
Hace años, Lullaby acostumbraba sacar un puñado de cereales de chocolate con la mano, desplomarse en su cama y lentamente comérselos de a uno. También acostumbraba caminar hacia el balcón, fumarse un cigarrillo tras otro hasta completar cinco y lanzar las cenizas a las cabezas de todos los que pasaban en la calle. Ducharse maratónicamente en menos de tres minutos. Escribir todos los garabatos posibles en el espejo empañado. Pasearse desnuda largos minutos mientras sus ojos se deshinchaban, y maldecir que otro día empezaba casi igual que el anterior.
Nunca le fue fácil poner el volumen a tope cuando escuchaba música, pero eso nunca le importó. Las quejas de los vecinos se difuminaban apenas Lullaby los amenazaba con hacerles la vida imposible de la forma más extraña que podían imaginarse. Lo cierto es que Lullaby nunca les hizo nada, pero sí que les dio miedo. Una chica que no habla, mira fijamente a la gente y da portazos siempre asusta. Es casi como una regla de tres.
Podrían pasar cinco horas y no sentir ningún rasgo de hambre en su estómago. Nunca cocinó en su pequeño departamento. Nunca aprendió a cocinar tampoco. Nunca intentó comprarse una olla o un sartén. Nunca le importó cambiar tabaco por comida ni morir en el futuro con los pulmones negros. Nunca compró fideos, papas o arroz en el supermercado. No hacía falta. En el café donde trabajaba estaba todo lo que necesitaba para no desmayarse en el día e ir parar a algún hospital. Para qué gastar de más, entonces. Había que ser práctica.
Pero resulta que, ahora, a Lullaby le hacen mal los cereales de chocolate. Ahora le hace mal todo lo que contenga leche química, real o microscópica. Ahora le hace mal el café y no comer por cinco horas seguidas. También le hacen mal los cigarrillos, pero los sigue soportando. El sexo no le hace mal pero está en pausa. Las perversiones tampoco pero siguen stand by. Los deliberados portazos siguen estando tan vivos como antes. La mirada fija, lo mismo. No hablar mucho, también. Pasearse desnuda, claro. Escuchar música fuerte, sin dudas. Maldecir, obvio. Dar miedo, siempre (¿alguien lo dudaría?).




