lunes, diciembre 26, 2011

Lullaby y el desnudo frontal


Su mano cae intencionalmente sobre sus piernas. Sus dedos suben bajo el borde del vestido hasta su ropa interior. Hoy es de color blanco, pero mañana puede ser negra y pasado mañana puede ser inexistente. La atrapa entre el dedo índice y el pulgar, y la tira hacia abajo hasta caer a los tobillos. La deja ahí.

Ahora sus manos van hacia sus hombros. Mueve los tirantes de su vestido hasta que se desmayen sobre sus brazos. Lullaby no lleva sostén hoy. Tampoco ayer ni anteayer. Nunca usa uno. Basta mover su cuerpo un poco para que su vestido caiga rápidamente hasta los tobillos también.

Entonces levanta casi ciegamente su pie derecho y lo desliza hacia un lado. Levanta su pie izquierdo y tira toda la ropa acumulada en el suelo hacia delante. Entonces ya no haya nada que cubra su cuerpo. Ni siquiera un pequeño vello asoma en su piel. Lullaby da pequeños pasos en su habitación hasta quedar frente a un espejo grande.

Lullaby comienza casi quirúrgicamente a analizar cada pedazo, cada recoveco, cada lunar y cada peca que hay. Observa su cuello delgadísimo, sus hombros con clavículas asomadas, pecas entremedio y más abajo. Ahora morbosamente se queda en sus pechos. Son tan de niña que parecen perfectos, pero no lo son. Asoman dos cicatrices pequeñas de dos operaciones del pasado. Una mide 3 cm. La otra, 4. Una está bajo un lunar. La otra, no. Sus pezones erectos son como los de una niña de 13. Su aréola es rosada como el rubor de la vergüenza. Pero ella no es una niña virgen de esa edad. Todo lo contrario en realidad.

Después asoman sus costillas. Lullaby pesa 40 kilos. Pero ahora está en 39. El viernes que viene probablemente pese 38. Metabolismo o enfermedad encubierta o sólo el cuerpo que cambia. A veces la miran en la calle por delgada, pero ella es tan fuerte como un poste de luz en una esquina. Tan terca como una sirena de ambulancia en las calles. Tan persuasiva como una piedra en el zapato.

En el centro de las costillas hay otra cicatriz. Una grande. Una de casi 40 centímetros que cae vertical hacia su sexo. Eso fue de otra cirugía y de otro pasado también. Casi ni se nota, pero se nota igual. Hay que amarla igual que a Lullaby. Es parte de su cuerpo, de su encanto y de su maldad. De abdomen abultado, no hay nada. Es tan plano que provoca envidia. Más abajo, su depilado de muñeca infantil que a nadie deja indiferente. De hecho, provoca toda clase de perversiones.

Como hilachas colgando, sus piernas se desprenden de sus caderas angostas. Parecen de niña otra vez, pero no son de niña. Tienen marcas de caídas y atropellos. Algunas venas se asoman imperceptibles. Son delgadas pero no son hilachas; sólo lo parecen. A Lullaby le encantan.

Y termina con sus pies de bailarina. Pequeños con número 35 y a veces 36. Son lo contrario de gordos y están tostados por el sol tal como su piel entera. Lullaby no va a la playa casi nunca. Sólo se arrastra por las calles con ropa negra mientras todo se calienta en su cuerpo y en su cabeza. Entonces basta detenerse unos segundos en alguna parte e imaginar su propio cuerpo desnudo otra vez. Pero ahora no frente a un espejo, sino frente a alguien más.

sábado, diciembre 24, 2011

Lullaby y el otro 24


Hasta el día de hoy, Lullaby desconoce el motivo de por qué tantas muñecas en las Navidades. Ningún juego de ajedrez, ningún rompecabezas gigante de ciudades europeas, ningún autito de colección, ningún ferrocarril de juguete, ninguna autopista a control remoto, ningún diccionario, nada. Sólo seres inertes de pelo artificial, vestidos de flores, discos con canciones en la espalda, pestañas de jirafas, ropa interior de abuelita, zapatos de plástico y calcetas blancas con bordes calados. Hasta el día de hoy y sin saber por qué, Lullaby recuerda el nombre que le puso a cada una de ellas pese a odiarlas hasta el cansancio y hacerlas sufrir en los juegos que inventaba cada año para mortificarlas.

