
Al menos Lullaby tiene un computador. Al menos Lullaby tiene una conexión a Internet. Y con eso parece bastarle mientras rearma su personaje, su cabeza y su vida otra vez (en la habitación que tenía de niña y en la casa que tenía de niña hasta volver a vivir sola otra vez).
La secuencia es así. Sobre esa cama de niña, Lullaby pone su notebook y abre inmediatamente todas las páginas que le interesan. Cuando ya lleva diez, decide inventarse otra historia, otro nombre y ponerse a fingir descaradamente: Lullaby se crea un perfil de Facebook. Nadie la conoce ni nadie se come las uñas por conocerla tampoco. Lullaby sólo deambula como una maldita voyeurista sin sueño entre tanto perfil y tanto amigo que se presenta como uno, pero que sólo hizo un click para aceptar su invitación.
Es una delicia para ella hacer eso. Casi se saborea los labios al descubrir que una cosa lleva a la otra, y que las compañeras de colegio están casi obesas, que algunos novios del pasado están casados, y que otros siguen tan oscuros como los meses pasados con ella en un Santiago que a veces cuesta reconocer.
Entonces las preguntas caen como bombas de agua en medio de una primera-verano apestosa. ¿Por qué es tan importante hacer click en un “Me gusta” cuando nadie ve o lee nada en profundidad? ¿Por qué es tan importante etiquetar a la gente en las fotos como si fueran público de un programa de TV de los ochenta? ¿Por qué hay que decretar el estado amoroso: en una relación, comprometido, casado o si le hiciste sexo oral a un conejo? ¿Por qué hay que compartir enlaces de otros para que vean que aprecias lo que se dignaron a buscar y poner en su muro? ¿Por qué tienen que escribir comentarios tan estúpidos como “qué calor, estoy comiéndome un helado” o “la cagó la cerveza de este bar” y acto seguido hacer un link al intrascendente lugar donde están? ¿Por qué esto de mostrarse en FB le puede servir a Lullaby de alguna forma? ¿Por qué hay que exhibirse como una maldita escultura viviente reseñando burdas andanzas que a nadie le pueden importar más que a ellos mismos?
¿Por qué no volver a los diarios de vida para eso? Quizás porque ya nadie cree en eso del papel y los candados. Quizás porque Lullaby es la rara en todo esto y no quiere transar. Quizás porque, en el fondo, no hay ninguna vida en ella que mirar. Entonces, Lullaby sigue fingiendo bajo un nombre falso todo lo que quiera fingir.

