realidad como una niña de 15 años. Y si hay algo que las mujeres odian es toparse de frente con otra mujer más flaca que ella. Puede caer una bomba y destruirlo todo, pero nacerá otra generación de mujeres y tendrán la misma fijación-envidia-odio con los huesos de otra.

Desde que cruza las puertas del vagón y se toma de algún fierro empotrado para afirmarse, Lullaby es víctima de las miradas de las gordas del metro. Gordas jóvenes, gordas viejas, gordas alternativas, gordas no tan gordas, gordas muy gordas y rellenitas en general. Si fuera envidia, no se entiende porque se ven contentas, yendo o viviendo de un trabajo estable con un sueldo estable, con anillos de casadas, con novios guapos al lado de ella, con bonita ropa, con teñido de pelo y todo, pero algo en sus cabecitas apunta con maldad a una Lullaby que no tiene donde caerse muerta, con más novios desechables que vivos, sin trabajo y sin nada firme (real o imaginario) de lo cual pueda aferrarse en realidad.

Lullaby a veces desearía vivir sus vidas y regalarles su cuerpo huesudo sólo para que vean que siempre será mejor quedarse con interminables rollos en el cuerpo que con interminables rollos en el alma y la cabeza. Entregarles en una bandeja su clavícula, sus piernas de niña, sus pechos de bailarina, sus costillas, sus pantalones talla cero y sus vestidos comprados en la sección infantil sólo para que confirmen in situ que ser muy delgada también tiene sus costos frívolos y de los otros. Pero sólo a veces, en otras ocasiones no regalaría ni un milímetro de ella misma a nadie.

sábado, noviembre 19, 2011

Lullaby - Enjoy The Silence


A veces basta sólo un centímetro de maldad para dar vuelta la cara a alguien y restregarle sus debilidades sin más remedio que esperar que ese alguien te odie por siempre. Y Lullaby lo hizo. Fue capaz de matar la ilusión y el ego del último pobre novio que la acompañó más tiempo del que ambos hubieran deseado.

A veces basta sólo una decisión para partir de cero, dejando a la suerte de la vida los recuerdos. Por eso, después de cuatro años en un submarino hotelero de falsas cuatro estrellas, Lullaby decidió irse o se las arregló astutamente para que la despidieran. Eso sólo Lullaby lo sabe (y los del hotel, claro, pero nunca se toparán con ella en la misma vida al menos).

Y al abandono del novio y del trabajo de mierda, siguió el fin del arriendo de su departamento. Lullaby aún recuerda cuando trabajaba como garzona en un café con estilo (el de ella y el del café) y apenas podía costear una mugre de un ambiente que ni siquiera tenía una cama. Y más viene a su memoria el odio que sentía hacia ese mundo: odiaba no tener plata, odiaba tener talla de niña y odiaba ser sólo la chica de negro que servía cursilerías a gente cursi. Pero claro, era libre; tanto como si ni siquiera ahora pudiera recordarlo con detalle.

Ahora no. Lullaby estaba presa de la decisión de abandonar esa libertad y haberse metido ella misma a una cárcel sin abogado defensor y sin amigos tránsfugas dentro llamada “trabajo-anterior-sólo-por-plata-y-estabilidad-y-una-sarta-de-estupideces”. Porque desde decidir irse del hotel, efectivamente irse, vanagloriarse de esa huida, hasta darse cuenta que ahora ya hay que partir otra vez con los bultos de la conciencia y las maldades de su corazón, es otra cosa muy distinta.

Entonces Lullaby sólo decide respirar el silencio, mientras rearma en su cabeza cómo llenar sus zapatos, pintarse sus labios rojos, vestirse más de mujer que de niña, desordenar su pelo y dar un portazo a la casa en que vive ahora, cuyo único tesoro es su notebook y su conexión a Internet.

viernes, noviembre 11, 2011

Lullaby "Four Stars" (capítulo original)



Lullaby desea imperiosamente levantarse de esa vereda y poner sus pies sobre el cemento para hacerlos caminar hacia adelante sin siquiera pensar en la palabra reversa. Pero decide tomarse unos minutos más escuchando el ruido de la gente que pasa, los autos que corren, la gente que habla, las tiendas que abren, los pendejos que apuran el tranco para llegar a otra clase maldita en el colegio.