A esa edad, no asociaba el nacimiento, el pesebre, los reyes magos, la cena familiar, cantar canciones que daban vergüenza ajena o esperar hasta la medianoche para abrir los regalos. Sólo sabía que sus condenadas muñecas sumarían otras integrantes a sus filas cada 24 de diciembre en la noche.

Las ponía sobre su cama apoyadas en la pared y empezaba maldiciéndolas, gritándoles estúpidas, imbéciles, oportunistas, descerebradas, putas, feas, gordas, pobres y vendidas. Desconocía algunos significados, pero no importaba, sabía que eran algo malo y que ellas los merecían. Luego las mechoneaba hasta sacarles pedazos de pelo. Minutos después les sacaba la ropa interior y exponía su entrepierna a las demás. Más tarde les sacaba toda la ropa y la llenaba de tierra. Un poco después les sacaba las pestañas hasta dejarles los párpados caídos y les dibujaba cicatrices en la cara. Las volvía a sentar en la cama apoyadas en la pared y les hacía clases. Todas recibías castigos por no saber nada. Les hacía pruebas sólo para ponerles la peor nota en un libro. Les leía un cuento y las torturaba para saber si habían puesto atención. Segundos después las cacheteaba. Finalmente, las ponía dentro de una bolsa y las dejaba debajo de la cama hasta el día siguiente.

Una Navidad, cuando Lullaby tenía 11 años, su madre descubrió la bolsa debajo de la cama y casi le dio un infarto. No le preguntó nada a su hija. Ni siquiera se tomó el tiempo de retarla hasta quedar ronca. Sólo tomó la bolsa y la tiró a la calle. Lullaby no se dio cuenta hasta unas horas después. Ya no jugaba con ellas hace años. Sólo sabía que estaban debajo de la cama juntando polvo y años. Se puso como loca y la empezó a buscar la bolsa en todas partes. Nada. Buscó hasta en la calle. Nada. El último recurso era preguntarle a su madre. Cuando lo hizo, ella no le respondió. Horas después tampoco dijo nada. Esa Navidad fue la más triste que alguien puede recordar. Esa Navidad no hubo ni un solo regalo para Lullaby.

Su madre nunca le dijo lo que hizo con las muñecas. A Lullaby ya no le importaba. Sólo sabe que nunca más recibió un regalo de ella. Sólo sabe que nunca más le regaló algo a su madre. Hoy es 24 de diciembre y será lo mismo que todos los años. Lullaby saldrá temprano y no volverá hasta el 25 en la noche cuando nadie esté despierto y cuando nadie le pregunte o le cuestione ninguna maldita cosa que haga en el presente o haya hecho en el pasado. El árbol de Navidad existe, pero sólo hay regalos para sus odiosas hermanas pequeñas y sus odiosas pequeñas vidas.

¿Triste día? Depende de lo que adivines en la cabeza enredada de Lullaby. De repente extraña a sus muñecas y cada nombre de ellas, pero un solo golpe de conciencia la hace volver a su mutismo y su encantadora forma de ver la vida.

viernes, diciembre 23, 2011

Lullaby sin piel


Lullaby se arma de gramos. Sin tener demasiados en su cuerpo, es capaz de juntar millones para andar, para hablar, para vestirse sin ropa, para conectarse con los demás. En esa competencia interna para juntar siempre gramos más que el día anterior, Lullaby a veces se desarma y se queda sin piel.

Hay días en que sus pies se arrastran hasta llegar a algún lugar. Hay días en que sólo mira el suelo buscando basuras microscópicas e imperfecciones. Hay días en que no hay música de fondo, ni excentricidades, ni amores lúdicos, ni novios oscuros, ni escenas raras de sexo en su cama, ni desnudos de ella o de nadie, ni departamentos olvidados en el centro, ni casas maternas a las que volver.

Entonces Lullaby respira tan hondo que parece ahogarse. Se desploma en su cama pequeña que, aún así, le queda grande, y se tapa los ojos con las manos. De hecho, los presiona hundiéndolos como dos bolas que insisten flotar en alguna piscina. Lo hace hasta que le duelen los párpados y hasta que ese dolor se hace insoportable. Lo hace sin razón. Lo hace desde que tiene memoria y porque cerrar los ojos no siempre significa dejar de mirar.

Y no le gustan muchas cosas que mira. Y odia muchas cosas que piensa. Y reprocha muchas cosas que siente. Y aborrece que sólo su nombre sea lo atractivo de todo, aunque no sea el del bautizo, aunque se lo haya inventado hace mil años y aunque lo haya sacado de una canción The Cure que nunca ha sido su canción preferida.

Una vez, Lullaby mencionó a uno de sus novios con una inicial cuando no se merecía ni eso. Fue la única vez que mencionó al menos algo que pueda parecer a un hombre cerca de ella. Pero lo cierto es que ha habido varios, muchos en realidad. Ninguno para ser nombrado en alguna historia. Ninguno para ser recordado con ojos brillosos ni dientes blancos en la boca. Excepto uno. Uno del pasado y del presente. Pero eso es un secreto que Lullaby hasta mataría por proteger.

Entonces la cama pequeña de pronto se hace insoportable como el dolor en sus párpados. Ya se cansa de arrastrar los pies y buscar basuras minúsculas mientras no escucha nada y escucha demasiado. Se sienta de golpe en el borde, y se ríe cada vez que piensa en sus excentricidades, en sus personajes oscuros, en su sexo extraño e increíble, en su departamento olvidado que recuperará en unos meses, en el encanto de lo que mira, lo que piensa o lo que siente, y en la posibilidad de llamarse como se llama sin ser mascota ni muñeca de nadie.

Por eso la piel que escasea, lo hace sólo por minutos o posibles horas. No se descuentan gramos de sus escasos kilos. Nadie muere cuando eso pasa. Ni siquiera ella misma está al borde de nada. Es sólo un juego interno que hace su conciencia para convencerse que no podría haber otra versión triste o frágil de ella que se llame Lullaby.

viernes, diciembre 16, 2011

Lullaby y los relatos eróticos (continuación y final)


Lullaby escuchó “Absolutamente” en la boca de él casi como un susurro atragantado, casi como si la saliva les quedara atrapada en su esófago sin querer avanzar o retroceder arrastrándose a su lengua. Entonces ella se inclinó hacia atrás, apoyó su cabeza en la almohada mientras con sus ojos le indicaba que él hiciera lo mismo a su lado.

Entonces seguió con el relato de la mujer excitada de la calle, con el acople furtivo en un departamento. Él deseaba interrumpir el relato de Lullaby y de esta mujer ficticia acariciando sus piernas, rozando con sus dedos la piel de sus caderas, su vientre, sus pechos, sus hombros y su cuello. Pero Lullaby lo detenía con su mano casi por acto de reflejo, y le decía que no. Le repetía que mantuvieran sus manos alejadas, que ya habría tiempo para eso.

- ¿Y para sexo, habrá tiempo para sexo? – él preguntó

- Claro, siempre. Si es que escuchas la historia. Si es que te quedas callado de una puta vez – Lullaby vomitó de su boca ya impaciente.

- Bien

- Me parece

Lullaby proseguía: La mujer no quería que nadie la penetrara ese día. No buscaba sexo cuando lo buscó a él. La mujer sólo deseaba probar ciertas cosas, desafiar ciertas teorías. Quería, en el fondo, jugar a ser actriz porno sin hacer las escenas precisas de ese cine. Pero el tipo que la acompañaba no sabía eso; sólo tanteaba en su mente cuándo sería el momento justo de acudir rápido al cierre de su pantalón para bajarlo. La mujer quería empujarlo a esa situación y, en ese preciso segundo, dar vuelta toda la historia. Era peligroso. La mujer se daba cuenta de eso. Pero recordemos que esta mujer no existe, es sólo parte de mi historia, sentenciaba Lullaby.

La mujer rodeaba al tipo unas cuantas veces. Les sacaba sus manos de su cintura unas cuantas veces también, corría elegantemente su cara para no darles nada que se pareciera a un beso. En eso estaban un buen rato hasta que como yo, caminaban a su habitación, a su cama. El tipo la seguía y la mujer lo obligaba a sentarse de espaldas hacia ella. Segundos después se levantaba a apagar la luz, pero esta vez la mujer estaba totalmente desnuda.

-Un segundo, ¿acaso no es lo mismo que hemos hecho nosotros hasta ahora? – preguntó extrañado el chico de Lullaby

-Sí, exactamente lo mismo – responde sarcástica ella

-Entonces esa historia no es inventada de antes. ¡La estás inventando ahora! -

-Sí, exactamente eso – sentenció Lullaby otra vez

-Y para qué tanto preámbulo. ¡¡Para qué tanta cosa!! –

-Para eso. Para que te impacientes. Te pares de una estúpida vez de esta cama y te vayas de aquí.