Menos mal que Lullaby salió impune del suyo sin dudar siquiera que jamás regresaría a pisar su patio, sus salas, ni visitar a nadie, ni recorrer ningún puto lugar de su adolescencia. Para eso, mejor está reírse de la desgracia de pertenecer por una vida eterna a un colegio sólo de mujeres.

Y pensando en las mujeres (o en nada en realidad), y mientras camina hacia adelante esta vez, Lullaby decide revivir de a pedazos en su cabeza los extraños momentos vividos en el hotel. Aún recuerda más vivo que nunca el día en que llegó. Una gordita con un inglés perfecto le mostró en un principio cómo era todo, qué debía hacer, con quiénes trataría, los jefes estúpidos que tendría, los jefes perdedores que creerían ser jefes de ella, las comisiones que ganaría y los turnos de mierda que llevaría. Lullaby odió todo desde el primer minuto: el hotel, el trabajo, la gordita, los jefes estúpidos, el uniforme que usaría, los turnos de noche, el inglés perfecto que nunca alcanzaría y el hoyo en que se estaba metiendo con zapatos y todo sin pensarlo mucho.

Tragó saliva y trajo a su mente la mirada irónica que, creía, siempre la salvaba de todo. Se puso frente a la pantalla de la recepción del hotel, cerró los ojos, y trató de visualizar su edificio viejo, su departamento con un arriendo que pagar, su trabajo anterior en un café que sólo le sirvió de nada, sus novios que la hicieron perder el tiempo, su gato que engordaba más que ella, su familia inexistente y su vida que caía a pedazos aún antes de empezar algo nuevo. A Lullaby no le quedaba otra opción para elegir.

Después, días más tarde, vendrían los recepcionistas con déficit mental, las mucamas explotadas, la ama de llaves que hablaba mal, los guardias que daban pena, los robos y la dinámica tercermundista de un hotel de cuatro estrellas en el barrio alto de Santiago que, finalmente, era una grosera mentira disfrazada de lujos.

martes, noviembre 08, 2011

Lullaby is back!!! (al fin) Capítulo original



Lullaby se repone de un sueño incómodo, tratando de recordar cómo pasó el tiempo y cómo pasó ella por encima y por debajo de él. Años oscuros en que vivió bajo un puente sin vivir literalmente bajo uno. Sólo trabajó por cuatro años en un hotel.

Primero abre los ojos lentamente. Acomoda sus brazos, estira sus piernas, ordena-desordena su pelo oscuro, y despierta. Al fin Lullaby despierta. Su pequeño departamento del pasado ya no existe. Tampoco su gato Vicente, ni sus novios, ni su sofá-cama, ni sus zapatillas con cordones sueltos, ni sus zapatos con tacos del trabajo, ni la planta de marihuana que alguna vez ocupó su balcón.

Como esas enfermedades malditas, Lullaby adoptó en el hotel síntomas que no le pertenecían, pero que hizo suyos porque necesitaba dejar de soñar, ser más práctica y sobrevivir. Vivió estúpidas situaciones, conoció gente estúpida, se relacionó con pasajeros estúpidos, habló un inglés estúpido, tuvo jefes estúpidos, se vistió con un uniforme estúpido, ganó un sueldo estúpido y fue dueña de una vida estúpida.

Respiraba sólo cuando salía a fumar al estacionamiento. Y sólo ese espacio impersonal al lado de basureros y autos de marca con patentes extranjeras, la hacía volver a sus sueños sólo por los minutos que duraba su cigarro encendido. Luego un par de puertas. Luego las escaleras. Luego el piso brillante, el lobby de un hotel, la central de llamadas, un sistema hotelero arcaico en el computador, la silla maldita, la blusa blanca, la falda ajustada, las medias negras, los zapatos con taco, los ojos tristes y los años que pasaron.

Lullaby se sienta intempestivamente en su cama. Mira hacia la ventana y, de pronto, siente ganas de romperla con los puños sólo para comprobar que aún hay vida después del vidrio, y que es hora finalmente de despertar y olvidar esa pesadilla de trabajo. Rompe la ventana. Sale corriendo por la puerta. Baja a saltos la escalera. Pone sus pies en la calle y respira un aire distinto al pasado. Se sienta en la acera y ve con rabia cómo todo ha cambiado después de todo. Cierra los ojos y jura por su muerte, que a la misma hora que alguien escribe esto, estará de vuelta.

Y Lullaby finalmente regresa.