-No me voy a ningún lado sin antes acostarme contigo – el chico dijo sin ego y rabioso.

-Perfecto. Puedes pretender lo que quieras. Pero antes quiero que veas a alguien – responde Lullaby.

Entonces, de la nada, aparece un hombre por la puerta. El tipo lo mira. Lullaby mira al tipo. El hombre observa a los dos.

-Él ha estado escuchando y viendo todo – toma al fin la palabra Lullaby

-Ja. No me digan que quieren hacer un trío ahora

-No, qué va. Sólo quiero que te vayas de acá pero no sin antes escuchar cómo termina la historia de la mujer.

Lullaby comienza a relatar otra vez: La mujer no quería tener sexo. Pero recuerda que la mujer no es real, es inventada. La mujer quería probar teorías. Por eso mismo, caminó desnuda a apagar la luz de la habitación, luego se acercó a él y se sentó en sus piernas. Justo cuando empezaba a menearse y sus manos comenzaban a perderse entre el cuerpo de él, se paró de pronto, sacó un encendedor de abajo de su cama, apuntó directo a sus genitales y dijo casi sin sonido: “Dime que es la última vez que me sigues hasta mi departamento y me miras con cara de baba mientras subo las escaleras y me pierdo”.

-Pensé que no lo habías notado – dijo el chico de Lullaby

-No, no lo noté. Acabas de decírmelo ahora, imbécil.

El tipo de Lullaby entendió sin entender nada. Se puso sus pantalones como pudo, tomó sus zapatos y se fue por la puerta mientras Lullaby y el hombre que la acompañaba, lo seguían con la mirada por las escaleras hasta finalmente verlo desaparecer de la escena y de sus vidas.

-Última vez que me presto para estas cosas raras tuyas – dijo el hombre recién aparecido en la historia

-¿Seguro?- preguntó dulcemente ella

-Absolutamente

-No digas esa palabra, que puedes arrepentirte –terminó Lullaby

domingo, diciembre 11, 2011

Lullaby y los relatos eróticos


Hace mucho tiempo atrás, en un periodo que ni siquiera recuerda bien, Lullaby decidió contar historias eróticas. Pero Lullaby no escribía; de hecho no poseía ningún talento literario. Estaba muy consciente de eso y no le importaba. Ella contaba relatos eróticos, pero a amantes justo antes quitarse toda la ropa y jugar.

Partía con una imagen que pensaba con los ojos cerrados. Para eso siempre recurría al cine, a imágenes que quizás haya visto cuando niña, cuando nadie se lo imaginaba, cuando entendía pese a no entender nada, cuando veía pechos de silicona, penes gigantes, entrepiernas depiladas a punto del desgaste absoluto y gemidos histéricos que retumbaban en las paredes mientras Lullaby rozaba su misma entrepierna de niña y fantaseaba con ser adulta al fin.

Entonces, ya adulta y sin fantasías quinceañeras, comenzó a ingeniárselas para atosigar con sus historias a quien quisiera compartir su cama. Pero sólo su cama. Para compartir la vida, quedaba mucho tiempo por delante.

Primero, se colocaba detrás de él con toda la luz posible de la habitación. Nada de velas, música o cosas cursis sacadas del inventario mental común. Les preguntaba por qué estaban ahí, por qué estaban ahí con ella, por qué querían tener sexo con ella, por qué estaban dispuestos a no comandar nada, por qué deseaban ser sumisos justo ese día, justo esa noche, justo en el instante preciso en que Lullaby les confirmaba de todas las maneras posibles que de amor o relaciones o manos tomadas por la calle, nada.

Después se levantaba a apagar toda la luz, pero esta vez ella ya estaba desnuda. Claro que cuando estaba de frente a él, la luz ya no existía. Algunos ya se estaban desnudando, otros no habían hecho ningún movimiento, otros ya estaban bajo las sábanas, otros tenían risas nerviosas, otros ya la odiaban y otros ya la amaban.

Detrás otra vez, pausas interminables de placer en que Lullaby sólo daba tiempo para que ellos reaccionaran. Le daba lo mismo qué hicieran; lo importante era que hicieran algo o no hicieran nada. Cuando impacientes de no escuchar ninguna instrucción, se daban vuelta hacia ella y Lullaby sólo les preguntaba:

-¿Quieres escuchar algo?

- ¿Sí? – decían con dudas.

- Es una historia simple que, aunque la odies, debes escucharla si quieres acostarte conmigo.

- ¿Bueno? – ya no sabían qué decir.

- Bien.

Lullaby comienza con el relato: Una mujer que puedo o no ser yo, caminaba excitada por la calle. Una calle que puede o no ser ésta. Se detenía cada tanto mientras recorría con su mente el sexo perfecto. No sabía dónde encontrarlo. Tampoco sentía esa excitación siempre. Pero ese día de esta historia, la mujer quería desnudarse frente a alguien. Imaginaba cómo conseguirlo, pero no quería parecer una puta. Quería jugar a hacerlo, pero no serlo en realidad. Sólo deseaba pasar la noche con alguien y contarle una historia.

Lullaby sigue: Muchos estaban dispuestos, así que preámbulos de búsqueda no habían. Después la dirección de su departamento. Más tarde una hora precisa en la noche. Mucho más tarde, la puerta que se abría y la pregunta de por qué querían hacer eso con ella, precisamente con ella. Casi todos respondían que porque oportunidades de sexo nunca se rechazaban. Sin dejar pasar un segundo, la mujer del relato pregunta fuerte “¿Quién dijo que yo buscaba sexo?”.

Entonces Lullaby sin relatos ahora, les sacaba algo de ropa cuando había. Desnuda se acercaba a la espalda de él (de cualquiera). La rozaba con sus pechos y deslizaba muy suave su depilado de ensueño después. Acercaba su boca a cada vértebra hasta terminar en su cuello. Luego, les tomaba la cara por detrás y los obligaba a mirarla en lo oscuro. Sólo adivinando la distancia entre los rostros, Lullaby seguía con su historia, pero esta vez no habría vuelta atrás ni para ellos ni para ella.

-¿Quieres seguir? – preguntaba ella.

-Absolutamente – decían casi todos.

martes, diciembre 06, 2011

Lullaby y sus pecados capitales


Lullaby reconoce claramente siete defectos que tiene desde siempre. Mentirosa, impuntual, torturadora de gatos, odio parido a los niños, ególatra, férrea creyente en la estupidez de las mujeres, y excéptica del amor en todas sus formas. Ignora cual defecto fue primero que otro. Tampoco entiende que los demás se fijen en ellos como si en eso se les fuese la vida. Lullaby sólo sabe que forman parte de su vida como sus 40 kilos, como sus pecas y como su piel.

Mentir es una delicia para ella. No lo hace propiamente como maldad, sino para desconcertar al resto. Para confundirlos y jugar con sus expresiones cuando creen en las historias que cuenta o cuando inventa una vida acerca de ella misma que, ni por cerca, puede parecerse en algo a la que vive. Es insoportablemente experta en eso.

Lo de impuntual lo sacó de su madre. Diríamos que es un defecto casi genético o heredado con desgracia desde la cuna. Lullaby nunca pudo desligarse de la sarta de mentiras que vomitaba a la directora del colegio para zafarse de los eternos atrasos. Lullaby no maneja las horas ni el tiempo ni los relojes ni cualquier número de alguna pantalla que indique que, sólo porque sí, hay que hacer las cosas a ciertas horas. Por eso juega al filo del despido en todos los trabajos que ha tenido. Para la mierda que han sido, qué menos le podía importar que la echaran.

Lullaby agarra del cuello a su gato como si quisiese ahogarlo. El tiempo que se toma depende el quejido del gato. Cuando parece que pide por favor con los ojos, ella se apiada y lo suelta. Ningún animal ha querido a Lullaby. Sólo están con ella porque es mejor eso que estar a la deriva en las calles. También los hace girar en el aire tomándolos de la cola para después lanzarlos y comprobar que estos malditos caen siempre parados. Eso lo hace de vez en cuando porque tiene la leve sospecha que ese gato llamará a todos los gatos de la cuadra para vengarse y matarla mientras duerme.

El odio a los niños es eso: odio a los niños. Qué más decir. Que menos mal que Lullaby ya no es una niña porque, si no, se odiaría a sí misma. Lo de ególatra es porque prácticamente se crió sola. Ningún adulto se hizo cargo de ella, a menos que fuera ir a la reunión de apoderados, lavarle su ropa y comprarle algún regalo insulso de cumpleaños o Navidad. Entonces le pareció que, de repente, se bastaba a sí misma para hacer lo que quisiera. Y de triste, nada. Todo lo contrario. Lullaby fue fuerte y se hizo adulta cuando todas sus compañeras idiotas juntaban esquelas de colores, comenzaban a maquillarse como puertas y soñaban con casarse como en las teleseries de la televisión.

Lo de las mujeres estúpidas es porque las mujeres son estúpidas. Eso es un hecho de la causa por más vueltas sociológicas que se le de al asunto. Sólo basta compararlas con los hombres. Sólo basta escuchar una conversación en la calle entre dos mujeres. Sólo basta pensar en su cursilería, en su filosofía barata, en sus eternas ganas por complacer al sexo opuesto, en las idioteces que llevan en su cartera y en la posición del misionero que siempre eligen en la cama.

Lullaby es incapaz de abrir su corazón a alguien. Lullaby nunca ha estado enamorada de nadie. Lullaby es una pared impenetrable cuando se lo propone. Pero Lullaby sí ha tenido muchos novios. Apostaría su vida que ninguno de ellos la ha amado tampoco. Y no es que no sea un encanto o una deliciosa niña de terciopelo a punto quebrarse al mismo tiempo que está a punto de matarte. Es sólo que nadie la espera mientras su cabeza le dice a su corazón que no es tan malo después de todo dejar que le rompan el suyo de vez en cuando. Y claro, Lullaby odia esperar y odia que la esperen.

sábado, diciembre 03, 2011

Lullaby y Facebook (II parte) - La tonta de turno


Lullaby a veces se plantea coordenadas mañosas sobre su día. Arma hilos dorados en su cabeza sólo para alcanzar el punto exacto de la ilusión por hacer algo. Debe existir una ilusión. Debe existir, al menos, el deseo de dibujar un sueño simple que le de fuerzas para empujarla a hacer algo con un rictus de sonrisa malvada en su cara.

Lullaby hoy se plantea descubrir a las amigas de sus ex novios. O peor, a las novias de sus ex. No es difícil. Es demasiado fácil en ralidad. Entonces descubre fotos normales, mujeres normales, chicas demasiado simples en realidad. Acto seguido Lullaby parece sentirse como en un pedestal. Uno provisorio, pero al menos en lo alto del ego por haber sido la única extraña que ha podido sacarle besos, corazones sangrantes y jugar sexualmente como juguetes y con juguetes.

Novias con estupideces como sacarse fotos con sus mascotas, con su cara deforme al despertarse, con sus amigos de trago en mano y de risas falsas en un bar demasiado normal. O retratando en una foto el plato que acaban de comer. O poniendo citas insulsas sobre la belleza de la vida. O adjudicándose el poder de decir “caca” y acto seguido tener un séquito de amigos tarados y de tu ex novio mostrando el botón de “Me gusta”. Entonces Lullaby vomita. No, no lo hace, pero le encanta pensar que vomita en su mente mientras lo lee.

Lullaby a veces no entiende cómo esos novios pueden tener un espectro tan amplio donde poner su pene, o tienen tanta variedad de vaginas para penetrar (que es lo mismo). Quizás porque, efectivamente, son hombres y los hombres ven sólo vaginas antes que todo y después de todo. Porque ¿habrá amor en todo esto? ¿Tu ex novio efectivamente amará a esa o esas tontas? Quién sabe. Quizás los cables cruzados de su cerebro y su corazón interceptan con su entrepierna y hacen cortocircuito.

Lullaby se confunde. Comienza a creer que el amor para ella es inalcanzable; o mejor dicho, a ella nunca la han querido en realidad. Quizás la veían como una curiosidad, cómo una parada en un camino oscuro de un periodo oscuro de unos meses oscuros en unas circunstancias oscuras.

¿Por qué mierda entonces le dijeron que la amaban? ¿Y que era exquisita y que era como una niña de terciopelo? ¿Por qué jugaron así con ella y con su pequeña vida y con su gato Vicente y con su vagina y con sus ojos delineados con un lápiz negro?

Las novias estúpidas deben saber esa respuesta. Pero Lullaby se pegaría un tiro antes de preguntarles, o cruzar la más mínima palabra con ellas. Para eso, siempre será mejor hablar con su gato.